Amor, el porvenir de una emoción. Entrevista al filósofo Stascha Rohmer

Boreas Waterhouse¿Ha llegado el fin definitivo de las emociones, tal y como se han entendido desde hace siglos, como emanaciones del ánimo que tanto dicen de nosotros y de cuanto nos rodea? ¿Se han vuelto los sentimientos, y no sólo las sociedades y los sistemas políticos, tan líquidos que apenas podemos aprehenderlos, comprenderlos, exteriorizarlos?

La vieja sentencia de Heráclito, de la que parte Stascha Rohmer en Amor, el porvenir de una emoción (Herder), se nos antoja un buen punto de partida para reflexionar sobre aquellos interrogantes: “Todo ser vivo que se arrastra sobre la tierra es conducido por un látigo”. Pero ¿a qué “látigo” se refiere Heráclito? Rohmer explica que, desde luego, existen fuerzas que “sobrepasan lo finito”, lo particular de nuestra existencia; unas fuerzas que a la vez constituyen lo más propio de nuestro ser. Una de ellas es el amor.

De la mano del autor de este volumen podemos preguntarnos si el concepto tradicional del amor, entendido como una necesidad sentimental de los seres humanos, forma aún parte de nuestra naturaleza de igual manera que precisamos del alimento para poder sobrevivir: “¿O podría pensarse que la humanidad, que el ser humano seguirá prolongándose en el futuro como tal aunque no haya amor; que la emoción del amor, entendida como fuerza motriz, es algo de lo que se puede prescindir en principio?”. A juicio de Stascha Rohmer, doctor en Filosofía (profesor entre 2003 y 2007 en la Universidad Humboldt de Berlín, actualmente profesor en Colombia), a pesar de que el amor suponga un sentimiento que se vive, como cualquier otro, de manera netamente personal y subjetiva, podemos encontrar en él la base de la libertad humana que, en paralelo, como él mismo explica, “proporciona el fundamento de una vida verdaderamente humana; significa asumir que el ser humano, en cuanto tal, existe sólo en la relación concreta con sus semejantes”.

Alma Tadema No pidas más

En un análisis del amor repleto de guiños al pensamiento hegeliano, Rohmer asegura que cualquier vida humana sólo se realiza de modo pleno cuando comparte la existencia (vivencias, opiniones, sentimientos, emociones, etc.) con sus semejantes, de forma que no sólo se desarrolle como mero “participante pasivo” de una humanidad comprendida como una totalidad indisociable, sino que se actualice efectivamente al “compartirse la vida en el medio social”.

Como sabemos, Hegel pensaba que el punto determinante en una relación de amor entre dos personas engloba un misterio cuyo desciframiento es quizás tan imposible como atractivo, pues supone la unión de dos seres que son completamente distintos. En sus escritos más tempranos anotaba el propio Hegel:

El amado no es algo opuesto a nosotros, está unido a nuestra esencia; nos vemos sólo en él y luego, sin embargo, no es nosotros; un prodigio difícil de entender.

Amor, el porvenir de una emociónEl punto más interesante del ensayo de Rohmer es sin duda el decidido (y en la actualidad poco acostumbrado) enfoque metafísico con el que dota su investigación, lo que otorga a la obra publicada por Herder muchos tantos de valentía epistémica. Inmerso en el imperio de la tecnología y las ciencias aplicadas, Rohmer acomete un completo estudio sobre el amor que, afirma, puede conducirnos a la “posibilidad de un conocimiento metafísico”. ¿En qué sentido?

Si tenemos en cuenta las palabras de Hegel antes mencionadas, podríamos pensar que en el nexo entre seres humanos actúa una suerte de “fundamento” o “factor vinculante” subyacente que hace que nos relacionemos con nosotros mismos a través de nuestra relación con los otros: sabemos de nosotros gracias a nuestras relaciones con los demás. El amor es, en este sentido, “el fundamento de la posibilidad de la existencia individual e histórica. En el amor vivido y en la individualización de los amantes que este atrae consigo, la cultura humana experimenta nada más y nada menos que su justificación y ejemplificación suprema”.

El contenido utópico del amor, así como el “porvenir” del que nos habla Stascha Rohmer, reside en su condición de emoción construida a través de un recuerdo muy particular: el recuerdo (platónico, podríamos decir) de que existe un orden distinto al meramente tangible o terrenal, en el que es posible que el amante se vea a sí mismo en su Otro, en el amado, pues el ser humano se diferencia del animal “justo porque incluso cuando realiza claramente lo general, el género, se trasciende al mismo tiempo, en la determinación de sus objetivos, como individuo único e insustituible”.

Un ensayo excelente escrito con pluma brillante, que aborda un tema de gran actualidad: ¿cuál es el papel del amor en una sociedad que parece descoyuntada a causa de los intereses económicos y técnicos? “El amor no se puede manipular, controlar ni determinar -escribe Rohmer-; en virtud de su esencia más íntima es una entrega al otro ser amado; es un dejarse caer en la entrega de sí mismo y requiere por ello de confianza”. Una confianza que acaso haya que reconquistar a través de la entrega libre y decidida en que consiste precisamente el amor.

Stascha Rohmer. Filò

En su libro defiende una perspectiva “sintética” del amor, en la que se concitan naturaleza (biología) y espiritualidad (libertad). ¿Qué aporta esta  concepción a la historia filosófica del concepto de amor?

Creo que un mejor entendimiento del amor nos puede ayudar a superar la división entre cuerpo y alma, naturaleza y cultura, porque el amor es al mismo tiempo físico y metafísico (véase el capítulo 9 del libro). Especialmente en la cadena de las generaciones, que es en cierto modo la base natural de la vida y la cultura humana, encontramos también una estrecha conexión entre cuerpo y alma (capítulos 2 y 18).

El origen de la historicidad del hombre es la libertad como esencia de su ser. Desde mi punto de vista, el amor (en el sentido más amplio) es el fundamento de la libertad, porque el hombre existe solamente en la reflexión (reflexión en el sentido ontológico, es decir, también en el sentido de un acto) que tiene en su otro. No existe un yo sin un tú, de igual forma que no hay el norte sin el sur o lo femenino sin lo masculino. El hombre es el eco de su sí mismo en el otro.

El amor aparece, en el esquema que plantea, como una superación de la muerte. ¿Cómo hemos de entender esta relación?

El libro que he escrito se opone también a la supuesta oposición entre egoísmo y altruismo (p. 50). En el medio social somos todos medios y fines al mismo tiempo. Hegel -partiendo de Schelling- ha desarrollado la idea de que el ser de las cosas limitadas es un no-ser, pero este no-ser es en cierto sentido su forma de ser. Ya Kierkegaard decía que por eso hay que morir la muerte. El amor -en cierto sentido- implica morir, porque si te enamoras de una persona, vives para (ser-para-otro) esta persona y te pierdes en ella (te pierdes en el sentido de abandono, véanse caps. 3 y 7). Pero este “perderse” es la condición de un “ganarse” de nuevo. Bajo esta perspectiva, el amor supera la muerte (el perderse, el no-ser, el ser medio para el desarrollo de otra persona), porque integra la muerte o el morir (como proceso que ya empieza con el nacimiento) en la dinámica de la vida.

Alude a un “orden diferente” del meramente tangible o empírico en el que el propio amor se fundamenta, un orden metafísico. ¿Es posible, en el contexto tan netamente tecnificado que vive la sociedad occidental, plantear de nuevo la validez de la metafísica como disciplina apropiada para responder a algunos de los interrogantes que más interesan al ser humano (entre ellos, desde luego, el amor)?

El éxito de la técnica -debido al progreso de las ciencias naturales- no es solamente una amenaza para la metafísica, sino que plantea a su vez nuevos problemas y preguntas metafísicos. Esto lo observamos especialmente en las ciencias de la vida, por ejemplo en la técnica genética. Si no existiera una conexión estrecha entre cuerpo y alma, tampoco podríamos encontrar un argumento contra la clonación del hombre (véase cap. 2). No estoy de acuerdo con Jürgen Habermas, cuando afirma que vivimos en un tiempo postmetafísico (nach-metaphysisch). Ya aseguró Ortega y Gasset que el hombre es metafísica y que, por eso, se plantea preguntas metafísicas como la pregunta por el sentido de la vida, sobre el universo, el absoluto, dios o el amor. Ortega dejó dicho en su conferencia “Qué es metafísica” (traducida por mí al alemán) que el hombre hace metafísica cuando busca una orientación radical. Esta es una muy buena definición de la metafísica. Seguramente, nuestro mundo hoy en día es -debido al proceso de la tecnificación, entre otras cosas- mucho más complejo que el mundo griego o medieval. Pero especialmente por eso se necesita más orientación radical y en este sentido veo una oportunidad única para el desarrollo de una nueva metafísica, que se dedica a dilucidar las preguntas últimas del ser humano -partiendo de una argumentación racional carente de dogmatismo-.

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