Peregrinos del absoluto: la experiencia mística

El nuevo libro del filósofo Rafael Narbona publicado por la editorial Taugenit, Peregrinos del absoluto, propone una de esas lecturas incendiarias que, al ir consumiéndose, van dejando tras de sí un espacio iluminado, un itinerario como el de los peregrinos que transitan por el texto hacia ese lugar sin lugar que algunos quieren llamar el sexto continente.

A modo de guía, Narbona comienza su bella introducción con la imagen de la llama encendida del discurso metafísico de la luz, común a toda la tradición mística, aunque el libro se centre en la vertiente cristiana. Al igual que en los ritos mistagógicos, el autor deja entrever el final del camino, el centro de “luz sobre luz” en donde habita el absoluto. En este sentido, todos los místicos incluidos en el libro reconocen, de una forma u otra, su vocación a la incandescencia y su ferviente deseo de exponerse a una luz suprahumana que los convierta en los símbolos sanjuanistas de un madero ardiendo, un ave fénix resurgida de las cenizas o una mariposa calcinada de un abrazo tan ardiente.

Y es que, en efecto, hay un trasvase de esencias en el libro de Narbona por el cual las cenizas se convierten en llamaradas, la idea en una corazonada como en el caso de Blaise Pascal, la nada en la certeza de una presencia recorriendo la filosofía de Emile M. Cioran, el exilio en la noche más alegre entre las páginas del diario de Etty Hillesum y el desierto en los rasgos del rostro amado en la obra de Thomas Merton. El propio autor, en plena consciencia de las cualidades ígneas de su texto, afirma que “la llama mística es ceniza helada” (p. 26), haciendo resonar aquí los versos del poema “Magia” de Rainer M. Rilke, otro de los iluminados incluidos en el libro:

A menudo lo sufrimos: en cenizas se convierten unas llamas,
sin embargo, en el arte: en llama se convierte el polvo.
Aquí está la magia

Pero no es de magia de lo que habla Narbona en este lúcido estudio que propone una nueva perspectiva del fenómeno mistérico y una redefinición del sujeto místico. De lo que aquí se trata es de una ontología, de la urgencia de encontrar una forma de habitar el mundo en estos tiempos descreídos y crepusculares: “Ser místico ya no será una posibilidad, sino una necesidad en un mañana que empuja a los dioses hacia un exilio sin grandeza” (p. 15). Allá donde Novalis pedía un mundo romantizado, Narbona prefiere, como modelo más deseable, una realidad trascendente en la que la persona pueda aspirar aún a la unión fusional con aquello que le sobrepasa: “La interiorización de un Dios personal” (p. 21). En esta declaración de intenciones, el autor se adhiere a una insigne lista de estudiosos quienes, como en el caso de R. C. Zaehner, afirman que la mística, de tener en sí algún sentido, significaría la toma de consciencia de una unión con algo inmensamente, infinitamente mayor que el Yo empírico. Claro que, en tal intento de aprehensión de una experiencia inefable, no debiera extrañar la llegada de detractores del calibre de George Bataille, apuntando en su Teoría de la religión, con ese ímpetu demoledor que tan bien intuye Narbona al calificarlo como un místico de la trasgresión, el absurdo que supone que el místico busque la unión con un dios trascendental y, en esa misma operación, acabe con la trascendencia anhelada.

Uno de los muchos aciertos de la nueva publicación de Taugenit es, sin duda, el rigor científico con el que se analiza el fenómeno místico, enmarcándolo dentro de un tipo muy específico de conocimiento, en consonancia con el elemento noético que presupone William James en su afamada formulación de Las variedades de la experiencia religiosa. De igual forma, Narbona afirma: “No es un empeño irracional, sino una forma de vivir la razón” (p. 25). Más tarde, dejará que sea uno de los protagonistas del viaje, Søren Kierkegaard en su mística de la libertad, quien lo defina como aquel rayo intelectivo “que empieza donde la razón termina” (p. 99).

En una vuelta de tuerca más, el texto pincela no sólo una forma de conocer el absoluto, sino una manera práctica de interiorizarlo y de convertirlo en un antídoto eficaz contra el mal de los tiempos. Con gran destreza, las figuras testamentarias de Marta y de María se fusionan aquí tal y como ocurre en el libro XIX de la obra agustiniana De civitate Dei, en donde se privilegia, como género de vida más loable, aquel que consigue la armoniosa comunión entre el modo contemplativo y el activo. Así pues, los protagonistas que se consumen entre las páginas del libro son “contemplativos de la acción” (p. 24), pensadores, escritores, pintores, mujeres y hombres de la palabra y del acto que convierten la experiencia de lo absoluto en un experimento de la propia subjetividad. Heridos por la invisibilidad del Otro, como apunta Michel de Certeau en La fábula mística, trasforman la actividad creativa en el lugar de enunciación de la ausencia. Pero, además, esta función etopoética contempla el conocimiento y el cuidado de sí como punto de partida, tal y como queda expreso en El libro de la vida de santa Teresa o en la siguiente afirmación de Thomas Merton: “Para mí ser santo es ser yo mismo. Por tanto, el problema de la santidad y la salvación es, de hecho, el problema de encontrar quién soy y descubrir mi verdadero yo” (p. 198).

De forma magistral, y demostrando un dominio completo de los métodos discursivos de la mística, Narbona utiliza la vía apofática, o negativa, para desmontar la problemática afirmación de Gershom Scholem recogida en las primeras páginas del libro: “No cabe una mística abstraída del sistema al que pertenece” (p. 16). Y, así, los doce místicos del libro, como los doce apóstoles, o como las doce tribus de Israel, son los representantes de una forma muy personal de vivir lo absoluto que requiere un nuevo modo de expresión más original, con inclinación a lo originario, a la vez que reconocible en su unicidad. En algunos casos, como el de Miguel de Unamuno y su artículo titulado de forma tan elocuente “Mi religión”, el autor se pregunta, con cierto sarcasmo, si semejante empeño pudiera considerarse una herejía. Pero lo cierto es que todos y cada uno de los peregrinos elegidos tienen en común una superabundancia, como en el caso de Simone Weil, que los empuja a ir por el mundo rebosantes de un amor fatal: “No se puede amar al hombre sin amar el mundo, la tierra, el orden, del cosmos” (p. 157). Inflamados de anhelo, como la llama inicial, se atreven a ir más allá de los límites conocidos de la realidad, cruzan barreras y entran en la zona tabú de lo sagrado.

También el autor, en una prosa estilizada, poetizante, extática en ocasiones, se deja incendiar por esa demanda mística de “nuevas palabras” (p. 42) y desarrolla una terminología adecuada para los distintos tipos de éxtasis que presentan sus “locos de amor”. Peregrinos del absoluto no es sólo una lectura edificante e instructiva; es también un viaje por un territorio de arriesgado tránsito con la mejor de las compañías, un ejemplo de acción y una mirada esperanzadora, imprescindible en esta época, esencial en un modelo civilizatorio que hace aguas y que perdió su capacidad de resurgir en su forma más perfecta.

4 comentarios en “Peregrinos del absoluto: la experiencia mística

  1. La ideología mística me desconcierta cada vez más. Pues el convertirnos en llama ardientes o cenizas requieren de un cerebro que se percate de este nuevo estado. Sin cerebro, ya es improbable el misticismocomo la herejía. Unos y otros requieren de haber construido una subjetividad que las sustente, y este tampoco es posible sin una báse neuronal que haya establecido previamente estas nocienes. Por lo tanto para hacer especulaciones y elaborar teorías e ideologías diversas, requerimos necesariamente de un sistema complejo, que en nosotros se encuentra alojado en nuestro cráneo. Celebro tener estos sesos que me permiten compartir con los lectores quienes también tienen sus respectivos cráneos, sesos, ideas, creencias sobre la satidad y la modesta existencia de otros menos talentosos.

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