Un clásico de amor y eternidad de la literatura china: “El Pabellón de las Peonías”

El Pabellón de las peonías.jpgEn los últimos estertores del siglo XVI, mientras Miguel de Cervantes escribía el Quijote y William Shakespeare su Romeo y Julieta, Tang Xianzu componía El Pabellón de las Peonías. Curiosamente, esta tríada de autores universales, si bien no igualmente conocidos, se reunieron en la muerte el mismo año, en 1616. La obra de Xianzu, de subtítulo elocuente (Historia del alma que regresó), es uno de los grandes clásicos de la literatura y ha sido catalogada incluso como la cumbre de la dramaturgia china, que Alicia Relinque Eleta ha traducido brillantemente por primera vez desde el idioma original en una preciosa edición ilustrada.

En la completa introducción, a cargo de Relinque Eleta, se nos recuerdan los “tres ejes en torno a los que se desenvuelve el argumento” de este inmortal relato: los sueños, la pasión amorosa y la muerte, “los tres vinculados con la protagonista femenina, la joven Du Liniang”. Ésta cuenta apenas dieciséis años, es de buena familia, ha sido bien educada pero, a la vez, no deja de sentir una extraña y acuciante desazón a la que, quizá fatalmente, desea dar una creciente respuesta. Una desazón del todo humana y que se despierta con la llegada de la primavera, de la que confiesa sentirse prendada en un discurso tan bello como descriptivo, en el que la protagonista declara su independencia sin dejar de reconocer lo desorientado de su estado:

Sumida en la turbación, no consigo de estas pasiones librarme, / y de pronto nace una lúgubre amargura en mi corazón. / Porque he nacido hermosa, / porque procedo de un alto linaje, / me escogerán un consorte celestial que se me iguale. / ¡Qué grandioso destino! / Juventud arrojada al olvido. / ¿Con quién me encontraré en mis sueños más ardientes? / Habré de mostrarle el exigido decoro. / ¿Junto a quién, en mi sueño profundo, / me dejaré arrastrar por el secreto arrobo / del fulgor primaveral? / Vacilo, / ¿ a quién decirle lo que siento en mi pecho? / Me consumo en el fuego, / mi vida malograda, / y sólo puedo preguntarle al Cielo.

El deseo hace presa de la joven, que intenta ser apaciguada por su tutor y maestro, el estoico y comedido Chen Zuiliang, viejo docto impuesto por los padres de aquélla. A pesar de los esfuerzos de su protector y de sus progenitores, del todo infructuosos (si bien el remordimiento y el sentimiento de culpa acompañarán siempre a Du Liniang), la aparición del apuesto Liu Mengmei en el albor del periodo primaveral altera definitivamente la sangre de Liniang. El joven, lejos de disipar el fuego que mora en el corazón de aquélla, lo enardece y alimenta: “Voy a / desabrochar los botones de tu cuello, / el cinto de tu falda voy a soltar”. Tal es la fuerza que une a los amantes, que incluso el “Espíritu de las Flores” canta la feliz unión, aunque, lejos de bendecirla, nos pone sobre aviso: nada de cuanto ocurre en el mundo de los fenómenos, en este mundo humano, es del todo real, y todo está presidido por la ilusión.

Y entonces la fuerza varonil, hirviendo, se transforma / como abeja que alborota avivando los aires de la pasión; / ella, deliciosa y palpitante, se funde, estalla, / su alma temblorosa. / Sin embargo, no es más que / un encuentro imaginario, / consumación ilusoria, / la revelación de una causa. / ¡Ay!, la lascivia ha mancillado el santuario florido. / Voy a despertarla con el roce de unos pétalos caídos.

Una consumación que podríamos relacionar, tal y como es narrada por Xianzu, con el memorable soneto CXXIX de Shakespeare, en el que leemos (trad. Bernardo Santano Moreno):

La lujuria en acción es el abandono del alma en un desierto de vergüenza; la lujuria, hasta que es satisfecha, es perjura, asesina, sanguinaria, vergonzosa, salvaje, excesiva, grosera, cruel e indigna de confianza. Apenas se ha gustado de ella, se la desprecia; se la persigue contra toda razón; y no bien saciada, contra toda razón se la odia, como un incentivo colocado expresamente para hacer locos a los que en ella se dejan coger. Es una locura cuando se la persigue, y una locura cuando se posee; excesiva al haberse tenido, al tenerse y en vías de tener; felicidad en la prueba y verdadero dolor probada; en principio, una alegría propuesta; después, un sueño. Todo el mundo lo sabe perfectamente; y, sin embargo, nadie sabe evitar el cielo que conduce a los hombres a este infierno.

Una vez que los amantes han conocido los amables y apetecibles comercios del amor es cuando, al decir del poeta Lucrecio, se abre una herida que muy difícilmente podrá cicatrizar: la herida de la pasión descarnada y desbocada que puja por unir, de manera infecunda y definitiva, a los amantes. El propio autor nos pone sobre la pista en el prefacio: “¡Sólo de aquellos que se asemejan a Du Liniang podemos decir que conocen la pasión! No sé de dónde ésta nace, pero cuando lo hace, se intensifica más y más. Los vivos pueden morir por ella y por ella los muertos renacen”.

Dama china

Un fructífero maridaje, el de Eros y Tánatos, que ha dado páginas imperecederas a la historia de la literatura: amor y muerte son hermanos que, junto al sueño, hacen que los amantes se sumerjan en errabundas e inciertas aventuras en las que sólo el comienzo está claro, en las que la pasión los enciende y los empuja a trazar insospechados parajes. La obra de Xianzu nos vuelve a introducir en la mitología griega, en la inextinguible historia de Eurídice y Orfeo y de aquel vano viaje a los ínferos en busca de la enamorada, en la que aquella misma pasión que convierte el sentimiento en llama incandescente supone, a la vez, la tumba del amor.

El debate en la época entre razón y sentimientos conocía altas cotas de interés y, por ejemplo, como nos informa Alicia Relinque Eleta, el poeta Zhang Qui (1476?-1541) se refería a la condición humana explicando que “Un hombre sin amor [qing] no es un verdadero hombre”. Apunta, además, en una afirmación que bien podría resumir El Pabellón de las Peonías, que: “los vivos pueden vivir por el amor y por él los muertos morir; pueden también los vivos morir y los muertos renacer”. Y sentencia, con elegante y significativa expresión: “e incluso mueres aunque puedas no hacerlo y sigues vivo aunque podrías olvidarte de vivir”.

Desde muy pronto la historia de Xianzu se convirtió en un clásico y, desde luego, en todo un éxito literario. De él se dice que “se recitaba en cada hogar”. Gracias a los incipientes clubes de lectura compuestos por mujeres y a que el público lector femenino crecía exponencialmente, Du Liniang se convirtió en todo un mito romántico, en una defensora de la pasión por la vida, por el amor, y puede decirse que, al igual que el Wertherde Goethe más tarde, El Pabellón de las Peonías cambió por completo el paradigma popular del amor, la muerte y los sentimientos: las jóvenes se suicidaban y pedían, incluso, ser enterradas junto a su ejemplar del libro.

Un clásico aún muy desconocido, bello e inspirador, que sorprenderá al lector contemporáneo por su fuerza lírica, sus profundas y enjundiosas reflexiones y por la potencia y hondura de sus personajes.

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3 comentarios en “Un clásico de amor y eternidad de la literatura china: “El Pabellón de las Peonías”

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