Holbach: “sin la verdad el hombre no puede ser racional”

Holbach Ensayo sobre los prejuiciosLa editorial Laetoli añade un nuevo y fundamental título a su rica y ambiciosa colección de clásicos ilustrados: Ensayo sobre los prejuicios, de Holbach. Por diferentes razones, muchos de los autores de este movimiento han sido ignorados –cuando no deliberadamente silenciados–, y ahora llegan plenos de salud y vigor en un momento en el que sus escritos tienen mucho que decir. En esta ocasión nos centramos en algunas de las obras del mencionado barón de Holbach (1723-1789), de apabullante actualidad y claridad en la exposición de sus ideas, útiles para comprender no sólo el pasado sino también y sobre todo nuestro presente. El carácter inédito en español de la mayor parte de tales títulos adquiere una mayor enjundia, si cabe, gracias a un diseño de portada muy acertado y más que atractivo, que no sólo facilitará la inmersión en una tradición de pensamiento característicamente subterránea, sino que permitirá a los lectores formar una colección de una vistosidad sin parangón en el universo editorial de los libros de filosofía.

Paul Herinrich Diertrich, más conocido como barón de Holbach (1723-1789), supone todo un hito en la literatura ilustrada del siglo XVIII. A pesar de su noble origen, muy pronto, tras el funesto fallecimiento de su mujer Basile-Geneviève d’Aîne en 1754, conoce el lado más oscuro de la existencia. Como explica el profesor Josep Lluís Teodoro en el excelente epílogo de las Cartas a Eugenia. Preservativo contra los prejuicios, “fue precisamente la muerte de su esposa en la plenitud de la vida y el miedo de ésta, ferviente creyente, a los castigos de ultratumba, lo que decidió al barón a dedicar sus esfuerzos a la lucha contra el fanatismo religioso”.

En todas partes los pérfidos ministros de la religión han sido los enemigos declarados u ocultos de la razón porque siempre la hallaron opuesta a sus propósitos; en todas partes la desacreditaron porque llegaron a temer que destruyese su imperio descubriendo sus maquinaciones y la futilidad de sus fábulas.

Holbach comienza así una intensa actividad crítica, no siempre publicitada bajo su autoría, que le ha convertido en uno de los autores más representativos de la Ilustración más radical, si bien no por ello ha pasado a formar parte del elenco de pensadores que habitan la nómina que, se podría decir, conforma la historia de la Filosofía “oficial”. El barón promovió –asegura J.L. Teodoro– “con la ayuda de Diderot y los hermanos Naigeon, y financió la aparición clandestina de unos 30 libros antirreligiosos que por su radicalidad conmovieron a la Francia del Antiguo Régimen”.

La fuente de los males de los hombres se encuentra en su ignorancia. Al iluminarlos sobre sus propios intereses, al enseñarles a pensar y razonar, es como podemos proponernos hacerlos más justos, más sociables, más dispuestos a cumplir unos deberes bien conocidos.

Un Antiguo Régimen que, lamentablemente, Holbach no vería sucumbir en vida: muere unos meses antes de que, en julio de 1789, la Bastilla fuera tomada por los revolucionarios parisinos, un hecho que, como es sabido, daba el pistoletazo de salida definitivo a la Revolución francesa.

Sí, señora mía, desde hace tiempo conozco los funestos efectos de los prejuicios religiosos: en otro tiempo yo mismo fui turbado por ellos. Como vos, he temblado bajo el yugo de la religión […]. Gracias a la razón y la filosofía, la calma ha entrado desde hace tiempo en mi espíritu y he expulsado de él los temores que en otro tiempo lo agitaban.

cartas-a-eugenia¿Qué nos ofrecen las Cartas a Eugenia que no encontremos en otros textos filosóficos? En primer lugar, el estilo propiamente epistolar se presta por lo general a una sencilla comprensión de los dictados del autor en cuestión, que intenta hacerse entender a través de sencillas fórmulas y frases cortas que facilitan la adecuada digestión del mensaje. A diferencia del carácter sistemático –y a veces abstruso– de los tratados filosóficos, las cartas reúnen, en segundo lugar, una suerte de orden abigarrado que nos acerca de una manera única a la personalidad del escritor.

Pero ¿a quién escribe Holbach en estas doce cartas que nos presenta Laetoli, la misteriosa Eugenia? J.L. Teodoro aduce que el barón “no dirige sus cartas a una de esas mujeres que han triunfado en la sociedad, sino a alguien que ha decidido, después de brillar en los salones y de ser el centro de una feliz familia, retirarse del mundo por motivos religiosos. Así, nuestro autor se arroga, no sin ironía, el papel de director espiritual de una mujer angustiada por los escrúpulos religiosos, pero en vez de aconsejarle la sumisión y la fe, la prédica de este consejero fomenta la autonomía moral e intelectual de la dama a la que dirige sus cartas”.

Así pues, señora, nunca os lo repetiré demasiadas veces: inquirid vos misma, haced uso de vuestra inteligencia. Buscad la verdad en la sinceridad de vuestro corazón, haced callar los prejuicios, haceos fuerte ante las costumbres, desconfiad de la imaginación. Entonces sopesaréis con mano segura, fiel a vos misma, las ideas de la religión.

Holbach presenta la filosofía como la soberana que permite el uso libre de la razón. Ésta ha de luchar, en terrible y definitiva batalla, contra el arrollador vasallaje al que nuestro entendimiento es arrastrado bajo el imperio de los prejuicios religiosos, pues “decir que la religión está por encima de la razón es reconocer que no está hecha para seres racionales”, asegura nuestro protagonista. Un nefasto influjo que se extiende, además, a los gobiernos. Como denuncia en el Ensayo sobre los prejuicios,

… la política se cree obligada a engañar a los pueblos, a mantenerlos en sus triste prejuicios y a aniquilar en todos los corazones el deseo de aprender y el amor a la verdad. Esta política, ciega e irracional en sí misma, sólo quiere súbditos ciegos y privados de razón, odia a quienes quieren ilustrarse por sí mismos y castiga cruelmente a los que se atreven a rasgar o levantar el velo del error.

Por todo ello, y como se apunta en el completo epílogo que cierra otra de las obras que componen esta imprescindible colección, Etocracia. El gobierno fundado en la moral, “el barón Paul Henri Thiry d’Holbach es uno de los abanderados de la ilustración radical […]; sus libros fueron repetidamente motivo de escándalo y censura pública, pero Holbach huyó siempre del protagonismo escondiéndose tras un pseudónimo”.

Cualquiera que sea la forma de gobierno adoptada por los pueblos, los encargados de la autoridad pública están comprometidos a conducirlos hacia la felicidad. Pero esta felicidad, incompatible con el vicio y el desorden, se halla sólo en la práctica de los deberes de la vida social, en la observación constante de las reglas de la justicia y en el respeto a la virtud.

Holbach

Tanto Etocracia como el Ensayo sobre los prejuicios albergan una actualidad irrenunciable cuya lectura proporciona todo un ejercicio activo de crítica social y política, no sólo por parte del autor sino también y sobre todo por parte del lector, quien ya desde el principio se ve indiscretamente apelado por la prosa directa, elegante y descarada de Holbach, quien explica sin pelos en la lengua que “he pensado que podía emplear la palabra así formada [Etocracia] para dar un título a un ensayo, un proyecto de unión entre la moral y la política, la idea de una legislación conforme a la virtud que pueda ser igualmente ventajosa para los soberanos, los súbditos, los pueblos, las familias y cada uno de los ciudadanos”.

El monarca se convierte en usurpador cuando se aleja de la justicia y la virtud. Ya no gobierna, tiraniza. Ya no posee autoridad legítima, porque la autoridad, para ser justa, sólo puede estar fundada sobre el bien que se hace a los hombres.

Holbach compendia y desarrolla todos aquellos asuntos que implican a cada uno de los componentes de la sociedad, considerada ésta como un todo que se rige, a su vez, por un único poder. La tesis fuerte de Holbach es que, lejos de apelar a vanas utopías, se hace necesario aunar en esta cabeza ejecutiva, y a partes iguales, la bondad y la capacidad de gobernar: “La política no puede separarse nunca de la moral ni perderla de vista un instante sin que haya peligros iguales para soberanos y súbditos”. De ahí que verdad y política hayan de estar unidas de modo inexorable. Como leemos en el Ensayo sobre los prejuicios:

Al gobierno y sobre todo a la educación incumbe la tarea e hacer común y popularizar la verdad que con tanto esfuerzo el sabio llega a descubrir. En vano éste la habrá sacado del fondo del pozo si la autoridad tiránica la vuelve a echar a él. […] El error no es una enfermedad innata del género humano, la curación de su espíritu se ha hecho tan difícil porque la educación le ha hecho mamar con la leche un veneno peligroso que acaba identificándose con él y que […] produce en las sociedades los estragos más espantosos.

Debate aparte, que el lector habrá de pensar por sí mismo a hombros de Holbach, es quién o qué ha de cimentar esta moral que el autor reclama como compañera inexcusable de la actividad política, aunque éste deja entrever ciertas pistas que nos recuerdan a la fundamentación de la moral en Rousseau. Así, Holbach escribe en el capítulo seis de Etocracia, en el que se refiere a las magistraturas, que:

La equidad natural, la justicia universal, es la base de la moral, y esta moral debe guiar la jurisprudencia. Por ello será universal, ya que, fundada en la naturaleza común a todos los hombres, desconocerá los límites que las convenciones han fijado a las naciones.

Este irreverente y agitador ilustrado deja también claros ejemplos de su desdén e inconformidad frente a los convencionalismos sociales más fuertemente instaurados en su tiempo. Una de sus obsesiones es “la lucha antirreligiosa” que desarrolló entre los años 1760 y 1780, a través de “una intensa y escandalosa actividad de ensayista filosófico, redactando, traduciendo o publicando las obras del pensamiento ateo del momento, hasta convertirse en el más importante divulgador del materialismo filosófico del siglo ilustrado”, apunta el profesor Teodoro.

Ocurre demasiado a menudo que el poder embriague al hombre y le haga olvidar sus deberes; cuanto mayor es su poder sobre los otros, menos se cree obligado a tener con ellos miramientos, deferencias e incluso equidad.

Sin duda, el Ensayo sobre los prejuicios es uno de los trabajos más ácidos, decididos, incendiarios y brillantes de Holbach, y hará las delicias de cualquier lector que quiera pensar nuestro presente de la mano de una de las mentes más lúcidas de la Ilustración radical, aún poco conocida en el contexto de habla hispana. Un volumen imprescindible, acaso peligroso para el poder establecido (como ya lo fue en el momento de su aparición), epilogado con pluma experta por el maestro Jonathan Israel (autor de la enciclopédica obra La Ilustración radical). Y es que, como asegura Holbach en una sentencia de alarmante actualidad, “la tiranía sobre el pensamiento es la violación más cruel, repugnante e inútil de la libertad del hombre”.

Véase cómo todo se pone de acuerdo en este mundo para corromper a la razón humana, extinguir la luz y poner en guardia al hombre contra la verdad. Así los mortales se han convertido por su imprudencia en cómplices de quienes los ciegan y los tienen encadenados. […] Los hombres están reducidos en todas partes a la servidumbre, besan humildemente sus cadenas, se creen obligados a sufrir sin abrir la boca y llegan a perder la idea misma de ver alguna vez el fin de sus miserias, bajo las cuales están convencidos de que el cielo les condena a gemir aquí abajo.

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