Carlos García Gual: “En la busca de la verdad varían los senderos”

Tras una larga y titánica carrera docente e investigadora, Carlos García Gual acaba de jubilarse. No hemos querido perder la oportunidad para charlar con él sobre la actualidad (y el futuro) de la filosofía y de los estudios clásicos en España. Catedrático de Filología Griega en la Universidad Complutense, Gual es sin duda uno de los mejores conocedores, a escala mundial, de la auténtica raíz de la cultura occidental: la cultura clásica. Prolífico traductor (gracias a él se puede leer en español a Homero, Epicuro o Diógenes Laercio, entre otros), recibe en el año 2002 el Premio Nacional a la Obra de un Traductor. También ha destacado como autor y crítico literario en importantes revistas y diarios nacionales (El País, Revista de Occidente) e internacionales.

Como Catedrático de Filología Griega, ¿puede decirnos en qué medida el lenguaje de la Grecia de los siglos V y IV a. C. contribuyó al surgimiento de la filosofía? ¿Configura el lenguaje el modo de pensar?

Cada género literario construye un cierto léxico propio a partir de la lengua común. En Grecia la filosofía aparece —en verso y prosa— tras la épica y la lírica que dieron un notable esplendor y una flexible y rica expresividad a la lengua griega. Esta lengua tiene además una gran facilidad para expresar abstracciones y componer nuevos términos a partir de antiguas raíces. De modo que el pensamiento filosófico, desde fines del siglo VI a. C., encontró en la lengua griega un instrumento muy refinado para su expresión. Notemos, como ejemplo puntual, la importancia que tuvo el uso del artículo que permite sustantivar cómodamente tantos conceptos (tò kalón, to agathón, etc.) —en contraste con el latín que no tenía artículos—,  y, a la vez, la riqueza aspectual del verbo griego.

¿Son el mito y la filosofía modos de pensamiento excluyentes?

Frente a la tradicional oposición entre mythos y logos, que vemos expuesta en muchos manuales de historia del pensamiento antiguo, algunos pensadores recientes han subrayado —como hicieron Cornford y últimamente H. Blumenberg— la conexión latente entre uno y otro, como formas simbólicas que responden al deseo humano de hallar un sentido a la existencia humana en un cosmos acorde a su comprensión.

Carlos García Gual   

¿Debemos pensar en los mitos griegos al modo en que se piensa la religión a ojos de la teología más tradicional, es decir, como un dogma más o menos canónico al que el devoto debe acogerse? ¿Existían “ateos olímpicos”?

No, los mitos no eran dogmáticos. Eran narraciones arcaicas y prestigiosas, que la colectividad mantenía en la memoria y rememoraba en las fiestas y que guardaban los poetas (no los sacerdotes). De ahí la vivacidad y libertad narrativa de esa tradición mítica —con sus figuras impresionantes de dioses y héroes tan humanos, variados,  y  paradigmáticos.

¿Se puede hablar de algún tipo de continuidad entre mito y filosofía, o debemos referirnos a un auténtico hiato o salto antropológico?

Hay una cierta divergencia que nace de la evolución hacia una sociedad más crítica, abierta, escéptica, progresista, que alborea en las costa y ciudades de la Jonia del siglo VI a. C., como han explicado bien los historiadores de esa aurora de la Filosofía (Burnet , Farrington, etc.). La libertad de pensamiento y la mentalidad objetiva explican ese progreso del racionalismo en al sociedad griega.

Hablando de fronteras… Como filólogo, ¿es fácil delimitar la labor de la literatura y la filosofía? ¿Cómo métodos de expresión tan aparentemente distintos pueden llegar, en algunos casos, a clarificarse tanto mutuamente?

La pregunta resulta muy compleja. Hay formas de pensamiento que son más literarias o más poéticas, y otras más severas. En la busca de la verdad varían los senderos. Platón y Nietzsche son tan filósofos como Kant y Spinoza. En la historia de la filosofía caben estilos muy diversos, aunque la literatura y la filosofía tengan objetivos o pretensiones distintas.

Gual

Errata Naturae acaba de publicar un volumen sobre Epicuro en el que usted ha participado junto a Emilio Lledó y Pierre Hadot, bajo el título de Filosofía para la felicidad: ¿qué armas nos ofrece el pensamiento epicúreo para enfrentarnos a esta difícil realidad?

El pensamiento epicúreo —siempre muy fiel a las palabras del viejo Epicuro— nos parece moderno en cuanto renuncia a la trascendencia del idealismo y busca un sentido muy terrestre a la vida, señalando el placer (o el goce, hedoné) como meta del vivir feliz. Evitar el dolor y el miedo al más allá, y contentarse con esa limitada felicidad que está al alcance de todos no parece una apuesta revolucionaria, pero lo ha sido, frente a tantos dogmatismos, fanatismos e idealismos de oropeles, campanillas o sacristías. En un tiempo tan escarmentado, escéptico y atribulado como el nuestro, no es raro que el epicureísmo parezca un refugio amable, si uno se contenta con un jardín privado, al margen del mundanal ruido. (Si bien, ciertamente, no parece  una postura muy altruista.)     

Tras una dilatada carrera como traductor de clásicos (en 2002 recibió el Premio Nacional a la Obra de un Traductor), ¿siente predilección por algún autor en especial? ¿Supone ya la traducción de Epicuro o Platón un ejercicio filosófico?

La traducción, por bien que se conozcan las lenguas en cuestión, supone cierto arte y oficio personal, y uno va aprendiendo con los años y al enfrentarse a  autores diversos. Creo que, si uno traduce por gusto, como es mi caso, aporta también un cierto placer intelectual, ya que el traductor es, pienso, un lector a fondo del texto, que comparte al ponerlo en otra lengua el mensaje original tratando de apurar y precisar el significado poético o filosófico —según los géneros y estilos— de las frases traducidas. Es, sin duda, un buen ejercicio filosófico (y literario): porque ninguna traducción es exacta y no hay —excepto para mensajes muy simples— una solución mecánica a los problemas de la distancia entre los campos semánticos y las sintaxis propias de uno y otro idioma. (Claro que esa distancia varía mucho según las lenguas con que se opera.)

La sociedad reivindica ciertos valores que, en ocasiones, la clase política parece haber perdido. ¿Nos hace falta un genuino Prometeo que se atreva a desafiar el dominio de una clase que, como los dioses griegos, parece prácticamente intocable?

No tengo respuesta fácil a esta pregunta. Creo que la mediocridad de los políticos refleja en parte la sociedad que los ha elegido. La mezquindad intelectual y moral es una de las marcas de nuestro tiempo. Acaso de la modernidad y de la sociedad de consumo. Hasta las revoluciones acabaron desprestigiadas, y los políticos no son, por lo visto, la  mejor  gente —pero sí son muy representativos— de esa sociedad capitalista, donde tener y “hacer” dinero (el capital, la banca, etc.) es el ideal (confesado o no) de casi todos. Prometeo era el patrón del progreso técnico. Vivimos, en cierto aspecto, por el avance incesante y desenfrenado de la tecnología, una época muy prometeica. Ni los epicúreos ni los cínicos fueron revolucionarios, en el sentido social del término, pero proponían un refugio frente a la política envilecida ya en su tiempo. (En eso parecen muy actuales.)

La universidad pública vive tiempos convulsos (reformas de planes de estudio, cuestionamiento del papel de ciertas disciplinas humanísticas, dificultades económicas, etc.): ¿qué papel ocupa la docencia de la filología griega en este difícil panorama?  

Los planes de enseñanza los hacen los políticos (y sus adláteres y burócratas más o menos pedagógicos). Es decir, gente no muy recomendable para programar y solucionar tan difíciles cuestiones públicas con una perspectiva humanista. La filología griega no tiene ningún papel al respecto y ha sido claramente marginada de la enseñanza pública. La drástica reducción de las enseñanzas del griego y del latín es una nota más, tan significativa como triste, de la deshumanización de la universidad en nuestro país y nuestro tiempo. (No sólo de la Universidad, desde luego; en la Enseñanza Media también: la optatividad de esas “materias” en el bachillerato es mínima dentro de lo marginal.) Tal vez, sin embargo, de esto no son sólo culpables los políticos de turno —que intentan seguir las consignas de moda—, sino la propia sociedad de masas , con su tendencia a homogeneizar demasiado y cuyos héroes son los cocineros y los futbolistas.

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Un comentario en “Carlos García Gual: “En la busca de la verdad varían los senderos”

  1. Admirado estudioso de la Antigüedad clásica, de quien he apreciado tanto sus comentarios y traducciones para la Editorial Gredos. ¡Qué labor magnífica la suya! Llegué a este blog desde Google y me parece que estará entre mis preferidos. Espero que de pronto tengáis un momento para visitar mi blog. ¡Bienvenidos!

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