La “Anábasis” de Jenofonte: la vuelta a casa más difícil

La Anábasis, escrita por Jenofonte de Atenas en el siglo IV a.C., narra la expedición de diez mil soldados griegos, liderados por Ciro el Joven, y la posterior vuelta a Grecia del contingente, tras la muerte del sátrapa a manos de su hermano Artajerjes. Es con toda seguridad una de las mayores epopeyas de la historia.

Al comienzo del Libro III de la Anábasis, la situación de los mercenarios griegos es desesperada:

Cuando los estrategos fueron capturados y los capitanes y los soldados que les acompañaban fueron pasados a cuchillo, se produjo un tremendo desconcierto entre las filas griegas. No en vano eran conscientes de hallarse en las inmediaciones de la corte del rey, de que se encontraban rodeados por todos sitios de un gran número de poblados y ciudades enemigos en los que nadie estaría dispuesto a procurarles mercado, de que se encontraban a no menos de diez mil estadios de Grecia y no tenían un guía que les abriese camino, un camino de regreso que, por otra parte, se encontraba atravesado por ríos infranqueables; los bárbaros que habían acompañado a Ciro en la expedición les habían traicionado y se habían quedado solos, no contaban ni siquiera con un jinete aliado, por lo que, obviamente, ni en caso de victoria podrían matar a ninguno, pero, si caían derrotados, nadie sobreviviría. Con tales pensamientos, del todo desmoralizados, pocos fueron los que esa tarde probaron bocado y los que hicieron lumbre; de hecho hubo bastantes que ni acudieron al campamento aquella noche, sino que se echaron a dormir allí donde cada uno se encontraba, sin poder pegar ojo por la tristeza y la nostalgia de su patria, de sus padres, mujeres e hijos, a los que, creían, jamás volverían a ver. En tal estado de pesimismo, todos trataron de descansar.

Se inicia así una aventura de vuelta hacia casa para todos estos soldados griegos, que exigirá todas sus fuerzas físicas y psicológicas; toda su fe, su destreza y su inteligencia serán exprimidas al máximo para completar con éxito semejante travesía.

Uno de los más destacados estrategos que comandó las fuerzas griegas en esta situación límite fue Jenofonte de Atenas, tal y como él mismo se presenta en la obra:

Se encontraba en el ejército un tal Jenofonte, ateniense, que sin ser estratego, capitán ni soldado, sin embargo se había sumado a ellos a instancias de Próxeno, a quien le unía desde antigua un vínculo de hospitalidad.

Jenofonte AnábasisJenofonte nació en Atenas en el 431 a.C., fue un militar y escritor griego, conocido principalmente por sus obras sobre la historia y la cultura griegas. Entre sus obras históricas y biográficas, además de la Anábasis, la Ciropedia, las Helénicas, Agesilao y Sobre la constitución de los atenienses, también escribió diálogos de carácter filosófico, como los Memorables, Económico, El banquete, Apología de Sócrates o el Hierón.

Fue discípulo de Sócrates, lo que tuvo una gran influencia en su vida y en su obra. De hecho, como cuenta en la propia Anábasis, antes de unirse a los mercenarios griegos camino de Persia, consultó a Sócrates qué debía hacer, si partir o no. El filósofo le aconsejó que se presentara ante el oráculo de Delfos. Astutamente, Jenofonte hizo la pregunta de manera que la respuesta sólo pudiera ser favorable al viaje. Sócrates le reprendió por actuar de este modo, pero le dijo que no podía sino obedecer al oráculo. Así, Jenofonte se enroló con los mercenarios de Ciro.

La aventura relatada en la Anábasis (también llamada en ocasiones La expedición de los diez mil) comienza en el año 401 a.C, cuando Jenofonte era aún bastante joven. Tras regresar de Persia, se pone al servicio del rey espartano Agesilao II. Desde entonces, en todos los conflictos que surgirían entre las ciudades-estado griegas, tomaría siempre parte por Esparta, y se opondría incluso a su polis natal, Atenas, cuyo régimen democrático consideraba inferior a los más autoritarios de Esparta o Persia.

Al final de su vida, protegido por Esparta, redactó las obras que han llegado hasta nuestros días, caracterizadas por su estilo rápido y claro, similar en muchos aspectos al de los reporteros de guerra actuales.

En griego clásico, anábasis significa “marcha tierra adentro”, que es precisamente lo que narra el Libro I de la Anábasis, el camino desde Sardes, en Lidia, hasta Babilonia, en pleno Imperio persa. Ciro el Joven recluta a miles de griegos y bárbaros para vengarse de su hermano, Artajerjes II, que anteriormente le había hecho preso aduciendo una conspiración contra él. Pero Ciro muere en la batalla de Cunaxa a manos de su hermano, dejando a los griegos en una situación desesperada.

Resulta conveniente observar algunos mapas que ayuden a contextualizar los hechos. En el primero podemos ver la situación de la Grecia clásica en el año 362 a.C., algunos años después de que tuviera lugar la expedición de los diez mil. No obstante, es útil para apreciar la variedad del mundo griego. Los hoplitas, y en general todos los soldados griegos reclutados por Ciro, provenían de Atenas, Esparta, Tebas, Creta, Jonia, etc., con lo que se daba una gran diversidad de procedencias dentro del ejército de mercenarios griegos:

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El siguiente mapa nos permite captar la vasta extensión del Imperio persa, también conocido como Imperio aqueménida, en el año 500 a.C., un siglo antes de la expedición de los diez mil:

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Ciro era el sátrapa de la región de Libia, la región más occidental del Imperio.

Por último, veamos la ruta que siguieron hasta Babilonia y, después, río Tigris arriba, a través de las montañas hasta Armenia para llegar a Trebisonda, en la región del Ponto (la ribera sur del mar Negro), para, finalmente, llegar a casa, no sin antes pasar también diversas y muy crudas dificultades:

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Tras la muerte de Ciro en la batalla de Cunaxa, los principales estrategos (generales) y capitanes del ejército griego son llevados a una emboscada por Tisafernes (cercano al rey Artajerjes), con la excusa de una tregua, y son asesinados. A este momento corresponde el inicio del Libro III, citado al inicio del artículo: el primero de una serie de momentos críticos que los griegos tendrán que superar para llegar con vida a su patria.

Jenofonte utiliza un doble recurso estilístico que aporta una gran verosimilitud a su relato. Por una parte, abundan –sobre todo al inicio y en lo referido a Ciro– expresiones que aportan una cierta duda con respecto a lo escrito: “es fama que…”, “cuentan…”, “se rumoreaba que…”. De este modo, Jenofonte no se permite afirmar de forma categórica nada que no haya visto con sus propios ojos.

Por otro lado, el relato es rico en detalles sobre la vida militar, que dan color y credibilidad por su precisión y por lo ajustado de las descripciones. El narrador da cuenta de todo cuanto ve con fidelidad y talento literario. Leamos el fragmento en el que los soldados ven aparecer el inmenso ejército enemigo por primera vez, en la batalla de Cunaxa:

Era ya mediodía y los enemigos no estaban todavía a la vista, pero a primera hora de la tarde se levantó, allá a lo lejos, una polvareda, como una especie de nube blanca que, conforme pasaba el tiempo, iba tomando un tono ceniciento que se extendía por buena parte de la llanura. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, enseguida el bronce empezó a destellar sus reflejos y las lanzas y los escuadrones comenzaron a vislumbrarse.

Desde el comienzo, el lector asiste a la brutalidad propia de la guerra, mostrada de manera directa y sin ambages. Entramos en un mundo donde la traición, el saqueo y la devastación están a la orden del día. Todos son potenciales enemigos y la primera respuesta es siempre la batalla:

Acto seguido, marcharon durante cinco etapas, unas treinta parasangas, a través de Licaonia. Como quiera que se trataba de un país enemigo, Ciro se lo entregó a los griegos para que lo arrasaran.

Los ejemplos abundan:

Los griegos, por iniciativa propia, mutilaron salvajemente los cuerpos de los muertos para que su visión inspirara un inmenso terror en las filas enemigas.

Lo que a continuación tuvo lugar fue un espectáculo terrible: las mujeres, tras arrojar a sus hijos, se precipitaron al vacío, y a continuación los hombres seguían sus pasos. En medio de esta escena, el capitán de Eneas de Estínfalo, al ver que un hombre ataviado con un rico vestido corría hacia el precipicio, trató de sujetarle para impedírselo, pero éste lo arrastró consigo y los dos murieron estrellados contra las rocas.

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Hoplitas dibujados por Karl Kopinski

Es en este ambiente de guerra despiadada donde la palabra, paradójicamente, cobra una enorme importancia. Tal y como afirma uno de los estrategos del ejército griego:

Hemos mantenido los juramentos hechos en nombre de los dioses, aquellos sobre los que los enemigos han cometido perjurio al violar la tregua contra la palabra dada.

En un contexto de lucha constante, la confianza es un bien que escasea y, por tanto, encierra un gran valor. El estratego Clearco, tras la muerte de Ciro, confía en la palabra de Tisafernes y, como resultado, un buen número de estrategos y capitanes del ejército mueren asesinados. Durante el Libro I, una de las características que más resalta de Ciro es la confianza que se puede tener en su palabra, rasgo que denota para Jenofonte la marca de un gran líder.

Es así como, en medio de la brutalidad y el saqueo, la palabra, el discurso y, en fin, el diálogo y la filosofía, tienen mucha importancia. No en vano nuestro protagonista fue discípulo de Sócrates. La mayor virtud es para Jenofonte la valentía, pero también el honor, la confianza que puede ser depositada en uno, ser justo con los iguales y con los subalternos y la libertad de palabra y de pensamiento.

Los jueces últimos de todo esto son los dioses del Olimpo, muy presentes durante toda la obra a través de sacrificios, libaciones y otro tipo de invocaciones:

… como jueces de la competición están los dioses, que, naturalmente, se pondrán de nuestra parte, ya que nuestros enemigos han jurado en falso sobre ellos, mientras que nosotros, teniendo ante los ojos tanta abundancia de posesiones, nos hemos mantenido firmemente apartados de ellas en virtud de nuestro juramento a los dioses.

Los sacrificios rituales son una herramienta de toda toma de decisiones:

Mientras que los adivinos degollaban víctimas sacrificiales sobre las aguas del río, los enemigos descargaban sobre los griegos una nube de flechas y de piedras, pero sin llegar todavía a alcanzarlos. En el momento en que las víctimas se mostraron propicias, toda la tropa entonó el peán e irrumpió en gritos de guerra, gritos a los que también se unieron las mujeres, pues eran muchas las prostitutas que acompañaban al ejército.

A su vez, los dioses son los jueces del obrar humano y, especialmente, salvaguardan el valor de la palabra de los hombres. Son los garantes últimos de la confianza. Los dioses poseen así un clara función moral, pero siempre positiva y apenas coercitiva o represiva: funcionan como ejemplos de seres perfectos y sabios, y son el ideal hacia el que ha de tender el individuo.

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Quizá uno de los momentos más bellos de toda la obra es aquel en el que los griegos, después de todas las penurias sufridas, ven por primera vez el mar:

De repente oyeron a los soldados proferir un grito que corría de boca en boca: “¡El mar! ¡El mar!”. En ese instante, la retaguardia entera se echó a correr hacia allí, azuzando también a las bestias de carga y a los caballos. Cuando se hallaron en la cima, todos comenzaron a abrazarse entre sí, incluidos estrategos y capitanes, con lágrimas en los ojos. De improviso, no se sabe por orden de quién, los soldados empezaron a amontonar piedras hasta formar un enorme túmulo sobre el que colocaron una pila de pieles de buey sin curtir, de bastones y de escudos de mimbre que habían tomado como botín.

Pero, exactamente, ¿qué significa el mar para estos mercenarios griegos? Uno de ellos nos lo explica poco después:

Compañeros, ya estoy harto de empaquetar el equipaje, de marchar, de correr, de llevar las armas, de ir en formación, de montar guardia, de combatir… Ahora que hemos llegado al mar, mi deseo es descansar ya de una vez de tantas penurias y navegar lo que queda de viaje hasta Grecia tirado sobre la cubierta como Odiseo.

Ya casi han alcanzado el objetivo de llegar a casa, sólo queda la parte final, mucho más sencilla. Pero, como no podía ser de otra manera, el periplo restante será aún difícil y estará lleno de batallas y negociaciones.

La Anábasis de Jenofonte tiene una clara intención moral. No obstante, hay que entender este sentido moral en el contexto de la cultura griega. Debemos recordar que su maestro Sócrates es el primer gran representante de la filosofía como modo de vida, en la que discurso y práctica se interrelacionan formando un todo.

La obra de Jenofonte sería, entonces, la puesta en práctica de la filosofía, y describe, para edificar a los hombres, las características de un buen líder, primero a través de las características casi divinas de Ciro el Joven, después del buen criterio (aunque finalmente ingenuo) de Clearco, y finalmente del excelente juicio práctico de Jenofonte.

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¿Qué enseña? Por encima de todo, el valor del dominio de sí y del uso de la razón como única manera de guiar a diez mil hombres. Si los mercenarios griegos son capaces de superar todo tipo de adversidades a lo largo y ancho de decenas de naciones y miles de kilómetros, enfrentados a todo tipo de enemigos, es debido al uso de la razón.

Primero, para rearmarse anímicamente cuando la situación era desesperada, con exhortaciones que les permitieran continuar adelante cuando todo estaba perdido. Después, la estrategia en combate, la constante adaptación a todo tipo de terrenos y vicisitudes, fueron superadas gracias al constante raciocinio de los estrategos griegos que, como excelentes líderes, supieron dirigir a sus hoplitas y al resto de soldados griegos hacia la victoria.

Podríamos entender la Anábasis como el manual del buen líder. Un líder que basa sus enseñanzas en sencillas virtudes griegas: el valor, la justicia y la honestidad. No en vano ya Alejandro Magno consultó esta obra como la mejor herramienta para la preparación de la campaña que llevó a cabo contra el Imperio persa.

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