Los vestigios de Eros

Cot The Storm.jpgLos claroscuros de un contorno, el desbordamiento de la piel, los rastros de un aroma, el abismo de un beso, la música del cuerpo. Los sentidos pueden definir los matices que se revelan en la inmediatez de los deseos y de las carencias. La avidez, la conquista, las ausencias. En estos juegos se cumplen nuestras esperanzas y se reiteran nuestras privaciones.

Como expresión estética el erotismo cumple su condición bajo unos parámetros excepcionales. En primer lugar porque en él intervienen todos los sentidos, todos ellos orientan sus percepciones hacia los rasgos en que el cuerpo deviene arte. En segunda instancia, porque justamente en el reconocimiento plástico de la corporalidad, el erotismo abandona el ámbito sensitivo y se convierte así en proyección trascendente. Desde estas dos perspectivas es posible identificar los límites y los alcances también de una esfera trivial y al mismo tiempo llena de sentido, que amplía los horizontes en los que nos desenvolvemos. La proyección erótica desplaza la reducción de la experiencia hacia los indicios de un mundo amplísimo. Es la trascendencia derivada de la sensualidad. Una metafísica sensual. Expliquemos el oxímoron.

Al liberar la sexualidad de su premura biológica, del arraigo al cual la experiencia se subscribe desde la elemental condición instintiva, en el erotismo se configura una constitución estética por la cual el hombre extrae de su sensualidad una dimensión creativa; desde ella puede apreciar cómo la sexualidad abandona ese automatismo que la circunda. El erotismo es el extrañamiento de la sexualidad, e incluso, su promesa más alta, la inmersión del deseo y la belleza en un suspenso del cual extraen sus manifiestos poéticos, y a partir de ellos, el reconocimiento de la sacralidad de los hallazgos que de allí emanan.

Es el vértigo del vuelo. ¡Cómo nos extrae del mundo el amor! ¡Cómo asciende, cómo brota ese don que enajena! En el Fedro de Platón encontramos su mejor descripción: desde los sentidos, el alma se eleva hacia la trascendencia, y por ello mismo, la extrae de sí. Una muy bella imagen, pero ¡cómo puede afligir igualmente! Es excelsa la presencia, mas la ausencia perturba, inquieta, desequilibra. El dios alado confronta nuestro deseo de permanencia. El dios transita, aparece, huye. Juega en fin con nuestra precariedad.

El erotismo, pues, nos hace partícipes de una trascendencia, imprime sobre nosotros el sello de lo bello, pero también se evade. Es unción y fuga. Ante tales posibilidades puede expresar otra perspectiva, en la inmanencia misma trasfigura la carne, celebra su furor, ambiciona, crece. En raudos instantes sobreviene el exceso; nacido en la amplitud del apetito, exalta la experiencia. El erotismo suma, acrecienta, abraza… luego se extingue. ¡Cómo muere el deseo y sus logros, cómo se apaga el propósito de promulgar una victoria que siempre se difiere!

Eros reconoce que la muerte es el culmen de su búsqueda. ¿Se comprende así por qué esa necesidad de exaltar a través de él los rasgos de un abismo en cuya oscuridad habitamos? Ambivalente condición. Vida y muerte. Entusiasmo y fatiga. Búsqueda y abandono. Sin embargo, ¡cuán atractiva es la visión de sumirnos en las sombras! El lóbrego atisbo de subsumir la belleza en los pliegues de un naufragio. El erotismo es la unción de la belleza con un bálsamo luctuoso. El reconocimiento de cómo esa altivez primera desciende hasta su último hundimiento.

Seguir las huellas de Eros, habitarlas. Así los dones de la piel ávida se prodigan como frutos madurados, se hace manifiesta la vida, mas también la muerte. Los ecos del ímpetu se transfiguran también hacia su silencio, su pérdida. En el jardín de Eros cumplimos nuestras promesas, amonestamos nuestras privaciones; saciamos nuestra sed, padecemos nuestra insuficiencia. El deseo, esa plenitud concedida, satisfecha; también esa ávida prefiguración de la ausencia y el vacío.

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3 comentarios en “Los vestigios de Eros

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