¿Qué es vivir y qué es morir? Charlotte Delbo y el conocimiento inútil del sufrimiento

He vuelto.
¿No sabíais,
vosotros,
que de allí se vuelve?
Se vuelve de allí,
e incluso de más lejos.
Vuelvo de otro mundo
a este mundo
del que no había salido
y no sé
cuál es el verdadero
decidme, ¿he vuelto
del otro mundo?
Para mí
aún estoy allí
y muero
allí
cada día un poco más
vuelvo a morir
la muerte de todos los que han muerto
y ya no sé si el verdadero
es el mundo de aquí
o el mundo de allí
ahora
ya no sé
cuándo sueño
y cuándo
no sueño.

Charlotte Delbo, Un conocimiento inútil (trad. De María teresa de los Ríos), Turpial, Madrid, 2004, pp. 159-160.

Estas palabras pertenecen a uno de los poemas de la escritora francesa Charlotte Delbo. Nació en Francia, en Vigneux-sur-Seine (1913), y murió en París (1985). Regresó a Francia desde Sudamérica, donde formaba parte de una compañía teatral, para unirse a la Resistencia. Fue detenida y, tras un tiempo en prisión, enviada a Auschwitz y después a Ravensbruck. Con ella marcharon 230 personas más; sólo volvieron 49. En Le convoi du 24 janvier dejó constancia de 229 de ellas. Su marido, involucrado también en la Resistencia, fue fusilado; Charlotte pudo despedirse de él.

La obra de la escritora francesa quizá no ha tenido tanta repercusión como la de otros supervivientes de los campos de concentración y de exterminio, como Primo Levi o Jorge Semprún. Pero encierra un gran valor. Su obra más conocida es su trilogía Auschwitz y después. Empezó a ser escrita pocos años después del fin de la guerra, pero no fue publicada hasta más tarde, entre 1965 y la década de los setenta. El título de la obra es significativo. Para la escritora, su vida tiene una cesura que hará que su existencia se desdoble entre su estancia en Auschwitz y su vida de después, pero no como una sucesión cronológica, sino como una existencia, la de Auschwitz, que sigue estando presente en el «después». La obra se divide en tres partes: Ninguno de nosotros volverá, Un conocimiento inútil y La medida de nuestros días.

Uno de los mayores problemas al hablar de los campos de concentración y de exterminio es que la realidad superaba cualquier posibilidad de imaginar y de transmitir lo que se vivió. Auschwitz era un planeta distinto… al que se llegaba a través de una estación de tren. Pero, en realidad, es una estación distinta a cualquier otra, donde «los que llegan son los que marchan». Charlotte Delbo dice que «esperaban lo peor, no lo impensable». Y es consciente también de que lo impensable hace que la distancia entre el tiempo de ser vivida la experiencia y el tiempo de ser narrada se agrande. Delbo apunta a que hay una tensión al escribir: entre el pasado que fue y lo que ahora se ve desde el presente. Por ello, dice en la entradilla al primer libro de la trilogía: «Hoy no estoy segura de que lo que he escrito sea verdad. Estoy segura de que es verídico». La duda no tiene que ver con la exageración del mal; al contrario, tiene que ver con la tentación de «normalizar» la experiencia sufrida y hacer de la víctima una figura heroica.

La escritura, al dar forma al contenido bruto, puede crear la ilusión de que se está dotando de sentido a lo que se está explicando (pero que resulta inexplicable), como si pudiera ofrecer con el paso del tiempo una estructura lógica a la experiencia vivida, situarla en los parámetros normales del espacio y el tiempo y alzar al superviviente como protagonista de una historia heroica. Por ello, alguien como Lawrence Langer, que ha entrevistado a numerosos supervivientes, prefiere los testimonios orales. Pero también en estos, se quiera o no, no deja de producirse una intervención del entrevistador que ayuda a dar coherencia a lo que cuenta la persona que ha vivido situaciones inhumanas. Parece entonces inevitable que haya (o se intente dar) algo de sentido; pues, si no, no habría transmisión de nada, ni siquiera cabría la posibilidad de comunicar que se habla de algo impensable.

Como ha señalado el mismo Langer en su obra The Age of Atrocity: Death in Modern Literature, y para evitar en lo posible ese peligro del sentido, Charlotte Delbo recurre a congelar el relato para que no se diluya en el transcurrir normal de los hechos y para mostrar que aquello que atisbamos rompe nuestras categorías de percepción de la realidad. En unas páginas realmente impactantes, la escritora cuenta que una mujer, al querer coger nieve limpia para calmar su sed, cae en un talud del que no puede subir. Y grita a sus compañeras, que permanecen impasibles, como si estuvieran muertas. Por contra, la mujer del talud, que va a morir, es la realmente viva. Delbo detiene la narración. Está tomado un café mientras redacta esta historia. «Porque aquello se convierte en una historia». La autora nos dice también que, en el momento de vivir aquella experiencia, consigue parar y evitar la mirada sobre la prisionera. Tanto el relato como la experiencia congelan el devenir. Se pierde el sentido del paso del tiempo. Pero se recobra para saber que es ya de tarde cuando vuelve a ver a aquella mujer. También entonces deja el café y reemprende el relato. Finalmente, un perro mata a la pobre mujer que todavía seguía allí tiempo después. Las restantes mujeres, testigos impasibles, «aúllan» como el perro, mostrando el grado de deshumanización al que está expuestas. No deja de ser cierto que la muerte física es una muerte real; y así, tras los hechos, la víctima es entonces la muerta y quienes la contemplan las vivas. Pero, como sabemos por estas páginas y por el resto de la obra, los supervivientes que han vivido la muerte son en realidad muertos en vida.

De nuevo, al final de ese mismo capítulo, y mientras narra unas matanzas, Delbo se detiene y vuelve a advertir: «… y ahora estoy en un café escribiendo esto». La autora alude irónicamente a que la muerte siempre puede ser vista como la muerte de los otros. En «Consideraciones de actualidad sobre la guerra y la muerte», un breve escrito sobre la muerte del año 1915, ya en plena primera guerra mundial, Sigmund Freud aborda el tema de cómo enfrentamos la muerte (Obras completas, Biblioteca Nueva, Madrid, 2006, pp. 2101-2117)). Es difícil imaginarse la muerte propia; en el fondo, todos nos creemos inmortales. La muerte siempre es la muerte de los otros. Sólo cuando toca de cerca a algún ser querido nos rebelamos contra ella. Freud defendía que la literatura siempre había servido de consuelo y era una manera de no negar la muerte; uno podía morir varias muertes gracias a ella, como un protagonista o un héroe, y dotar a la muerte de belleza literaria. Pero estas palabras de Freud parecen insuficientes, pues, como él mismo reconoce, con la Gran Guerra ya iniciada, se viven miles de veces al día la muerte del ser humano… sin ser literatura. No se le escapa que, de todos modos, la guerra hace que la muerte irrumpa en la vida y haga a ésta interesante. Son estas palabras ecos de Nietzsche y están en sintonía con la fascinación que la Gran Guerra ejerció en muchos intelectuales. En cualquier caso, para el padre del psicoanálisis, esta coyuntura histórica muestra que en último término la muerte sólo es asimilable si se afronta como parte de la vida. Son estas reflexiones que parecen decepcionantes cuando la muerte en las trincheras no se vivía como parte de la vida.

Freud aseguró que hay dos formas de abordar la muerte y la guerra: como espectador y como participante. Es desde este último punto de vista que desarrolla las últimas reflexiones que hemos comentado. Esa postura segura, de confort, da la razón irónicamente al psicoanalista austríaco en cuanto a que la muerte es siempre la muerte de los otros. Pero no lo ve así Charlotte Delbo. Se puede tomar el café, pero tiene sabor amargo. Si el escritor francés Robert Antelme escribía en La especie humana que el nazismo no podía destruir la humanidad aun siendo degradada, pues mostraba su unidad cuando luchaba y se agarraba a la supervivencia, aunque fuera a la mera vida biológica, para quien ha pasado por los campos de exterminio la muerte es ahora la que crea una nueva forma histórica de solidaridad.  El superviviente que participó en la guerra  no ha muerto, pero sí ha muerto la muerte de los otros. Por ello, hablar de «superviviente» es hablar de vivir después de haber muerto.

El psiquiatra estadounidense Robert Jay Lifton ha defendido que los supervivientes de Hiroshima desarrollaban insensibilidad respecto a la muerte; para Delbo, lo que desarrolla el superviviente es una insensibilidad para la vida. Cuando regresa de ese mundo irreal, a diferencia de los que llegaron y nunca regresaron, no sabe si realmente ha vuelto. Duda de que su conocimiento le sirva de algo. Y duda de que sea útil comunicarlo a quienes no sabían nada de lo que es vivir en Auschwitz. De ahí que haga una oración de perdón por los vivos, en la que les apela a ser conscientes de lo que es vivir en plenitud y no lo desaprovechen. Pero también se da ese elemento de lamento porque el mundo sigue como si nada hubiera pasado. En ese sentido, quienes más desilusionados quedaron tras el regreso fueron quienes tenían esperanzas en un mundo distinto.  Muchos miembros de la Resistencia, como Delbo, quedaron decepcionados ante el fracaso de las expectativas en un mundo que reconocía a los héroes, pero no a las víctimas. Lo problemático ahora no es tanto cómo afrontar la muerte, como decía Freud, sino cómo afrontar la vida después de haber muerto.

La trilogía de Delbo no hay que entenderla al estilo de la Divina Comedia, como una katábasis que va seguida de la anábasis final, una salvación después de la bajada a los infiernos. Tampoco hay que entenderla como una tragedia, pues incluso lo trágico requiere de un carácter que enfrenta un destino. Por ello, hay que rehuir la tentación de mirar atrás y crear una historia de resilencia, de superación.  A muchos les ayudaron sus convicciones religiosas y políticas previas. Y también hubo quien encontró esperanza o fe en aquellas terribles circunstancias. Pero era algo que no tenía nada que ver con ejemplos heroicos de superación.

Victor Frankl, en cambio, sí tiende a tratar así la experiencia de Auschwitz en El hombre en busca de sentido. En algunas de sus páginas compara el alcance que tiene el sufrimiento humano con un gas que se esparce en una habitación y lo llena todo. Irónicamente, esta analogía está recogida en páginas dedicadas al humor en Auschwitz. Esta comparación, que es en sí misma humor negro, la usa Frankl, padre de la logoterapia, como ejemplo de luchar y de no dejar «intoxicarse» moralmente. El sufrimiento parece, en su opinión, una oportunidad para mejorar como seres humanos. Frankl pone un ejemplo. Una niña afirmaba que desde su habitación veía un árbol que le decía «yo soy la vida eterna». No era el sufrimiento el que conducía como un peregrinaje a una experiencia trascendente de sentido o de superación inmanente. La niña expresa su experiencia del árbol, con reminiscencias bíblicas, como una irrupción de lo divino, como un regalo en medio del horror.

En Charlotte Delbo no hay en ningún caso una historia de superación heroica. Para el superviviente como Delbo, el tiempo y el espacio del Lager conviven con la vida normal. Un «después de» es un «al lado de»: una vida paratáctica. Y si el tiempo agranda la distancia entre la experiencia y el relato, ello no es equivalente a vivir el presente y al olvido del pasado. Delbo dirá en una reflexión tardía que hay dos memorias: la memoria profunda, de los sentidos (la que tiene grabadas las experiencias), y la memoria externa, que reflexiona sobre Auschwitz desde el hoy. Es esta especie de desdoblamiento, de doubling, lo que permite seguir viviendo. Es una fractura, pero es deseable para poder continuar con vida; hay que desaprender lo conocido. Y aun así la fractura queda fracturada de nuevo, cuando ambas memorias se superponen, cuando no es posible separar lo cotidiano presente de lo pasado extraordinario de Auschwitz, cuando un planeta irrumpe en el otro. Así, por ejemplo, en el tercer volumen, en que da voz a muchas de sus compañeras, Delbo cuenta que se reúnen con motivo de la muerte de una de aquellas mujeres que compartieron su estancia en el Lager. Para  llegar al funeral se encuentran en una estación y viajan en tren. Uno y otro mundo colisionan. Uno y otro tipo de muerte también. Se es afortunado de morir una muerte que se pueda integrar en una vida. Pero muchas de ellas no podrán hacerlo porque siguen sin vivir, poniendo de nuevo en cuestión, como en el caso de la chica que cayó al talud, qué es realmente vivir y qué es realmente morir

Para algunas de las compañeras de infortunio de Charlotte Delbo, a pesar de su voluntad de ver el Lager como pasado, las pesadillas respecto a Auschwitz siempre están presentes. La vida de ahora es invadida por la vida de antes. El refugio de la personalidad quebrantada es también destruido en la unidad de los fragmentos superpuestos de una vida en ruinas. Delbo también lo intenta, pero, como ella misma afirma, no puede acabar de mudar la piel de su existencia pasada.

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