Helvétius: “Nada es tan raro como juzgar por uno mismo”

Claude Adrien Helvétius, traducido al español en ocasiones como Helvecio, nació en Francia en 1715. Si bien fue educado en el colegio Louis-le-Grand por los jesuitas, más tarde la religión se convertiría en uno de los puntos en los que este incisivo filósofo centraría sus críticas. Aunque estudió la carrera de leyes, desde muy temprano le llaman la atención los clásicos griegos y latinos. Mientras se forma, por mandato paterno, en el oficio de recaudador de impuestos, no deja de cultivar y desarrollar su vertiente más humana: continuos pero enriquecedores flirteos amorosos, escaramuzas juveniles y la confección de versos galantes llenan los empeños de sus años más tempranos. Y es que, como aseguraría en su madurez, si bien las pasiones constituyen “la semilla de una multitud de errores, son también la fuente de nuestras luces”.

Gracias a la cómoda situación familiar, alcanza a los veintitrés años un refinado puesto laboral, no sin la adecuada intervención del padre y sus contactos. Pero lejos de lo que quizás cabría esperar de alguien de su posición, Helvétius mostró una generosidad y ecuanimidad poco habituales en un cargo, el de recaudador general de impuestos (fermier général), que le situaba en un lugar privilegiado en una sociedad en la que el rey y la alta aristocracia ejercían el poder de una manera un tanto arbitraria, cuando no desproporcionada. En no pocas ocasiones rehúsa aceptar ventajosas prebendas o dinero llegado de sus intervenciones como recaudador, denunciando incluso los abusos y la estupidez de algunos de sus compañeros de profesión. Todo ello le preparaba, acaso sin saberlo, para su auténtica vocación: la de filósofo y crítico del tiempo que le tocó en suerte vivir.

Helvétius cobraba así consciencia de los vicios y la degeneración del sistema, hechos contra los que se rebelaría y lucharía sin morderse la lengua. Como más tarde denunciaría, en palabras que podrían recordarnos a algunos fragmentos de Marx o Proudhon,

El lujo supone siempre una causa de desigualdad de riqueza entre los ciudadanos. […] Ahora bien, de los restos de tantas fortunas, la parte de riqueza que vuelve al campo no puede ser más que una parte mínima, porque los productos de la tierra, destinados al uso común de los hombres, no pueden superar jamás cierto precio. […] Es bien singular que los países elogiados por su lujo y civilización sean también aquellos donde la mayoría de los hombres es más desgraciada que entre los pueblos salvajes, tan despreciados por los civilizados. […] En los países civilizados, la práctica de la legislación ha consistido a menudo solamente en hacer contribuir a una multitud de hombres a la felicdad de unos pocos, y con este objetivo mantener a esa multitud en la opresión y violar ante ella todos los derechos humanos.

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Pero su escalada en el orden social y económico no había llegado a su fin. Un ascenso que le facilitó precisamente percatarse de los más indignos y despreciables hábitos de la corte y su séquito. Cansado de una tarea que sólo le satisfacía en el orden pecuniario, en 1751 decide abandonar su empleo y vender su posición, lo que le permitió vivir muy serenamente el resto de sus días. Aunque se le ofrece y llega a aceptar un puesto muy cercano a la mismísima reina, tras comprar algunas tierras decide convertirse en terrateniente y dedicarse a quehaceres más humanos y menos palaciegos.

Esta doble condición, que le posibilitaba tener un pie en palacio y otro en el campo, permitió que Helvétius, haciendo gala de su ya célebre generosidad, mejorara la situación de sus allegados: no sólo de su familia, sino también y sobre todo del agonizante pueblo, que aún por entonces moría de hambre en condiciones laborales y vitales pésimas.

Para ser honrado hay que unir la nobleza de alma a la ilustración del espíritu. Quien reúna en sí estos diferentes dones de la naturaleza se comporta siempre según la brújula de la utilidad pública. Esta utilidad es el principio de todas las virtudes humanas y el fundamento de todas las legislaciones. Ella inspira al legislador y fuerza a los pueblos a someterse a sus leyes. A este principio hay que sacrificar todos los sentimientos, incluso el sentimiento de humanidad.

helvetius-bustoEs en 1758 cuando publica su obra magna, Del espíritu (De l’Esprit), disponible en español en magnífica traducción del profesor José Manuel Bermudo e inmejorable edición de Laetoli. Una obra que no estuvo exenta de revuelo y que suscitó numerosas y furibundas críticas. Como apunta Bermudo en el extenso, bellamente literario y muy documentado epílogo de la edición de Laetoli, el libro de Helvétius fue considerado muy pronto como peligroso para el conservadurismo imperante, e incluso revolucionario, una obra que enseguida puso sobre aviso a las más altas autoridades religiosas y civiles: “Jesuitas y janseistas, guardianes de la conciencia social -escribe Bermudo-, supieron ver al enemigo común por encima de las luchas entre ellos: lo declararon enemigo de la religión y, como el enemigo de la religión del príncipe es enemigo del príncipe, también enemigo del Rey”.

Pero ¿qué hacía de Del espíritu un texto tan aparentemente infamante? Helvétius expone desde el principio que su intención es la de hacerse cargo de la moral como si de una “física experimental” se tratara, lo que atentaba directamente contra los dictados religiosos, ya que, a juicio de las potestades eclesiales, el bien y el mal no son asunto de una investigación erudita, sino del dictado divino. El objetivo de la obra del francés no es otra que la de encontrar la verdad, aunque no de una forma servil y humilde, como se predica desde los púlpitos, sino a través de una sincera y descarnada investigación intelectual, haciendo hincapié en la observación de la naturaleza y sus leyes.

La verdad se percibe y se engendra únicamente en la fermentación de las opiniones contrarias. El universo sólo nos es conocido a través de aquel con quien nos relacionamos. Quien se encierra en un círculo social no puede evitar adoptar sus prejuicios, sobre todo si halagan su orgullo. ¿Quién puede librarse de un error cuando la vanidad, cómplice de la ignorancia, lo ha atado a ella y la ha convertido en valiosa?

del-espirituA juicio de Helvétius, que muy bien conoció los entresijos del aparato estatal y legislativo, el derecho y los códigos legales deberían ocuparse tan sólo de la felicidad general, y no habría de fomentar sólo la de unos cuantos escogidos por privilegios de sangre. El lujo nunca es buen amigo del adecuado funcionamiento de un Estado, pues mientras los ciudadanos de a pie “están agotados por la necesidad”, los más afortunados “están debilitados por la molicie”. Un desajuste que se traduce en la más pura e injusta desigualdad, ya que los ricos acaban por creerse la nación entera y “concluyen de su comodidad particular que los campesinos son felices”. La indulgencia, empatía y comprensión hacia los más desfavorecidos (que han llegado a serlo mediante un proceso deliberado de deslealtad y traición) es efecto “de las luces”, que no han de verse interceptadas o contaminadas por el lado más perverso de las pasiones.

Pues, en elocuentes e inolvidables palabras de Helvétius, “difícilmente se percibe el crimen allí donde se encuentra que es útil”. La rectitud nunca se alía con la estupidez o la petulancia: el fin último de la sociedad ha de ser el bienestar general, la felicidad de todos, y un hombre sólo es justo “cuando todas sus acciones tienden al bien público”. Para ello debemos evitar la vanidad y la pereza, que impiden pensar por nosotros mismos y llegar a conclusiones fundadas en la razón. Moral y política esconden en definitiva una misma meta: la ética es una cuestión de Estado, no de religión, y debemos buscar el bien y el mal en consonancia a nuestros deberes y obligaciones para con nuestros conciudadanos.

Si el universo físico está sometido a las leyes del movimiento, el universo moral no lo está menos a las del interés. El interés es sobre la tierra el mago poderoso que cambia la forma de todos los objetos a los ojos de las criaturas. […] Este principio es tan conforme a la experiencia que, sin entrar en un examen más extenso, me creo en el derecho de concluir que el interés personal es el apreciador único y universal del mérito de las acciones de los hombres.

Una obra imprescindible en la que la filosofía queda conveniente y delicadamente sazonada con un toque literario, una veta que muy pocos autores de la tradición occidental han sabido y podido desarrollar (Rousseau, Schopenhauer, Montaigne o Madame de Staël constituyen honrosas y muy contadas excepciones). Del espíritu nos muestra la -cumplida- intención de Helvétius de relatar las más hondas profundidades del ser humano, campo de batalla constante donde sin cesar pugnan el interés privado y el colectivo, pues “hay pocos hombres que, si tuvieses poder, no emplearían la tortura para hacer adoptar sus ideas”.

Quizás no haya habido otro autor que deseara despertar con tanta fuerza en sus lectores la voluntad de ser virtuosos, de ampararse en la propia consciencia como motor de nuestras acciones. Todo ello unido a un sosegado pero a la vez rotundo y en ocasiones ácido talante que no duda en construir los aparejos de una sociedad mejor… a pesar de Dios y del rey.

Para amar a los hombres hay que esperar poco de ellos; para ver sus defectos sin amargura hay que acostumbrarse a perdonarles, a sentir que la indulgencia es una justicia que la humanidad débil tiene derecho a exigir sabiduría. Ahora bien, nada más apropiado para impulsarnos a la indulgencia, para cerrar nuestros corazones al odio, para abrirlos a los principios de una moral humana y dulce que el conocimiento profundo del corazón humano.

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