La poesía amorosa en tiempos violentos: Guinizelli, Cavalcanti y Alighieri

Cuando el ansia desaforada de poder se infiltra en la sangre de la sociedad y transita desde la guerra entre naciones a la batalla entre ciudades, para terminar alimentando la lucha de familias y la silenciosa traición de amigos o hermanos, ya no existe refugio alguno sino sólo la intemperie. Conservando su dimensión universal, las fuerzas políticas chocan escandalosas una contra la otra en lo más nimio y hacen estallar todos los posibles puntos de encuentro. Entonces la poesía se enquista en la garganta y, refugiada en esa pureza interior –que, mientras no se convierte en real, tampoco se corrompe–, suspira de amor y clama por la eterna concordia. Probablemente, querría demoler el entorno a palos, pero se mantiene en un estilo dulce, intimista, en apariencia abstracto y atento a la forma, que, no por desentenderse del mundo, deja de ser político. A pesar de su camuflaje, esa lírica es un grito que implora un cambio desde dentro, elitista, si bien aspira a extenderse al conjunto de la sociedad.

Eso fue lo que ocurrió en el paso de la Edad Media al Renacimiento en Italia, cuando la secular contienda económica y territorial entre el papado y el Sacro imperio romano germánico, esto es, el conflicto entre güelfos y gibelinos, impregnó la vida de las familias adineradas, provocando en las ciudades un estado de constante violencia e, incluso, el exilio de algunos de los más afamados poetas. Entre ellos, Guido Guinizelli, un gibelino expulsado de la comunidad donde era magistrado, inició un nuevo modo de escribir poesía que, con un fuerte sesgo filosófico, de cuño neoplatónico, celebraba el amor en cuanto fuente de unidad entre bien, verdad y belleza, a la vez que medio de elevación del alma humana. Pese a sus diferencias políticas, Alighieri, quien era güelfo, lo menciona en la Divina comedia con admiración señalándolo como su maestro y el creador de una tendencia estética que describe con cercanía y autenticidad la vivencia que mueve la inspiración. De acuerdo con su propia sugerencia (Purgatorio XXIV, 57), dicha corriente poética fue denominada más tarde Dolce stil novo, donde se alinearon también su amigo Guido Cavalcanti y él mismo, con su Vida nueva.

Al corazón gentil acude siempre Amor
como el pájaro de la selva a la verdura;
ni hizo a Amor antes que a corazón gentil,
ni a gentil corazón antes que a Amor, Natura.
Que entonces como existió el Sol,
así pronto fue el esplendor luciente,
mas no antes que el Sol.
Y toma Amor en la gentileza el sitio,
tan propiamente
como el calor en la claridad del fuego.

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Según puede apreciarse en ésta, su canción más emblemática, Guinizelli describe con sencillez y una musicalidad extraordinaria el mutuo requerimiento del amor y la virtud, de tal modo que nunca pueden existir separados, el uno sin la otra. La idea de que la gentileza está asociada al valor de la persona y no constituye un factor hereditario, fundado en el criterio de sangre, separa este nuevo estilo lírico del amor cortés y lo vincula a la concepción amorosa de una reciente nobleza ciudadana, cuyo fundamento radica en dotes como la inteligencia o la cultura. El trovador provenzal, siempre de origen aristocrático, realizaba sus efusiones poéticas como parte de una educación sentimental cortesana, paralela y complementaria a los torneos, donde los jóvenes de alcurnia desarrollaban sus aptitudes físicas y también concedían su victoria a una dama. En ambos casos, el galanteo dirigido a la esposa del señor se efectuaba con el fin de complacer al marido y, en ese sentido, servía para extender la relación de vasallaje. Es cierto que estas acciones además podían proporcionar cobertura a una relación sexual y propiciar algún encuentro furtivo, como sucedió –según narran las leyendas– con la reina Ginebra y el caballero Lanzarote. Pero, en esta cuestión, el nuevo estilo transita por un camino diferente que acerca la erótica a la mística, puesto que pretende trascender tanto lo individual como lo físico. El amor se concibe como una única fuerza indivisa que recorre toda la naturaleza, infundiéndole vida, luz y calor, cuya fuente última se encuentra en el carácter difusivo del principio creador. De ahí que Guinizelli utilice la alegoría del sol, que ya Platón había usado en la República, para indicar la identidad esencial de ser y bien, sobre la cual se funda la posibilidad de que el humano se eleve moralmente hacia lo divino. Dicho ascenso, sin embargo, se explica por la atracción que el amado ejerce sobre el amante, es decir, de acuerdo con la tradición aristotélica que hace del motor inmóvil, de la pura inteligencia que se piensa a sí misma, la causa final de todo movimiento. La intercesión entre Dios y el hombre se realiza mediante la figura femenina, esa “mujer que a guisa de estrella lo enamora” y que se presenta con el aspecto de un ángel, bajado del reino celestial para indicar el camino de retorno hacia él:

Esplende en la inteligencia del cielo
Dios creador más que en nuestros ojos, el Sol:
el juicio oye a su factor más allá del cielo,
y el cielo deseando, a Él lo obedece;
y así como corresponde al juicio
dar a la justicia de Dios beato cumplimiento,
así en verdad obra deseo
la mujer bella: en la mirada enciende,
por gentileza, el talento
que le será siempre obediente.

Señora, Dios me dirá: “¿Qué presumiste?”,
siendo mi alma de Él delante.
“Al cielo pasaste y hasta Mí viniste
y diste en vano amor a Mí en semblante:
que a Mí convienen laudes,
y a la reina del dominio digno
por quien cesa el fraude”.
Dirle podré: “Tiene semblante de ángel;
que fuese de tu reino
no ha sido una falta que la amase”.

Aun cuando la imagen femenina aparezca desexualizada, todavía es capaz de retener voluptuosa la belleza y, convertida en una espiritualidad física palpable, provocar el arrobamiento de quien la contempla. Al conservar su carácter sensible y no desvanecerse en la pura idealidad, la relación amorosa puede llegar a concretarse. Éste es el caso de Guido Cavalcanti, el mejor amigo de Dante y uno de los líderes güelfos, quien curiosamente se desposó con una mujer de familia gibelina, como si pensase que el conflicto fuera meramente externo y pudiese ser superado en la intimidad. Cosa que, evidentemente, no ocurrió no sólo porque el amor que enraíza en el mundo físico no es eterno sino porque, al final, también él tuvo que exiliarse. Cavalcanti compuso uno de los más célebres versos, en los que el varón canta su veneración por la mujer y cae irremisiblemente rendido ante su atractivo sensual. Muchos siglos después, el soneto continuaba ejerciendo fascinación sobre el poeta americano Ezra Pound:

¿Quién es ésta que viene y todos miran,
que hace temblar de claridad el aire
y Amor trae consigo y tal donaire
que los hombres se callan y suspiran?
Oh, mi Dios, qué semeja cuando gira
los ojos, diga Amor; yo no podría:
junto a su suavidad parecería
la mujer más humilde, perra de ira.
Describir no se sabe ese placer
de verla, que arrodilla a la virtud
ante la diosa que su beldad muestra.

Efectivamente, para Cavalcanti el amor es una pasión natural perteneciente al alma sensitiva y, llevado a la perfección, permite lograr la más alta realización de aquélla. Al estar orientado hacia el placer y la reproducción de la especie, exige correspondencia y satisfacción de acuerdo con la razón y el orden naturales, pero la fragilidad de su origen sensible lo condena al fracaso, sin posibilidad de redimirse a través de una síntesis con las facultades superiores del alma, como el raciocinio o el intelecto. De ahí que esta poesía se regodee en la luctuosa oscuridad del romance tormentoso, frustrado o no correspondido, ese que se escribe “con tinta negra”, y se solace en el dolor de quien ansía ser amado con desesperación:

Pudiste ver cuando te vio mi espera
el tembloroso espíritu de amor
que nace y arde cuando un hombre, amor,
se está muriendo y sólo muerte espera.
De ese espíritu fui tan presa entera
que pensé que moría de dolor
y el muerto que era yo tuvo el valor
del alma triste que en amor espera;
pero cesó el morir cuando miraste
mi corazón con ojos de merced
y luz, calor, pasión, nueva dulzura;
ese espíritu, amor, al que me alzaste
socorre a los que mueren de hambre y sed,
a los cansados ya de vida dura.

A pesar de la emoción y fineza de estos versos, donde se anticipan algunas de las figuras literarias de la mística española, el materialismo late en el fondo de la poesía de Cavalcanti. En la canción filosófica “Dama me ruega”, donde diserta sobre la esencia del amor, confiesa su afinidad con Averroes al juzgar finita al alma individual y conceder la inmortalidad sólo al intelecto agente. La búsqueda del placer y el gozoso reconocimiento de que donde hay vida no puede haber muerte son el eco de las ideas de su padre, un filósofo epicúreo florentino, a quien la Divina comedia sitúa entre herejes y hedonistas en el Canto X del Infierno. Frente a él, Dante abordó la cuestión del amor desde una perspectiva acorde con el cristianismo, pero no se puede negar que compartió muchos de los cánones estéticos con su amigo. Así, en la Rima XXIV de la Vida Nueva, el poeta se topa con la súbita visión de dos damas que pasan caminando a su lado. En una clara alegoría del proceso erótico que describe la obra, Primavera –una de las jóvenes que inspiraron a Guido– va delante, precediendo a Beatriz –la musa de Dante–.

Dante

En efecto, el conjunto de poemas y explicaciones de la Vida Nueva constituyen, más que un diario íntimo, un auténtico tratado sobre la evolución del enamoramiento, desde que el poeta ve por primera vez a su amada, cuando era un niño de nueve años, hasta que ella muere y él consigue sublimar definitivamente su imagen, haciéndole tomar un cariz teológico. En un comienzo, igual que en Cavalcanti, el amor irrumpe como una pasión que trastorna, arrebata y turba hasta el punto de transfigurar a quien la vive. Imposible de controlar, aturde, paraliza, hace palidecer y silencia ante la presencia de la amada:

¿Sabes que vengo a ser nueva criatura
en la contemplación de tus bellezas?
Si lo supieras, toda gentileza
fuese quizá la mofa que me apura,
que Amor, pues tu visión me transfigura,
cobra tantos arrestos y fierezas,
que ataca aciagamente mis sentidos
–ora parecen muertos, ora heridos–,
dejándome tan sólo que te vea.

Esto hace recordar la interpretación de Avicena del amor como una enfermedad, cuyo remedio –según decía Ibn Hazm– es vivirla, porque el paciente no quiere la curación:

Tanto tiempo, me tiene dominado
Amor por su virtud de señoría,
que si al principio duro parecía,
hogaño me parece suavizado.
Y es que cuando me deja anonadado
porque el ánimo escapa y se extravía,
entonces, débil, siente el alma mía
tal goce, que me noto demudado.

Pero aquí la sanación no es posible, porque el amor permanece sin realizarse, clausurado en la esfera del deseo inconcluso y de la imaginación. Todo encuentro se produce a la distancia: sólo hay cruces de miradas o algún saludo lejano. Tampoco puede decirse que sea un amor impedido exteriormente. Es cierto que en algún momento parece haber un cierto rechazo por parte de Beatriz, pero más bien da la impresión de que es Dante quien no tiene voluntad de concretar la relación, primero por timidez y luego porque se siente desbordado por la inmaculada presencia de la amada. Lo único que conocemos a través de su poesía es el efecto que el sentimiento amoroso produce en el amante. Por tanto, la solución ofrecida no habrá de salvar a la pareja sino sólo al individuo que padece. Consiste en dejar de ser esclavo, hacerse con las riendas y controlar al amor, lo cual se logra a través de la inteligencia:

Escribió el sabio: son la misma cosa
el puro amor y el noble entendimiento.
Como alma racional y entendimiento,
sin uno nunca el otro vivir osa.

La idealización de la amada se consuma con la aceptación de la muerte de Beatriz, cuando el poeta admite el principio de realidad y emprende la redención del mal. Entonces el amor adquiere un valor pedagógico, se transforma en ejemplo y factor de elevación hacia a Dios, que permitirá alcanzar la felicidad perdida tras el pecado original:

Mora Amor en los ojos de mi amada
por lo cual cuanto mira se ennoblece.
Aquel a quien saluda se estremece:
todo mortal le lanza su mirada.
Si ella baja la faz, el todo es nada,
el ánimo en quejumbre desmerece,
muere soberbia, cólera perece.

Por ventura acudió a la mente mía
la señora gentil a quien pusiera
por sus méritos Dios en la alta esfera
de la humanidad, do está siempre María.

Así, Beatriz representa el amor incondicional que ennoblece y en ella se recogen las funciones de cuidado, acogimiento y educación. Tras la figura de la mujer amada se esconde el ideal materno de la mediadora ante el padre, que ayuda a alcanzar la salvación gracias al perdón y a la conmiseración, a esas virtudes piadosas y pasivas, que dejan a cada uno hacerse artífice de la propia superación. Ésta es la Beatriz que al comienzo de la Divina comedia pide a Virgilio que se ponga en camino para socorrer al poeta extraviado, diciendo que el amor la mueve a hablar. Parangonada con la Virgen María, se convertirá en fe, en esa fuerza inspiradora que hace ascender al poeta de círculo en círculo hasta llegar al Empíreo:

el cielo que es luz pura
luz intelectual, plena de amor;
amor de verdadero bien lleno de dicha;
dicha que trasciende toda dulzura.

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