Hay lugar para la filosofía

Woman readingSentada aquí, en mi escritorio, en la serenidad del silencio, me pregunto una vez más –segura de que no será la última–: ¿qué es la filosofía? Recuerdo haberla descubierto como una asignatura en el instituto, y recuerdo aún más cómo me cautivó, cómo consiguió que ciertas preguntas se quedasen dentro de mí, revolviéndome, atrayéndome, despertándome. El asombro aristotélico vino para quedarse, tanto que hoy soy yo quien intenta sembrar la curiosidad en unos adolescentes que me miran, cada inicio de curso, como si nada de lo que pudiera decirles fuera nunca a formar parte de su mundo. Oigo sus titubeos tímidos ese primer día cuando les pregunto si creen que la filosofía debe ser una asignatura más o debe desaparecer del currículo académico. Observo su reticencia, su desprecio inocente hacia aquello que, como les han vendido, no “sirve”, no “da para trabajar”, y es, en definitiva, “una pérdida de tiempo”. Lejos de molestarme, me entristece, y por qué no decirlo, también me motiva. Afronto esta nefasta situación como un reto, y les comento sonriendo que volveré a hacerles esa misma pregunta cuando acabe el curso.

Cuento esto como ejemplo característico de un problema profundo y preocupante que agrava nuestra sociedad. Las humanidades, como todos sabemos, están siendo desterradas. La velocidad lo impregna todo. No importa hacia dónde vayamos, sólo importa hacerlo rápido. Las redes sociales nos conectan de forma instantánea, pero cada vez hay menos conversaciones reales. La economía inunda nuestros televisores y es ya la dictadora de nuestro mundo. Los políticos han perdido en buena medida lo que un día, allá por Grecia, era un requisito indispensable: la retórica (dícese del arte del discurso). Los libros son casi artículos de coleccionista, sustituidos por móviles de última generación. Las máquinas, en definitiva, son cada vez más inteligentes, y nosotros, y perdónenme por la expresión, cada vez más tontos. Además, ¿qué diría Aristóteles si levantase la cabeza? Para él no podíamos ser animales racionales si no nos preocupábamos por los asuntos políticos. Para el filósofo griego éramos y debíamos ser ciudadanos antes que seres individuos. Quien no lo era quedaba relegado a la categoría de bestia –un calificativo que también utilizaba para referirse a las mujeres, aunque por suerte en esto sí hemos avanzado…. ¿Cuántas bestias habría ahora para Aristóteles? Mejor aún, ¿quedaría algún ser humano?

Si todo esto es nuestro día a día, ¿cómo no va a afectar a la educación? ¿Queda lugar para las letras? El aula es una representación minúscula de la realidad, ¿cómo van entonces los jóvenes a lanzarse emocionados al estudio de la filosofía?

He dicho que el aula es una representación minúscula de la realidad. Puntualizo: minúscula pero esencial. Es una oportunidad de cambio, un resquicio para la lucha, una pausa para tomar aliento. Es en este espacio donde tiene cabida un mundo nuevo. La educación es la herramienta del futuro. Por tanto, la filosofía es imprescindible en tanto que proporciona un tiempo para la reflexión, en tanto que aporta dudas cuando precisamente se cree saberlo todo. Es, por así decirlo, una cura de humildad. No me refiero aquí, en un argumento reduccionista, a lo que aparece en los libros de texto, sino a algo que va mucho más allá: la filosofía es eminentemente práctica en tanto que está viva, late conforme al mundo en el que vive, se enfrenta a él, le planta cara. Por eso debe fundamentarse en el diálogo, en la ironía socrática, en el re-descubrimiento continuo de uno mismo y del mundo. La filosofía nos acerca a los demás, nos proporciona la oportunidad de escuchar, no de oír; de ver, no de mirar; de hablar habiendo pensado previamente, y no de hablar sin pensar, algo que abunda en nuestra sociedad y que a veces incluso está ligado a la fama. La filosofía como asignatura proporciona un lugar donde combatir los males que nos acechan, es un viaje de ida del que jamás se regresa.

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Adoro ver las caras de mis alumnos cuando algo de lo que estoy diciendo está removiéndoles por dentro, casi como un dolor de tripa, como si por un momento sintiesen que están enfermos. Y es que la filosofía es así: incómoda. No estamos acostumbrados a que nos hagan dudar sobre aquello que pensamos que es cierto. No estamos acostumbrados a pensar. Porque si lo hacemos corremos el riesgo de descubrir que estamos equivocados, ¡y eso sí que no! Algunos de ellos se enfadan, les molesta casi personalmente, reaccionan con violencia a esa extraña garrapata que desea alimentarse de sus certezas más profundas. “¿Pero cómo no voy a estar seguro de si estoy despierto?”. Esta vez es Descartes quien pone el dedo en la llaga. Y como él, tantos otros, todos ellos vivos de alguna forma. Porque, y ahí va otra característica, la filosofía es inmortal. El ser humano sigue haciéndose las mismas preguntas que se hacía ya Platón en el siglo V a.C. Nos creemos tan avanzados… y sin embargo, seguimos siendo pequeños enanos a hombros de gigantes, pequeñas hormigas ante un universo infinito. Somos niños que miran a la luna en una noche despejada, y se sienten aún más pequeños, y en cierto sentido también más grandes. Ya lo decía Nietzsche, debemos regresar a la inocencia del niño que inunda con preguntas a sus padres porque todo desea saber. ¿En qué momento de nuestras vidas consideramos que esa curiosidad no es ya necesaria? ¿En qué momento creemos que preguntar es infantil, y preferimos asentarnos en argumentos inquebrantables? ¿En qué momento abandonamos lo que forma parte de nuestra naturaleza? ¿Cuándo, en definitiva, dejamos atrás la ilusión? Y es que ésta y la curiosidad están íntimamente ligadas.

Decían de Kant que, a pesar de ser rígido en sus escritos, era un profesor muy querido por sus alumnos puesto que tenía un gran sentido del humor y a menudo les hacía reír durante sus clases. ¿Por qué no reírnos también mediante la filosofía? Y es que cuando abrimos la puerta a la duda, al diálogo, la abrimos también a caricaturizarnos, a mirarnos ante un espejo y ser capaces de tambalear y a veces ridiculizar nuestro punto de vista. No me refiero, por supuesto, a esa comicidad como algo negativo, sino como la oportunidad, como decía, de conocernos un poquito más, de comprobar que a veces también podemos estar equivocados ¡vaya por Dios!, o que existen opiniones y perspectivas diferentes que no por ello deben ser desechadas completamente.

En definitiva, que yo estaba aquí, frente a mi escritorio, preguntándome qué es la filosofía por millonésima vez a lo largo de mi vida, y me he encontrado con más preguntas. Lo que sí tengo claro es que, como su nombre indica, es amor por el saber. Y es que a mí desde luego me enamoró. Ahora intento que ese amor se propague también entre los adolescentes a los que me dirijo día a día, cada vez un poco más convencidos de que esta asignatura tiene algo que decirles, y aún más importante, cada vez más convencidos de que ellos también tienen algo que decir.

La filosofía es un camino que siempre está haciéndose, en gerundio, como la vida que estamos viviendo, como todo aquello que verdaderamente merece la pena.

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8 comentarios en “Hay lugar para la filosofía

  1. En la primera juventud, primeros cursos de bachillerato, apareció en la clase el profesor de filosofía. Lo primero que nos dijo fue que todos éramos filósofos y que si ahora no lo sabíamos o no le creíamos, él nos lo enseñará a lo largo del curso y al final nos demostraría que tenía razón. A mí me pareció algo fascinante. Estuve a la expectativa durante el curso y al llegar el final, vino la decepción. Esa esperanza en el conocimiento, en el saber pensar –que eso era lo primero que nos iba a enseñar– se fue diluyendo con el paso de los días hasta que al final no hubo nada. A lo largo de mi vida he pensado a menudo en ese profesor y sus clases de contenido menguante. Me parecía que no era capaz de cumplir su promesa. Aunque más tarde, al final del bachillerato, he llegado a pensar que lo que ocurrió fue una censura de la dirección. No hay que olvidar que estábamos en momentos álgidos del franquismo.

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  2. Muchas gracias a la autora Rosa García Macías por un artículo tan significativo e importante no solo para quienes nos ocupamos profesionalmente de la filosofía y creemos en su valor incuestionable para educar nuevas generaciones capaces de pensar con espíritu crítico y libertad sino para toda persona preocupada por la crisis de las humanidades en nuestro tiempo y deseosa de contribuir a superar esta crisis mediante el estudio de la filosofía, de las artes, de la literatura y, principalmente, aportar cada uno nuestro “granito de arena” para el desarrollo de la capacidad de asombro, de admiración y de responsabilidad de cada uno de nosotros por todo lo que vive y existe en nuestro mundo para nuestro bien y para el bien de toda la humanidad.

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  3. Sin filosofía este mundo estaría acabado. Si creemos que este camino es el correcto, que el camino del consumismo, de la rapidez, de la falta de calidad, de la carencia de ilusión y esperanza en todo lo que nos rodea, básicamente la falta de amor hacia la humanidad y a todo lo que nos pertenece es lo que nos compete; si realmente mantenemos esta inercia incesante durante toda nuestra vida, estamos acabados. Sólo la filosofía nos dirá que el camino es bueno para perseguir nuestras metas, pero que tal vez nos hemos desviado y que nuestros objetivos son erróneos. Sólo ella nos hará repensar o pensar por primera vez. Y qué difícil es conseguir que alguien te escuche, cuando efectivamente, como bien lo dices, creemos saberlo todo. Tan malo es pretender encontrar las respuestas de la vida en Wikipedia…

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