Entre la poesía y el pensamiento. Tres plumas actuales: Louise Glück, Anne Carson y Francisco Brines

En uno de sus poemas, “The Wish” (El deseo), Louise Glück –flamante Nobel de Literatura 2020– preguntaba a un imaginario interlocutor: “¿Recuerdas cuando pediste un deseo? / Yo pido muchos deseos. […] ¿Qué crees que pedí yo? […] Pedí lo que siempre pido. / Pedí otro poema”. La carrera literaria de Glück (Nueva York, 1943) ha estado siempre vinculada a la poesía. Algún ensayo suelto, pero siempre poesía. Seguramente, si le pidiéramos una máxima nos contestaría: “Yo creo en la poesía”. Ya había ganado otros importantes galardones, como el Pulitzer de poesía o el National Book Critics Circle Aware. A su tarea creadora se unió en paralelo su vocacional labor docente (Universidad de Yale). Sus versos siempre han estado vinculados a la carnalidad de la realidad.

A esa realidad tangible que se esconde tras el poema y que en ocasiones queda difuminada e incluso fatalmente olvidada por cierto relumbrón romántico asociado a lo poético. Pero no. No es así en el caso de Glück, en cuyos versos siempre se deja escuchar, imperativamente y a través de bruscos crujidos, el grito desesperado que nos lanza el mundo para ocuparnos de él. Lo ineludible (el amor, el dolor, la muerte, la desigualdad), siempre acecha a la vuelta de la esquina. Glück ha conseguido otorgar este carácter de redescubrimiento de la realidad a la poesía.

Decían los griegos de la Antigüedad que la verdad es alethéia, es decir, aquello que aparece, aquello que se desenmascara y elude el olvido o el ocultamiento (léthe). Y eso mismo hace la Nobel de Literatura con sus versos: desentrañar el carácter en ocasiones vaporoso de lo que tenemos ante nuestros ojos. “Trato de recuperarte / ése es el propósito / de la escritura”, escribe Glück en unos elocuentes versos que recoge la poeta española Marina Carretero Gómez en su libro Escombros. Dos poetas, por cierto, una joven y otra consagrada, que se unen en su ahínco por hacer de lo poético el lugar en el que la creación estimula nuestra curiosidad y asombro ante un escenario que hay que aprender a salvar a través del lenguaje: porque, como apunta Glück, “Al final del sufrimiento / me esperaba una puerta”. Tras ella, las palabras, que no aportan huero consuelo, sino arma emotiva capaz de reconciliarnos con nosotros mismos. “Algunos creamos nuestra propia luz”, dice Glück. Leamos sus libros para sobrevivir en y a través del salvífico poder de su palabra poética (de mesurada y elegante belleza) y para, como defiende, no hacer lo de siempre: “lamentándote y culpando”.

La poeta, ensayista y profesora de literatura clásica canadiense Anne Carson (Toronto, 1950) ha sido reconocida en 2020 con el Premio Princesa de Asturias de las Letras. Un merecido galardón que nos invita a acercarnos a una de las escritoras de pluma más honda y comprometida de nuestros días. Acostumbrados a los reconocimientos póstumos, este tipo de galardones otorgados en vida de los autores se hacen –en tiempos de presunto declive de las humanidades– más necesarios que nunca.

Muy influida por el movimiento romántico, en especial por el poeta inglés John Keats (de tan breve como intensa biografía), escribió Carson una de sus obras fundamentales, La belleza del marido (2002), 29 piezas poéticas que hablan del amor y de sus intrincados vericuetos, en ocasiones plagados de injusticias, incluso de traición. Siempre haciendo presente el (tan a veces olvidado por la historia) elemento femenino. Carson no se anda con menudencias: “El tiempo es real. Es un juego. Un juego real” al que todos debemos jugar a riesgo de perderlo todo; pero esta condición finita es la que, a la vez, nos pone sobre la pista del elemento de eternidad que, como sobrevolando, podemos sentir y casi atisbar en cada una de nuestras vidas. Vidas singulares que se viven, se sufren y se gozan de manera igualmente singular.

La palabra poética es, precisamente, lo que pone en contacto a unos seres con otros: tal es el poder de lo ficcional, de lo literario que se hace carne en la poesía. El ancestral poder de lo mítico-poético. Y ello porque somos permanentes e irreprimibles buscadores. Como escribe Carson en un librito que dedicó al Camino de Santiago (2000), “No hay duda de que soy alguien que muere de hambre. No hay dudas de que emprendí este viaje para descubrir cuál es ese apetito”.

Ansia de lo insondable que sólo puede ser saciado por esa poética palabra que va en busca de lo imposible, de lo inasible, y que lo presentifica y actualiza. El peregrino no es más que una persona que ama un buen enigma, nos cuenta Carson. El enorme valor de su obra reside en este punto: allí donde nada puede consolarnos, en el seno mismo de lo incomprensible, es donde aparece el abrazo amparador de la palabra, de la poesía. Una reivindicación de lo invisible poético que, a través de las rendijas del alma, se va colando, imperceptible, demandando su alimento. Que no es otro que la palabra. Compartida. Como escribe la autora, “A wound gives off its own light”: cada herida emite transmite su propia luz.

El escritor valenciano Francisco Brines (1932) ha sido galardonado con el Premio Cervantes de este complicado 2020. A sus ochenta y ocho años, incansable, confiesa que sigue trabajando en su obra Donde muere la muerte. Título significativo que refleja su trayectoria. Precisamente porque la poesía, desde tiempos inmemoriales, recoge la palabra que nos transporta –por paradójico que resulte– a lo inefable: al ámbito de lo que no puede ser dicho y a veces sólo queda insinuado, balbuceado; un mensaje que, por parte del lector, sólo se puede intuir sentimentalmente. Tal es la grandeza de la poesía. Y la inmortalidad que exhala.

Además, de esta manera, poetas y lectores quedan hermanados por un vínculo que trasciende las líneas temporales. Y es que muy en cuenta ha tenido siempre Brines a quien está al otro lado del libro y de esa palabra poética: el receptor poético. De hecho no ha dudado en dedicar el Cervantes a “quienes leen poesía”. Brines brindó con vino por el premio, “el elixir de los poetas”, como él mismo indicó, en un gesto de plenitud baudelariana. Quizá sea la poesía la que pueda transportarnos, sin necesidad de viático alguno, a aquellos paraísos artificiales a los que se refirió el inmortal autor de Las flores del mal. Como explica Ángel Rupérez en la introducción de la Antología poética de Brines en Alianza Editorial, “la poesía de Brines puede leerse enteramente como un viaje de ida y vuelta”. Y añade Rupérez que esta poesía, “incluso en medio de las más ácidas y ásperas recriminaciones a la existencia, permanece como único baluarte donde perduran vivas las exaltaciones que hicieron creer un día en la eternidad”. La infancia. El primer amor. El recuerdo de lo irrepetible.

Un influjo casi unamuniano mediante el que Brines nos acerca a la fragilidad de la vida… en toda su belleza: el instante que no vuelve pero que, sin embargo, queda inmortalizado en la memoria incorruptible de lo humano, de cuanto merece la pena que exista (y cuanto merece la pena hacer existir). Lucha y tensión constantes entre ilusión y decepción, entre corazón y cabeza, que, en este caso, nos remite a otro referente ineludible: Leopardi. Todo se sucede y todo retorna. Y todo queda anclado: sobre todo, en la poesía. Como escribe Brines en uno de sus versos, “No es vano andar por el camino incierto”. Y en otro: “El tiempo, en sombra, es insondable”. Busquemos en la poesía, y en los poemas de Brines, ese consuelo que, frente a la fugacidad, nos haga (re)vivir plenamente.

7 comentarios en “Entre la poesía y el pensamiento. Tres plumas actuales: Louise Glück, Anne Carson y Francisco Brines

  1. Intentar hacer explícito lo inefable, requiere una audacia y talento excepcionales, muy poco comunes entre los humanos. Por eso es que se admira tanto qa quienes saben darle uso apropiados a la pluma. Una de las tareas más laboriosas y de sumo cuidado.

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  2. Escribir para poder llegar a esas áreas profundas del pensamiento humano, generar nuevas expectativas sobre la desilusión, el quebranto de un proyecto,…muy interesante!

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  3. Linda nota elevación la antorcha viviente a las viejesitas etc poemas del genio poeta poesía superior del poeta superior poesía irrefutable dicen que corregía sus poemas los mejoraba antes de publicarlos de darlos a conocer bendito Charles Baudelaire

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  4. Para el poeta la consternación de la sublima y lo bello es un redescubrimiento a través de las palabras; para todos, y especialmente para ellos, las palabras deben de excavar esa tierra grumosa que hunde las grandes y bellas verdades de la existencia.

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