Zygmunt Bauman: sociología líquida del humanismo

zygmunt_baumanLa experiencia de la escritura, como actividad propiamente humana, nos invita a enfrentarnos a un particular y en ocasiones incómodo espejo en el que no siempre nos vemos reflejados como esperábamos justo antes de situarnos frente a él. La imagen que obtenemos de nosotros mismos a través de los trazos del bolígrafo, que van confeccionando la historia secreta de nuestra voluntad y nuestro ánimo, crea en ocasiones un malestar sobre aquello que creemos ser: sólo cuando las letras concretan y patentizan el mensaje somos conscientes de lo que hemos exteriorizado, de lo que realmente somos y podemos ser.

Miguel de Unamuno confesó en innumerables pasajes el mayúsculo pavor que sintió durante toda su vida al quedar inmortalizado (ya fuera en sus ensayos, novelas o poemas) en sus palabras, que –explicaba– siempre serían leídas por lectores que podrían no sólo malinterpretarlas, sino también malversarlas –quebrantando su sentido originario–. El oficio de escritor, él bien lo sabía, conlleva exponerse frente a sí mismo y frente a los demás, horadar la siempre quebradiza superficie de los acontecimientos más cotidianos para intentar llegar a un fondo que se resiste a ser descubierto por entero. Por su parte, Elias Canetti (autor que, a pesar de haber sido galardonado con el Nobel de Literatura, es aún poco estudiado en España), en una de sus colecciones de apuntes (abril de 1943) escribía que tememos fijar nuestros pensamientos en el papel “por miedo a que luego ya no puedan metamorfosearse”.

Zygmunt Bauman, profesor emérito de Sociología en la Universidad de Leeds y uno de los sociólogos más influyentes de finales del siglo XX y principios del XXI (Premio Príncipe de Asturias en 2010 de Comunicación y Humanidades), fallecido el 9 de enero de 2017, publicó hace un tiempo Esto no es un diario (Paidós), obra en la que el autor reflexionaba sobre diversos asuntos de nuestro tiempo en el periodo de un año (desde septiembre de 2010 a marzo de 2011): inmigración, crisis económica y social, cultura, redes sociales, mundo virtual, la política o el surgimiento de los llamados “movimientos indignados”, temas siempre tratados desde la enjundiosa y reconocida teoría que el autor polaco ha defendido y hecho suya, y que tantos galardones y reconocimientos le ha brindado: la liquidez –o carácter líquido– del mundo actual.

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Las expresiones “miedo líquido”, “vida líquida” o “modernidad líquida” se han convertido en recursos y lugares comunes que se emplean habitualmente en política y medios de comunicación para referirse a la falta de solidez de este mundo tan cambiante, proteico y caleidoscópico, en el que se ha hecho casi imposible predecir el curso de los acontecimientos. De ahí que ya al comienzo del libro mencionado explique Bauman que nunca ha sabido aprender otro modo de vida más que el de la escritura, es decir, el modo de vida mediante el cual los propios pensamientos quedan sellados, diferenciados, expuestos ante sí: “un día sin escribir o anotar algo se me antoja un día desperdiciado o criminalmente abortado: un deber incumplido, una vocación traicionada”, asegurando que era incapaz de pensar sin escribir:

Hay toda una serie de retazos, fragmentos, partes y pedazos de ideas que pugnan por nacer, cuyos fantasmagóricos (aterradores, incluso) espectros se arremolinan, se amontonan, se condensan y se disipan una y otra vez, y que sólo al ser captados y atrapados por nuestros ojos, podemos inmovilizar, fijar y acotar dentro de unos contornos.

En Esto no es un diario Bauman expresa –a través de su prosa de agradable lectura, en la que sencillez y brillantez van de la mano– la necesidad de imprimir en la sociología, tomada como disciplina humanística (y no meramente estadística o descriptiva), un enfoque más reflexivo que formal que permita a los ciudadanos extraer conclusiones efectivas para actuar, es decir, que permita emitir decisiones que conduzcan a la acción y no a la contemplación aséptica de la realidad. Así, puntualizaba en su discurso de aceptación del Premio Príncipe de Asturias en Oviedo:

Hacer pedazos el velo, comprender la vida… ¿Qué significa esto? Nosotros, seres humanos, preferiríamos habitar un mundo ordenado, limpio y transparente donde el bien y el mal, la belleza y la fealdad, la verdad y la mentira estén nítidamente separados entre sí y donde jamás se entremezclen, para poder estar seguros de cómo son las cosas, hacia dónde ir y cómo proceder. Soñamos con un mundo donde las valoraciones pueden hacerse y las decisiones puedan tomarse sin la ardua tarea de intentar comprender. De este sueño nacen las ideologías, esos densos velos que hacen que miremos sin llegar a ver.

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La curiosidad de Bauman por descifrar las claves del sistema en que vivimos fue siempre vastísima, inabarcable, tanto en lo tocante a la pluralidad de temas abordados en la obra aludida como en lo referido a la ambición por conocer los resortes que hacen de este mundo, de hecho y en efecto, un “mundo líquido”: “las cosas fluyen demasiado deprisa como para que propicien esperanza alguna de darles alcance”, afirma el autor. Un libro muy adecuado (y aún poco atendido) para entender, a hombros de uno de los sociólogos más importantes e influyentes de los últimos tiempos, el signo de nuestra época a través de los sucesos más cotidianos –que forman parte de nuestra vida y que, sin embargo, pasan inadvertidos para la mayoría de nosotros–. Por otro lado, Esto no es un diario –obra que interesará a un amplio abanico de lectores por la gran diversidad de asuntos tratados– indaga en la vocación del escritor: aquella que intenta poner coto al paso del tiempo mediante la confección del texto, gracias al uso apropiado de las palabras y el ejercicio de la reflexión.

En la clarificadora conferencia “Múltiples culturas, una sola humanidad”, publicada por la editorial Katz y pronunciada en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona el 22 de marzo de 2004, aseguraba Bauman que…

Sufrimos la incertidumbre, los miedos y las pesadillas que emanan de procesos sobre los que carecemos de control, de los que únicamente tenemos un conocimiento muy parcial y que –nos tememos– somos demasiado débiles para dominar. Todo se reduce a una vaga sensación de inseguridad.

Una inseguridad que nos habla de una dura constatación: la de la más nebulosa incertidumbre por el futuro, que se traduce en una descarnada ausencia de protección. “La palabra ‘precariedad’ –prosigue el polaco– también recoge y plasma la complejidad de nuestros miedos: la sensación de caminar sobre una superficie tambaleante, la fragilidad y la indefinible duración de nuestras condiciones, que se evidencian en casi todos los aspectos de nuestras vidas”, sustentadas sobre la base de un fundamento líquido, difuso, nada claro ni evidente. De ahí (problema de terrible actualidad) la fijación de gobiernos y parte de la ciudadanía por el término “frontera”, por cerrarse ante lo extraño, ante lo desconocido y amenazador: “Estamos obsesionados por trazar fronteras”, y sentencia:

Nuestra actual obcecación con las fronteras es el resultado de una vana esperanza: la de poder garantizarnos una protección auténtica frente a riesgos y peligros de toda índole, la de poder aislarnos de amenazas vagamente definidas o sin nombre, de las que el mundo en el que vivimos parece hallarse saturado.

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Una fragilidad en lo colectivo que también encuentra su contrapartida individual: al igual que intentamos refugiarnos en “lo nuestro”, en lo autóctono frente a posibles ataques de lo foráneo, de lo extranjero en su sentido más amplio, las relaciones humanas también se hacen, a la vez, mucho más frágiles, “transitorias, fáciles de romper”, explica Bauman, a pesar de que hoy, más que nunca, necesitamos vínculos fiables con otras personas: “Miremos en la dirección en que miremos, siempre nos encontramos con la misma historia. Todo cambia. No sabemos cuál es la fuerza motriz que hay tras esos cambios”, existimos en medio de una “frenética actividad” (denunciada recientemente por Byung-Chul Han) que hace de lo –en otro tiempo– seguro algo tambaleante. Un análisis sociológico que, en Bauman, se convierte en un auténtico humanismo: decir no al terror para decir sí a la solidaridad.

Necesitamos la solidaridad que radica en el hecho de estar juntos, de ayudarnos y cuidarnos mutuamente. Somos seres humanos en la medida en que estamos en compañía de seres humanos, no basta con estar ante la presencia física de otros seres humanos, es necesaria la compañía. Es cierto que el carácter líquido de nuestro mundo nos impide alcanzar la comunidad, pero la mera existencia del concepto nos impulsa a intentar alcanzarla. Si no existiera la idea de comunidad no consideraríamos que la falta de solidaridad es un error.

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