La honda poesía de Teresa Wilms Montt: la lucha contra la muerte

Anuarí Teresa Wilms.jpgMujer decidida y apasionada, de llamativa belleza, creativa, en ocasiones conflictiva, en ocasiones afable y dulce, pero siempre libre e independiente. La breve vida de Teresa Wilms Montt (1893-1921) transcurre entre excesos sentimentales y falta de comprensión, desengaños, alegrías –escasas y fugaces– y sinsabores –profundos e irreparables–.

Nacida al abrigo de la más alta sociedad chilena (Viña del Mar), y tras una infancia feliz aunque repleta de dudas (insidiosos interrogantes sobre la existencia comienzan a asediarla desde muy temprano), Teresa es prácticamente repudiada por sus padres cuando se enamora, muy joven, de Gustavo Balmaceda Valdés, con quien contrae matrimonio en secreto. No volverá a tener contacto sincero, cariñoso o siquiera cercano con su núcleo familiar, que no ve con buenos ojos la decisión de la hija.

Gustavo –que con el tiempo resultaría ser un marido celoso, bebedor y restrictivo– y Teresa –que habla varios idiomas, es culta y deslumbra con su fino porte y su angelical rostro– se trasladan a Santiago, donde ella se deja cautivar por los encantos de la gran ciudad y por los atractivos de una vida cultural que hasta entonces no había paladeado. Como indica Luzmaría Jiménez Faro en la fundamental edición del poemario Anuarí (reeditado en 2017 por Torremozas, encomiable editorial dedicada a la literatura femenina), aquel ambiente “fascina a Teresa, que es recibida con una enorme expectación, y se convierte en una ‘diosa de la noche’. A una mujer tan extraordinariamente bella, con una mirada tan profunda y cautivadora, de ojos claros, con un cuerpo espléndido, en definitiva una mujer llena de armonía y sensualidad, y con una conversación animada e inteligente, le surgieron cantidad de admiradores y amigos”. Se convierte así en una suerte de fetiche, en un ideal acaso inalcanzable, y escritores y pintores cantan e inmortalizan su inteligencia, belleza y aparente candor.

Aunque es la pasión la que, como brasa nietzscheana incandescente, la empuja a vivir, a vivir siempre más, si bien todo su irreprimible ardor se mezcla con el gélido recuerdo del inevitable fin, adivinado sin descanso en el horizonte.

Me siento morir. / Sola en la ancha cama con sábanas de nieve, mis pobres pies peregrinos del calor, se pierden en la blanca estepa. / He amado.

 

Teresa amó. Primero a sus hermanos y progenitores (más a su padre que a su madre, que la mimaba hasta extremos insospechados), después a Gustavo (con quien todo se truncaría) y a sus hijas, Elisa y Silvia Luz, pero también, desde luego, a sus amantes, sin que sepamos muy bien si lo fueron en la realidad o más bien se cruzaron en su biografía como posibilidades, como oportunidades para actualizar sus fervientes anhelos de vida, entremezclados sin excepción por la brumosa memoria de la muerte.

Ululan los vientos batiendo puertas y ventanas, derribando árboles, ondeando ríos. […] En los cementerios se oye el escalofrío de los muertos, el entrechocar hueco de los dientes en la calavera vacía. Frío como puñalada en la roca, parte a lo lejos un grito humano. ¡Socorro!

teresa wilmsAnuarí (de nombre completo Horacio Ramos Mejía) fue uno de aquellos numerosísimos jóvenes que quedaron del todo fascinados por la portentosa figura de Teresa, ya en su estancia bonaerense, cuando la joven había conocido muy de cerca las asechanzas de la vida tras haber sido recluida en un convento (del que escapó disfrazada de viuda gracias a su amigo, y quizá en algún momento amante, Vicente Huidobro) y haber sufrido el seguimiento y muy posiblemente el maltrato físico de su marido Gustavo, celoso de un primo suyo que había caído enamorado de Teresa, así como del éxito (literario, amoroso, intelectual) que ésta cosechaba allá donde fuera.

El mencionado Anuarí tenía diecinueve años cuando conoce a nuestra protagonista, quien, tras recibir una negativa por su parte, decide suicidarse en presencia de la propia Teresa, que quedaría para siempre conmocionada por tal suceso. En recuerdo y homenaje del joven y para celebrar la vida (y la muerte), el amor (y el desamor), Teresa escribe este poemario, indispensable para conocer su pensamiento e inquietudes.

En la luz del crepúsculo el cristal de la ventana me devuelve el reflejo de mi cara. […] Sombra, silencio, nada existe para saciar la inquietud de mi lámpara vital. En sueños, vive en su mundo mi espíritu, invocando a la muerte hermana, vagabunda y eterna.

Tras algunas raras experiencias (llega a ser acusada de espionaje al servicio de los alemanes, e incluso es brevemente encarcelada), decide emigrar a España, donde de nuevo se hace querer y admirar por personajes de la talla de Azorín, Ramón Gómez de la Serna, Pío Baroja o Juan Ramón Jiménez, aunque es Valle-Inclán quien más idolatría le profesará, hasta el punto de prologar el poemario dedicado a Anuarí (prólogo  que podemos leer en la excelente edición de Torremozas). En este texto se refiere a Teresa como alguien llegado de un “mundo remoto” con una “voz extraña cargada de siglos y de juventud”, alguien que ha recogido “el dolor de la caída” pero en quien, también, se observa “el anhelo por volver a la luz”.

Un movimiento, de las tinieblas a lo luminoso, que Teresa no llevaría ya a cabo, salvo en contadas pero ya insuficientes vivencias, casi todas intelectuales (sobre todo en París, ciudad donde deslumbró y que amó, donde está actualmente enterrada). El consumo indiscriminado de tabaco, el recuerdo de lo que pudo ser y no fue, la memoria de quienes se han ido y la postrera y definitiva separación de sus hijas, que viven con la familia del padre y a quienes ve por última vez en la capital francesa, provocan en Teresa una caída fulgurante al abismo.

Un soplo extraño me arrastró hasta La Tierra. / ¡Yo no sé por qué estoy aquí! / ¿Cuándo me llevará? / En todas las cosas dejó el asombro mudo de mis ojos, y / la tristeza de unas palabras incomprendidas. / ¿Cuándo me llevará? / Honda nostalgia siento por aquel mundo donde nunca he sido. / ¡Cuándo por mí vendrá!

El 22 de diciembre de 1921 es ingresada en el Hospital Laënnec, donde muere el día de Navidad: había ingerido una dosis letal de veronal. Tenía veintiocho años. No era la primera vez que había intentado suicidarse, ya lo hizo en su reclusión en el convento, donde ni siquiera recibió el consuelo de sus padres. Ya había escrito, años antes: “En la soledad de mis pensamientos, oigo cavar una fosa”.

Anuarí nos permite adentrarnos en la compleja psicología de Teresa, acercarnos a su periplo vital, tan plagado de contrastes difíciles de gestionar, a través de un recorrido en el que lo tenebroso y lo maravilloso, la vida y la muerte, la bondad y la desidia, el amor y el olvido, luchan como contendientes que se saben, desde el principio y sin excepción, vencidos. Los poemas de Teresa son un homenaje a la libertad y a la prodigalidad de la existencia, que nunca duda en ofrecernos su jánico rostro, pues una y otra vez “el mundo empieza el frenético baile sin tregua”. Un documento literario fundamental del siglo XX.

Amo la Nada, porque la Nada es Todo, y el Todo soy yo cuando pienso y amo.

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