La necesidad de pensar(se) desde y con el cuerpo

El cuerpo es uno de los elementos esenciales de nuestro existir. La vida (orgánica y anímica, material y espiritual) se da desde un cuerpo. Mabel Moraña (Washington University) ha publicado un volumen extenso e imprescindible en el que escudriña todas las vertientes corporales: espacio, raza y nación, saber y verdad, género y sexualidad, capitalismo, enfermedad, dolor o violencia, entre otros muchos aspectos. Pensar el cuerpo significa pensar qué somos desde donde somos: desde nuestro propio cuerpo.

El sociólogo y antropólogo David Le Breton escribió que «Hablar del cuerpo es hablar del mundo». Más certeramente, quizá, habría que decir que hablar del cuerpo es hablar desde nuestro mundo: el mundo que constituimos en y desde nuestra peculiar circunstancia corporal. A lo largo de innumerables siglos, el cuerpo fue vilipendiado y desprestigiado –en una línea metafísico-platónica– en la historia del pensamiento, hasta que fue recuperado definitivamente como elemento insoslayable y fundamental de nuestro vivir y, sobre todo, de nuestro pensar. No puede darse el pensamiento si no es a través de la mediatización y participación activa (o pasiva) de un cuerpo.

Un pensar, y también un actuar, que se erige desde el cuerpo propio. El nuestro. El de cada cual. Si bien hay que tener en cuenta, como apunta Mabel Moraña en su fundamental libro Pensar el cuerpo. Historia, materialidad y símbolo (Herder Editorial), que «el cuerpo es, por naturaleza, problemático», ya que, «por su extrema permeabilidad, absorbe y emite significaciones que apuntan tanto a su materialidad como a sus proliferantes tratos simbólicos». La corporalidad se presta incesantemente a «tensiones y superposiciones entre aparentes polaridades, que fluyen en dinámicas vitales, líquidas».

Por eso se hace necesario, cuando hablamos de pensamiento, pensar el propio cuerpo desde el que pensamos y analizar sus múltiples y multifacéticas perspectivas. Es imposible no contar con el cuerpo, de igual manera que es imposible no contarlo, pues todo lo que contamos lo hacemos desde él. En cualquier caso, y a la vez, como señala muy acertadamente Mabel Moraña en términos paradójicos, solemos hacernos la ilusión «de que hablar del cuerpo es hablar de nosotros y sabemos, sin embargo, que una distancia inaprensible nos separa de su extraña y variable fisicalidad». Inventamos una relación con él que creemos unívoca. Pero lo cierto es que nuestro cuerpo también nos engaña, cambia, muta y se (y nos) modifica una y otra vez. A pesar de todo, también sabemos que referirnos al cuerpo como diferente del yo carece de sentido: no somos solamente cuerpo, pero somos desde el cuerpo, desde una fisicalidad concreta y patentizada.

Con rigor y profundidad, la autora de Pensar el cuerpo desmenuza a lo largo de más de 360 páginas (que se hacen cortas, por amenas y apasionantes), paso a paso y faceta a faceta, todas las aristas desde las que nuestra corporalidad puede pensarse: históricamente, en términos de espacio, raza y nación, diferencia, deporte, tecnología, biopolítica, enfermedad, afecto, violencia, frontera, dolor y cadáver o poshumanidad. Y es que el cuerpo, escribe Moraña,

… es el rompecabezas que se descompone en fisicalidad y pensamiento; la corporalidad y su fantasma; humores, esqueleto y carne perecedera […]. Se siente, a veces, que el cuerpo es todo lo que uno tiene para dar, y sin embargo se sabe que, aun al darlo, el resto que se puede retener es más que él.

Por tanto, el cuerpo se supera a sí mismo en su propia materialidad: el cuerpo es más que carne, más que objeto y más que lo que presentifica. Pues es, también, lo que representa: un resto, un elemento postfísico que escapa a su propia fisicalidad, se hace símbolo y se inscribe en diversos escenarios. Entre ellos, el social. En este sentido, explica Moraña en términos que recuerdan a Foucault, que la ilusión de que tenemos un cuerpo nos hace olvidar en ocasiones…

… el hecho de que nuestro organismo está inscrito en lo social, le pertenece. La sociedad y la cultura lo regulan desde la concepción, e incluso antes, al definir las normas de la sexualidad y la reproducción; lo adiestran y lo educan; lo controlan y lo reprimen; lo administran y lo desechan cuando se lo considera un surplus que no vale el espacio que ocupa.

La polivalencia simbólica del cuerpo es inacabable. En su permanente darse esconde innumerables e irreductibles formas de presentarse y, con ello, infinitas maneras de pensar y pensarse desde él. «El cuerpo nos trasciende y lo trascendemos. Algo, mucho, al hablar de él, se escapa: es intraducible, incomunicable, un vacío, una presencia sin peso ni medida, un abismo, una totalidad oscura que no admite ni ecos ni retornos», defiende Moraña, y añade: «La historia de sus narrativas es la de los intentos de saltar ese vacío, de tender un puente precario de palabras e imágenes que simule llegar al otro lado».

Este libro, imprescindible en los estudios sobre el cuerpo, es uno de esos intentos. Uno de los más logrados en las últimas dos décadas. Un volumen accesible para quienes comienzan a estudiar el cuerpo en términos filosóficos, sociales y antropológicos, pero también y a la vez un estudio relevante y de mucha altura para quienes estén familiarizados con el asunto. Justamente porque en el cuerpo nada es fijo ni definitivo, todo es cambiante y temporal, es necesario hacerlo objeto de pensamiento para conocer a qué tipo de dinámicas está sujeto su uso, tanto propio como ajeno. Porque el cuerpo es también un lugar político, un sitio regulado por y en la comunidad que esconde «relaciones de poder» que «condicionan y relativizan el lugar del sujeto, su asentamiento corporal, el espacio que ocupa sobre los planos convencionalizados de la casa, la ciudad, el territorio, la nación, el planeta».

Aunque nuestra condición no es sólo corporal, mientras permanecemos en la existencia viva (en términos biológicos), somos presencialidad, fisicalidad: patentización de un objeto al que llamamos cuerpo y que, simultáneamente, es más que objeto. Al fin y al cabo, «el cuerpo aloja diversas formas de verdad, verdades múltiples, contradictorias o complementarias, alternativas o antagónicas, relativas, contingentes o provisionales, que afirman en la corporalidad su derecho a existir». En definitiva, uno de los mejores y más recientes textos para estudiar la plurifacética dimensión del cuerpo, siempre inaprensible y fascinante y en el que se abre un continuo haz de significaciones que se pliegan, despliegan y repliegan, «revelando contenidos ocultos y disipando otros, según las épocas y las culturas». Un libro que guía en el proceso de revelación y desencubrimiento progresivo que el cuerpo ha seguido a lo largo de la historia y que nos pone sobre la pista de la importancia de estudiarlo como fenómeno filosófico.

4 comentarios en “La necesidad de pensar(se) desde y con el cuerpo

  1. Un tema imprescindible para entendernos.Junto al aporte de otros, como Damasio, G. Claxton en «La inteligencia encarnada»…imprescindible para arribar a una concepción integral de la experiencia humana.

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  2. Y, al parecer, existen también implicaciones eticoambientales… pues todos los tejidos animales, incluyendo los nuestros, dan la vuelta con bastante rapidez, es decir, que aunque mantenemos nuestra apariencia física año tras año, constantemente nuestros tejidos se descomponen y se oxidan para ser reemplazadas por moléculas tomadas de lo que comemos. Existimos desde la formación del planeta. En innumerables viajes del aire a los seres vivos y de vuelta a la atmósfera hemos formado parte del cuerpo de casi todas las especies que han vivido sobre el mundo; árboles y animales de los bosques; algas marinas, peces y otras criaturas de los océanos y los dinosaurios que poblaron la Tierra hace cien millones de años… los átomos de carbono han viajado por las cadenas alimentarias , han hecho parte de hombres de todas las razas, así como de plantas y animales que comparten nuestro ambiente.
    De una manera muy real y comprobable, toda la vida está conectada por el hecho de compartir y reciclar una provisión común de átomos.
    Las generaciones pasan, los átomos permanecen. ¿Tiene implicaciones éticas y morales el hecho de que participemos constantemente de los mismos átomos con todo los seres humanos y las demás criaturas vivas de la tierra? ¿Estamos conscientes de que compartimos un gran entorno?

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