Rafael Argullol y el verso de la eternidad

Poema ArgullolTiempo. Eternidad. Muerte, vida. El tiempo deshaciéndose, a medida que transcurre, al verse capturado por la eternidad que lo envuelve. La sombra de lo eterno asedia constantemente la cotidianidad hasta que, llegado un punto de masa crítica, la engulle ineludiblemente. Los días, en definitiva, se desvanecen sin dejar huella al hacer acto de presencia lo eterno. Este proceso ha tenido innumerables narradores que, ubicados desde su mirador particular, han querido dar testimonio del mismo. Pintores, poetas, escultores, narradores, arquitectos… han pretendido, desde su espacio, desde su sitial en algunos casos, tocar esa eternidad. Y Rafael Argullol, concretamente, es uno de estos narradores de lo eterno. Uno de los más lúcidos, pulcros, y majestuosos, debería añadirse, y más si atendemos, por ejemplo, a su última propuesta, Poema. En ella, así como a lo largo de toda su obra, ha querido cortar los velos de lo cotidiano para hacernos escuchar, a través de su esmerada y mágica palabra, sus latidos más profundos.

No obstante, para realizar este último proyecto, o cabría decir aventura, Argullol ha estado más de tres años intentando traducir a través de la letra los sonidos más esenciales de lo real. Durante más de mil días, Argullol ha sometido a la palabra a un ejercicio temerario, llevándola más allá de sus propios límites. Pero es que, pensándolo bien, no podía ser de otra forma, si el referente en cuestión está más allá del lenguaje. Ahora bien, Argullol, una vez más, ha conseguido llevar a la perfección ese ejercicio titánico. Siempre, por otra parte, ha perseguido esa tentativa, tan loable pero tan temida al mismo tiempo. Tanto en su poesía (Disturbios del conocimiento, Duelo en el valle de la Muerte, El afilador de cuchillos, El Poema de la serpiente, Naumon), hasta pasar por toda su extensa y admirable trayectoria narrativa (El asalto del cielo, Lampedusa, Desciende río invisible, La razón del mal, Davalú, Transeuropa), aforística (El puente de fuego, El cazador de instantes…) como ensayística (El Héroe y el Único, El Territorio del nómada, El fin del mundo como obra de arte…), su palabra desborda cualquier sentido preestablecido, y su escritura se alimenta de una complejidad ilimitada que escapa, a su vez, de la fraseología hueca de nuestra contemporaneidad.

Porque el pensamiento de Argullol apuesta, en todo momento, por la riqueza de sentido, por la multidimensionalidad de la mirada, por el carácter poliédrico, polifónico que define la realidad. Esta no puede apresarse desde una sola perspectiva. Hay infinitos miradores, incontables matices, innumerables posibilidades que impiden recaer en una visión parcial y estática de la realidad. El dogma, el cliché o la mirada vacía están al margen de la escritura de Argullol. Y esto es lo que se puede observar en cada verso de Poema.

Cada aspecto debe ser mirado detenidamente atendiendo a su pluralidad e infinitud. Por ejemplo, si dirigimos la atención a la Belleza, veremos que ésta, lejos de ser un eidos que se pierde inexorablemente en las regiones de lo intangible, en realidad se encarna para ser objeto de culto, de caricia, de amor o de repugnancia, por aquel que trata con ella. La idea no se escamotea en un universo abstracto e irreal, sino que se inscribe en la naturaleza, posee al cuerpo en cuestión hasta hacerlo cómplice de su entidad.

El cuerpo, por todo ello, se convierte en un fenómeno central de la propuesta de Argullol. Un cuerpo que sufre, que goza, que agoniza, que seduce o que muere. Un cuerpo que se transmuta en la encarnación de lo ideal, pero también del tiempo. Una temporalidad que, sin embargo, tritura los lindes de lo mensurable, destroza las carencias de lo cotidiano, para erigirse en ese instante preñado de sentido, donde presente, pasado y futuro se funden en un punto de eternidad.

Rafael_Argullol

Este instante atemporal, esta epifanía corporal de lo eterno, no obstante, no es algo que se pueda poseer al antojo del sujeto afectado. Hay una búsqueda constante, un deseo insaciable que atraviesa nuestro cuerpo y que, por ello, imposibilita la consecución de lo anhelado. El deseo, sea desde su vertiente romántica (de la que es tan conocedor nuestro autor) o desde el vértice psicoanalítico, siempre atrapa el vacío, y, con ello, nos conduce al sufrimiento. Deseo y angustia, como es bien sabido, son el anverso y reverso de la misma entidad.

Al existir esta realidad paradójica, al escapar de nuestro control la irrupción de lo esencial y lo eterno, la encrucijada será el espacio en que nosotros habitaremos perpetuamente, así como el claroscuro será la dimensión sobre la que transcurrirá nuestra existencia. No hay que caer en maniqueísmos simplistas. La encrucijada, en ocasiones, nos sitúa ante puntos catastróficos, delante de disyuntivas terribles donde las diversas opciones son penalidades para cualquiera. Como afirma Argullol:

Conciencia,

nada te deseo menos

como que llegues a encontrarte

en una encrucijada

de la que parten dos caminos

igualmente nefastos,

aunque te conduzcan

en direcciones contrarias.

Pero a este desasosegante lugar

has llegado ya, según compruebo,

porque miro a mi alrededor

y es, precisamente, en esa temida encrucijada

donde, ahora mismo, me hallo.

No hay que caer en la desesperación, sin embargo. La existencia rebosa de posibilidades por todos sus rincones. Y aunque carezcamos por completo del control de la irrupción de lo eterno, con nuestras obras podemos palpar átomos de esa eternidad. Aunque no nos demos cuenta de ello, aunque lo ignoremos absolutamente. Tal y como nos dice Argullol:

Crea una obra perfecta,

por pequeña que sea,

por invisible que permanezca

a la mirada de los otros

-aunque no a la tuya, interior-,

y habrás salvado tu vida.

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