Vanessa Bell: la olvidada hermana artista de Virginia Woolf

vanessa-bell-mujer.jpgVanessa Bell (1879-1961, de soltera Vanessa Stephen Jackson), hermana mayor de Virginia Woolf, ya pintaba en su infancia mucho antes de que la futura escritora aprendiera siquiera a coger una pluma. Aunque también perteneció al célebre Círculo de Bloomsbury como uno de sus miembros más destacados, su trabajo quedó ensombrecido, pasado el tiempo, a causa de la fama de su hermana Virginia, con quien sin embargo siempre mantuvo una estrecha y enriquecedora relación. La futura autora de La señora Dalloway describía a Vanessa con una jarra dorada repleta de agua de la que, sin embargo, nunca se derramaba una gota. Era la hermana mayor, de la que todos esperaban responsabilidad, méritos y cuidados.

En 1907 contrajo matrimonio con el crítico de arte Clive Bell. Ambos acordaron desde el principio mantener una relación abierta, sin permanecer atados sexualmente el uno al otro, y tanto Vanessa como Clive conocieron diversas parejas sentimentales y sexuales fuera de su matrimonio. Además de los dos hijos que Vanessa tuvo con Clive (uno de ellos fallecido muy joven en la guerra civil española mientras conducía una ambulancia), llegó a tener otra, producto de su affaire con el pintor bisexual Duncan Grant: nada menos que la futura escritora Angelica Garnett. El propio Clive Bell mantuvo relaciones con Virginia Woolf, quien, se dice, cayó enamorada platónicamente de él durante un tiempo. En este sentido, la reputación de Vanessa como mujer “excesivamente” libre y aquellas relaciones, tomadas como auténticos escándalos sexuales, también hicieron de ella, desde muy pronto, una suerte de mujer fatal o prohibida en la clasista y victoriana sociedad inglesa, si bien nunca se tuvo en cuenta que, en efecto, la mayor parte de los integrantes de Bloomsbury ejercían el mismo derecho a esta consentida promiscuidad.

Vanessa Stephen Jackson fue una de las introductoras del impresionismo en Inglaterra y uno de sus mayores exponentes en toda Europa. A juicio de Fiona MacCarthy (The Guardian), fue en su campo mucho más radical y original que su hermana Virginia en el terreno de la escritura. Rasgos que contrastan con el apodo con el que la conocían en el entorno de Bloomsbury, “la santa” (the saint), a causa de su envidiable dulzura y por la facilidad que tenía para escuchar y entregarse a los problemas de los demás.

Vanessa Bell

La libertad en todas sus vertientes (artística, sexual, sentimental) fue la bandera que izó y defendió durante toda su vida esta única y singular artista, a lo que se añadió su fuerte impronta pacifista y el desarrollo de nociones marcadamente progresistas en lo artístico y en lo social, prestando atención a corrientes culturales de todo el mundo, sin ceñirse a la británica. Ello hizo de Vanessa un receptáculo de nuevos impulsos que se tradujeron en originales e inéditas ideas que repercutieron en el desarrollo del arte pictórico en Inglaterra y en Europa. Como apunta Ian Dejardin (historiador del arte y director de la Dulwich Picture Gallery), destaca “su audaz rechazo de las nociones tradicionales de lo bello”, que resultan “verdaderamente valientes y aún hoy nos pueden asombrar”.

Vanessa pasó una infancia feliz junto a sus hermanos en la acomodada posición de su familia. Ella misma no tuvo reparos en reconocer que tales facilidades fueron las que, de alguna manera, permitieron que se deshiciera de ciertas tradiciones que, más tarde, consideró vetustas y caducas. Siempre recordó sus años más jóvenes en Cornualles con profunda ternura, cuando la naturaleza y la más absoluta libertad eran las únicas protagonistas. Hay que tener en cuenta que tanto la madre (Julia Duckworth, idolatrada por todos sus hijos) como el padre, Leslie (un auténtico erudito de su época), mueren muy pronto, y que Vanessa se convierte así en el eje femenino de la casa (tras el fallecimiento de la hermanastra mayor, Stella), lo que la inundó de una responsabilidad que, en muchas ocasiones, le dificultó desplegar con total independencia sus talentos artísticos.

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Fueron estas onerosas circunstancias las que también la empujaron a llegar a ser quien fue: una incansable trabajadora, escrutadora de nuevas formas de arte, preocupada siempre por sus hijos (a quienes cuidaba con auténtico tesón, por lo que incluso su hermana Virginia llegó a sentir celos), emancipada y pujante. La propia Virginia convirtió desde muy joven a su hermana en su más cercana confidente, y, para la escritora, Vanessa nunca dejó de ser una suerte de madre protectora. Merece la pena leer las palabras de Nadia Fusini en Poseo mi alma, quizá la más íntima y cercana biografía que se haya escrito sobre Virginia Woolf:

Leslie [padre de Virginia y Vanessa], enseguida, eligió [tras la muerte de Stella, hermanastra de ambas] la siguiente víctima: sería Vanessa, o Nessa, la hija mayor, aunque muy joven, la que se encargaría de hacer que la casa siguiera adelante y la que le consolaría. Y Vanessa se echó el fardo a los hombros. No protestó. Reaccionó como si se supiera su papel de memoria: era atenta y sumisa con sus hermanastros George y Gerald, servicial con su padre y protectora con sus hermanos más pequeños. No olvidó su primer deber, el de confortar al viudo, Jack, que estaba mal, muy mal, y que rebelde y huraño se confiaba sólo a ella. Incluso, en un determinado momento, quiso casarse con ella, confundido quizá por el hecho de que, en casa, Nessa había ocupado el papel de Stella.

vanessa-bell-niña.jpgVanessa tuvo que luchar contra todos los elementos para ayudar a los seres que tanto esperaban de ella (muy posiblemente, de manera egoísta, esquivando sus propias obligaciones y adscribiéndoselas a ella), lo que la llenó de fortaleza para, años más tarde, formar su propia familia y llevar a cabo sus más originales ideas sobre el arte. Incluso cargó con abiertas insinuaciones y abusos sexuales por parte de su hermanastro George, hecho que también Virginia sufrió. Siempre en silencio, bregando, aguantando. Luchando para llegar a ser una “famous painter”, como confesó a su hermana.

Vanessa fue una niña feliz, una joven curtida a través del sufrimiento y las responsabilidades y una mujer decidida y libre. Siempre se mantuvo cerca de su hermana Virginia, a quien diseñó las portadas originales de sus libros. Hoy, pasado el tiempo, Vanessa es al fin reconocida como una de las retratistas más influyentes del siglo XX y como una innovadora artista que introdujo la impronta de nuevas formas e inquietudes en la pintura de Inglaterra y toda Europa, además de ser una de las primeras experimentadoras de la fotografía. Pero no sólo en el arte: también en lo social fue una pionera, al poner de relieve las “estúpidas”, “anticuadas” y “viejas” ideas victorianas sobre la férrea y “estérilmente casta” educación de los niños, o al reivindicar el pacifismo como único camino para un sano desarrollo de los pueblos. También, en fin, en lo sexual y sentimental, como una auténtica antecesora del movimiento queer y de la libertad sexual.

Una mujer portentosa en lo personal y en lo intelectual, a veces eclipsada por diversas –y en ocasiones del todo funestas– circunstancias que no le pusieron las cosas fáciles, admirada y querida por todos aquellos que pudieron conocerla. Hermana, madre, amante, artista. Mujer excepcional.

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