“Dios”, de Fréderic Lenoir

Dios LenoirComencemos por el final. Tras llevar a cabo un atractivo recorrido, accesible a todo tipo de público interesado en la espiritualidad humana, Fredéric Lenoir asegura en el epílogo a esta obra, de título ya elocuente, que “Dios es un concepto saturado. Se ha hablado demasiado de Dios, se ha hablado demasiado en nombre de Dios. Y de modo muy contradictorio. Hasta el punto de que la propia palabra ha perdido casi todo significado”.

A la luz del resultado arrojado por algunas encuestas realizadas recientemente, para muchos de nosotros, “europeos sobre todo” -matiza Lenoir-, la cuestión de Dios es “móvil” y nuestra fe suele ser intermitente, en expresión de Edgar Morin, es decir, “evoluciona, se metamorfosea, se enciende o se apaga en función de los momentos de nuestra vida, de las pruebas o los gozos que vivimos”. Es lo que los sociólogos llaman “bricolaje religioso”: cada uno de nosotros construimos nuestra propia religión, la espiritualidad que mejor se acopla a nuestro modo de vida.

El autor recuerda las palabras de Hannah Arendt en La vida del espíritu, cuando comentaba implícitamente la famosa sentencia nietzscheana:

Ciertamente no es que Dios haya muerto, pues sabemos tan poco sobre ello como sobre su existencia […], pero sucede sin duda que el modo como se ha pensado a Dios durante siglos no convence ya a nadie: si algo ha muerto, sólo puede ser el modo tradicional de pensarlo.

Aquella tendencia a realizar bricolaje espiritual se encuentra provocada, a juicio de Lenoir, por tres factores: la individualización, el espíritu crítico y la globalización. En el mundo contemporáneo, “los individuos se emancipan del grupo y eligen libremente su fe y sus valores; desarrollan su espíritu crítico y se desprenden cada vez más del dogma y de las actividades religiosas; tienen acceso, por medio de la mundialización y el mestizaje cultural, a una considerable oferta religiosa a la que pueden recurrir libremente en función de sus necesidades”. Asistimos, igualmente, a un desencanto creciente por las religiones monoteístas, causado, explica Fredéric Lenoir, por lo que llama “el drama de los monoteísmos”: “al no dejar de calificar a Dios y de decir lo que es y lo que quiere, han terminado cosificándolo y cayendo finalmente en la idolatría que al parecer combatían“.

El hombre encuentra a Dios detrás de cada puerta que la ciencia logra abrir (Einstein).

Es necesario, siguiendo al Maestro Eckhart, regresar a la vieja distinción entre “Dios” y “Deidad”, con el fin de recuperar el auténtico aliento espiritual que, poco a poco, desaparece de la mayor parte de las sociedades occidentales. Mientras que la Deidad es la “esencia divina inefable”, Dios es la “manifestación” (el fenómeno) de la Deidad en el mundo. También de este modo se expresaba C.G. Jung, al que Lenoir recuerda de este modo: “aunque la psicología nada pueda decir de la Deidad, puede aprehender a Dios como un arquetipo presente en la psique humana”.

“Dios” sólo es siempre, precisamente, la representación que nuestra alma se hace de lo Desconocido. Es una “función del alma” y “el alma lo expresa” como criatura (Jung, Los tipos psicológicos).

Una lectura muy recomendable para los interesados en la evolución del concepto de Dios y en el estado actual de la religión en el mundo. La versátil y entretenida prosa de Fréderic Lenoir hace de este ensayo, en el que se ataca tan complicado y enrevesado asunto, un libro de agradable -pero rigurosa y enjundiosa- lectura.

Dios existe, pero no tiene ninguna prisa en hacerlo saber (Tolstoi).

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