“Los invisibles”, de José María Merino

Los invisibles José María MerinoEntre tan variada y abrumadora oferta libresca, cada vez se nos hace más difícil escoger una obra con la que poder disfrutar –convencidos de que nuestra elección no ha sido equivocada-. Lo cierto es que el mercado editorial no cesa de crear nuevas ventanas desde las que se intenta seducir a un público que, dadas las circunstancias, no está para hacer grandes desembolsos.

Como tantos otros, el sector de la cultura ha perdido fuelle a causa de las imposiciones fiscales; a su vez, las familias se ven obligadas a racionalizar los salarios hasta extremos insospechados con el objetivo de no llegar ahogadas a fin de mes. Y, huelga decirlo, entre llevarse algo a la boca, pagar el alquiler o la hipoteca, o leer la última novedad editorial, la decisión es bien clara.

Al margen de lo triste de estas circunstancias, quien aún puede permitirse el lujo de adquirir un libro –y más allá, quien puede disponer de tiempo de ocio para leerlo–, exige ciertos visos de que la compra va a ser, en efecto, fructífera. Puede que esta suerte de pragmatismo cultural asocie de manera peligrosa el mero valor económico con el propio valor cultural del objeto en cuestión (magnitudes que, en multitud de ocasiones, son imponderables y, desde luego, incomparables). Pero, por otro lado, quizás esta necesidad de seleccionar con buen criterio devuelva ciertas obras –en virtud de su propia naturaleza– al lugar preeminente que les corresponde.

Los que hemos tenido la suerte (o la desventura, ya no sabe uno qué pensar) de cursar estudios universitarios de carácter humanístico, hemos convivido –se puede decir que familiarmente– con los clásicos de Cátedra, siempre presentados en impecables y elegantes ediciones, acompañados de prolijos e irrenunciables estudios críticos de prestigiosos especialistas que comentan cada uno de los títulos publicados. Por su condición de clásicos, precisamente, ocupan en cualquier biblioteca un lugar muy especial: siempre a la mano, listos para ser consultados una y otra vez.

Cátedra es sin lugar a dudas sinónimo de calidad editorial no sólo por el enorme fondo del que dispone (cargado de figuras de primera línea), sino también por el esfuerzo que dedica para renovar la inquietud de los lectores que han de habérselas con aquella maraña, cada vez más inescrutable, de novedades librescas. En este camino, no hace mucho que inauguraron una nueva colección, bajo la rúbrica de Letras populares, a través de la que pretenden –nos explican– “proporcionar al lector un escaparate de la moderna literatura popular universal en un entorno que subraye su valor literario, detallando la relevancia cultural y la influencia social y artística de las obras, autores y géneros incluidos en su catálogo”. En dicha colección encontramos, por ejemplo y entre otros, a Stanislaw Lem, Raymond Chandler, Lovecraft o Pilar Pedraza, nombres que ya de por sí indican la altura de este proyecto editorial.

El último libro publicado en Letras populares, del que ahora nos ocupamos, adquiere especial relevancia en un momento en que la cultura pasa a ocupar un lugar secundario, casi oculto, en el contexto social y económico que vive Europa y España en particular. Se trata de Los invisibles, de José María Merino, escritor de dilatada y laureada trayectoria, académico de la Real Academia Española desde 2008.

Hace algunos años coordiné un volumen de filosofía (Galería de los invisibles) en el que varios autores estudiamos algunas figuras de la historia de la literatura y el pensamiento que por razones diversas no reciben la atención suficiente en el contexto académico actual. Empujado por la curiosidad, quise saber cómo un literato de la talla de Merino afrontaba la noción de invisibilidad desde el punto de vista narrativo.

En varios sentidos, mis expectativas se han visto sobrepasadas. De mano de una historia que mantiene en vilo al lector hasta el último instante, el autor de Los invisibles lleva a cabo todo un análisis de la figura del proscrito (desde un punto de vista tanto individual como social), donde hay lugar para las reflexiones metaliterarias y, aún más importante, para pensar sobre la labor del autor como creador de ficciones. Como escribe Merino en las líneas finales de la obra, “El caso es que este libro termina como lo hace, no por los designios de mi imaginación, sino por la propia fuerza de los sucesos reales”. Tendrá el lector que hacerse con un ejemplar para recapacitar sobre la importancia de estas postreras palabras…

Y es que la relevancia de lo contado no reside, en este caso particular, en las distintas peripecias que le ocurren a Adrián (personaje central de la novela), es decir, en lo que comúnmente se denomina “el argumento”. En Los invisibles asistimos a la interferencia material (tangible, plástica) de la literatura en el transcurso de la vida real. Estos ámbitos llegan a confundirse de manera casi mareante, acaso pueda decirse esquizofrénica: autor, protagonistas y relato adquieren una realidad evanescente tan pronto como se adueñan de una fatal concreción. Santos Alonso, prologuista y comentador de la edición que presentamos, lo explica de esta forma: “Una de las claves de la novela es que Merino convierte la literatura en vida y lo fantástico en real […]. Lo fantástico no solo está incluido en la vida y en lo cotidiano, sino que es la misma vida cotidiana o se confunde con ella”.

El joven Adrián se enfrentará a su repentina invisibilidad en este escurridizo terreno –a caballo entre lo vaporoso y lo palpable: “El personaje –prosigue Santos Alonso– percibe que todo a su alrededor ha cambiado (o es él quien lo ha hecho), por lo que se soporta un extrañamiento y una enajenación de la realidad que conforman el espacio y el tiempo. Ya no tiene la certeza de pertenecer a ellos”.

No me extiendo más en esta invitación sincera a leer Los invisibles, una cita inexcusable con las letras españolas de nuestro tiempo a través de un clásico contemporáneo (publicado por vez primera en el año 2000) que hará las delicias de todo tipo de público: desde aquellos que busquen una trama interesante y entretenida, hasta los aficionados a los libros que no se ciñen a contar historias y en cuyos entresijos encontramos, por su calidad y hondura, una nota a pie de página con la que poder explicar aspectos ocultos de nuestra propia vida.

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