La “Guía espiritual” de un místico olvidado: Miguel de Molinos

Miguel de Molinos (1628-1696) –quien acabó sus días en los calabozos de la Inquisición romana– es aún un pensador poco conocido en el panorama cultural. Y, sin embargo, fue el iniciador de una corriente muy relevante conocida como quietismo. El referente inmediato de Molinos fue, sin duda, el Maestro Eckhart, quien abogó por librarse de sí mismo, de la pesarosa mismidad, para “trasfundirse con la voluntad de Dios”, de manera que no se sepa nada del yo ni del mundo. A juicio de estos pensadores, el alma que ha iniciado la supresión de su particular voluntad cobra consciencia de la esencia eterna que todo lo baña. Para lograr este cometido, Miguel de Molinos publicó en 1675 su fundamental y enriquecedora Guía espiritual (prohibida por el Santo Oficio y que no volvió a ser publicada, desde su requisa, hasta el siglo XX), con la que pretendió ayudar al lector a conquistar la nadificación de su individualidad para alcanzar, así, la unión con Dios.

La ciencia mística no es de ingenio, sino de experiencia; no es inventada, sino probada; no leída, sino recibida, y así es segurísima y eficaz, de gran ayuda y colmado fruto. […] Debe advertirse que la doctrina de este libro no instruye a todo género de personas, sino solamente a aquellas que tienen bien mortificados los sentidos y las pasiones.

Resulta curioso que un personaje de tan profunda religiosidad fuera víctima, en 1688, de la contundente campaña antimística que llevó a cabo la Iglesia católica, cuando condenó numerosos libros que fueron acusados de quietismo. Entre ellos se encontraba la Guía espiritual de Molinos. Pero su calvario comenzó años antes, cuando en 1685 es inculpado por difundir el quietismo en círculos supuestamente secretos. En 1685 comenzó su proceso judicial, en el que fue acusado de hereje, siendo condenado en 1687, finalmente, a cadena perpetua.

El castillo fuerte para triunfar de tus enemigos visibles e invisibles, y de todas tus asechanzas y tribulaciones, está dentro de tu misma alma, porque allí reside la divina ayuda y el soberano socorro; éntrate allá dentro y todo quedará quieto, seguro, pacífico y sereno.

Miguel de Molinos

Molinos llamó “despego” al despojamiento de la voluntad de los asuntos mundanos, estado que se obtiene tras alcanzar una fe inquebrantable y moderar los afectos de la voluntad. Precisamente, sostenía el místico, el quietismo consiste en llegar a carecer de todo afecto y conseguir un alma que no apetezca nada, incluso que apetezca la nada: así, la nada se convierte en el genuino objeto del querer. Leamos sus palabras:

El camino para llegar a aquel alto estado del ánimo reforzado, por donde inmediatamente se llega al sumo bien, a nuestro primer origen y suma paz, es la nada. Procura estar siempre sepultada [se refiere al alma] en esa miseria. Esa nada y esa conocida miseria es el medio para que el Señor obre en tu alma maravillas. Vístete de esa nada, de esa miseria, y procura que esa miseria y esa nada sea tu continuo sustento y morada, hasta profundarte en ella

Si logramos nadificar nuestra interioridad, no llegarán allí los golpes de las adversidades y no sentiremos pena ni placer por nada, “nada te inquietará”, explica Molinos: “Por aquí has de llegar al señorío de ti misma, porque sólo en la nada reina el perfecto y verdadero dominio. Con el escudo de la nada vencerás las vehementes tentaciones y terribles sugestiones”. Es cierto que con Molinos se pierde la yoidad, lo más propio de nosotros, pero, como contrapartida, se gana la más completa certeza: “ese duro saber, que es el simple saber de sí mismo más íntimo”.

Una mística que, en el caso de Molinos, se lleva a cabo mediante un absoluto nihilismo; pero lejos de que ese nihilismo se quede en la nada que obtiene, encierra, a la vez, un sí a la Totalidad, a la Divinidad, que se cuela por la grieta que nuestra activa nada ha dejado. La sumisión quietista no es la de alguien que se rinde ante el mundo, sino la de quien, ante ese mundo, decide resistir sus embates con una voluntad férrea, que desmerece los acontecimientos más triviales y la pone al servicio de lo más alto. Al contrario de lo que ocurre en otros místicos como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz, en Molinos no se da una relación entre el alma y Dios a través de un acto amoroso, extático o contemplativo, sino a través de la humillación, de hacerse nada frente a esa esencia eterna: en definitiva, mediante el reconocimiento de la propia insignificancia en comparación con la infinitud e inagotabilidad de lo Eterno.

Lo que importa es preparar tu corazón a manera de un blanco papel, donde pueda la divina sabiduría formar los caracteres a su gusto. Oh qué grande obra será para tu alma estar en la oración las horas enteras, muda, resignada y humillada, sin hacer, sin saber ni querer entender nada.

Podríamos catalogar la mística quietista de Molinos como un “nihilismo estoico” o, incluso, como un “platonismo nihilista”, mediante el cual se desea alcanzar una total independencia de los afectos y pasiones. La nada es en Molinos la meta que nos conduce al más alto objetivo: el conocimiento de la Divinidad mediante el sentimiento de nuestra absoluta carencia, y que se convierte en instinto de llenarse de Dios. Un asunto que escandalizó a la Iglesia y que provocó que Molinos terminara sus días encerrado en un calabozo, en la más absoluta pobreza y necesidad.

El que no procura la total negación de sí mismo, no será verdaderamente abstraído, y así nunca será capaz de las verdades y luces del espíritu.

 

3 comentarios en “La “Guía espiritual” de un místico olvidado: Miguel de Molinos

  1. Mi hijo hizo el TFG de FILOLOGÍA sobre MIGUEL DE MOLINOS. Me he quedado pasmada cuando he visto la entrada pq pensaba que la había enviado él. Dime como puede contactar coontigo. Por cierto la calificación fue un 10, a caballo entre la filosofía, pq estudia Filosofía también. Gracias

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  2. Esto es lo que marca la diferencia entre el ser y la nada. Lo que caracteriza al ser es la construcción de expectativas, la nada carece de toda expectativa, ya no siente ni padece. Los inquisidores mantenían una expectativa ficticia, la otra vida, Molinos se había despojado de esta última expectativa, de ahí el encono en su persecución. Fernando Savater confirma que los ateos viven divinamente, pues carecen de este tipo de fabulaciones tanto místicas como las amenazas del averno.

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