Justicia, cultura y cómics: filosofía y superhéroes

SupergirlEn apariencia, el mundo del cómic de superhéroes vive una etapa dorada: los productos de merchandising se venden bien (a pesar de que su precio es, en muchas ocasiones, elevado para el bolsillo medio), las grandes editoriales (DC y Marvel) han relanzado con todo tipo de boato sus colecciones más importantes y, por último, la industria del cine no cesa de producir películas que se hacen eco de estos inmortales personajes. Y es que, como asegura el guionista Grant Morrison en Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic, “Vivimos en las historias que nos contamos”.

Sin embargo, y a pesar de tan esperanzadores datos, las historias de superhéroes siguen rodeadas por un halo de sospecha que pone en entredicho el papel de Superman, SpiderMan, Thor o Wonder Woman en el mundo de la cultura. Podríamos decir, incluso, que los cómics de superhéroes se incluyen implícitamente en una suerte de “subcultura” en la que prima la espectacularidad y se prescinde del rigor propio de lo que, en otro tiempo, se denominó “alta cultura”.

Nadie negará, desde luego, que la industria del cómic estadounidense mueve muchos millones de dólares a lo largo y ancho del mundo en pos de una espectacularidad que en ocasiones tan sólo esconde productos hueros, vacíos, carentes de valor propiamente cultural. Pero tampoco habrá quien se atreva a insinuar que no ocurre lo mismo en otros ámbitos de esa llamada “alta cultura” (emporios editoriales, teatros de gran postín, macro salas de cine, etc.). Aunque las comparaciones sean odiosas, en este caso es necesario preguntarse por qué en el caso de los cómics este dato parece constituir un impedimento para que las historias que los propios cómics contienen no sean consideradas parte del devenir cultural más egregio y fundamental.

No hay quien desconozca que las camisetas con el emblema de Superman, las películas de SpiderMan o la construcción de un parque temático que tenga como protagonistas a los superhéroes pone en movimiento un flujo de dinero incalculable. Pero quizás más de uno se sorprendería al saber, si tenemos en cuenta la fachada casi divina que cobija a la “alta cultura”, que las grandes superficies comerciales que tienen como objeto de negocio la venta de libros, venden –a la vez, e incluso con más fruición que los propios libros– todos y cada uno de los espacios de sus locales a las editoriales de turno que, por su parte, desean poner en circulación sus últimas novedades (desde escaparates y catálogos de Navidad o verano, pasando por alfombras con la imagen de portada, hasta inmensos carteles que dan la bienvenida al cliente bajo la rúbrica “No te pierdas el último best seller de Fulanito o Zutanita”). No hay ni que decir que, por ejemplo, los pequeños editores tienen un acceso más dificultoso a tales plataformas publicitarias, lo que redunda en el beneficio de los más importantes imperios editoriales. El libro del que más copias se venden, como sabe el lector más o menos avezado, no es el de mayor calidad literaria (una norma que se cumple en un porcentaje insultantemente alto), sino el que cuenta con un mayor apoyo económico/logístico para darlo a conocer a un amplio público.

Nueva JLA

Y lo mismo ocurre en el caso de las salas de cine, lo que está llevando –como hemos comprobado recientemente– al cierre exponencial de locales emblemáticos que apostaban por las iniciativas independientes y que evidentemente no pueden luchar contra las grandes salas de cine comercial. Ni siquiera las otrora salvíficas ayudas estatales, cada vez más escasas (por no decir inexistentes), pueden hacer nada contra esta anunciada debacle. Quizás podamos recordar en este contexto las palabras de V de Vendetta (que son, en realidad, las de un Alan Moore obsesionado con el concepto de “inconsciente social”):

Hemos tenido una serie de estafadores, fraudes, mentirosos y lunáticos que han tomado una serie de decisiones catastróficas. Eso es un hecho. Pero ¿quién les eligió? ¡Fuiste tú! ¡Tú quien nombró a esta gente! ¡Tú quien les dio el poder de tomar decisiones en tu lugar! Aunque reconozco que cualquiera puede cometer un error una vez, cometer los mismos errores fatales siglo tras siglo me parece simplemente deliberado” (V de Vendetta, Libro 2, Cap. 4).

Pero por suerte no todo son puntos negros en el panorama del cómic de superhéroes. Sí es cierto que, gracias a la popularidad que el cine ha dado a estas figuras en los últimos veinte años (hasta los 90 las películas sobre superhéroes aparecían con cuentagotas, aunque quizás eran narrativamente mucho más ricas que las actuales), las librerías especializadas en este género, así como los ensayos de corte teórico que se hacen eco de las historias de nuestros protagonistas, han crecido de manera llamativa. No sólo se venden cómics, sino que los seguidores de las historietas de superhéroes demandan, con una creciente necesidad, material con el que poder complementar la lectura de los propios tebeos (uso en este artículo e indistintamente, aunque no sea del todo correcto, las palabras “cómic” y “tebeo”).

A este respecto existe un título imprescindible para los seguidores de las aventuras de los superhéroes. Se trata del maravilloso libro de Grant Morrison (afamado guionista que ha trabajado tanto para DC como para Marvel) Supergods. Our World in the Age of the Superhero, que Miguel Ros González ha traducido como Supegods. Héroes, mitos e historias del cómic, publicado en Turner. El título es ya de por sí elocuente, y si ojeamos el contenido de la obra veremos con no poca sorpresa que el volumen se inaugura con una cita del mismísimo Nietzsche en Así habló Zarathustra: “Mirad, yo os enseño el superhombre: ¡él es ese rayo, él es esa demencia!”.

Así resumen el objetivo de esta obra imprescindible (¡500 páginas de historia y ensayo sobre superhéroes!) el propio Morrison:

El presente libro es la guía definitiva para el mundo de los superhéroes: en ella veremos qué son, de dónde viven y cómo pueden ayudarnos a cambiar nuestra percepción de nosotros mismos, de nuestro entorno y del multiverso de posibilidades que nos rodea. Prepárense para quitarse el disfraz, susurrar las palabras mágicas e invocar al rayo. Es hora de salvar el mundo.

Wonderwoman

Mucho se ha relacionado, a mi parecer erróneamente, el Übermensch nietzscheano con Superman, quizás por la similitud nominal entre las palabras “superhombre” y el principal apelativo del Hombre de Acero. Sin embargo, lo que los superhéroes contienen de “superhombre” (o “supermujer”) es que sus figuras parecen encontrarse más allá del bien y del mal. En ellos, las categorías morales tradicionales quedan desdibujadas porque, precisamente, las proezas que llevan a cabo ponen en entredicho nuestra manera de evaluar moralmente una acción. Y lo que es más importante: salvo excepciones, a los superhéroes parece no importarles quebrantar la ley si con ello se salva la justicia. A este respecto cabe desarrollar una breve digresión.

En el difícil contexto que vivimos –plagado de desahucios, subidas fiscales, deplorables casos de corrupción, y caracterizado por la aparición de numerosos movimientos sociales–, la población acude al Estado para defender las libertades y derechos adquiridos a lo largo de las últimas décadas. Sin embargo, los ciudadanos no siempre encuentran el respaldo esperado en las leyes, y denuncian que la Justicia, con mayúscula, ha pasado a estar de parte de los más poderosos; así hacen suyo uno de los pensamientos fundamentales que Aristóteles expuso en el Libro I de la Política: “algunos convierten todas las facultades en crematísticas, como si ese fuera su fin, y fuera necesario que todo respondiera a ese fin”. En este sentido, Grant Morrison asegura en Supergods. Héroes, mitos e historias del cómic, que:

… las historias de superhéroes se destilan en los niveles supuestamente más bajos de nuestra cultura, pero, al igual que la base de un holograma, contienen en su interior todos los sueños y miedos de generaciones enteras, en forma de intensas miniaturas. […] Nos dicen dónde hemos estado, qué temimos y qué deseamos, y hoy en día son más populares y están más generalizadas que nunca, pues siguen hablándonos de lo que de verdad queremos ser.

BatmanUna de las cuestiones más debatidas a lo largo de la historia del Derecho, la Filosofía o la Sociología, y que aún levanta ampollas, es la de si el Estado debe encargarse no sólo de impartir justicia, sino también de infundir moralidad en los corazones. Pero, a la vista está, parece imposible esperar por parte de ciertos dirigentes esa anhelada justicia ni, por otro lado, demandar al Estado que imparta un “magisterio moral” que, en muchas ocasiones, no está en disposición de ofrecer por las propias contradicciones en las que el poder se ve envuelto.

Si recordamos por un momento las enseñanzas de Kant, veremos cómo en el apéndice a su escrito Sobre la paz perpetua no duda en afirmar que la auténtica política no debería dar un paso sin haber rendido antes pleitesía a la moral: “y aunque la política es por sí misma un arte difícil, no lo es, en absoluto, la unión de la política con la moral”. Algunas líneas después se muestra incluso más tajante: “El derecho de los hombres debe mantenerse como cosa sagrada”, por muchos que fueran los sacrificios –puntualiza– que tuviera que hacer el poder dominante para mantener tal sacralidad. Así, en última instancia, como parece desprenderse de lo que Kant explica, la política debe obedecer al Derecho… siempre que éste, como deseaba el filósofo de Königsberg, encontrara su base en la moralidad (y por lo tanto, en el deber).

Es aquí, quizás, donde resida uno de los puntos fuertes de las historias de superhéroes, que pueden convertirse en un curioso aliado a la hora de mostrar cómo justicia y ley se contraponen a veces como el día y la noche. Lo que distingue a los superhéroes de las “personas reales” es que no se limitan a defendernos de una amenaza inminente, sino que tratan además de participar activamente en la detención de los criminales cuando éstos no han cometido aún sus fechorías. Si echamos un vistazo a la Gotham City de Batman, podríamos reconocer en ella un insospechado retrato (por ejemplo) de la parcialidad de los tribunales de justicia actuales, tantas veces hermanados o en triste comadreo con la fuerza gobernante. Y es que, como Nietzsche recuerda en numerosos pasajes (en contraposición a las enseñanzas de Kant más arriba señaladas), seguir la moral vigente no quiere decir que, de hecho, se actúe moralmente. Y es ésta una de las principales enseñanzas de los cómics de superhéroes. Como señala Morrison en Supergods,

Ni siquiera necesitaba que [Superman] fuera real […]: Superman es un producto de la imaginación humana resistente, un emblema perfecto de nuestros yoes más altos, más amables, más sabios y fuertes. Con Superman y los demás superhéroes, el ser humano creó unas ideas invulnerables a todo daño, inmunes a la deconstrucción, elaboradas para superar a los genios diabólicos, concebidas para hacer frente al Mal en estado puro y, de alguna manera, y contra todo pronóstico, salir siempre vencederas.

Si seguimos con Batman, observamos cómo en ocasiones (en demasiadas ocasiones…) sus acciones se ven cuestionadas e incluso refrenadas por las autoridades policiales: es decir, quedan al margen de una autorización oficial. Pero este tomarse la justicia por su mano, este quebrantamiento de las leyes por parte del Caballero Oscuro, se hace en nombre no de una justicia particular, sino de la Justicia tomada como ideal al que tender. Batman nos insta a preguntarnos por qué ha de permitirse que las estructuras sociales más fuertemente establecidas (tantas veces empleadas en beneficio de unos pocos) han de suponer un estorbo para la consecución de lo justo. Volvamos a citar al inmortal V de Vendetta de Moore:

¡Fuera con los destructores! No tienen cabida en nuestro mundo mejor. Pero brindemos por todos nuestros terroristas, nuestros bastardos, los más desagradables e imperdonables. Bebamos a su salud… para no verlos nunca más (V de Vendetta, Libro 3, Cap. 5).

SpiderMan

Es inútil discutir con quienes arremeten contra la vigencia e importancia cultural de los cómics de superhéroes… pero que, curiosamente, nunca han tenido uno entre sus manos. Quien no ha podido deleitarse con los extraordinarios paisajes futuristas de la Asgard de Thor, la oscuridad de Gotham, la delicada belleza de Isla Paraíso o la luminosidad de Metrópolis, y no digamos con los problemas políticos de Thor, los dilemas morales de Batman o SpiderMan, o el interesante contraste entre los argumentos que presentan superhéroes y villanos, quien no se haya enfrentado en definitiva a la lectura de un cómic de superhéroes, no está en disposición de emitir un juicio sobre la relevancia cultural de tales historias. Explica un emocionado Morrison en el capítulo final de Supergods que:

Amamos a nuestros superhéroes porque se niegan a fallarnos. Podemos analizarlos y decir que no existen, podemos matarlos, prohibirlos, mofarnos de ellos, y aun así acabarán volviendo, para recordarnos pacientemente quiénes somos y quiénes desearíamos poder ser. Son una poderosísima idea viva. […] Las historietas de superhéroes despertaron mi potencial interior, me dieron las bases de un código ético en el que aún creo, inspiraron mi creatividad, […] me ayudaron a comprender la geometría de dimensiones superiores y me alertaron de que todo es real, especialmente nuestras ficciones.

Porque, es importante señalarlo, los cómics de superhéroes no son las películas que sobre ellos se producen, ni los parques temáticos ni el merchandising; los cómics son tinta, dibujos, papel y diálogo. Son la ilusión del lector que acude cada semana, cada mes, cada trimestre, siempre puntualmente, a adquirir el siguiente número de las aventuras de su personaje favorito. Unos personajes que, a pesar de haber pasado por las manos de cientos de dibujantes y guionistas, perduran como símbolos inquebrantables de valores que, precisamente por su carácter inalcanzable, suponen un ideal al que aspirar. Los superhéroes nos recuerdan que somos seres “intermedios”, seres siempre “a mitad de camino”. Grant Morrison concluye Supergods con esta sugerente cita de Pico Della Mirandola en su Discurso sobre la dignidad del hombre:

No te hemos hecho ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal, de suerte que seas tú mismo, artesano libre y orgulloso de tu propio ser, quien pueda moldearse según sus preferencias. Estará en tu mano descender a la condición inferior de bruto, así como ascender de nuevo a la condición superior, que es divina, extraída del juicio de tu ánimo.

Pero ¿por qué esa fascinación por estos personajes de ficción? Hace más de veinte siglos, griegos y romanos poseían un amplio elenco de dioses que ejercía no sólo una función religiosa, sino también ideática, evocativa, mediante la que quedaban reflejados ciertos cánones frente a los que el hombre se hallaba en una relación de aspiración (fuerza, astucia, inteligencia, belleza, etc.). Sísifo o Prometeo, por ejemplo, intentaron llegar a asimilarse a aquellas divinidades más de lo que les estaba permitido, hiriendo el orgullo de los dioses –siendo finalmente castigados por éstos a causa de una suerte de pecado de lo que en griego se denominaba hybris (una falta de mesura por la que se intentaba superar la condición humana)–. Aunque pueda parecer extraño, aquellas divinidades que ya tan lejanas quedan tienen mucho que ver con los superhéroes contemporáneos. De hecho, algunas de estas figuras continúan haciendo alusión a antiguas historias mitológicas, como en el caso de Thor.

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En general, tendemos a forjarnos un modelo o ideal que admiramos y sobre el que podemos establecer un marco de referencia para cotejarlo con el fondo de nuestras acciones. Indagamos así el porqué de nuestro hacer a partir de un canon que no siempre posee un origen autónomo -producto de reflexiones propias- sino que proviene de organismos, instituciones y empresas que nos sugieren un camino o guía de actuación “apropiado”.

Schopenhauer escribía en el Capítulo 70 de los Complementos al Libro Cuarto de El mundo como voluntad y representación que el mundo es el reino de la necesidad (das Reich der Natur), mientras que la libertad es el reino de la gracia (das Reich der Gnade), haciendo alusión a la Tercera Antinomia de la Crítica de la razón pura de Kant. Más allá de lo que la filosofía pudiera aportar en este debate sobre qué nos atrae de los superhéroes, me quedaré en lo superficial explicando que aquella distinción entre “libertad” y “necesidad” se hace especialmente relevante para sacar algo en claro en el tema que nos ocupa.

El ser humano se ve constante y radicalmente avasallado por los problemas que le rodean: hambre, escasez de recursos, enfermedades, muerte, conflictos raciales, guerras, etc. Una persona normal y corriente es incapaz de enfrentarse a tales problemas de una manera definitiva, esto es, encarando la situación aplicando –primero- la reflexión, y después, empleando los medios que tiene en sus manos para solucionar lo que en tal o cual momento le inquieta. Violaciones, robos, maltratos, atracos, raptos, terrorismo… nada de ello nos apabulla realmente hasta el momento en que la Providencia decide someter a prueba nuestro Destino. Sin necesidades de rajarse las vestiduras, podemos afirmar que somos animales absolutamente egoístas, inclinados a defender nuestras posesiones más queridas. En el capítulo III (“La lucha por la vida”) de El origen de las especies de Darwin leemos: «esta regla no tiene excepción: todo ser orgánico se aumenta naturalmente en una proporción tan alta, que si no se le destruyera pronto, la tierra estaría cubierta por la progenie de una sola pareja».

Kant SupermanEl origen de los superhéroes en la edad moderna (recordemos que el auténtico boom de estas historias se remonta a la década de 1920, cuando el mundo dejaba atrás una guerra absolutamente sangrienta) puede adscribirse a la fascinación que nos invade al admirar al ser –humano o sobrehumano– que es capaz, primero, de superar aquel egoísmo, y después, de ser siempre (aquel anhelo de Unamuno que tantas almas ha desgarrado). Y no nos referimos aquí a la inmortalidad, sino a aquella ambición de la que Aquiles es merecido representante: elegir una muerte temprana en pago de una fama eterna. No importa que sea Batman el que salve Gotham, o que un soldado muera al entregarse a los enemigos con la promesa de salvar a mil de sus compañeros: en todas las historias de superhéroes observamos la superación del egoísmo y la gloria perpetua. En definitiva, el superhéroe no queda en ascuas frente a la presencia de un problema: no delibera, no piensa y olvida, no quiebra su voluntad frente a posibles interferencias. Sólo actúa. Y lo hace a sabiendas de que el hombre es incapaz de resolver la tesitura en la que se halla: poner en orden sus entrañas, es decir, redirigir pensamiento y acción en una única dirección.

Podemos aquí citar alguno de los fragmentos de la Crítica de la razón práctica de Kant. La pregunta “¿qué haría Superman, Batman, Daredevil, etc., si estuviera en mi situación?” ya se prefijó hace más de dos siglos: “La ley moral […] descalifica totalmente la influencia del amor propio sobre el supremo principio práctico e inflige un quebranto inconmensurable a esa vanidad que prescribe como leyes las condiciones subjetivas del amor propio. Y lo que socava nuestra vanidad, a nuestro propio juicio, humilla. Por lo tanto, la ley moral humilla inevitablemente a cualquier ser humano, cuando éste compara con dicha ley la propensión sensible de su naturaleza” (A131-132). ¿A quién le extrañaría cruzarse con Superman mientras, debajo de un gran olmo, lee y estudia a Kant subrayando sus libros con intensidad?

En The Dark Knight Returns (Libro 3), Batman dirige a Clark Kent estas palabras: “Tú siempre dices que sí, a quien veas con una insignia o con una bandera… Nos has vendido, Clark. Les has dado el poder que debería haber sido nuestro. Justo lo que te habían enseñado tus padres. Mis padres me enseñaron otra lección: tirados en esta calle, agitados por la brutal conmoción… muriendo por nada… me enseñaron que el mundo sólo tiene sentido cuando lo obligas”. Esta cita, que en apariencia puede representar nada más que la reaparición del trauma del hombre murciélago, pone de manifiesto una serie de cuestiones reveladoras a la hora de analizar nuestro gusto por los superhéroes.

Los superhéroes presentan como rasgo constitutivamente humano el verse continua y radicalmente avasallado por los problemas que les rodean. Lo importante aquí es hacer hincapié en el “se”, en el cobrar consciencia de que en nuestro hacer nos sentimos -a la vez de nuestro ser bomberos, policías, taquilleros de cine, periodistas, etc.- a la vez, digo, nos sentimos menesterosos: a raíz del hacer surge la pregunta del “por qué”. Por qué hice esto o aquello, por qué él se comporta así, por qué no soy de otra manera, por qué Dios es tan malvado, por qué, por qué, por qué… Aquella menesterosidad viene dada por la necesidad de dar razón de nuestro comportamiento, tanto a nosotros mismos como a los demás. En este sentido, los superhéroes toman la forma de nuestros miedos, de nuestras esperanzas, de nuestras expectativas: la diferencia verdaderamente sustancial entre aquéllos y nosotros es su decisión de actuar, están decididos a formar parte de la forja de su propio destino. Fabrican su propia historia, e incluso pueden ayudar a modelar la de los demás: se toman en serio lo que son. A este respecto, Schopenhauer escribía en uno de sus diarios de juventud (1816): “una naturaleza armónica consigo misma es un hombre que no quiere ser sino como es […]. [L]a mayor contradicción consist[e] en querer ser de otro modo a como uno es”.

Ultimate_ThorYa antes recordábamos a Aquiles y en general la mitología griega como posible telón de fondo para reinterpretar el papel de los superhéroes en la sociedad actual. Sin embargo, quiero ahora distinguir de manera muy clara dos categorías enteramente diferentes y que suelen dar lugar a equívocos en este contexto: lo “superior” y lo “heroico”. Que un personaje de ficción -e incluso real, si traemos a la memoria a ciertos atletas o genios de la historia- sea superior en algún sentido no quiere decir que por ello haya de ser heroico. La heroicidad ha de conquistarse en múltiples y reiteradas batallas libradas no sólo contra “los malos”, sino con-tra uno mismo: el verdadero héroe saca de sí la fuerza para existir tal y como es, sin inventar artificios ni restando valor a sus obras, lo que nos recuerda al to meson de Aristóteles, al justo término medio que el estagirita establecía siempre con respecto a uno mismo en la Ética a Nicómaco (el valiente lo es en tanto que tal virtud queda establecida entre dos extremos que son representados bajo un mismo respecto, esto es, bajo la consideración de una misma persona; el valiente no lo es sino en relación proporcional a los extremos de la temeridad y la cobardía: tal relación es valedera para un solo hombre, y cada cual habrá de buscar, precisamente y para cada virtud, su justo medio).

Muchos superhéroes (Batman, Superman, Daredevil, Wolverine, Spiderman, etc.) se han convertido en verdaderas instituciones culturales. Ya es hora de que sus historias (las que huelen a tinta y papel) empiecen a tenerse en cuenta no sólo en entornos más o menos freaks o más o menos restringidos: los cómics que cuentan los avatares de estos personajes han de ser tomados en consideración por la sociología, la psicología y la filosofía. ¿Cómo seres que anteponen la necesidad ajena a la propia bajo cualquier circunstancia no han de llamar nuestra atención? A pesar de todo, ocurra lo que ocurra, los superhéroes siempre están ahí, y aunque en diversas ocasiones muchos de ellos se pregunten por qué hacen lo que hacen (puesto que el poder, como hemos dicho, no supone heroicidad), diremos que son sus acciones las que sellan definitivamente sus decisiones (y no los meros pensamientos) a la hora de responder a aquel abismático porqué: la pregunta sobre sí mismos no frena el destino al que se sienten llamados, y actuar de otra manera, entienden, sería tracionar su auténtico ser. Aunque tampoco los meros logros, las acciones aisladas de algún ser con poderes pueden ser consideradas heroicas: aquéllas deben funcionar como la efectiva materialización de alguna noble cualidad, o digamos, virtud. Así, en resumen, podemos decir que la categoría de superhéroe alude indiscutiblemente a la moralidad, a una moralidad contemporánea que quizás se haya perdido: es una instancia moral.

El yo del superhéroe ha dejado de servir a sus propios intereses y se decanta por aprovechar sus características sobrenaturales para ayudar a los que no son sus semejantes. Tal conflicto lo observamos muy bien en los X-Men o en Superman: ya sean mutantes o extraterrestres, tanto aquéllos como éste se sienten distintos a los demás. Desde luego que lo son, pero deciden poner al servicio de la humanidad -y no lo olvidemos, de lo que ésta tiene por justo y bueno- todos sus poderes. Su actitud se halla moralmente cargada en tanto que deciden hacer, sin más. El mundo real, el mundo fáctico, obliga a elegir -recordando a Sartre-, y el superhéroe no es menos. Si la fama y el éxito de los superhéroes sigue vigente es porque sus hazañas hablan de nuestra propia naturaleza, de lo que, sin superpoderes, nos vemos empujados a hacer: escoger entre lo que consideramos bueno y malo. El concepto de superhéroe encierra normatividad; no sólo nos muestra el mundo tal como es, sino que a partir de sus acciones deja ver un plano muy distinto: el de lo que debería ser. Y es que no debería parecernos en absoluto desatinada la sospecha de que en la academia de Charles Xavier estudiaran la Crítica de la razón práctica de Kant…

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Un comentario en “Justicia, cultura y cómics: filosofía y superhéroes

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