Paisajes del Romanticismo musical: lo Infinito desciende a la partitura

Resulta imposible estar al tanto de todo cuanto se publica en un panorama editorial abarrotado de novedades. Que se publiquen y vendan –pero sobre todo que se lean– libros es una buena noticia. Pero a un lector medio le es sencillamente imposible estar al tanto de todo cuanto sale al mercado. Por eso son tan relevantes, cada vez más, las revistas culturales, donde se intenta separar el grano de la paja: no para descartar lo que el crítico de turno considera despreciable, sino, sobre todo y al contrario, para resaltar y poner en valor lo que no debe ser pasado por alto.

El libro del que aquí nos ocupamos, escrito por el maestro Benet Casablancas (Sabadell, 1956), sobresale sin duda de entre ese marasmo editorial por muchas razones. El título, así como su generosa extensión y su atractivo diseño, ya hace que reparemos inexcusablemente en él: Paisajes del Romanticismo musical. Soledad y desarraigo, noche y ensueño, quietud y éxtasis. Del estancamiento clásico a la plenitud romántica (Galaxia Gutemberg, 2020). Prologado, póstumamente, por el filósofo Eugenio Trías. Casi nada. Estamos ante uno de los volúmenes más importantes de los aparecidos en lo que llevamos de siglo XXI en lo referido a la teoría y la historiografía filosófico-musical. Con una prosa propia del avezado novelista y el conocimiento y rigor característicos del concienzudo erudito, Casablancas nos introduce en un universo siempre atractivo, siempre por descubrir y, lo que es más importante, siempre por realizar: el Romanticismo musical. Pero no se ciñe, en efecto, al apartado musicológico, sino que, también y a la vez, se ocupa del pensamiento intrahistórico que dio pábulo a aquel movimiento tan rico en nuestra historia filosófica, literaria y, en general, antropológica.

No podemos contar con mejor introductor que el propio Trías a este respecto: “Siempre he creído –indica el filósofo en el prólogo– que la música tuvo en el siglo romántico su momento más interesante”. Y es que el espíritu romántico impregnó todas las esferas de la vida: desde el arte, pasando por la filosofía, hasta llegar a la política. Ninguna nación europea se sustrajo de este influjo. Como ya escribiera el célebre crítico y musicólogo alemán Alfred Einstein, a quien en esto damos la razón, “ninguna historia del romanticismo europeo estaría completa sin incluir la historia de la música romántica”.

A esta titánica empresa se entrega, decidida, la irrenunciable obra de Benet Casablancas, quien apunta en su introducción: “Constituye el Romanticismo sin ningún género de duda uno de los períodos más apasionantes en la historia de las ideas, la evolución de la sociedad y el arte occidental, período convulso rico en cambios e intuiciones que dejaría una profunda huella en la forma de ver el mundo, y cuya impronta se extiende hasta nuestros días”. En especial, si cabe, en el caso de la música. El Romanticismo musical fue un movimiento intrínsecamente revolucionario. Un auténtico cataclismo ideológico que reaccionó contra las formas y los modos heredados del Clasicismo, aunque en algunos casos los siguió cultivando. Pero erraríamos si nos quedásemos en esa faceta –digamos– más fervientemente revolucionaria, porque el Romanticismo deseó, por encima de cualquier otra dimensión, ser reivindicativo, es decir, hablar y expresarse por sí mismo. Una fue su programática tarea, de la que surgieron el resto: colocar al individuo, y su correspondiente e intransferible subjetividad, en el primer plano musical, más allá de la teatralidad clasicista y más acá del engolado aparataje barroco. También cambió el lenguaje musical, que transitó de una pretendida objetividad armónica a un virtuosismo melódico. O, si de contrastes se trata, debemos referirnos, en último lugar, al binomio compuesto por la claridad (tan cara para la época ilustrada, aquella Aufklärung alemana, presidida por Kant) y la profundidad o incluso la mística: un camino que condujo de la estridente luminosidad de la Razón (Vernunft, raison) a los abismos (Abgrund) más hondos e insondables de la existencia y del corazón humanos.

Casablancas emplea una cita de Schelling, filósofo por antonomasia de las oquedades románticas, para introducir estos Paisajes del Romanticismo musical: “No hay obra de arte que inmediatamente, o por lo menos por reflejo, no represente el infinito”. Y aquí, de nuevo, el enfrentamiento de las fuerzas humanas, tan escasas y restringidas, con lo ilimitado, con lo absolutamente Otro pero sin embargo tan presente, tan palpable en la fricción con las esferas espirituales. Para el músico romántico, no hay sólo la música, sino, ante todo, aquello con lo que nos pone en contacto la música, y esta distinción resulta fundamental para entender el cambio de paradigma respecto al Barroco o al Clasicismo. Porque ya no se trata de alcanzar una intimidad con la divinidad (o no sólo), sino con el Absoluto ingobernable, inaccesible e inabordable. Eso absolutamente Otro que sale al paso del ser humano, a veces como una Nada y otras como un Todo, obligó al individuo romántico a transitar la historia de su propio espíritu y a esbozar su peculiar Bildungsroman: primero para desandar sobre lo andado y, después, para inaugurar y trazar una nueva senda que, más que ser practicable, resultara auténtica –por original e inaudita–, y que, por añadidura, no presentara en su desarrollo oportunidad para la falsedad.

Este camino, que ha de roturarse en soledad, es el que, con brillante empeño, conocimiento y buen gusto expone Benet Casablancas a lo largo de las más de seiscientas páginas de estos imperdibles Paisajes. Como él mismo escribe: “Soledad y desarraigo, noche y ensueño, quietud y éxtasis, son algunas de las figuras o topoi que enmarcarán la constelación poética, planeando sobre todos ellos un inefable sentimiento de Sehnsucht, del anhelo siempre incumplido”. He aquí uno de los milagros, y de los arcanos, del Romanticismo: “el motivo del vagabundo abandonado a su suerte”, prosigue Casablancas, acompañado del “estremecimiento ante lo sublime, la introspección ensimismada que explota en brotes de jovial entusiasmo, [y] la ironía que apenas puede encubrir su dimensión trágica ante una razón que se rompe en mil fragmentos”. Ingredientes todos que, aderezados con la excelente pluma del autor, componen un volumen brillante que hará las delicias de cualquier lector. Eso sumado a los imponentes índices de autores y obras, la completa bibliografía, la muy apreciable galería de imágenes (a color) y el nutrido número de ejemplos musicales, que dan realce y empaque técnico al libro.

Pero volvamos por un instante a Schelling, quien también encabeza el primero de los capítulos del libro de Casablancas. Argumentaba el filósofo alemán que “durante los instantes de la contemplación, el tiempo y el instante de duración desaparecen para nosotros: no somos nosotros los que estamos sumergidos en el tiempo, sino que es el tiempo, más aún, la pura eternidad absoluta, la que está en nosotros”. De alguna forma, el romántico ha dado con la senda para que el asombroso y turbador enigma de la Naturaleza no sólo anide, sino que viva, conviva y se desarrolle en el interior del individuo. De cada individuo. Por eso también escribió Fernando Pessoa, con quien Benet Casablancas cierra su libro (y por cuya literatura, me consta, guarda gran cariño y admiración), que “el artista debe expresar no sólo lo que es de todos los hombres, sino también lo que es de todos los tiempos”. El Misterio que se abre ante el romántico emerge no desde un afuera, sino desde sus adentros. Una interioridad que a todo ser humano le es común y con la que podrá comenzar a dialogar a poco que escarbe.

El romántico, y esto lo describe y descubre muy bien el maestro Casablancas, no está solo en este empeño. Sí se encamina en soledad y es solitario (cómo no acordarse, aquí, del bravo Beethoven, o de los delirios del atormentado Robert Schumann), pero también se sabe en comunidad, en camaradería (Gemeinschaft) con espíritus afines que, puede que por otros lares, también hayan iniciado su propia odisea iniciática; no tanto en busca de solución al Misterio –porque ésta se presume imposible de alcanzar– como en busca de la experiencia que logre aunar lo puramente biológico con lo anímico, lo grosero con lo excelso y, en definitiva, lo material con lo espiritual. Porque los polos se tocan y eso no hubo romántico al que se le escapara. Para ejemplo, tómese cualquier exabrupto de Baudelaire o de Poe: ambos poetas malditos precisamente por comprobar con demasiada lucidez, con peligrosa cercanía, que lo emocional y lo espiritual tienen mucho de material y corporal. De ahí la fundamental importancia que Benet Casablancas otorga en sus Paisajes al estancamiento como elemento musical: a ese elemento que altera y demora lo previsible en una frase, en un pentagrama, en un hilo que se antojaba pronosticable. Una relevancia procesual, podríamos decir, porque antecede a la “inmovilidad de signo contemplativo” que la música romántica denota, “de tal modo –sugiere Casablancas– que la actividad y el sentido productivo clásicos dejan paso a la suspensión del devenir temporal y a la primacía del registro extático”.

Finalicemos con el principio: con Eugenio Trías. El filósofo barcelonés, maestro en lides musicológicas (y mistéricas), siempre defendió que la música posee no sólo su propio logos, su propio discurso, sino que, también y sobre todo, ofrece un conocimiento muy especial sobre aquel no sé qué que queda balbuciendo el alma al que se refirió nuestro Juan de la Cruz: “Y es que la música –expone Trías– es algo más que un juego de formas sensoriales en las cuales el mundo de los sonidos halla su pauta rimada y ritmada, o su perfecto acomodo a nuestros ritmos cardíacos; a través de todo ello, como muy bien señala el autor de este libro en la conclusión, la música se alza y se eleva hasta el conocimiento; la buena música, desde luego”. En otros términos, como el propio Trías se refirió en muchos de sus libros, existe una “gnosis musical: la que los mejores músicos nos proponen”. Porque “la música es filosofía sensorial, que elabora y enaltece, sublimándolas, nuestras emociones y pasiones. Es filosofía infiltrada a través de ese maravilloso arte”.

Beethoven (por si cupiera señalar referencia romántica más autorizada) también sostuvo esta postura, y llegó a afirmar que ninguna filosofía sería jamás capaz de expresar con palabras y conceptos lo que una melodía es capaz de transmitir a través de sus idas y venidas melódicas, mediante la “concordia discordante de las cosas” a la que se refirió Arthur Schopenhauer cuando hablaba de las creaciones del genio de Bonn. La música, tanto para el filósofo como para el músico, hijos de una misma época, desprende un sentido, alberga una significación y, por tanto, su naturaleza es simbólica. La música, a fin de cuentas, expresa la esencia última del mundo.

Quien suscribe estas líneas no encuentra mejor libro para acercarse a la música, y en concreto a la música romántica, que estos Paisajes del Romanticismo musical de Benet Casablancas. Un volumen atronador, como fue el mismo Romanticismo, que con una escritura cadenciosa y muy amable nos introduce en los senderos de quienes, a través de la ciencia de la armonía y la pasión por la melodía, supieron horadar el alma humana hasta sus más abismáticos fondos. Uno de los mejores libros de este siglo y una obra de referencia insustituible que aúna rigor, elegancia y gracia en las formas y pasión desbordada por contar lo que cuenta. El libro de Benet Casablancas ha nacido siendo un clásico: un clásico sobre el Romanticismo. ¿Cabe mejor y más rica paradoja que esta para acercarse a esta inexcusable obra?

4 comentarios en “Paisajes del Romanticismo musical: lo Infinito desciende a la partitura

  1. Otros tiempos, que no volverán. El mundo ha cambiado tanto en tan poco tiempo. No hay espacio para las identidades individuales, es el tiempo de la imposición de la economía de consumo.

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