Atenea llora por la peste: la filosofía ante la pandemia

Uno de los relieves más bellos que nos ha legado la Grecia clásica es el que se encontró en 1880 junto al lado sur del Partenón y hoy conocemos con el nombre de Atenea pensativa, del cual emana una serenidad, que lo hace símbolo de la reflexión. Vestida con peplo ático y casco corintio, apoyándose en su lanza clavada en el suelo mientras inclina levemente la cabeza y señala su frente con el índice de la mano izquierda, la diosa de la guerra y de la filosofía observa una lápida. Nadie sabe a ciencia cierta qué podría significar esa losa, pero la postura cabizbaja hace pensar que la deidad contempla abrumada una catástrofe de proporciones descomunales.

Atendiendo a las probables fechas de su ejecución, algunos aventuran que se trata de una estela funeraria en honor a las víctimas de la destrucción de Atenas durante las guerras médicas. Otros creen que tal vez se refiera a la peste que asoló la polis posteriormente, mientras sucedía la lucha con Esparta, una epidemia devastadora que –según cuenta Tucídides– llegó desde Etiopía, pasando por Egipto y Libia, a través del puerto del Pireo y diezmó a los habitantes refugiados en la ciudad. La visión de las piras funerarias ardiendo hizo que el ejército enemigo se retirara por temor a contraer la enfermedad. Lamentablemente, la plaga se repitió en otras dos ocasiones en los siguientes años y terminó por llevarse a la tumba al mismísimo Pericles, el jefe ateniense. A partir de entonces, se inició el declive de la democracia griega, mientras la visión del mundo gestada en la polis naufragaba. Ante el hundimiento de los antiguos valores, surgieron los sofistas, maestros de retórica que predicaban el relativismo, o –como Protágoras– volvían su mirada hacia el hombre en cuanto medida de todas las cosas. Y una vez pasado el desconcierto, la filosofía se abrió paso de forma brillante y decidida con el idealismo de Platón. Como secuela de aquella peste, parece haber surgido una nueva configuración del mundo, que culminaría con el imperio, primero el helenístico y, más tarde, el romano.

Atenea pensativa

Una situación similar estamos viviendo en estos días, aunque sabemos que la historia nunca se repite. La pandemia del covid-19 ha puesto de manifiesto la finitud humana, la presencia inesperada de la muerte y la precariedad de todo lo material, agudizando el miedo y dejando al descubierto la inoperancia del sistema capitalista globalizado, lo cual generará un nuevo orden mundial, si bien no sabemos en qué sentido habrá de evolucionar. Y no sólo porque el futuro es difícilmente previsible sino porque conocemos demasiado poco del virus y su origen. A diferencia de las anteriores, ésta ha sido una peste anunciada varias veces por los científicos y la predicción ha llegado a tener una audiencia masiva, como en el caso de la charla TED protagonizada en 2015 por Bill Gates. Eso la hace fácil presa de suspicacias en torno a su procedencia y a su fin, en especial, porque, en la novela Los ojos de la oscuridad de 1981, Dean Kootz ya se refería a una epidemia letal expandida desde un laboratorio de la ciudad de Wuhan donde se había intervenido artificialmente un germen patógeno en el contexto de una guerra biológica. Pero el vaticinio venía desde tiempo atrás. Así, en 1826 Mary Shelley, la autora de Frankenstein, publicó una novela de anticipación situada en el siglo XXI con el título de El último hombre en la Tierra, donde presenta un mundo apocalíptico arrasado por una plaga. La obra fue severamente criticada y pronto pasó al olvido por considerarse de una crueldad extrema e innecesaria. Seguramente molestó que algunos de los personajes estuvieran inspirados en sus más allegados, los poetas románticos Percy Shelley y Lord Byron, aunque el motivo de fondo de semejante desprecio fue, en realidad, el profundo desafío al antropocentrismo occidental. Al presentar la extinción de la humanidad por obra de la naturaleza, la escritora cuestionaba la posición privilegiada del hombre en el universo. Y ahora la literatura se vuelve realidad, cuando la ficción regresa desde el pasado para hacernos una zancadilla por detrás. Pero como la historia siempre se interpreta desde el futuro, hasta que los efectos y las consecuencias de la epidemia demuestren lo contrario, las teorías conspiratorias seguirán siendo plausibles.

En cualquier caso, el cambio se producirá y tendrá dimensiones globales. No hay duda de que en todos los países los problemas fueron análogos, salvo honrosas excepciones. De hecho, las cosas habrían sido menos dramáticas si no se hubiese penalizado previamente la educación y la salud, reduciendo camas hospitalarias o privatizando recursos, si hubiese habido una fabricación nacional de los insumos sanitarios imprescindibles, si los políticos no hubiesen tardado en reaccionar por estar pendientes sólo de sí mismos y de sus votos, si no se hubiese escondido o manipulado la información, si no hubiese tanta gente viviendo en la calle ni cada vez más diferencias sociales, si no se hubiese priorizado tanto la ganancia económica y lo superfluo: el consumo exagerado, la diversión, el turismo irresponsable, las actividades improductivas, el soborno, la especulación y la concentración de capitales en monopolios transnacionales…, en fin, un desastre que beneficia sólo a muy, pero muy pocos.

Hoy Atenea llora por la peste y los filósofos se apresuran a salir al paso para hablar de la pandemia, olvidando –como dijo Hegel– que el búho de Minerva levanta el vuelo al anochecer, que la filosofía siempre llega demasiado tarde a escena, pues sólo puede reflexionar sobre lo que ya pasó. Por eso, en el relieve la diosa mira hacia el recuerdo de la vida, detenida ahora en su fluir, petrificada, no actuada sino hecha cosa.

En esa premura por dar la cara, Giorgio Agamben hizo su primera manifestación pública el 26 de febrero para advertir que el anuncio de la epidemia era un engaño, una invención que sirvió como pretexto para tomar medidas de emergencia frenéticas, irracionales e injustificadas. Se trataba –según él– de una simple gripe y la alerta generalizada era una forma de hacer cundir el pánico para que finalmente los ciudadanos se entregasen mansamente al poder de los Estados, limitando su libertad a cambio de seguridad. Si tan sólo hubiese esperado unos días para pronunciarse, habría comprobado el ritmo exponencial del contagio y, un mes después, cómo la cifra de muertos pugnaba por llegar a los diez mil. A pesar de la crítica que le hizo Jean-Luc Nancy, a pesar de su insistencia en que los gobiernos no son más que los tristes ejecutores de una civilización basada en interconexiones técnicas que nos “pandemizan”, Agamben ni siquiera se disculpó por semejante inopia. Al contrario, continuó explicando en dos nuevos artículos cómo la epidemia venía a confirmar su teoría. Escandalizado porque los ciudadanos aceptasen la reclusión con tal de defender su desnuda vida biológica, objetó las medidas gubernamentales de distanciamiento, el cierre de las escuelas, la restricción de la circulación ciudadana, decretando que nuestro prójimo había sido abolido y las máquinas sustituirían el contacto. Podría haber visto el otro lado de la cuestión para intentar pensar en otras posibles consecuencias, por ejemplo, en cómo la cuarentena obliga a cada individuo a centrarse en la propia existencia y a compartir los lazos familiares, que son el primer paso de socialización para alcanzar la vida política. Y aunque es cierto que el estado de excepción habitualmente deriva en una dictadura, le faltó el sosiego para mirar la realidad más allá del prisma de su propia visión. Él mismo era ese hombre medida de todas las cosas.

De inmediato, el 27 de febrero, otro sofista, Slavoj Žižek, salió a la palestra para explicar en su peculiar estilo que el coronavirus es un golpe al capitalismo a lo Kill Bill y podría conducir a la reinvención del comunismo. En el tono propio de la historia profética denostada ya por Kant, opuesta a la científica porque el historiador interviene adrede para que ocurra lo que predice, el esloveno comenzaba su artículo señalando con claridad a sus antagonistas. Según él, en paralelo con la epidemia, se desencadenó una plaga de virus ideológicos que estaban latentes en la sociedad: noticias falsas, teorías de conspiración paranoicas, explosiones de racismo, que han contribuido para que se establezcan fronteras claras y se confine a los enemigos que amenazan nuestra identidad. Las democracias liberales quedaron así al desnudo, mientras que en China la dictadura imponía férreamente sus medidas de restricción. Sin embargo, esto producirá con suerte un efecto positivo, ya que un nuevo virus podría infectarnos: el que inocula la idea de una sociedad alternativa que trasciende el Estado-nación actual, sustentada en formas de solidaridad y cooperación global. Esto supone reinventar el comunismo, basándose en la confianza en las personas y en la ciencia. Junto a esta predicción, la advertencia de que el coronavirus ha llegado para quedarse y, si la ola de infección retrocede, reaparecerá. Sucederán, además, otras catástrofes, como sequías, calor extremo y tormentas masivas, que requerirán del esfuerzo conjunto para enfrentarlas y obligarán a crear una red global de atención médica, cuyo modelo de coordinación supranacional se encuentra en la OMS, a la que habrá que dotar de un mayor poder ejecutivo. Para desarrollar el análisis y sus propuestas, Žižek se retiró a escribir un libro sobre el tema, el primero sobre la plaga. En un mes lo ofrecía en línea de forma gratuita con el ingenioso título de Pandemic. Por sorpresa, a los pocos días, una vez hecha la propaganda, se convirtió en un texto de pago.

Desde Berlín, el surcoreano Byung-Chul Han rechazaba el optimismo de Žižek negando la posibilidad de una revolución viral, porque el miedo a contraer la enfermedad obliga a guardar las distancias y, como consecuencia, aísla, individualiza e impide generar un sentimiento colectivo fuerte. Para él, el virus ni destruirá al capitalismo ni hará caer al régimen chino. Al contrario, es más probable que China logre exportar su Estado policial digital como un modelo con éxito contra la pandemia. Han hace una loa de las cualidades de los asiáticos que permitieron si no sofocar, al menos, mitigar la epidemia: obediencia, disciplina, falta de conciencia crítica ante la vigilancia digital, además de la utilización de alta tecnología para controlar los desplazamientos y el uso de mascarillas. Y augura que la individualista Europa, más preocupada por la libertad y los viejos modelos de soberanía, sería menos eficaz para contener la enfermedad. Como los otros intelectuales, también él pretendió capitalizar la espantosa epidemia presentándola como prueba de la veracidad de sus teorías. Lo decía abiertamente. Diez años atrás había lanzado una advertencia en su libro La sociedad del cansancio, al reconocer que vivimos en una época en la cual el paradigma inmunológico ha perdido vigencia porque la globalización suprime todos los umbrales inmunitarios para dar vía libre a la circulación de mercancías y de capital.

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La Atenea que imaginó Rembrandt

A esta altura de la polémica mediática, muchos otros se habían sumado, movidos por el deseo de figurar o porque los medios de comunicación se afanaban en saber su opinión. Curioso, porque hasta hace poco nada les había importado la filosofía. Precisamente por eso, se vio reducida en los programas de enseñanza. Como resultado, no se preguntó a quien se debió preguntar sino a los que estaban ansiosos por destacar. ¿Por qué no a los científicos, para explicar lo que es el virus y discutir estrategias sanitarias, a los economistas o sociólogos para prever el desarrollo material y la nueva organización mundial o, al menos, a los especialistas en biopolítica o en necropolítica? Pura doxa, demasiado narcisismo y muy pocas aportaciones para resolver los problemas que acucian hoy a la humanidad.

Un caso paradigmático es el del Markus Gabriel, cuya tarjeta de presentación consiste en ser el catedrático de Universidad más joven de Alemania. ¡Cuánta ingenuidad! No es necesario dedicar toda la vida a la enseñanza universitaria –como es mi caso– para saber que alcanzar semejante posición no es garantía de excelencia. Si se cumplen los requisitos académicos exigidos por la ley, basta contar con el voto de tres amigos, o ¿es que habíamos creído que la corrupción sólo se da en la política y la economía? Sorprende el infantilismo del joven profesor…: desde explicar el significado de la palabra pandemia en griego, como si estuviéramos en clase, hasta lanzar una serie de preguntas fantasiosas y contradictorias después de haber afirmado que desconocemos si el virus es o no un ser vivo y que, obviamente, sólo buscan provocar efectismo en el lector: “¿Es posible que el ecosistema de la Tierra sea un gigantesco ser vivo? Es el coronavirus una respuesta inmune del planeta a la insolencia del ser humano, que destruye infinitos seres vivos por codicia?”. Igual que lo hizo Kant en su momento, Gabriel niega que la ciencia y la técnica hayan aportado un verdadero progreso a la vida social y reivindica un progreso moral, que –como vio el propio Kant– en realidad es imposible de alcanzar colectivamente porque la experiencia no se transmite y cada individuo comienza de cero en el camino ético. Precisamente por eso, la madurez del pensamiento crítico kantiano deposita sus esperanzas no sólo en la transformación interior sino en el derecho.

En un caso como el de esta pandemia, que sobrepasa nuestro conocimiento, nuestra capacidad para contrarrestarla, y nos deja en completo estado de indefensión, hubiese sido preferible menos soberbia y más humildad. Por ejemplo, reconocer –como hizo Sócrates ante los sofistas– la docta ignorancia, que es, justamente, el comienzo de la filosofía. Ojalá que, como ocurrió tras la peste en Atenas, estemos en el inicio de una nueva era del pensar. No será en vano el llanto de la diosa.

19 comentarios en “Atenea llora por la peste: la filosofía ante la pandemia

  1. Hace ya años que la naturaleza nos va dando toques, últimamente eran patadas. Parece, como siempre, que el doble “sapiens” de la especie nos aleja de la lógica humana: del saber, de la humildad…
    Hemos perdido a Atenea para convertirnos en esclavos de la estupidez; animales que siguen sus peores instintos, mediocres y finalmente destructivos.

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  2. La pandemia provocará reflexiones en pocas personas, pues la falta de madurez cognitiva es moneda corriente en la economía globalizada que ha impuesto el consumismo compulsivo en nueve de cada diez personas. Sin embargo, tengo la esperanza que ese diez por ciento restante aprenda a protegerse de la mala influencia de los economistas angurrientos. Para esto es valiosa la reflexión filosófica, después del vuelo vespertino de la lechuza, habrá otro amanecer que permita protegernos mejor de los gobiernos enajenados por el PBI y ajenos a nuestra devaluada condición humana a causa de la irracionalidad de la clase política al servicio de las empresas transnacionales.

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  3. Pingback: Atenea llora por la peste: la filosofía ante la pandemia — El vuelo de la lechuza – Consumidempobreceos

  4. Excelente reflexión filosófica, pero como dijo el filosofo francés Gabriel Marcel “Esperar es vivir…” si no cambiamos viejos paradigmas anquilosados en un antropocentrismo y egocentrismo globalizado, será demasiado tarde para la humanidad.

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    • Los cambios individuales anteceden a los colectivos. Los cambios deben empezar por mor mi, antes o junto a otros, pero nunca esperar que empiecen colectivamente para sumarme, como ocurre frecuentemente. En este caso si será pues demasiado tarde.

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  5. Lo que perjudica en la vida normal, pero aún más en las crisis humanas, son la ignorancia, la superstición, el miedo y la intolerancia, los nuevos filósofos del corona virus, en realidad transmiten algo de ello. 🤔

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    • Los virus a los que te refieres ya tienen varios milenios de antigüedad, y con toda seguridad nos sobrevivirán por los siglos de los siglos…El asunto es aprender a protegernos de ellos, hay una vacuna: la filosofía, el hábito de cuestionar nuestras creencias y sustituirlas por otras más decorosas menos indigentes…

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  6. Excelente reflexión. Sustenta la trascendencia del cambio que vivímos. Un mundo nuevo surge y los tiempos de este nacimiento , a pesar de la inmediatez ilusoria que nos da la tecnología, son difíciles de conocer. La acción humana es la que necesita en la práctica cambiar y tener la visión de un nuevo orden que sea más sustentable para el planeta. Hace falta conocer los nuevos modelos que comienzen a dar expresion a ese nuevo orden, no por recacion sino por creación.

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    • Esta propuesta requiere de una madurez cognitiva que muy pocos logran, por el precario estado en el que se encuentran nuestras instituciones: familia, educación. Los pocos que logran es un privilegio por haberse sobrepuesto a estas limitaciones. Hay familias funcionales con padres responsables, hay también maestros paradigmáticos. pero son los menos. Hay hermanos, muchísimo por hacer. El vuelo de la lechuza nos reúne igualmente a pocos, al enviárselo a otros casi siempre nos responde el silencio, ya que se encuentran atrapados en la inmediatez.

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  7. Me parece un artículo extraordinario tanto por su contenido como por su llamada a la reflexión. Cabe preguntarse habida cuenta de la historia que nos precede, tanto antigua como moderna, de qué será capaz la humanidad para construir un equilibrio entre ella misma y su medio. La política no parece ser un buen medio y la filosofía queda relegada a un plano de conciencia dependiente de la educación. En fin, veremos hacia dónde nos llevan esta nueva pandemia y sus consecuencias.

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  8. Dice que el progreso moral es imposible de alcanzar colectivamente…..Me lo sospechaba. El estudio de la historia universal nos demuestra que los humanos no han sido muy éticos casi nunca y casi en ningún lugar……Entonces ¿para qué todo? De todas maneras, parece que la civilización occidental y cristiana ha sido junto con el mayor avance tecnológico, el mayor desastre ético y ecológico. Atenea…..¿la diosa del Arte de la Guerra reflexiona? ¿se cuestionará lo que ha enseñado a la humanidad?

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  9. Hablando con una amiga ayer, sobre la nueva normalidad y mis inquietudes al respecto, me recordó unas palabras de Gramsci : ” El pesimismo de la inteligencia y el optimismo de la voluntad”. con eso me conecta tu estupendo artículo y reflexión.

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  10. Pingback: Atenea llora por la peste: la filosofía ante la pandemia — El vuelo de la lechuza – Madeleine y sus aventuras

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