Jaime Balmes: personalidad y vocación

Jaime BalmesQuizás debido a su declarada adscripción cristiana, es hoy aún poco estudiado en las universidades españolas e hispanohablantes el pensamiento del barcelonés Jaime Balmes, filósofo y teólogo del siglo XIX seguidor y desarrollador de las doctrinas de Tomás de Aquino. Nacido en el municipio de Vic el 28 de agosto de 1810, Balmes estudió desde muy temprana edad retórica, latín y filosofía, familiarizándose con la historia del pensamiento occidental, para más tarde cursar teología. Tras el fallecimiento de su madre y algunos intentos fallidos por ingresar en la Universidad de Barcelona, abandona su pueblo natal y comienza a impartir matemáticas en la Ciudad Condal, comenzando así una fulgurante carrera de profesor, apologeta y escritor que, en nuestros días, resulta tristemente desconocida.

Después de vivir algunos años en Madrid, una vez diagnosticada su tuberculosis, retorna al pueblo donde nació, donde fallece el 9 de julio de 1848 siendo aún muy joven. Una circunstancia que no le impidió legar un prolijo conjunto de textos que no sólo deben estudiarse como testimonio de una época, sino también como un punto de contacto entre la filosofía europea y la española, pues fue Balmes, entre otras cosas, uno de los primeros introductores de la filosofía de Kant en España.

Balmes se convence desde muy pronto, tras un arduo proceso de observación del mundo (que le lleva por Francia o Bélgica, donde conoce al futuro papa León XIII), de que el ser humano es un ente eminentemente social. Como resultado de sus estudios sociológicos, redacta algunas obras en las que el “sentido común” se convierte en la piedra clave para comprender las relaciones humanas. Un sentido común que ha de fomentar el sano contacto de unos con otros con el objetivo de llegar a fundamentar un auténtico móvil moral. El más eminente resultado de tales investigaciones se traduce en la publicación, en 1845, de su más compendioso y conocido libro, El criterio. ¿Su objetivo? Ayudar a pensar “bien” y con corrección, en busca de la verdad, sin desviarnos de nuestra meta, teniendo en cuenta las calamidades y extremas vicisitudes ante las que la vida en ocasiones nos sitúa, rodeados de seres que, a la vez, ansían igualmente el conocimiento y, en ocasiones, el poder.

El pensar bien consiste o en conocer la verdad o en dirigir el entendimiento por el camino que conduce a ella. […] Si deseamos pensar bien, hemos de procurar conocer la verdad, es decir, la realidad de las cosas. ¿De qué sirve discurrir con sutileza, o con profundidad aparente, si el pensamiento no está conforme con la realidad?

Billete Jaime Balmes

“El buen pensador procura ver en los objetos todo lo que hay, pero no más de lo que hay”.

Balmes no duda que a cualquier ser humano le convenga pensar bien, no sólo a los filósofos y teólogos, “sino también a las gentes más sencillas”. Hemos de coincidir en que “el entendimiento es un don precioso que nos ha otorgado el Creador, es la luz que se nos ha dado para guiarnos en nuestras acciones; y claro es que uno de los primeros cuidados que debe ocupar al hombre es tener bien arreglada esta luz”, asegura Balmes en palabras que recuerdan a las de Descartes: si falta tal luz, “nos quedamos a oscuras, andamos a tientas, y por este motivo es necesario no dejarla que se apague”. La tarea esencial del ser humano es ejercitar tal capacidad, siempre en potencia y presta para intervenir, pues la inacción redundará en el peligro de que el entendimiento “se ponga obtuso y estúpido”, es decir, que no pueda reconocer más que las propias razones (lo subjetivo, lo propio y, por tanto, lo más restringido) y su juicio quede oscurecido, llegando a extraviarse y, dado el caso, a apagarse definitivamente. Para que esto no suceda debemos aplicarnos con tenacidad y cuidado:

La atención es la aplicación de la mente a un objeto. El primer medio para pensar bien es atender. […] Algunas veces se le ofrecen los objetos sin que atienda, como sucede al ver sin mirar y oír sin escuchar; pero el conocimiento que de esta suerte se adquiere es siempre ligero, superficial, a menudo inexacto o totalmente errado. Sin la atención estamos distraídos, nuestro espíritu se halla, por decirlo así, en otra parte, y por lo mismo no ve aquello que se le muestra.

Es por eso que “un espíritu atento multiplica sus fuerzas de una manera increíble”, viejo dictado que, sin duda, proviene de las enseñanzas de Baltasar Gracián en El Criticón, donde el jesuita aragonés asegura que si nos falta la novedad, el ánimo encendido y el entendimiento atento, nos faltarán, así, las humanas fuerzas. Por eso escribe Balmes que “los que no atiendan sino flojamente, pasen su entendimiento por distintos lugares a un mismo tiempo; aquí, reciben una impresión; allí, otra muy diferente; acumulan cien cosas inconexas que, lejos de ayudarse mutuamente para la aclaración y retención, se confunden, se embrollan y se borran unas a otras”. Nada más perjudicial que la distracción continuada para pasar por seres atolondrados, dispersos e inexactos.

Balmes sello

“Lo cierto es que nada sabemos, nada pensamos si los sentidos no han estado en acción”.

Aunque no a todos nos son concedidas las mismas capacidades: debemos así encontrar nuestra auténtica vocación, que es comunicada -asegura Balmes- por un “instinto precioso” que nos muestra nuestro destino. Por eso, nuestro autor da una importancia capital a las instituciones de enseñanza, que han de emplearse con todo denuedo a la hora de fijar “mucho la atención en este punto para precaver la pérdida de un talento que, bien empleado, podría dar los más preciosos frutos, y evitar que no se le haga consumir en una tarea para lo cual no ha nacido”. El objetivo final que Balmes desea transmitir a sus lectores en El criterio es el de conocerse a sí mismos, asunto que solemos ignorar, pero del todo imprescindible.

Si no tuviéramos la funesta inclinación de huir de nosotros mismos, si la contemplación de nuestro interior no nos repugnase en tal grado, no nos sería difícil descubrir cuál es la pasión que en nosotros predomina. Desgraciadamente, de nadie huimos tanto como de nosotros mismos, nada estudiamos menos que lo que tenemos más inmediato y que más nos interesa.

Balmes Pere Borrell

Óleo de Pere Borrell

A juicio de Balmes, en clara oposición a otros pensadores cristianos, las pasiones no deben ser pasadas por alto, sino que de su atento examen podremos concluir qué tarea nos resulta más afín y, así, daremos con nuestra más genuina vocación, con aquella pasión que, de entre todas, hace valerse con mayor fuerza. Un impulso al que nuestro protagonista denomina “pasión dominante” y frente a la que las demás se resienten: “ella se mezcla en todos los actos de la vida, ella constituye lo que se llama el carácter”.

Y es que, en su opinión, en todos nosotros existen dos partes bien diferenciadas: una inteligente y activa, “de pensamientos elevados, de deseos nobles, conformes a la razón, de proyectos arduos y grandiosos”, y otra “torpe y soñolienta, de miras mezquinas, que se arrastra por el polvo cual inmundo reptil, que suda de angustia al pensar que se le hace preciso levantar la cabeza del suelo”. Resulta claro para Balmes que no hay quien pueda alcanzar la corona de sus sueños sin arrostrar una larga y denodada lucha, para lo que se hace preciso la aparición de una “pasión constante, con dirección fija, sometida a regularidad”.

Esa fuerza de voluntad, repito, necesita dos condiciones, o más bien resulta de la acción combinada de dos causas: una idea y un sentimiento. Una idea clara, viva, fija, poderosa, que absorba el entendimiento, ocupándole todo, llenándole todo. Un sentimiento fuerte, enérgico, dueño exclusivo del corazón y completamente subordinado a la idea. Si alguna de estas circunstancias falta, la voluntad flaquea, vacila.

Una fuerza, pues, la de la pasión, que ha de ejercerse desde un “pensar bien” la realidad, desde la luz del entendimiento, para ser movidos pasional pero, también, sabiamente. Pues lo que Balmes llama “criterio” no es más que un instrumento para conocer la verdad de las cosas, también en nuestras acciones, que han de estar sujetas a las reglas de “una sana moral”: “la verdad en la conducta es obrar por impulso de esta buena voluntad”. Aunque la razón resulta fría e insuficiente por sí misma, ha de dar con el calor en la pasión sin que ésta “ofusque su claridad”.

La generalidad de los hombres descienden al sepulcro no sólo sin haberse conocido a sí propios, sino también sin haberlo intentado […]. [D]ebiéramos vivir con esa vida íntima en que el hombre se da cuenta de sus pensamientos y afectos y no se pone en relación con los objetos exteriores sino después de haber consultado su razón y dado a su voluntad la dirección conveniente. Mas esto no se hace; el hombre se abalanza, se pega a los objetos que le incitan, viviendo tan sólo con esa vida exterior que no le deja tiempo para pensar en sí mismo.

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