Tolstói: pensar y narrar la complejidad del mundo

Tolstói.jpgLeón Tolstói (1828-1910) no es sólo reconocido como uno de los literatos más brillantes y profundos de la historia de las letras, sino también como un hondo pensador cuyas ideas fueron formándose al calor de sus plurales y muy diversas experiencias vitales. Al contrario de lo que sucede en el caso biográfico de Dostoievski, en Tolstói resulta sencillo distinguir la faceta literaria de la más expresamente filosófica o, como él mismo la denominó, “evangélica”, pues cuando sus pensamientos sobre el mundo le dominaban y se decidió a ponerlos en práctica, dejó aparcada su actividad literaria. En cualquier caso, como escribe bellamente George Steiner, “En Tolstói y en Dostoievski, como tal vez en Dante, la poesía y la metafísica, el impulso hacia la creación y hacia el conocimiento sistemático, eran respuestas alternas, y sin embargo inseparables, a las presiones de la experiencia”.

Consciente de que cada época tiene su propia aflicción, padece sus propios dolores y afronta sus propios miedos, Tolstói no dejó nunca de interrogarse, a la vez, por el sentido unitario de la historia y si existe algo parecido al “progreso humano”. Respecto a su tiempo, estimó que la preocupación más acuciante era la cuestión campesina y, en términos generales, la cuestión obrera: resultaba urgente aliviar la carga de los trabajadores, encadenados a una vida de onerosos trabajos cuya única finalidad es la de sobrevivir para, un día más, volver a trabajar dura y crudamente: “Es necesario el trabajo para ser feliz, pero el trabajo libre, razonable, deseado”. En paralelo, la intranquilidad y desasosiego frente a la desvinculación del ser humano de la naturaleza, estimaba Tolstói, estaba causando en los individuos un mal desastroso, quizá insalvable: el mal del desarraigo.

Ante todo, es imposible la felicidad sin la luz del sol, con la ruptura de los lazos del hombre con la naturaleza. En otras palabras, la vida fuera de la ciudad, bajo el cielo abierto, al aire libre, en la aldea, es la primera condición de la felicidad terrenal.

Y denunciaba sin tapujos los males de la vida en la ciudad: a su juicio, quien vive en ella está condenado “a escuchar los sonidos de los coches”, “a olfatear el olor del alcohol y el humo del tabaco”, “a comer a menudo cosas no frescas y malolientes”, y, lo más importante: “Nada les permite una relación directa con la tierra, las plantas, los animales. ¡Es a todas vistas una vida de presidiarios!”. En un giro que recuerda del todo a Rousseau, a quien Tolstói leyó y estudió a conciencia, el autor ruso asegura que la civilización, y con ella, la sociedad, han causado un total desastre en la vida del ser humano:

¡No tiene sentido! ¡La civilización! ¡Pero quién le ha dicho que la civilización conduce a la felicidad! ¡Ajá, dicen, la civilización se desarrollará, empezarán a dar vueltas los coches, todos serán felices! ¿De dónde se han sacado eso? No, nuestra civilización, como las que hubo antes, llegará a su fin y morirá, porque no es otra cosa que la acumulación de los instintos monstruosos de la humanidad.

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“La unilateralidad es la causa principal de la infelicidad humana”.

En palabras que muy bien podrían denunciar la situación a la que nos exponemos en la actualidad, inmersos en una extraña e insana obsesión occidental que aboga por la obtención imperativa de la felicidad, Tolstói ya anunciaba a finales del siglo XIX que, en la ciudad, “las personas tratan sobre todo de obtener lo que se considera, según la opinión equivocada que prevalece, necesario. Y se baten por ello con todas sus fuerzas”. Y concluía: siempre es necesario más y más, “con lo que se agrava también el alma atormentada, que ya no tiene tiempo para tratar de buscar las verdades auténticas”.

En este punto es reconocible el influjo de otro de sus confesados maestros, Arthur Schopenhauer (1788-1860), a quien tuvo por un genio adelantado a su tiempo y a quien leyó con atención e incluso veneración. Escribe Tolstói que aquellos ciudadanos, “al alcanzar lo que querían, les parece poco, y se devanan los sesos y se acongojan para obtener cada vez más”. La maquinaria del deseo, de la voluntad, nunca cesa en su empeño por verse satisfecha. Una satisfacción que siempre resulta insuficiente y que jamás sacia de manera definitiva nuestro ánimo.

Él mismo fue víctima de la veleidosa y caprichosa voluntad. El 17 de septiembre de 1855, por ejemplo, confesaba en su diario que “mi objetivo es la gloria literaria”, aunque pensaba, sincera y grandilocuentemente, que sus obras podrían hacer mucho bien a la humanidad. Un oráculo que acabó cumpliéndose. Fue Tolstói un joven difícil de carácter ambicioso y en ocasiones incorregible, vapuleado por el gusto por el juego y las apuestas y agitado por la pasión y la lascivia: “Es ridículo que habiendo comenzado a los quince años a escribir reglas, lo siga haciendo todavía ahora, casi a los treinta, sin haber creído ni haber seguido una sola, y no sé por qué sigo creyendo en ellas y deseándolas”. Con apenas diecinueve años manifestaba que “es más fácil escribir diez volúmenes de filosofía que llevar a la práctica una sola regla, no importa cuál”.

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“La felicidad que se basa en la virtud no es destruida por nada”.

Y es que “no basta con apartar a la gente del mal, es necesario estimularla hacia el bien”, escribía un joven Tolstói el 25 de marzo de 1847, pues la tentación siempre está cerca, dispuesta a envilecer y corromper las más excelsas intenciones, y mora en lo más hondo de nuestro ánimo: “El principio del mal está en el alma de cada uno”. Tolstói hizo efectivo este rechazo del mundo y, a pesar de haber puesto en práctica durante gran parte de su vida su temperamento erótico, en su más avanzada madurez no dudó en condenar violentamente el sexo y en predicar abiertamente los beneficios de la castidad.

Un hiato entre realidad y pensamiento, entre el mundo y el espíritu, que nunca pudo solventar de manera definitiva: “Todos los impulsos del alma son puros y sublimes en un comienzo. La realidad destruye su inocencia y su encanto”. E incluso escribía (1851), abatido: “¡Qué terrible fue para mí ver el lado mezquino y vicioso de la vida! Me era imposible concebir que alguna vez eso me hubiera atraído […]. Pero no, la carne, el lado mezquino de la vida volvió a predominar y antes de que hubiera transcurrido siquiera una hora escuché casi conscientemente la voz del vicio, de la vanidad, del lado frívolo de la vida”. Quizá, lo único que pueda salvarnos en última instancia, como muestra en Confesión, sea la fe:

La fe es el conocimiento del sentido de la vida humana, gracias al cual el hombre no se aniquila, sino que vive. La fe es la fuerza de la vida. Si un hombre vive, es porque cree en algo. Si no creyera que debe vivir por algo, no viviría. […] Sin fe es imposible vivir.

Y es que, como muestra Tolstói en el cuento “El origen del mal” (que reproducimos más abajo), quizá nuestra naturaleza esté dañada y marcada desde el principio por el germen de los vicios. Pues, como ya escribiera el marqués de Sade, “es tentar al hombre dejarle elegir”.

En medio de un bosque vivía un ermitaño, sin temer a las fieras que allí moraban. Es más, por concesión divina o por tratarlas continuamente, el santo varón entendía el lenguaje de las fieras y hasta podía conversar con ellas.

En una ocasión en que el ermitaño descansaba debajo de un árbol, se cobijaron allí, para pasar la noche, un cuervo, un palomo, un ciervo y una serpiente. A falta de otra cosa para hacer y con el fin de pasar el rato, empezaron a discutir sobre el origen del mal.

—El mal procede del hambre —declaró el cuervo, que fue el primero en abordar el tema—. Cuando uno come hasta hartarse, se posa en una rama, grazna todo lo que le viene en gana y las cosas se le antojan de color de rosa. Pero, amigos, si durante días no se prueba bocado, cambia la situación y ya no parece tan divertida ni tan hermosa la naturaleza. ¡Qué desasosiego! ¡Qué intranquilidad siente uno! Es imposible tener un momento de descanso. Y si vislumbro un buen pedazo de carne, me abalanzo sobre él, ciegamente. Ni palos ni piedras, ni lobos enfurecidos serían capaces de hacerme soltar la presa. ¡Cuántos perecemos como víctimas del hambre! No cabe duda de que el hambre es el origen del mal.

El palomo se creyó obligado a intervenir, apenas el cuervo hubo cerrado el pico.

—Opino que el mal no proviene del hambre, sino del amor. Si viviéramos solos, sin hembras, sobrellevaríamos las penas. Mas ¡ay!, vivimos en pareja y amamos tanto a nuestra compañera que no hallamos un minuto de sosiego, siempre pensando en ella. “¿Habrá comido?”, nos preguntamos. “¿Tendrá bastante abrigo?”. Y cuando se aleja un poco de nuestro lado, nos sentimos como perdidos y nos tortura la idea de que un gavilán la haya despedazado o de que el hombre la haya hecho prisionera. Empezamos a buscarla por doquier, con loco afán; y, a veces, corremos hacia la muerte, pereciendo entre las garras de las aves de rapiña o en las mallas de una red. Y si la compañera desaparece, uno no come ni bebe; no hace más que buscarla y llorar. ¡Cuántos mueren así entre nosotros! Ya ven que todo el mal proviene del amor, y no del hambre.

—No, el mal no viene ni del hambre ni del amor —arguyó la serpiente—. El mal viene de la ira. Si viviésemos tranquilos, si no buscásemos pendencia, entonces todo iría bien. Pero, cuando algo se arregla de modo distinto a como quisiéramos, nos arrebatamos y todo nos ofusca. Sólo pensamos en una cosa: descargar nuestra ira en el primero que encontramos. Entonces, como locos, lanzamos silbidos y nos retorcemos, tratando de morder a alguien. En tales momentos, no se tiene piedad de nadie; mordería uno a su propio padre o a su propia madre; podríamos comernos a nosotros mismos; y el furor acaba por perdernos. Sin duda alguna, todo el mal viene de la ira.

El ciervo no fue de este parecer.

—No, no es de la ira ni del amor ni del hambre de donde procede el mal, sino del miedo. Si fuera posible no sentir miedo, todo marcharía bien. Nuestras patas son ligeras para la carrera y nuestro cuerpo vigoroso. Podemos defendernos de un animal pequeño, con nuestros cuernos, y la huida nos preserva de los grandes. Pero es imposible no sentir miedo. Apenas cruje una rama en el bosque o se mueve una hoja, temblamos de terror. El corazón palpita, como si fuera a salirse del pecho, y echamos a correr. Otras veces, una liebre que pasa, un pájaro que agita las alas o una ramita que cae, nos hace creer que nos persigue una fiera; y salimos disparados, tal vez hacia el lugar del peligro. A veces, para esquivar a un perro, vamos a dar con el cazador; otras, enloquecidos de pánico, corremos sin rumbo y caemos por un precipicio, donde nos espera la muerte. Dormimos preparados para echar a correr; siempre estamos alerta, siempre llenos de terror. No hay modo de disfrutar de un poco de tranquilidad. De ahí deduzco que el origen del mal está en el miedo.

Finalmente intervino el ermitaño y dijo lo siguiente:

—No es el hambre, el amor, la ira ni el miedo la fuente de nuestros males, sino nuestra propia naturaleza. Ella es la que engendra el hambre, el amor, la ira y el miedo.

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