Una guía anímica para saber vivir: “El camino de la vida” de Tolstói

Aunque es uno de los clásicos imprescindibles e irrenunciables de la historia de la literatura, la figura de Lev Tolstói ha vuelto a ponerse en primera línea de batalla en las últimas dos décadas. La vigencia de sus textos es máxima, incluso acuciante. Sin duda, debido en gran parte al empeño y buen hacer de Selma Ancira, prolífica e impecable traductora del autor ruso. A finales de 2019 se publicó en Acantilado el documento que, seguramente, constituye el más completo legado filosófico y vital de Tolstói: El camino de la vida, último trabajo de auténtica envergadura que llevó a cabo este gigante de las letras. Como apunta Ancira en la introducción del precioso volumen, “lo que propició el inicio de este trabajo fue, curiosamente, lo mismo que impulsó a Tolstói a comenzar su diario cuando tenía sólo 18 años: la enfermedad“.

El error de creer que algunas personas pueden, recurriendo a la violencia, organizar la vida de sus semejantes, no proviene de que alguien haya inventado este embuste, sino de que la gente, entregándose a sus pasiones, comenzó a ejercer violencia sobre sus semejantes y luego buscó una justificación a su violencia.

Aquella condición de expatriado de su propio cuerpo que, sumada a la dura experiencia de la guerra de Crimea, le empujó a buscar permanentemente el sentido de la existencia. Sobre todo, el sentido del mal y el sufrimiento. Esta búsqueda le condujo, al final de su vida, a renunciar a todos sus bienes (incluidos sus derechos de autor) y a acogerse a un modo de vida que tuviera como estandartes la sencillez, la naturalidad, la resignación y la pureza. El propio autor explica en el “Prolegómeno” de El camino de la vida su intención al escribirlo:

Para que el hombre pueda llevar una vida de bien, es necesario que sepa lo que debe y lo que no debe hacer. Para saberlo, debe entender qué es él mismo y qué el mundo en el que vive. Eso es lo que a lo largo de todos los tiempos han enseñado los hombres más sabios y más buenos de todos los pueblos. Todas las enseñanzas de estos sabios coinciden en lo principal entre sí, y coinciden también en lo que a cada ser humano le dicen su razón y su conciencia.

EL camino de la vida

Pero fue Tolstói, a pesar de las adversidades, un hombre del todo vigoroso que sintió las circunstancias de su tiempo muy intensamente y que le condujeron a escribir algunas de las páginas más hondas de la literatura. A pesar de su constante e innata tendencia a permanecer en soledad, siempre amó a sus semejantes tanto como a los animales, algo que queda claro en su estricto régimen vegetariano, y aseguraba que el único fin de la vida es la vida misma. Hablaba con tanta ternura y cercanía de la caída de un árbol como de la muerte de un individuo, y la naturaleza en toda su amplitud fue el gran tema, junto a los sentimientos, de todas sus obras.

Cuando reflexiono, me es más difícil entender qué es mi cuerpo a qué es mi alma. Por más cercano que sea el cuerpo, no deja de ser ajeno, sólo el alma es propia.

En El camino de la vida abandona la senda narrativa y su peculiar “realismo psicológico” para tomar parte por la reflexión en primera persona, recopilando, a su vez, citas (en muchas ocasiones empleadas de memoria) de una enorme pléyade de pensadores y personalidades, tanto contemporáneas como del pasado: su admiradísimo Schopenhauer, Kant, Angelus Silesius, Thoreau, Séneca, Sócrates, Lichtenberg, Emerson, Marco Aurelio, Epicteto e incluso el propio Dostoievski. Una lista que da cuenta de la enorme erudición que Tolstói atesoraba, pero que no quiso dejar en pura erudición, sino emplearla para saber vivir, para vivir bien. No otro es el objetivo de El camino de la vida. En mayo de 1851 reconocía de esta cruda forma la necesidad del autoconocimiento para poder mejorarse a uno mismo y, después, intentar colaborar en la mejora de los demás:

Conocemos las debilidades humanas a través de las propias y, para mostrarlas correctamente, hay que mostrar las de uno mismo, porque una cierta debilidad no le va sino a una cierta personalidad. Pocos tienen la fuerza necesaria para hacer esto. Tratan de desfigurar todo lo posible la personalidad a la que transfieren las debilidades propias para no reconocerse a sí mismos.

Tolstói

Sin excepción, todas las obras del ruso contienen un mensaje moral. Más, si cabe, El camino de la vida. Pero, aunque sí tenaz y porfiado, nunca se muestra intolerante; Tolstói siempre deja en manos del lector poder tomar esa iniciativa, poder iniciarse por cuenta propia en las sendas del autoconocimiento que inaugura, a la vez, la vía para hacer más habitable el mundo. Tolstói no fue un dogmático; fe de ello dan las entrevistas a las que se vio sometido en su periodo de mayor fama, y en las que discutía sin tapujos la validez de sus ideas sin despreciar nunca las ajenas, siendo consciente, como en efecto era, de la pluralidad de los sentimientos humanos que, a su vez, tienen su origen en diferentes (y a veces muy onerosas) circunstancias.

Decir que los hombres no son iguales equivale a decir que el fuego de una chimenea, el de un incendio o el de una vela no es el mismo fuego. […] Un fuego están en plena incandescencia y otro apenas ha comenzado a arder, pero el fuego es el mismo, y con todos los fuegos debemos tener una actitud semejante.

El camino de la vida es un libro titánico, enciclopédico, inagotable; la obra que, en fin, eleva a Tolstói a la categoría de pensador universal. La belleza física del volumen es, además, incomparable. En él se dan cita temas como el amor, el castigo, la vanidad, el no-hacer, la lujuria, el uso de la palabra, la holgazanería, la muerte, el alma, el mal o la abnegación, entre otros muchos. Asuntos todos ellos que obsesionaron al autor desde su más temprana juventud. Uno de los libros más importantes publicados en español en lo que llevamos de siglo, excelentemente traducido por Selma Ancira, a quien debemos la relevancia que Tolstói ha recuperado en nuestros días.

Un alma inmortal tiene necesidad de una tarea tan inmortal como ella. Y esa tarea, el perfeccionamiento interminable de uno mismo y del mundo, es la que le es dada.

Un comentario en “Una guía anímica para saber vivir: “El camino de la vida” de Tolstói

  1. El fuego de una vela y la de un incendio es una metáfora muy lúcida. Cada individuo debiera tomar la decisión más apropiada, conservar la vela y evita el incendio. Nuevamente, gracias por compartir reflexiones filosóficas que nos ilustran en estos tiempos cuando el incendio de la globalización nos ha arruinado y puesto contra las cuerdas. Ojalá aprendiésemos de esta reflexiones.

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