“El dolor”, de Marguerite Duras

marguerite-duras-el-dolor-full.pngSe reedita en Alianza Editorial una de las obras más representativas de Marguerite Duras (1914-1996), El dolor (La douleur, 1985), quizá la más contundente y descarnada de cuantas produjo, y, sin duda, una de las cimas narrativo-ensayísticas del siglo XX. Esta cuidada edición, aparecida en la colección “Alianza Literaturas”, está además acompañada de un tan breve como elocuente epílogo, en forma de posdata, de Clara Janés. Ésta describe El dolor como un “ir hurgando en el fondo de los fondos del sufrimiento humano, entrando en el odio del hombre contra el hombre, que, por cuestiones políticas, adopta los aspectos más inhumanos”.

En el pequeño prólogo que Duras antepone a su obra leemos una confesión desgarradora, que a la vez presagia lo que el lector encontrará en el interior del relato: “Cómo he podido escribir esta cosa a la que aún no sé dar un nombre y que me asusta cuando la releo”, palabras que tanto recuerdan a aquellos versos de Sylvia Plath en Ariel en los que confesaba albergar un “no sé qué oscuro”, o a aquellos otros de Rosalía de Castro en Las orillas del Sar en los que reparaba en la “negra sombra” que a todas partes la acompañaba. Y apunta, además, que “El dolor es una de las cosas más importantes de mi vida”, jugando con el título de su obra y con el sentimiento que tanta mella hizo en la vida de la propia Duras, una existencia compleja, difícil, en ocasiones estremecedora, pero nunca acomplejada. Pues “lo extraordinario es inesperado”, como escribe en las primeras líneas de este hermoso e imprescindible texto, una extraña oda en la que se mezclan el amor, la espera, la muerte, la finitud y la eternidad.

La historia que ofrece Duras en El dolor es un complejo entramado de emociones, todas ellas adaptadas a la narración de unos hechos precisamente inenarrables por su carácter oneroso, por su hondura, casi por su inverosimilitud, pero, ante todo, por su capacidad de escarbar en las entrañas del alma humana. Y es que:

Detener los latidos en las sienes, detener el corazón, tranquilizarlo, nunca se tranquilizará por sí solo, hay que ayudarlo. Detener la exorbitación de la razón que huye, que se va de la cabeza.

Marguerite Duras nos expone, como pocos escritores del XX han sido capaces, a la experiencia más amarga del sentir humano: la pérdida y la amarga espera esperanzada, la arrebatadora certeza de que “hay que resistir”, de que el resto “es energía perdida”, y que, para ello, hay que “conservar todas las fuerzas, para el suplicio”. El verbo de Duras no ofrece en ningún momento cabida a lo entrañable, a lo melifluo, a la dulcificada experiencia del olvido. Todo, sin excepción, permanece en la memoria, y por eso el dolor es tan grande que él mismo “se asfixia, no tiene aire. El dolor necesita espacio”. Espacio que, en ocasiones, ni siquiera se nos concede, quedando nosotros mismos sin ese aire, ahogados, expatriados de nuestro cuerpo, sin ese espacio tan necesario, tan vital, para respirar. El dolor acecha hasta arrinconarnos, y él mismo queda presa de sus propias fauces, que devora y nos devora.

Yo ya no puedo nada. Conforta estar ceñida por otros brazos. Casi podría creerse que la cosa va mejor a veces. Un minuto de aire respirable. Nos sentamos para comer. Inmediatamente vuelven las ganas de vomitar. […] Vuelvo a necesitar espacio vacío para el suplicio.

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Esta experiencia límite nos confronta con lo más íntimo de nuestro ser, con la mismidad que se autoexpone y se sabe expuesta a los horrores del mundo y a los ojos de los demás: “No sé dónde meterme para soportarme”, escribe Duras. Lo que nos conduce, finalmente, a la enriquecedora pero a veces lacerante soledad: “Así pues, estoy sola”, y, finalmente, a un desolador solipsismo: “No se me ha propuesto lucha alguna. La que llevo a cabo, nadie puede conocerla. Yo lucho contra las imágenes de la cuneta oscura”. El dolor nos encapsula, nos encierra en un infierno horizontal y nos sitúa en un interregno a medio camino entre el deseo de acabar con él y la esperanza de que alguna vez pueda cesar: “Fuera de esta espera, ya no hay existencia”. Aunque reconoce que esta debilidad esconde un espacio por descubrir:

Así, segundo tras segundo, la vida se nos va también a nosotros, todas las posibilidades se pierden, y de la misma manera nos vuelve y todas las posibilidades renacen.

Finalmente, el abismo vence: “El horror asciende lentamente como una inundación, me ahogo. Ya no espero, de miedo que tengo”. El miedo suspende la capacidad de espera, la capacidad para sosegar nuestro espíritu y transportarlo a un horizonte de certidumbre, de confianza, perdiéndose así “en el corazón del absoluto dolor del pensamiento”, que rumia sus propios desechos y convierte la frescura en fuego inextinguible.

Las descripciones de los cadáveres dejados por la guerra (el entorno del relato se sitúa en la Segunda Guerra Mundial) son, en Duras, tan realistas que hacen al lector presenciar en primera persona aquello de que se habla. Los cuerpos se convierten en “formas” sin hálito vital, sin alma, en detritus y víctimas propiciadas por la sociedad en su conjunto, que ha sido permitido (en un giro muy à la Hannah Arendt) por el silencio de las mayorías (“la única respuesta que puede darse al crimen es concelebrarlo como un crimen de todos”):

Llegó el doctor. Se paró en seco, la mano en el pomo de la puerta, muy pálido. Nos miró, luego miró la forma que yacía en el sofá. No comprendía. Y después comprendió: la forma aún no estaba muerta, flotaba entre la vida y la muerte y le habían llamado, a él, al doctor, para que intentara hacerla vivir aún. El doctor entró, fue hasta la forma y la forma le sonrió.

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Pero es ésta, también, aunque costara creerlo, una historia de esperanza y perseverancia, de enfrentamiento y superación, de encuentro con una paz que parece siempre esquiva: “He entrevisto que un futuro posible llegaría, que una tierra extraña emergería de este caos y que en ella nadie esperaría ya”. Merece la pena reproducir el siguiente fragmento en el que las fuerzas de la protagonista (la propia Duras, recordemos que este libro es un diario), que desfallecen, ascienden por una empinada pendiente que hace a la autora deslizarse de nuevo hacia el comienzo, como si de un Sísifo contemporáneo se tratara:

Las fuerzas vuelven.
También yo empiezo a comer, empiezo a dormir. Recupero peso. Vamos a vivir. Como él durante diecisiete días no puedo comer. Como él durante diecisiete días no he dormido, por lo menos creo no haber dormido. En realidad duermo dos o tres horas al día. Me duermo por todas partes. Me despierto aterrorizada, es abominable, cada vez creo que él ha muerto durante mi sueño. Sigo teniendo esa pequeña fiebre nocturna. El doctor que viene por él se preocupa también por mí. Receta inyecciones. La aguja se rompe en el músculo de mi muslo, mis músculos están como tetanizados. La enfermera ta no quiere ponerme inyecciones. La falta de sueño provoca trastornos de la vista. Me agarro a los muebles para andar, el suelo se inclina ante mí y tengo miedo de resbalar. Comemos la carne que ha servido para hacerle jugos de carne. Es como papel, como algodón. No cocino nada, sólo hago el café. Me siento muy cerca de la muerte que he deseado. Me resulta indiferente, e incluso en eso, en que me resulta indiferente, tampoco pienso. Mi identidad se ha desplazado. Solamente soy la que tiene miedo cuando se despierta.

Un libro tan estremecedor como sensible, tan conmovedor como real (¿cómo contar lo incontable, lo que escapa del dominio de cualquier palabra?) en el que, además de estos extremos (amenazantes, reales, concisos), Duras expresa algunos de sus más bellos pensamientos sobre la existencia humana: “el dolor está implantado en la esperanza”; “Los que esperan la paz no esperan, no esperan nada. Cada vez hay menos motivos para no tener noticias. La paz aparece ya. Es como una noche profunda que estuviera llegando, es también el comienzo del olvido”. Fundamental.

3 comentarios en ““El dolor”, de Marguerite Duras

  1. MArguerite es intimidante, su literatura , concisae incisiva penetra como un bisturí. paradójicamente es muy bella, lo marca a una. ha vivido épocas terribles . En carne propia y en su entorno ha vivido la miseria humana, el dolor físico y existencial. Nos salva la esperanza. imprescindible.

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