La lucidez escéptica de Luciano de Samosata

A orillas del Éufrates, en las fronteras orientales del Imperio romano, Samosata veía nacer en el siglo II a una de las figuras más representativas de la literatura griega tardía. Luciano: rétor, sofista, escéptico… ¡y filósofo, por supuesto! De sus escritos se desprende una de las más paradigmáticas materializaciones de la ironía y la burla; una de las más afianzadas cristalizaciones de la elegancia y precisión de la lengua ática; uno de los más reconocibles estilos en los que la sátira, la comedia y el diálogo lograron concretarse unitariamente.

Como crítica a la filosofía esta obra es amplia y diversa. En ella se perfila la exhortación a un carácter que discrepa de las apropiaciones carentes de autenticidad, reprocha las escuelas, las sectas, las fanfarronerías típicas de un régimen de vida que en los fatuos espejismos de la vanidad tiene su centro. Luciano concreta de esta manera una exigencia práctica en la medida de resaltar en sus diálogos no una contradicción teórica con alguna escuela, sino una exigencia desde la cual lo que se piensa y lo que se hace han de complementarse y coincidir. Así, su obra amplifica la concepción antigua de una filosofía como modo de vida en donde el aspecto teórico es una pieza ajustable a una definición mayor: la práctica vital. Por supuesto, esta concepción utiliza como arma el enfoque irónico y satírico por el que el autor ha sido reconocido y en algunos casos, caracterizado. Esta herramienta, sin embargo, no agota ni desvirtúa el enfoque y los alcances de la representación práctica de la filosofía a que conducen las frecuentes ridiculizaciones y mofas efectuadas contra los modos de vida inauténticos que Luciano identifica. Se trata entonces de un medio, no de un fin. El humor y la ironía son procedimientos destinados a una labor de desmitificación de la filosofía concebida como vanagloria intelectual.

Estas apreciaciones se pueden clarificar más si se tiene en cuenta la ascendencia cínica que Luciano acoge cuando abandona el interés por la retórica y se dedica con mayor atención a las fuentes filosóficas. Que haya sido influenciado por Menipo y su sátira es algo patente en su obra. Extrajo de él no sólo ciertos rasgos de estilo, sino perspectivas cínicas que tuvieron un fuerte arraigo en el desenvolvimiento crítico de su filosofía. Mucho más clara a partir de esta particularidad aparece la elección estilística ejercida desde la expresión satírica y burlona, procedimiento nada ingenuo si remitimos a la influencia que el cinismo confiere al pensamiento y a los signos retóricos que, desde la expresión fisiológica y la caracterización de lo ridículo, poseen un inmenso poder de ejercicio crítico. Carácter explícito y permanente, el cinismo puede muy bien especificar gran parte del talante espiritual que guía la inspiración de Luciano.

Lucian_of_Samosata

Por supuesto, su obra no se agota en este aspecto. La exposición al ridículo de muchas de las facetas que definen las pretensiones, excentricidades y extravagancias de los filósofos, invocada a partir de procedimientos y escenificaciones cínicas como las que nos presenta en su Subasta de vidas –certera acusación contra las escuelas filosóficas de la época– se desplaza igualmente hacia las matrices religiosas que aún se promulgaban en el siglo II. Se hace aquí referencia a la oposición y befa que realizaba Luciano al ya herido de muerte politeísmo, confrontando sus supersticiones y creencias a partir de un lúcido carácter escéptico. El autor no alcanzaría a reconocer la mayor fuente de superstición que se empezaba a consolidar con el creciente despliegue del cristianismo. Sus ataques contra las creencias religiosas generalmente bosquejan burlas dirigidas a los credos insólitos que iban apareciendo dentro de un politeísmo que en términos generales estaba cada vez más desacreditado. En La asamblea de los dioses expone precisamente las ridiculeces que plantean ciertas consideraciones y prácticas de los creyentes. Además, se burla también de las abstracciones y exaltaciones que desde convicciones religiosas realizan los filósofos al divinizar conceptos como la virtud, la naturaleza, etc.

[…] yo he oído también muchos nombres extraños de seres que ni existen entre nosotros ni pueden mantenerse como realidades, Zeus, y yo me carcajeo de ellos. Porque, ¿dónde está la célebre Virtud, la Naturaleza, el Destino y el Azar, nombres sin consistencia y carentes de realidad, imaginados por hombres bobalicones, los filósofos? (La asamblea de los dioses, 13 en Obras III, Biblioteca Básica Gredos, Madrid, 1990).

Que Luciano sea en este preciso asunto (como en otros) completamente vigente, no es algo que deba explicarse con mucha minuciosidad. ¡Aún hoy los filósofos siguen creyendo en esas deidades y fantasmagorías! Feligresía de las abstracciones, religiosidad disfrazada de filosofía. Los siglos no han desgastado la capacidad de ficción que el de Samosata denunciaba certeramente hace ya tanto tiempo.

Las apreciaciones que suelen encontrarse en su obra definen en todo caso la toma de distancia ante los embaucamientos invocados tanto en el ámbito religioso como en el filosófico. En este aspecto se reconoce en él la constitución de un escepticismo sumamente crítico que disuade y categoriza el afianzamiento de una postura marginal bastante interesante dentro del pensamiento antiguo. Esta lucidez escéptica contrasta con la banalidad fanática característica de tantas escuelas y sectas que rodearon la aparición de un espíritu tan sutil. La constitución de su obra discrimina los fanatismos, lesiona la vanidad escolástica, invoca una actitud mesurada y reflexiva que tiene en el reconocimiento del ridículo de las creencias y los saberes fatuos, un apoyo irrevocable. Su burla es inteligente. Su ironía se moviliza dentro del reconocimiento certero de los absurdos y majaderías que emergen de las ficciones extravagantes que filosofía y religión, a pesar de sus diferencias, a veces saben hacer germinar de manera tan efectiva.

El torpe esclarecimiento de una filosofía que margine la capacidad de burlarse de sus propias farsas (porque hay tantas en ella) es irreconciliable con el carácter problemático que la condiciona y justifica. Eso es lo que identifica el desafío enunciado por Luciano cuando ante las escuelas, fustiga sus atributos, debilita sus dogmas, increpa sus creencias. La potencia disuasiva y corrosiva de su obra constata una pars destruens, esto es, el afianzamiento de una filosofía negativa, una proscripción de los usos y definiciones que, en muchos contextos, las prácticas filosóficas consolidan como procedimientos y sustancialidades inmodificables. Con esta genealogía crítica, Luciano desplaza las trivialidades metafísicas y religiosas de tantas congregaciones y escuelas filosóficas. En su Hermótimo o de las sectas, uno de sus mejores diálogos por la precisión estilística y la contundencia argumentativa, desestima las creencias centradas en una única fuente de verdad y esclarecimiento. Desde un muy fundamentado escepticismo, destaca la pertinencia de la búsqueda más que del hallazgo, una independiente consideración de la especificidad crítica que tanto la filosofía como la ciencia tienen como norte, si logran independizar su sentido al margen de las escuelas, los dogmas y las últimas verdades.

Leer a Luciano hoy, y hallar en sus pasajes la revelación de un escepticismo y una lucidez inmediatos que rehúsan la exigencia y la necesidad de una verdad que dé un sentido incondicional, revela toda la vigencia de este pensamiento en cuyo desplazamiento el concepto de una filosofía crítica adquiere toda inteligibilidad. Enfocado en las dificultades que la indagación de la verdad erige, estimula su búsqueda no sin alertar sobre el sentido arduo que tal actividad representa ante los límites y hostilidades que rodean las posibilidades de encontrar un fin último. Enaltecer una declaración concluyente, ya sea a partir de una creencia, una escuela, un partido, invoca la exaltación de una ficción que, al igual que hipocentauros, quimeras y gorgonas, tiene en la fantasía su asidero y fundamento. No nos salva Luciano de las invenciones que los filósofos han sabido siempre imaginar, nos alerta sobre esa condición en donde la vulnerabilidad de la razón engendra desvaríos y cataloga supersticiones; nos invita mejor a disuadir sus ilusiones, reconocer sus insignificancias, conjurar los artificios vacuos que el desengaño desvela.

8 comentarios en “La lucidez escéptica de Luciano de Samosata

  1. Pingback: “La lucidez escéptica de Luciano de Samosata” (Alfredo Abad) – Portal E.M. Cioran 🇧🇷

  2. El escepticismo parece el mejor antídoto para las ingenuidades a las que nuestra especie humana es muy recurrente, a lo largo de la historia, de todos los tiempos y por personas de toda condición

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