El ateísmo de Dios

El-anciano-de-los-días-de-William-Blake-DPEs esperable que los lectores de Superman simpaticen con la figura de Lex Luthor y terminen detestando al supuesto héroe; precisamente, los mejores momentos de esta franquicia aparecen cuando se presentan eficazmente las paradojas innatas de este protagonista. Probablemente el Hijo Rojo de Mark Millar ha logrado explicar con mayor acierto los dramáticos problemas que encierran la mera existencia de este personaje todopoderoso: si hay un ser omnipotente y omnisciente el ser humano no es libre, porque de hacer algo que disguste a este ser, entonces será reducido o aniquilado; de esta manera, no podría existir la bondad, y tampoco podría ser amado este todopoderoso, ya que todo quedaría reducido a meros actos de supervivencia: “¡Piel por piel! Y todo cuanto el hombre tiene lo dará gustoso por su vida” (Job 2:4). Este planteamiento ya había sido esbozado en El regreso del caballero de la noche de Frank Miller, pero en última instancia no se trata sino del eco de aquel cuestionamiento satánico registrado en el libro de Job.

De esta manera, abordaremos los mecanismos de la fe mediante un estudio global del libro de Job: empezaremos por la paradoja del Diablo para luego analizar la respuesta de Yahvé en donde se introduce el concepto de fe mediante una metafísica legislativa del universo.

Existencialismo bíblico

Lo único que puede hacer Dios para que el ser humano pueda ser bueno y a la vez Él mismo pueda ser amado es mantenerse en silencio. Imaginemos que Dios permanecía presente en la vida de Job: ¿cómo se hacía genuina su bondad frente a semejante condicionante?, ¿cómo podría demostrarse que su conducta no consistía en vulgares actos de supervivencia? Para que algo llegue a ser debe manifestarse; no existe una generosidad desprovista de actos de generosidad, y aun nuestras emociones deben manifestarse al menos en nuestro interior para que lleguen a ser.

De esta manera, podríamos decir que la simple presencia del Todopoderoso impedía que la bondad y el amor de Job alcancen su plenitud. Esto también explicaría aquel “Eli, Eli, lema sabachtani!” (o “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”); ese abandono es lo que ha hecho pleno el sacrificio de Jesús (para entender el trasfondo “psicológico” de aquel momento crucial conviene analizar el Salmo 22). Estrictamente hablando, para que algo llegue a ser, más que manifestarse, debe aparecer, lo cual es totalmente opuesto a parecer o aparentar. Pero ¿dónde radica dicha diferencia? La apariencia necesita ante todo de otro que perciba, mientras que la aparición está esencialmente desprovista de terceros. En este sentido, el ser como tal sólo se desarrolla en soledad. Incluso el amor debe desarrollarse ignorando la mirada de terceros; “amar es querer que al otro le vaya bien”: en el amor, uno mismo es un intruso, de tal manera que sólo negándose a sí mismo puede desarrollarse (1 Corintios 13:3-7).

Después de encender una lámpara, no la pone uno en un escondrijo ni debajo de la cesta de medir, sino sobre el candelero, para que los que entren contemplen la luz. La lámpara del cuerpo es tu ojo. Cuando tu ojo es sencillo, todo tu cuerpo también está brillante; pero cuando es inicuo, tu cuerpo también está oscuro. Está alerta, por lo tanto. Tal vez la luz que hay en ti sea oscuridad. Por lo tanto, si todo tu cuerpo está brillante sin absolutamente ninguna parte oscura, todo estará tan brillante como cuando una lámpara te alumbra con sus rayos (Lucas 11:33-36, traducción del Nuevo Mundo).

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La diferencia entre apariencia y manifestación radica en que el primero es percibido antes de la aparición y el segundo justo después. Aunque el cristiano debe manifestarse en el Evangelio, antes debe tener un ojo sencillo, o sea, no debe tener ningún tipo de condicionamiento (entiéndase aquí el orgullo y demás inclinaciones oscuras). De esta manera, ha de haber un serio trabajo introspectivo antes de presentarnos dado que, si no se limpia nuestro ojo de todo condicionamiento, nos ubicaremos en el oscuro terreno de las apariencias.

El amor nunca falla. Pero sea que haya [dones de] profetizar, serán eliminados; sea que haya lenguas, cesarán; sea que haya conocimiento, será eliminado. Porque tenemos conocimiento parcial y profetizamos parcialmente; pero cuando llegue lo que es completo, lo que es parcial será eliminado. Cuando yo era pequeñuelo, hablaba como pequeñuelo, pensaba como pequeñuelo, razonaba como pequeñuelo; pero ahora que he llegado a ser hombre, he eliminado las [cosas características] de pequeñuelo. Porque en la actualidad vemos en contorno nebuloso por medio de un espejo de metal, pero entonces será cara a cara. En la actualidad conozco parcialmente, pero entonces conoceré con exactitud así como soy conocido con exactitud. Ahora, sin embargo, permanecerá la fe, la esperanza, el amor, estos tres; pero el mayor de estos es el amor (1 Corintios 13:3-13, TNM).

Lo milagroso (el profetizar, el hablar en lenguas, etc.) se refiere a aquello que excede el orden natural para volver tangible la existencia del ámbito divino. De esta manera, el apóstol deja en claro que lo milagroso nos condiciona (nos parcializa), y por ende engendra la apariencia, impidiendo así el pleno desarrollo del ser. Pablo profetiza el silencio de Dios, los tiempos de Antonius Block. Ahora bien, Job manifestaba amor y esperanza, pero ¿cuál es la primera respuesta que da Yahvé en este contexto?

Instrucciones para evangelizar a Heráclito

Me siento inclinado a pensar que la investigación científica es imposible sin fe en algunas ideas de una índole puramente especulativa (y, a veces, sumamente brumosas): fe desprovista enteramente de garantías desde el punto de vista de la ciencia, y que —en esta misma medida— es “metafísica” (Karl Popper, 1934, La lógica de la investigación científica).

La ciencia se basa en la fe que ésta profesa por un determinado dogma metafísico a fin de desarrollar su juego; este dogma dice lo siguiente: el universo se rige férrea y rigidamente por un código de leyes. Este principio metafísico constituye el salto intelectual más importante en la historia del conocimiento humano.

En esta línea, la paradoja de Teseo planteaba la siguiente pregunta: si a un barco se le cambian todas las piezas, ¿continúa siendo el mismo el barco? El perpetuo cambio de las cosas niega todo tipo de identidad (“nadie se puede bañar dos veces en el mismo río”), y sin embargo nuestro intelecto sólo percibe identidades (barcos, ríos y demás entes): he aquí los dos polos que configuraron la paradoja irresoluble del pensamiento helénico. Encontramos su resolución en la primera respuesta que Dios le da a Job registrada en Job 38 y 39: las cosas cambian permanentemente, pero con una regularidad determinada ya que responden a una legislación universal; las leyes que rigen el cosmos constituyen las identidades detrás del devenir de la naturaleza. En otras palabras, todo cambia, pero todos los cambios estan determinados por una estricta legislación universal, y esto último nunca cambia.

“¿Has atado tú los lazos de las Pléyades o puedes soltar las ataduras de Orión? ¿Eres tú el que a su tiempo hace salir las constelaciones y quien guía a la Osa con sus hijos? ¿Has enseñado tú a los cielos su ley y determinado su influjo sobre la tierra?” (Job 38:31-33, trad. Nácar Colunga).

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Aquí se sitúa la inauguración del determinismo legislativo (la metafísica fundamental del pensamiento científico). Si leemos detenidamente la primera respuesta de Yahvé (Job 38 y 39), vemos un universo totalemente mecánico, donde todo está medido (Job 38:5), los entes tienen un camino determinado (Job 38:19, 20) de tal forma que a sus acciones les pertenecen inevitablemente un tiempo señalado (Job 38:21 y 39:1, 2). Desde luego, la parte fundamental de este poema sobre el danzar de la naturaleza está en el texto recién citado, ya que allí se dice que los cielos y la tierra tienen estatutos que imperan sobre ellos; el accionar de estos estatutos es atando a los entes del universo, poniéndoles así un límite a cada uno de ellos.

“¿Quien cerró con puertas el mar cuando, impetuoso, salía del seno, dándole yo las nubes por mantillas, y los densos nublados por pañales; dándole yo la ley y poniéndole puertas y cerrojos, diciéndole: ‘hasta aquí llegarás y no pasarás, ahí se romperá la soberbia de tus olas’?” (Job 38:8-11, NC).

La primera respuesta de Yahvé no sólo menciona que el universo está gobernado por un conjunto de leyes: también describe perfectamente cuál es la influencia de estas leyes. La cualidad esencial de las leyes naturales radica en su carácter prohibitivo. De esta manera, la cosmología que presenta Job 38 y 39 no sólo menciona las leyes de la naturaleza, sino que su descripción es sumamente madura. Es justamente tal carácter prohibitivo de las leyes naturales el que determina el comportamiento del pensamiento científico.

Se llama “empírica” o “falsable” a una teoría cuando divide de modo inequívoco la clase de todos los posibles enunciados básicos en las dos subclases no vacías siguientes: primero, la clase de todos los enunciados básicos con los que es incompatible (o, a los que excluye o prohibe), que llamaremos la clase de los posibles falsadores de la teoría ; y, en segundo lugar, la clase de los enunciados básicos con los que no está en contradicción (o, que “permite”). Podemos expresar esta definición de una forma más breve diciendo que una teoría es falsable si la clase de sus posibles falsadores no es una clase vacía (Karl Popper, 1934, La lógica de la investigación científica).

Debido a esto, debemos replantearnos el siguiente hecho: de todas las épocas que han acontecido en la historia de la humanidad, la ciencia eligió nacer justo en el seno del cristianismo. La ciencia no apareció ni en la Grecia presocrática ni en los tiempos de Aristóteles; tampoco emergio en alguna sociedad budista ni en la China de Lao Tse y Confucio: el ateísmo (cualquiera sea su forma) nunca fue capaz de parir algún atisbo de pensamiento científico (no debe confundirse aquí “progreso científico” con “avance tecnológico”, y menos aún con “crecimiento intelectual”).

No es casualidad que la ciencia se haya empezado a desarrollar en los tiempos de la Reforma protestante al calor del biblicismo predicado por William Tyndale. Tampoco es casualidad que quienes edificaron los fundamentos del pensamiento científico hayan estado fuertemente familiarizados con el mensaje de las Escrituras; al fin y al cabo, Robert Boyle era un teólogo cristiano comprometido con la financiación de la traducción de la Biblia y Newton escribió aún más sobre las Sagradas Escrituras que sobre el estudio de la naturaleza.

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Las vorágines atómicas del materialismo de Demócrito constituyen el mayor antagonismo del pensamiento científico. Si acaso algo del legislacionismo hebreo ha aparecido en la cultura clásica, lo ha hecho apenas mediante el estoicismo, escuela fundada justamente por el fenicio Zenón de Citio. De esta manera, muy a pesar de los torpes prejuicios iluministas, la ciencia es ante todo una de las tangentes de la literatura bíblica.

Pero ¿qué quiso decir Yahvé al desarrollar este sofisticado sistema metafisico? O en otras palabras, teniendo en cuenta el contexto en el cual se desarrolla dicha tesis, ¿cómo ayudaba esa respuesta a Job a la hora de enfrentar el silencio de Dios?

Apología de la muerte

Postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea. Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres (Jorge Luis Borges, El Inmortal).

Al apreciar nuestros cambios (sean estos estéticos, éticos, religiosos o ideológicos) advertimos que nuestra personalidad futura ha quedado fuera de nuestro dominio, y así como podemos llegar a rechazar nuestras formas de ser pasadas, nada impide que ese cambio pueda volver a realizarse. Nuestro ser futuro no nos pertenece; estamos hundidos en una vorágine de cambios perpetuos que nos obliga, en el infinito, a ser todas las personas. “Nadie es alguien”, el ser es una imposibilidad metafísica. Sólo la muerte nos da un valor inequívoco dado que nos limita.

En este punto vale analizar las traducciones del nombre de Dios, comenzando por el Ehych asher ehych, el nombre con el cual se presenta ante Moisés según Éxodo 3:14. La traducción más rigurosa de estas palabras es Yo Seré el que Seré, mientras la más utilizada es Yo Soy el que Soy dado que Moisés le pregunta en tiempo presente. En última instancia, la pregunta sería: ¿por qué Dios se define en el presente evocando su ser futuro? Joseph Rotherham pareciera acertar al traducir dicho nombre al inglés de la siguiente manera: Yo Llegaré a Ser quien Yo quiera (“I Will Become whatsoever I please”)lo cual concuerda con las traducciones que hace Juan en Apocalipsis: el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin y Aquel que Es, que Era y que Viene. A Dios sí le pertenece su ser futuro ya que tiene pleno dominio de sí mismo, y por ende es Aquel que tiene la suficiente consistencia para llegar a ser; por ello la Septuaginta traduce el Ehych asher ehych como Ego eimi ho on (“Yo soy El Ser”).

Nosotros, como pecadores, somos inconsistentes, y aunque manifestemos constancia en nuestros actos, internamente estaremos atormentados por los deseos de la carne. El ser ante todo debe ser consistente, debe constituirse como un discurso sólido que legisle nuestros actos. Precisamente Yahvé viene del verbo hebreo “hawáh” que significa “llegar a ser”, aunque en su forma causativa, de ahí que su nombre signifique “El que hace que llegue a ser”: bien podría manifestar esta expresion que Él es el Creador, o bien podría indicar que Él es el Ser (que ha conquistado el ser), pero también podría indicar que Él es quien hace que el resto alcance la consistencia para llegar a ser.

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Porque sabemos que la Ley es espiritual, pero yo soy carnal, vendido por esclavo al pecado. Porque no sé lo que hago; pues no pongo por obra lo que quiero, sino lo que aborrezco, eso hago. Si, pues, hago lo que no quiero, reconozco que la Ley es buena. Pero entonces ya no soy yo quien obra esto, sino el pecado, que mora en mí. Pues yo se que no hay en mi, esto es, en mi carne, cosa buena. Porque el querer el bien está en mi, pero el hacerlo no. En efecto, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Pero si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado, que habita en mí (Romanos 7:14-20, NC).

La carnalidad constituye aquel discurso que atenta contra nuestro ser, hundiéndonos en la vorágine de nuestros deseos inmediatos, mientras nuestro ser se construye mediante un relato que expresa nuestras más profundas y sinceras intenciones, manifestando así un deseo reflexivo. El vicioso se centra sólo en una emoción: el anhelo de quitarse esa suerte de comezón que lo carcome; sólo expandiendo el terreno de nuestras sensaciones y contemplando la totalidad de nuestras emociones, podemos alcanzar un relato que nos sea propio. La victoria de este relato constituye la conquista de nuestra alma (léase “nuestro ser”); de esta manera, quien busca a Dios está acotado, actúa en el infinito como una función trigonométrica, a la manera de f(x)=sen(x) o f(x)=cos(x).

Entonces, la mera existencia del pecado nos quita el dominio de nosotros mismos, de nuestro ser futuro, de tal manera que en un plazo infinito de tiempo habremos realizado todo local que nuestro cuerpo nos permita hacer, de tal forma que seremos todos, perdiendo así un valor unívoco, y por ende no seremos nadie. Imaginemos que jugamos un partido de fútbol contra un equipo de amateurs: por más que seamos el Bayern de Múnich, si el partido se extiende hasta la eternidad, todos los resultados se habrán dado y no habrá ni ganadores ni perdedores; para poder ganar un partido de fútbol, antes que tener un buen equipo, debemos tener un final: es de esta manera como el pecado engendra la muerte (Génesis 2:17; Romanos 5:12). Sólo bajo la “excepcionalidad” del pecado la tesis borgeana resulta acertada.

Recetario para una revolución

Es, pues, la fe, la sustancia de las cosas que se esperan, la demostración de lo que no se ve. Porque por ella alcanzaron buen testimonio los antiguos. Por fe entendemos haber sido constituido el universo por la palabra de Dios, de manera que lo que se ve, fue hecho de lo que no se veía (Hebreos 11:1-3, trad. Reina Valera Gomez).

De esta manera, vemos que Pablo resume la respuesta que Yahvé le da a Job aunque de forma invertida, ya que en el libro de Job primero se explica que “los mundos han sido dispuestos por la palabra de Dios, de suerte que de lo invisible ha tenido origen lo visible” (Job 38 y 39) para luego introducir el concepto de fe (Job 40 y 41). Basta evocar El séptimo sello para terminar de entender el punto. A fin de superar el silencio de Dios, Antonius Block intenta desperadamente percibir algo que exceda lo material. En esta linea, Yahvé le muestra a Job que el universo (lo material y perceptible) era engendrado por un sistema legislativo (lo imperceptible); bastaba remarcar las regularidades y las limitaciones de los diversos entes para convencer al oyente de tal realidad (retomando a Popper, estas son las garantías metafísicas que sustentan la fe científica).

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Retomando aquella cita de 1 Corintios 13:3-13, la fe constituye uno de los elementos fundamentales a la hora de afrontar el silencio de Dios, pero no olvidemos tampoco que “fe” ante todo significa “confianza”. Job tenía esperanza, pero no confiaba en Dios y hasta lo había juzgado negativamente ya que ignoraba la existencia de un ámbito espiritual e imperceptible. Creía sólo en lo que veía: si a alguien le iba bien era por el beneplácito del Todopoderoso, pero si alguien sufría era producto de un castigo divino. El sufrimiento del justo era desconcertante bajo esta óptica, y por ello mismo suena razonable aquella creencia que sitúa en los tiempos de Moisés la escritura de este relato. Como bien describe Job 40:7-14, la fe constituye aquel acto revolucionario que se rebela contra toda opresión confiando en el apoyo de Dios. Basta repasar el éxodo israelita para entender el carácter dramático de los condicionamientos impuestos por las clases dominantes.

Cuando Moisés rechaza a los de su propia clase en virtud de sus valores morales, realmente se lanza a un abismo, pero se lanza a un abismo a fin de conquistarse a sí mismo. Si Moisés permanecía en la aristocracia egipcia, entonces él, como individuo, no iba a nacer (o aparecer); iba a existir en función de su clase, de tal forma que él iba a ser parte de un otro. Así, leemos: “el que halle su propia alma la perderá, y el que pierda su alma por causa de mí la hallará”; en la consagración del ser reside el nirvana del judeocristianismo, aquel estado que nos hace aptos para la eternidad. De esta manera, mediante la fe conquistamos nuestra alma (nuestro ser) dado que es mediante la fe cómo superamos aquella carnalidad que dicta “¡Piel por piel!”, sea por deseo o por temor. Es asi como Moisés se envalentonó a la hora de desertar a su clase, y es por esta fe que Dios luego se presentó ante él en la forma de una zarza ardiente. La fe constituye entonces un envalentonamiento, una rebelión contra los terribles condicionamientos opresores que nos atan bajo una lógica carnal, imposibilitándonos así la conquista de nuestro ser para hundirnos en el mundo de las apariencias.

Debemos aquí recordar aquellas palabras de 1 Corintios 13:6, 7 sobre el amor: “No se regocija por la injusticia, sino que se regocija con la verdad. Todas las cosas las soporta, todas las cree, todas las espera, todas las aguanta”. Moisés comienza su camino espiritual reaccionando contra la opresión y la injusticia (Éxodo 2:11, 12), y fue este amor el punto de partida en la construcción de su fe. Bien deja en claro el versículo 7 que la fe es una parte constitutiva del amor; desde luego, no necesitamos corrobrar la existencia de un amigo o una novia, pero en el caso de Dios debemos aprender una serie de conceptos metafísicos dada la condición especial del amado, conceptos metafísicos que, por cierto, constituyen la médula del conocimiento humano.

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Un génesis para el evolucionismo

Respecto a la cita de Hebreos 11:1-3, vale remarcar que el término aquí vertido como “universo” corresponde al término griego aionas, el cual significa primeramente “tiempos”, de tal modo que muchas traducciones lo vierten como “siglos” o “mundos”. La idea es escencialmente la misma: la palabra de Dios rige las transformaciones del mundo perceptible.

Bajo este axioma, este texto pareciera evocar no sólo aquella metafísica plasmada en el libro de Job, sino también las arduas profecías históricas del libro de Daniel donde se narra la sucesión de los imperios futuros. Sin embargo, es interesante analizar el alcance de estas palabras en el curso de la historia del conocimiento humano.

[…] Resolví abandonar este mundo nuestro a sus disputas y hablar sólo de lo que ocurriría en otro mundo nuevo, si Dios crease ahora en los espacios imaginarios bastante materia para componerlo y, agitando diversamente y sin orden las varias partes de esa materia, fórmase un caos tan confuso como puedan fingirlo los poetas, sin hacer luego otra cosa que prestar su ordinario concurso a la naturaleza, dejándola obrar, según las leyes por él establecidas.

[…] Hice ver, además, cuales eran las leyes de la naturaleza; y sin fundar mis razones en ningún otro principio que las infinitas perfecciones de Dios, traté de demostrar todas aquéllas sobre las que pudiera haber alguna duda, y procuré probar que son tales que, aun cuando Dios hubiese creado varios mundos, no podría haber uno en donde no se observaran cumplidamente.

Después de esto, mostré cómo la mayor parte de la materia de ese caos debía, a consecuencia de esas leyes, disponerse y arreglarse de cierta manera que la hacía semejante a nuestros cielos; cómo, entretanto, algunas de sus partes habían de componer una tierra, y algunas otras, planetas y cometas, y algunas otras, un sol y estrellas fijas (René Descartes, 1637, Discurso del método).

Recomiendo comparar estos párrafos con los textos de Demócrito: hay un abismo lingüístico entre ambos planteamientos, dado que utilizan conceptos radicalmente opuestos. Claramente, las palabras de Descartes atestiguan la presencia del legislacionismo biblico en la vida intelectual europea del siglo XVII, mientras se desarrollaban los cimientos del pensamiento científico. Pero este texto no sólo presenta una visión legislativa del cosmos, también inaugura el pensamiento evolutivo: la narración de una historia natural fundamentada exclusivamente en las leyes de la naturaleza; pareciera que Dios creó la ciencia para que ésta creara al ateísmo. Definitivamente, “Dios no juega a los dados con el universo: juega a las escondidas”.

El Todopoderoso no se nos presenta de forma innegable e ineludible condicionando terminantemente nuestros valores y nuestros actos. Se enconde de tal forma que sólo puede ser encontrado por quienes lo buscan (Mateo 7: 7-11); he aquí la carga moral de la fe: uno elige poner fe en Dios.

William Blake Song of LosUn genocidio en el Olimpo

Quizás este sea uno de los aspectos fundamentales de la naturaleza divina: Yahvé es primeramente un legislador (recuérdese Isaías 55:11 y el proceder divino tras el arrepentimiento de Acab realtado en 1 Reyes). Un analisis global de las Escrituras deja en claro que Dios interviene y moldea la naturaleza legislandola: Yahvé hace diciendo; actúa, como diría John Lennox, a la manera de un programador. Evoco aquí el inicio del Génesis, donde la creación se realiza discursivamente, de tal forma que el apóstol Juan lo resume de la siguiente manera (Juan 1:1): “En el principio era el logos” (“logos” significa específicamente “discurso”, “palabra”). De esta manera, si el universo fuese un software, sus leyes serían su código fuente y Jesús el lenguaje de programación; la muerte de éste implicaría entonces el reinicio del lenguaje para así rehacer todas las cosas mediante él a fin de reconciliarlas (Colosenses 1:15-20).

Esta metafísica discursiva y legislativa constituye una idea bíblica medular que atraviesa enteramente las Escrituras, abarcando tanto a la naturaleza (Salmos 139:16) como al mismo ser humano (Apocalipsis 20:12). Desde este punto de vista, sólo existen los discursos legislativos que rigen a todos los entes autónomos, trátese del hombre o del universo; el hombre es esencialmente un animal simbólico, de ahí que la primera tarea que debe efectuar Adán consista en crear lenguaje, y este dominio del discurso es lo que nos vuelve autónomos como una suerte de universos contenidos en el cosmos. Desde ya, la condición de material y tangible es tangencial e irrelevante (resulta gracioso repasar aquí aquella “novedosa” frase que emitieron Stephen Hawkings y Leonard Mlodinow: “como hay una ley como la de la gravedad, el universo puede ser y será creado de la nada”; todavía ignoran que según la Biblia lo único que se opone a la nada es lo legislativo).

Se han desterrado así todos los dioses que habitaron la faz de la Tierra, desarrollando un férreo monoteísmo bajo la lógica de un universo programado por un Dios que siempre exigió devoción exclusiva y fue intolerante con los politeísmos, los ídolos y cualquier sincretismo religioso. No es casualidad que se haya comenzado por los cielos y la Tierra: ¿acaso no suelen representar ellos a los primeros dioses de cualquier mitología? Aniquiló la idolatría constuyendo un templo hacia donde dirigirir todas las plegarias, para finalmente destruirlo advirtiendo que Dios es amor y su espíritu mora en la unidad de quienes lo buscan.

De esta manera, el Todopoderoso ha desarrollado un verdadero genocidio en medio del Olimpo para liberarnos del miedo y el terror que nos inspiraban estos dioses (por esto Dios debió manifestarse); y dado que su todopoderío también nos condiciona, una vez completado el exterminio, optó por permanecer en un silencio en el que se muestra frente a quienes lo buscan fervientemente, no sin antes brindarnos aquella moral que nos libera también de los deseos de la carne. He aquí el ateísmo de Dios: la iconoclasia que puso fin a las supersticiones, la metafísica que inauguró la ciencia; ha hecho descender al barro a todos los dioses (Isaías 44:14-20), para que el hombre, formado del barro, pueda ser elevado (Salmos 82:6,7; Juan 10:34,35). Discúlpeme señor lector ya que deberé pronunciar la palabra más infame de estos tiempos: queda claro aquí que el cristianismo es el único humanismo.

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