Filosofía pictórica: el genio artístico-místico de William Blake

William BlakeWilliam Blake vivió entre los años 1757 y 1827, y es considerado un auténtico antecedente y precursor del romanticismo más temprano y del surrealismo. Fue un personaje rebelde: su poesía, siempre redactada bajo el espectro de un impulso visionario –lo que le sirvió para granjearse en algunos casos la fama de loco y fuertes críticas por parte de los sectores eclesiásticos más conservadores–, contiene un fondo inspirador que, aún hoy, perdura.

Como explica Javier Melloni en Voces de la mística II, “con su profusión imaginativa logró crear una concepción del universo en la que Dios, el hombre, la naturaleza, la eternidad y el instante, el presente y el pasado, lo tangible y lo intangible son vistos como una unidad indivisible”, abogando por una redefinición de lo que hasta el momento se identificaba como el bien y el mal.

La base de la poética de Blake es la imaginación, que emplea como sinónimo de fantasía, y que constituye el poder supremo no sólo en el hombre, sino también en el mundo como una suerte de facultad de visión potenciada: “Visión o imaginación es representación de lo que existe eterna, real e inalterablemente. La imaginación va rodeada por las hijas de la inspiración”, escribía Blake en A Vision of the Last Judgement.

En este sentido, en un giro que nos recuerda a Nietzsche, Blake entiende el mal como la negación de las diferentes dimensiones de nosotros mismos; entre ellas, las fuerzas más necesarias y vitales, indispensables para la vida (entre las que Blake no duda en incluir el sexo: el deseo satisfecho es condición para el bienestar del hombre y para la libertad de su mente). La tan manoseada voluntad de poder que propondría largos años más tarde el propio Nietzsche no es una ley o una sustancia absoluta, sino que queda expresada en nuestra vida como fuerza, como tensionalidad: se sitúa como una autoafirmación y, a la vez, como ambición de ir más allá de la propia esencia del sí mismo. Es un querer que es un querer ser: querer es un movimiento hacia, desde-hacia, donde se da de nuevo la tensión. Pensar el querer es pensar algo con dirección, un poder-ser (como una suerte de “afecto original”): un afán de hacerse más fuerte, un plus de poder, de fuerza, de existencia. De ahí que la naturaleza sea inocente: no hay crueldad, la vida no precisa de justificación; es proceso destructivo y creativo.

Por eso explica Blake que sólo un poder hace al poeta: la imaginación. “No razonaré, ni compararé; mi tarea es crear”, afirmaba el inglés. Y es en este punto donde podemos encontrar la mística de nuestro autor: el ser humano puede alcanzar lo infinito si limpia las puertas de la percepción, o lo que es lo mismo, sus sentidos. También la libertad y, como decíamos, la satisfacción de los deseos (sin tratar de aprisionar el goce pasajero) constituyen los deberes primordiales del hombre. En Matrimonio del cielo y el infierno, leemos:

El hombre no tiene un cuerpo distinto de su alma; / pues lo que llamamos cuerpo es una porción del alma / discernida por los cinco sentidos, / las puertas principales del alma en esta edad. // La Energía es la única vida y nace del Cuerpo; / y la razón es el límite y perímetro de la Energía. / Energía, Eterno deleite.

Casi podemos escuchar las palabras de Leopardi, contemporáneo de Blake, cuando escribía en su Zibaldone de pensamientos que “la razón es enemiga de toda grandeza: la razón es enemiga de la naturaleza; la razón es pequeña. […] Las cosas que llamamos grandes suelen salirse de lo ordinario y como tales entrañan cierto desorden: pues bien, la razón condena ese desorden”.

Por estas razones condenó tan asiduamente Blake las restricciones impuestas a nuestra vida en nombre de la religión, cuando somos forzados a la renuncia ascética. Así, escribía: “en el cielo se admite a los hombres, no porque hayan dominado sus pasiones, o porque no las tengan, sino porque hayan cultivado su entendimiento. Los tesoros del cielo no consisten en la negación de las pasiones, sino en las realidades del intelecto”. Blake asegura que, si a alguien han de expulsar del cielo, es a los “tontos”, a los que carecen de pasiones propias precisamente porque no se han preocupado de alimentar a su intelecto. En un giro que bien podría recordarnos a la más ferviente tradición psicoanalítica, escribía Blake que “aquellos que reprimen el deseo obran así porque el suyo es lo bastante débil como para ser reprimido; y la restricción o razón usurpa su lugar y gobierna al que no lo quiere”.

Suelen circular diversas anécdotas sobre la infancia de Blake. Chesterton relata, en el libro que dedicó a su compatriota, que en cierta ocasión, y tras haberse demorado demasiado en el campo, Blake regresó a casa y confesó a su madre que había visto al profeta Ezequiel sentado bajo un árbol. La reacción de la progenitora fue inequívoca: abofeteó a su hijo. Tal fue el desenlace de la primera aventura de nuestro protagonista en el país de lo maravilloso. Chesterton asegura que “se podría hablar de él como de un sólido maniaco o de un sólido mentiroso, pero nunca como de un histérico vacilante o como un débil aficionado a la fabulación de historias poco creíbles”. Desde aquel primer encuentro con la figura de Ezequiel, Blake siempre habló de sus apariciones en un tono de cotidiana naturalidad: no sólo hablaba con personajes como Isaías o la reina Isabel, sino que reyes y profetas llegaban del cielo o del infierno para posar para él.

A continuación se pueden leer algunos de los “Proverbios del infierno”, aforismos de Blake que pueden empujarnos a la reflexión y a la comprensión de su obra plástica y literaria:

Aquel que desea pero no obra, engendra pestilencia.

La Eternidad está enamorada de los frutos del tiempo.

La atareada abeja no tiene tiempo para el pesar.

Ningún pájaro se eleva demasiado alto, si se eleva con sus propias alas.

El acto más sublime es situar a otro antes que a ti.

La alegría fecunda. El dolor engendra.

Un pensamiento llena la inmensidad.

Espera veneno del agua estancada.

William Blake es sin duda uno de esos personajes que, envueltos en el misterio, ha recorrido un itinerario espiritual destinado a alcanzar la tan anhelada sabiduría perenne. A caballo entre la filosofía y la mística, entre el pensamiento y el arte (tan hermanados en su obra), el universo interior de este egregio inglés ha hecho correr largos ríos de tinta. Para descifrar la andadura de tan complejo autor tenemos la suerte de contar con un libro que facilita el estudio de su figura, mediante la magnífica prosa de Kathleen Raine, publicado en preciosa edición por AtalantaOcho ensayos sobre William Blake.

El Cuerpo Eterno del Hombre es la Imaginación, es decir, el propio Dios… Se manifiesta en sus Obras de Arte (en la Eternidad Todo es Visión).

Ocho ensayos sobre William BlakeAl contrario de lo que suele pensarse debido a la complejidad de sus textos, que se prestan a una multiplicidad hermenéutica casi incomparable, Blake no escribió para un público especializado. Y quizás este dato tenga que ver con lo prístino de sus visiones: tan claro era para él cuanto quería mostrar, que en ningún caso paró mientes en la posibilidad de que su mensaje fuera malinterpretado o que no pudiera ser siquiera comprendido.

Como apunta certeramente Kathleen Raine, “para Blake, vivir según la Imaginación es el secreto de la vida. Los ‘dioses’ de la razón, el sentimiento, la inspiración y los sentidos físicos no son más que aspectos de esa vida única de la Imaginación, ‘la propia existencia humana’ que lo abarca todo en conjunto. No hay nada fuera de la Imaginación, que es inmortal, eterna e inagotable”.

El Error es Creado. La Verdad es Eterna. El Error, o Creación, será Quemado, y entonces, y no hasta entonces, Verdad o Eternidad Aparecerán. Se Quema en el Momento en que los Hombres cesen de contemplarlo.

El discurso de Blake resulta en algunos casos insultantemente actual (hay que tener en cuenta que nuestro autor vive con un pie en el siglo XVIII y otro en el XIX), sobre todo en lo tocante a la relativa impotencia de las ciencias naturales cuando pretenden ofrecer un horizonte de sentido definitivo, absoluto, a la existencia de los seres humanos. En el mundo no sólo hay materia, sino también espíritu, alma:

Todas las cosas están en Dios, no como si estuvieran en algún lugar… Considera al que contiene todas las cosas, y entiende que no hay nada con mayor capacidad que lo que es incorpóreo.

Las ocho piezas que componen la obra de Kathleen Raine son, cada una por separado, auténticas maravillas. En ellas queda paulatina y estructuralmente desmontado el pensamiento de Blake, con el objetivo de que el lector, al fin, pueda recomponerlo y hacerlo suyo. Una ardua tarea que, sin embargo, Raine hace muy sencilla. Aunque como digo los ocho ensayos configuran piezas independientes (pero interconectadas) de museo, cabe destacar dos en particular, en las que la autora se hace cargo del sufrimiento en el Libro de Job y, por otra parte, del Apocalipsis en Blake y Miguel Ángel.

Job

En los veintidós grabados que el artista inglés diseñó para ilustrar las peripecias de Job, Blake pone el punto de mira en los sufrimientos que al llamado “santo paciente” le fueron infringidos. Lo interesante de la visión de Blake es que parece decirnos que Job representa un curioso tipo: el del ser humano que se enfrenta a los misterios de Dios, “a quien rendía culto y quería comprender, pero no conocía cara a cara. Como la mayoría de nosotros -apunta Raine- Job se enfrenta al misterio de su ser, en cuyo poder se encuentra, y nunca ha rechazado, sino que ha tratado de alcanzar, obedecer, comprender. […] En efecto, el Libro de Job es la historia de un hombre Cualquiera”. Recordemos que, para Blake, el sufrimiento supone tan sólo un estadio epistemológico del hombre, el de la ignorancia: en concreto, el de la ignorancia de Dios, que, a ojos del inglés, “es el Dios interior. Blake veía que en las Iglesias se veneraba al Dios de este mundo -el Dios de la ley moral-; la Divina Humanidad no se descubre mediante moralidad y observancia, sino a través del renacimiento espiritual”.

Los antiguos Poetas animaban todos los objetos sensibles con Dioses o Genios, nombrándolos y adornándolos con los atributos de bosques, ríos, montañas, lagos, ciudades, naciones y todo lo que sus vastos y numerosos sentidos podían percibir.
Particularmente estudiaban el genio de cada ciudad y región poniéndolo bajo su deidad mental.
Hasta que un sistema fue establecido, del cual algunos se aprovecharon, y esclavizaron al vulgo con el intento de hacer reales o abstraer las deidades mentales de los objetos. Así comenzó el Sacerdocio: escogiendo formas de culto a partir de las narraciones poéticas. Y al final ellos dictaminaron que los Dioses habían ordenado cosas tales.
Así los hombres olvidaron que Todas las deidades moran en el corazón humano.

William Blake, Matrimonio del cielo y el infierno

Juicio final Blake

Como ya apuntaba Chesterton en su libro sobre William Blake (de homónimo título), «incluso siendo un niño [Blake] ya prodigaba su conocimiento de lo oculto», un aspecto que dotó a toda su obra de un exacerbado sobrenaturalismo metafísico. También Chesterton nos informa de que Blake !tenía la capacidad, como ya hemos apuntado, de hablar de un encuentro con Isaías o con la reina Isabel no ya como si tal circunstancia pudiera ser indiscutible, sino como si fuera algo tan insignificante que ni siquiera mereciera objeto de discusión. Reyes y profetas llegaban del cielo o del infierno para posar para él”.

Resultado de tan visionarias experiencias, nuestro protagonista entendió el Apocalipsis, precisamente, como una suerte de visión de una situación espiritual perdurable, y no como una especie de precognición sobre la historia futura. Así lo apunta magníficamente Kathleen Raine en Ocho ensayos sobre William Blake: “[El Apocalipsis] es un arquetipo, es decir, una de esas ‘visiones formidables’ o ‘imágenes asombrosas’ que no pertenecen al orden temporal aunque necesariamente se reflejen en él de vez en cuando. Considerar el Juicio Final, o el Apocalipsis, por consiguiente, como un acontecimiento histórico en términos seculares significa malinterpretar su naturaleza”.

Miguel Angel CristoAsí, mientras el Cristo de Miguel Ángel se presenta en pura acción, bajo un aspecto de dominación que casi abruma (como la aparición del Dios hecho Hombre entre hombres), y donde se nos muestra a una especie humana echada a perder por el vicio y la corrupción (pecados que tan sólo Una mano santa y firme puede reconducir), en la versión de Blake sucede algo muy diferente.

Si el Jesús resucitado de Miguel Ángel posee las características de todo un Apolo griego (como apunta Rein, “el sol invictus de la mitología clásica”), el Cristo de Blake se ve incluso difuminado en los trazos, y cuenta más aquello que su figura representa que la acción que lleva a cabo: “Es simplemente la figura en el Trono de Dios. Gobierna por su presencia, y no por su preeminencia”. La representación del Cristo de Blake en el Juicio Final ostenta, se puede decir, una clara exégesis de las Confesiones agustinas, pues nos invita a considerar que el cetro divino que Cristo sostiene por la gracia de Dios no proviene de su condición de individuo, sino de su ser “el corazón de la luz que emana de un centro divino”.

Mientras que Cristo para Miguel Ángel es el Dios-Hombre y hombre divino, Jesús para Swedenborg y Blake es el Cristo universal que aparece en «los cielos» -es decir, en los mundos internos- de toda la humanidad. […] Miguel Ángel logró capturar el aspecto terrorífico que asociamos con el final del mundo temporal; por su parte, Blake aprehendió la alegría de la aurora en la visión de lo eterno, de las cosas como son, vistas a la luz de la Imaginación, que no condena a nadie.

Kathleen Rein

No dejéis de leer este brillante ensayo, que son muchos a la vez, sobre una de las figuras más inquietantes de la historia del arte y del pensamiento. Una delicia que engancha de principio a fin, que se atreve a transitar los intrincados recovecos anímicos de William Blake. El viaje merece la pena. Muy posiblemente, y con el permiso de Chesterton, Ocho ensayos sobre William Blake encierra la más brillante y accesible puerta de entrada a la obra del conspicuo inglés en lengua española. Un libro imprescindible que, gracias a la experta mano de Atalanta y la excelente prosa hermenéutica de Kathleen Raine, ha nacido clásico.

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