Lo que la infancia puede enseñar a la filosofía

Jorge Úbeda, director académico de la Escuela de Filosofía de Madrid, es doctor en Filosofía gracias a su trabajo sobre Levinas y Platón, que realizó bajo la dirección del prestigioso profesor Miguel García-Baró -que además prologa el volumen que presentamos-.

En La infancia y el filósofo, primer libro publicado por Úbeda, el autor “reflexiona largamente acerca de la desconfianza y la deslealtad con la que, sobre todo el pensamiento moderno, se ha comportado respecto de la infancia“, asegura el prologuista. Pero, por ejemplo, ¿hemos de fiarnos del juicio cartesiano?

El proyecto filosófico esbozado por Descartes en el Discurso del método y presentado en su resumen en los primeros compases de los Principios de la filosofía incluye una referencia directa al hecho de que los hombres, antes de ponernos a la tarea de la búsqueda de la verdad, hemos sido niños, y esta circunstancia supone que solo superando este estado se puede acceder a un análisis adecuado de lo que sea la verdad.

Jorge Úbeda

Jorge Úbeda parte en su análisis de una constatación: la crisis de las ciencias y de la verdad. Por su parte, la ciencia no parece haber perdido la “imagen social que la proyecta como la fuente inagotable de verdades y certezas acerca del mundo y del hombre que deben ser atendidas por encima de cualquier otra”. Sin embargo, explica el autor, a lo largo del siglo XX aparece una novedad ciertamente descorazonadora: la técnica impone a la propia ciencia un criterio final de utilidad.

Se ha producido así un fenómeno peculiar en la imagen que proyecta de sí misma la ciencia. La ciencia aparece siempre vinculada a la verdad del todo, pero la verdad a la que está hoy vinculada no es propiamente una verdad, sino la utilidad que es el fin de la técnica.

En un giro que recuerda a algunos de los dictados más conocidos de El Criticón de Gracián, referidos a la falta de novedad en la mirada del ser humano (que apenas se deja deslumbrar por nada), Jorge Úbeda asegura que el imperio de la técnica ha provocado que no exista nada estrictamente nuevo, “sino que todo lo que sale de la mano del hombre sale ya viejo, gastado, llamado a ser superado por otra cosa mejor”. Y nos deja esta magnífica reflexión:

Así, se pierde la estructura lineal del tiempo y la temporalidad interna del hombre. El presente contiene en sí mismo todo el tiempo pues ya es futuro y siempre es ya pasado en el presente.

Tal concepción del tiempo ha provocado, afirma el autor en La infancia y el filósofola crisis de las instituciones políticas basadas en el discurso ilustrado. El discurso de la Ilustración funda su esperanza de madurez humana en un futuro que “no es escatológico, es decir, no está al final de los tiempos en los que toda la humanidad y su historia serán juzgadas. Este futuro es histórico, es decir, realizable y visible para el hombre”. Ahora, cuando vivimos en un presente que parece caracterizado por un nefasto horizonte, ¿a qué instancia remitir nuestras esperanzas, si no es a ese futuro?

Nuestro amargo siglo XX nos ha traído, precisamente, la quiebra de la confianza ilustrada en el futuro. Creo que es más adecuado entender la crisis del discurso ilustrado como una crisis del sentido del tiempo que como una crisis de la razón.

En este sentido, la mirada del niño -curiosa, escrutadora, ávida- resulta clave. Jorge Úbeda lleva a cabo un análisis de lo que la infancia puede aportar a la filosofía como el “momento insoslayable de la vida del hombre que habla de nuestra insuperable finitud”. Este volumen recoge un completo estudio, de accesible y entretenida lectura, de la concepción de la infancia en autores como Descartes, Rousseau, Kant, Nietzsche o Platón, muy recomendable tanto para especialistas como para interesados en la materia.

El alma vive anclada en su presente pero está continuamente saliendo de él. Pero no es un viaje que termine en sí mismo o en el final de todo presente que es la muerte. Este es un viaje que lleva el alma a salir de sí radicalmente, a vivir una auténtica aventura en relación con los otros y con el mundo. Este viaje le llevará al lugar que ningún ojo ha visto ni ningún oído ha oído. Un viaje del que nunca volverá.

La infancia y el filósofo

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