Cioran, Borges y la filosofía

La asimilación de Cioran como un filósofo no deriva de un capricho. Por el contrario, en él la filosofía cobra su identidad, su necesaria especificidad a través de la cual es concebible. No otra razón le atañe a quien con suficiencia puede descartar la comodidad del pensamiento, a quien con extrema probidad supo desasirse de los dones que ofrece cualquier escolasticismo, ya sea por la facilidad de remitirse a un canon cualquiera o a la indulgencia derivada por la pertenencia a una capilla de pensamiento.

Es imposible encontrar estos últimos rasgos en Cioran. Alejado de las modas intelectuales supo mantenerse al margen, y dicha firmeza constituye su logro, su legado no sólo teórico sino eminentemente ético. La filosofía cobra mayor amplitud en la medida de asimilarla a una manera de ser, de obrar, de vivir. No comprender esta actitud equivale a desprenderse de la expresión más comprometedora y lúcida que envuelve todo filosofar. Cioran conservó esta característica durante toda su experiencia vital e intelectual. A pesar de la desavenencia teórica que sostuvo con la filosofía, concebir un distanciamiento total se afianza en una inadecuada manera de concebir la filosofía: apreciada sólo como un aspecto puramente teórico que deriva en un marginamiento práctico. En cambio, el estrecho vínculo que en realidad se establece entre Cioran y la filosofía se define a través de la manifestación, explícita en su obra y en su vida, de un estímulo vital desde el cual no pueda dejar de estar presente una reflexión nacida en el seno de la praxis. Olvidar esto es excluir el más estimable don de toda reflexión filosófica, aspecto que, hay que reconocerlo, fue ajeno, o al menos no se presenta como algo consciente dentro del entramado crítico del autor a partir de su estrecha visión y definición de lo que la filosofía estrictamente teórica representa.

¿Olvidamos acaso el sentido negativo, el rechazo visceral que el rumano establece en su obra cuando esquematiza su propio pensamiento en contra de la filosofía? De ninguna manera. No obstante, el enfoque desde el cual Cioran parte es auténticamente filosófico. Su intento de exclusión se entiende en relación a una comprensión de la filosofía como ejercicio conceptual marginado de la presencia vital, de la savia inmediata de la vivencia. No otra cosa ilustra Cioran cuando orienta su interés hacia los textos en los que se evidencia esta característica a través de los autores que lo atraen. El rechazo enfático que nutre el pensamiento cioraniano en contra de la filosofía se gesta a partir de la comprensión de la misma como derrotero teórico marginado de la existencia. La exclusión de la raíz vital que conmueve, que explora la realidad más cercana al ser humano como lo son sus emociones. Por tal motivo, encontramos en Cioran un rasgo por el cual la filosofía escudriña un ámbito con el que constantemente choca: la individualidad. El valor de ésta radica en la recepción que el individuo hace de su contexto y de su aprehensión íntima. El rechazo frente al academicismo y la conceptualización objetiva de una filosofía que promulga un afán universalista no lo realiza Cioran desde la negación per se de estas características, sino desde la estimación de que tales características niegan la confrontación plena, vívida y arraigada del hombre: su propia individualidad, su cuestionamiento radical íntimamente ligado a lo que su ser revela como constitutivamente roto. Si se piensa desde este punto de vista la concepción que Cioran tiene de la filosofía, podrá obviarse todo el contenido absurdo de acusaciones contra el autor, cuyos fundamentos se centran en una defensa de la filosofía desde el campo teorético y conceptual. En cambio, con mayor profundidad y mejor óptica, habrá de desplazar el interés hacia la perspectiva brindada por un cuestionamiento básico en el cual el ser humano destaca su plenitud crítica, su más acendrada búsqueda, su más ahincado interrogante. ¿Quién o qué es? En esta pregunta se arraiga la especulación cioraniana. No percibirlo implica un desatino en el abordaje de un autor para quien el afianzamiento de este malestar, el del interrogante mismo, se percibe a lo largo de toda su obra.

Por supuesto, ante el síntoma que se arraiga en la crítica cioraniana de la filosofía, se destaca el academicismo, el típico escolasticismo que ahora sí de manera clara emerge como el gran escollo, o mejor, el gran imposible que Cioran tiene en mente a la hora de exponer su fastidio ante la filosofía. El inconveniente que allí se configura es la incapacidad de establecerse en ese contexto un sentido original, auténtico, personal, de la reflexión filosófica. Este distanciamiento es sin lugar a dudas uno de los atributos más importantes de toda su obra. Desligar esta postura de una posición filosófica es sencillamente una consideración obtusa. Cómo Cioran suministra una orientación definitiva en torno al camino que debe seguir cada quien como acceso directo e insoslayable hacia la filosofía es, así, un programa en el cual su propia vida-obra es ejemplo.

Por supuesto, hay algo de afectación en el desagrado suyo por la filosofía. Ingenuidad rotunda sería mostrar una consideración diáfana en torno a ese rechazo. Pero, a fin de cuentas, ¿qué actitud en un escritor tan paradójico lo es? Que Cioran muestre esa afectación es algo que subrepticiamente deja revelar su escritura. Hay demasiada bilis en sus textos cuando se enfrenta a los académicos, un muy enfático rechazo hacia la valoración generalizada que tanto caracteriza a la profesión docente cuando no pasa de ser un actividad de recepción y transmisión de ideas ajenas. Nula entonces le parece una actividad en la cual no hay mucho de genuino y propio.

Al hacer claridad sobre su manifiesto antifilosófico, al puntualizar su rechazo en torno a ciertas prácticas y también por supuesto, especificidades teóricas de la filosofía, cobran mayor amplitud y legitimidad sus apreciaciones en torno a la idea de filosofía que le hace sugerir «el último de los delicados». A partir de ahí, del perfil que dibuja del autor argentino en la ya célebre carta a Fernando Savater, logra consolidar no sólo lo que representa Jorge Luis Borges sino la idea que de la filosofía éste le sugiere. La constitución de una particular manera de concebir el pensamiento filosófico a través de la levedad borgiana está fundada en toda una concepción previa. La encontramos en otros textos cioranianos, dispersa, mas al fin de cuentas lo suficientemente consolidada y clara. La filosofía es un estilo, y uno que revela específicamente un compromiso con la levedad que acarrea la carencia de un compromiso ideológico o dogmático.

De esta manera es posible comprender que el pensamiento que Cioran logra destacar en Borges es justamente coincidente con el que ha incorporado en gran parte de su obra. Lo que el rumano encuentra en el argentino es su propia idea de un pensamiento al margen del fanatismo, del dogma, del sistema. Obviamente bajo un procedimiento, un estilo y una constitución de sus obras completamente distintas, pero lo suficientemente emparentadas en ciertos puntos. «Jamás me sentí atraido por espíritus confinados en una sola forma de cultura. No arraigarse, no pertenecer a ninguna comunidad, tal fue mi divisa» (Cioran, carta a Fernando Savater. Œuvres Gallimard, 2007, p. 1606). Bajo esta óptica es comprensible por qué una forma tan amplia de expandirse en un saber tan vasto como el de Borges es apreciada por Cioran. Borges por supuesto, no perteneció a ninguna comunidad, su espíritu si acaso puede ser precisado, convivió con la pluralidad, más allá de cualquier pertenencia a un reducto ideológico. A partir de una curiosidad ilimitada, Borges es el prototipo de un espíritu que lleva al extremo la necesidad y la amplitud por un saber que no se sustenta en el qué, en la sustancialidad ideológica, sino en su propia expresión. En otras palabras, es claro que el escepticismo que permea la obra de Borges invoca con bastante claridad la imprescindible relación de un pensamiento con la variabilidad de sus formas, con el pluralismo que lo envuelve, con la diversidad a la cual está conectado.

No por otra razón Cioran se expresó de esta manera: «(…) en él todo está transfigurado por el juego, por una danza de hallazgos fulgurantes y sofismas deliciosos» (idem). No se trata obviamente sólo de un juego. Es más que un despliegue de ideas, de teorías, de elucubraciones metafísicas sin asidero. Se trata de una consideración que tiene en el ámbito estético su mayor sustento. El juego se da por la fascinación que Borges hace manifiesta en la presentación de las ideologías, de las culturas, de los antagonismos, de las posturas filosóficas y, sobre todo, por el asombro que los identifica. Estas son las presencias fundantes desde donde se convoca y motiva su derrotero. En la invocación a unos hallazgos en cuyas aperturas se concentran estos juegos, prevalece el acrecentamiento artístico por el cual se especifica la necesidad humana de crear, de ampliarse, de afianzarse en la multiplicidad de su potencialidad. Este es el rasgo común de la mentalidad del argentino: el juego, el arte, el pluralismo en todos sus órdenes. De esta manera su escepticismo nace a raíz no de una concepción primigenia que lo fundamente, sino de una derivación causada por la amplitud, por la imposibilidad de permanecer y arraigarse en una única percepción del mundo. Por ello mismo la filosofía en él se vuelve arte, se vuelve literatura, y ante todo, fantástica. Tanto por desencanto como por exigencia altiva de un norte estético. La filosofía deja de ser una reflexión sustancial, se torna juego en el que el ser humano justifica su existencia. Se torna sofística, lejos del carácter peyorativo del término, porque la filosofía siempre lo ha sido, muy a pesar de quien quiera asumir una distinción entre ambas.

Es en este sentido como hay que entender el apelativo de delicado con el cual Cioran interpreta la concreción estética de Borges implicada en los ámbitos en los que se desenvuelven sus textos, sus preocupaciones. «Borges podría convertirse en símbolo de una humanidad sin dogmas, ni sistemas» (ibid., p. 1607.). En efecto, un espíritu libre de la pesadez ideológica, de la consigna fanática, de la pretensión de alcanzar una verdad, es enteramente, un espíritu delicado. Pero ante todo, un espíritu signado por la suficiencia que proporciona la estética, es decir, la conciencia que establece el sentido proporcionado por la plenitud de una apertura creativa en la cual el juego con las ideas es fundamental. Liberadas del peso de una significación, de una sustancialidad, las ideas cobran un matiz escéptico, marginadas así de las facetas que consigna Cioran justo al inicio de su Genealogía del fanatismo. Al margen entonces de las manías que las animan, las ideas pueden expresar el sentido desde el cual Borges llega a abrazar su pluralidad. En efecto, como efectos creativos y expresiones humanas, las distintas visiones de mundo se acogen en la amplísima recepción que el argentino realiza.

A este tipo de sacralización estética del mundo, de irrealidad dignificada por el arte, de malabarismo de lo ilimitado como lo llama el propio Cioran, es a donde apunta la expresión, no la significación, de Borges. Porque en efecto, para marginarse de un dogma, de una verdad, es necesario identificarse con la ligereza del escepticismo y con el acogimiento de una vitalidad que sobre el fondo de la ficción logra consolidarse. ¿Se entiende así la proyección de este tipo de posibilidad? Que el sustento de nuestras búsquedas, de nuestras interpretaciones, de nuestras orientaciones, esté dado por la majestuosidad de la ficción. ¡Cómo apoyarnos en el vacío! Tal es la consigna que se aprecia en la práctica de este esteta. Las ideas devienen figuraciones cuando su recepción está definida por su propia movilidad, por el intercambio libre en el cual la Razón más que validez universal se asume como instrumento creativo ajeno a una verdad. ¿Puede hallarse una en Borges? Quizá la displicencia con que asume la posibilidad de adherir a un programa, a una pertenencia, a una ideología.

Este sano escepticismo, esta pletórica diversidad, esta profunda ligereza, son los rasgos a donde apunta la impronta de Borges. Pero por supuesto, son los mismos que en algunas oportunidades se reconocen en Cioran porque, en efecto, implican de cierta manera su propia visión desencantada. Desde ella se consolida su crítica a la filosofía, la cual no es otra cosa que su idea de filosofía, su marginamiento de los sistemas, su adhesión a la constitución improvisada, fragmentaria, libre de totalidades inapenables. De ahí su interés, su invocación a un manifiesto casi utópico: la especificidad dada en Borges de una filosofía que se orienta sólo bajo la presencia del esteta. Una declaración semejante subvierte las pretensiones de los discursos rígidos y fuertes, desdeñados aquí con tanta sublimidad. Se erige contraria a la pretensión de consolidar filosóficamente una reflexión o experiencia especular del mundo, del Ser, de la Verdad. Coinciden pues ambos autores en la medida de no asimilar la legitimidad de la filosofía en función de sus fortalezas teóricas, de sus arraigos conceptuales en férreos sistemas. Si bien existen estas coincidencias, son sobre todo las implicaciones de sus interpretaciones las que tienen unos matices distintos.

En Cioran la filosofía muestra una condición deleznable en la medida de hacer explícita su necesidad de imponer una imagen de mundo que forzosamente hay que legitimar y sustentar. Esta imposición no solo margina las dudas, sino que constriñe la inescrutabilidad y misterio mismo del ser humano, de acuerdo a la perspectiva enteramente contradictoria, y en cierto sentido trágica, del pensador rumano. Para Borges, en cambio, la filosofía muestra una condición que no necesariamente se acoge como negativa, a pesar de las reticencias escépticas que circunscriben su postura. El hecho estético, el aspecto formal, la ligereza que demanda una adopción de tal perspectiva, involucran un sentido más amplio.

Pero la especificidad del horizonte estético con el que Borges perfila la filosofía, y sobre todo las especulaciones metafísicas, no es un rasgo carente de sustento. El mismo Nietzsche lo subraya no pocas veces cuando ante todo, define la forma como la única sustancialidad (en los fragmentos póstumos Nietzsche especifica la idea de una consideración estética del mundo al afirmar que la forma es el contenido, el cómo es el qué. Cfr. 1887 11 [3]). El peculiar abordaje sobre las distintas filosofías, pensamientos, imaginarios y sueños que Borges destaca tiene un fondo estético. En éste se demarca la consideración y el sentido de lo que Cioran reconoce en su carta a Savater. No deja de ser sugerente este atractivo puesto que involucra un ámbito ajeno a Cioran mismo: la inmersión en una utopía, la cual, al mismo tiempo, representa cabalmente sus aspiraciones a un mundo sin dogmas, sin ideologías, sin verdades fundantes, un mundo escéptico al fin y al cabo. En efecto, es quizá una utopía, la mayor de todas. Quizá por eso sea en los sueños, en las fantasías, en la constitución de un infinito interpretativo en donde Borges exponga con mayor amplitud y profundidad también su idea de lo que la filosofía y el pensamiento en general logran desplegar. Al impugnar la cohesión de una filosofía que pueda ofrecer respuestas y sentidos definitivos, Cioran, desde una orilla distinta, pesimista, pero tan lúcida como la de Borges, orienta su crítica hacia el recorrido por un sendero problemático y paradójico por el cual el ser humano transita. El mismo que Borges supo recorrer en sus laberintos, el mismo que logró plasmar en la infinidad de reflejos que nos circundan.

Post scriptum. ¿Cómo resolver los equívocos de un autor? Quizá no sea posible, ni deseable. Quizás sus contradicciones alienten la suma de posibilidades que somos en cada caso. Veinte años antes que apareciera la carta comentada en el anterior texto, Cioran tenía una visión muy distinta de Borges. Al menos eso deja consignado en su Cuaderno de Talamanca, en donde se revela una imagen completamente adversa. En él escribió: «Borges, un creador, un Pauhan con éxito. Todos sus puntos de partida son literarios; peor, librescos. Fue hecho para tener éxito en Francia, en donde se ama sobre todo lo procesado, el truco, lo falso. Borges o la astucia universal» (Cioran, Cahier de Talamanca, Mercure de France, Paris, 2000, p. 26). En este cuaderno hay un par de alusiones más, no las aboradaremos aquí, basta con esta, lo suficientemente contundente pero no necesariamente inequívoca. Así lo deja ver el paso del tiempo, las ruinas de todas nuestras opiniones. ¿Qué es un autor en todo caso? No es una palabra o pensamiento incontrastable o inmutable. Estamos hechos de fragmentos, podemos asumirlo así, de discrepancias y de movimientos distintos. De fuerzas y debilidades. ¿Qué valor tiene la opinión de un escéptico? El mismo de la sustancia deleznable de la que estamos hechos.

5 comentarios en “Cioran, Borges y la filosofía

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  3. Ciorán piensa en rumano y lo explicita en francés sobre la condición humana sin reconocer las comunidades, cuidando la individualidad suya de la influencia de el contexto que no acepta.
    Borges igualmente construye subjetividad singular desde la visión de un ciego, a partir de la narrativa de otros literatos.
    Dos formas de hacerr filosofía con independencia de la presion social de el tiempo en el que vivieron ambos. Vivir en Buenos <saiores no fue un impedimento para el universalismo de Borges. Abandonar Ruman+ia para afincarse en París le permitió a Ciorán una mayor libertad de pensamiento.

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