Isak Dinesen: “No puedo escribir nada que valga algo si no rompo antes con el paraíso”

isak-dinesenIsak Dinesen (Karen Blixen: Rungsted, Dinamarca, 1885-Rungsted, 1962) es una de esas escritoras cuya obra puede dividirse en bloques muy claros. Están, por una parte, sus ensayos (como el que envió a su hermano Thomas sobre el matrimonio), los poemas y, sobre todo, sus textos sobre África y sus cuentos, aparte de su única novela: Vengadoras angelicales. Ganó varios premios literarios en vida, fue nombrada miembro de la Academia norteamericana e incluso fue propuesta dos veces al Nobel de Literatura.

Parte de la vida de Karen Blixen es de sobra conocida por la película dirigida por Sydney Pollack para Universal Pictures en 1981. Se trata de una romántica versión de los dieciséis años que pasó en la colonia inglesa, que luego sería Kenia (con intervalos de estancias en Dinamarca), y cuya base se encuentra en su obra Memorias de África, en las historias narradas en Sombras de hierba y, sobre todo, en sus Cartas de África, volumen que recoge la correspondencia con su familia durante toda su vida africana, es decir, desde 1914 hasta 1931.

No es nuevo, pues, decir que se casó con su primo, el barón Bror Blixen, del que a los seis años se separó, o que se enamoró del inglés Denys Finch Hatton, que murió en accidente de aviación cuando Karen, por instancias de su familia, que había sufragado la granja de café africana, estaba en trance de liquidar su existencia africana.

Tampoco es nuevo señalar que fue su marido quien, al año de casarse, le contagió la sífilis –causa, en parte, de sus viajes a Dinamarca para ser curada, aunque ella (siempre amante de los títulos y apellidos, de la aristocracia de la vida y de la inteligencia), confesara en una de esas cartas que bien valía ese contagio a cambio de ostentar el título de baronesa, que, a pesar de su separación, quiso conservar, al igual que el apellido de su marido, toda la vida–.

Menos conocida es la trayectoria de Karen Blixen cuando abandona África y regresa a su hogar familiar, principalmente porque, salvo un viaje realizado a Estados Unidos casi al final de su vida, esta vida fue de absoluto encierro en la propiedad de la familia junto a su madre. Y es entonces cuando comienza su verdadera trayectoria literaria, prácticamente a los cincuenta años.

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El interés por el arte fue muy temprano en ella. Aunque fue educada para ser una dama, se quejará de ésta una y otra vez amargamente en las cartas a su hermano Thomas, al acusar a su familia de que no le habían enseñado nada o de que no sabía hacer nada.

Hay algo, sin embargo, que desde muy pequeña Karen sabía hacer, y era contar cuentos; primero los transmitía a sus hermanos y otros niños daneses, luego lo haría a sus kikuyos africanos o a los numerosos visitantes que tenía en su granja, e incluso tempranamente, antes de viajar a África, publicó un cuento en un periódico danés, pero, al no tener éxito, decidió entonces abandonar para siempre la literatura y decantarse por la pintura, estudiando en la Academia de Copenhague, idea a la que regresa cuando su experiencia africana fracasa.

Karen Blixen pinta, hasta el punto de que desde África envía cuadros a su familia (cuadros que después adornarían el museo en que se transformó su casa danesa). Sin embargo, cuando se encuentra sola y arruinada sólo se le ocurre la idea de escribir (tras barajar la de especializarse en cocina en París y montar un restaurante o hacerse periodista, según confiesa a su hermano) como forma de ganarse la vida.

Algo muy singular caracteriza a esta escritora, y es su aferrarse a la existencia y al deseo de sobrevivir o, como ella reitera una y otra vez en sus cartas, al deseo de “cumplir su destino”, porque si algo se revela en sus confesiones es un valor y una decisión inconmovibles y un resurgir constante de todas sus desdichas (y en África, con la mala marcha de su negocio, sus shauries, como ella las llamaba, fueron muy abundantes: “… me di cuenta de que lo que me hacía difícil la existencia aquí era que soy muy pobre”, confesará a su hermano).

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Este periplo vital y los dos grandes bloques de su obra literaria nos llevan a centrarnos en su producción relativa a África y dejar para otro momento el tratamiento de sus cuentos, tan completamente distintos.

Memorias de África, comenzada a escribir en Dinamarca a los cinco años de dejar su granja, es una narración muy elaborada y de una gran belleza, en la que Karen Blixen desarrolla todas sus dotes de descripción y de amor a la tierra que ha abandonado y a cada uno de sus habitantes, sobre todo a sus amigos nativos (somalíes, masais, kikuyos…), de los que narra su historia llena de anécdotas, en esa mezcla de afecto y de aristocracia colonialista que la caracterizó.

Ya en África, según ella nos revela en este libro, y para separarse de sus agobiantes problemas económicos, “Por las tardes comencé a escribir cuentos de hadas y relatos fantásticos que me llevaban lejos, a otros países y a otros tiempos“, tónica literaria que será el germen de todos sus cuentos posteriores. Memorias de África es, sin embargo, un canto alegre a los años de su vida al frente de la granja que su familia compró y describe con serenidad sus agobios, su enfermedad, su matrimonio roto o la muerte de su amor. “Los años en que Lulú y los suyos venían a mi casa fueron los más felices de mi vida en África. Por esta razón llegué a considerar mi relación con los antílopes del bosque como una bendición un signo de la amistad de África”, ese continente al que quiere estar unida para siempre y al que recuerda con una dolorosa nostalgia, como cuenta en el libro en una frase que se recoge literalmente en la película:

Aunque yo sé una canción de África… de la jirafa y de la luna nueva africana tendida de espaldas, de los arados en los campos y de los rostros sudorosos de los recolectores de café, ¿sabrá África una canción sobre mí? ¿Vibrará el aire en la llanura con un color que yo he llevado, o los niños inventarán un juego en el cual esté mi nombre, la luna llena proyectará una sobra sobre la grava del camino que era como yo, o me buscarán las águilas de Ngong?

Ama a África porque su filosofía de vida la lleva a buscar la belleza y el respeto en todas partes y, así, dirá a su madre:

Yo diría que en la vida se aprende que no hay que precipitarse a pensar que lo que es bueno, agradable y sensato para uno mismo lo es también para los otros; esto no quiere decir que haya que acabar aceptando humildemente que los métodos de los demás son mejores, basta con dar por supuesto que son igual de buenos, y llegar a ver lo bello y lo bueno expresado de todas las maneras posibles… Yo diría… que es un gran placer saber discernir la belleza, la alegría y la armonía de la vida expresadas constantemente en diversas formas.

Pero sus desdichas o sus momentos de felicidad no le impiden sopesar la tragedia del pueblo que vive en su granja y que tanto dependió de ella hasta el final, los kikuyos, reflexiones que no pueden dejar de unirse al hecho mismo de la colonización:

Las ovejas, las naciones pacientes, sin dientes y sin garras, sin poder y sin protector terrenal, iban hacia su destino, como lo siguen haciendo ahora, con su inmensa capacidad de resignación. No morían bajo el yugo como los masai, ni se rebelaban contra el destino, como los somalíes, cuando se consideraban insultados, engañados o menospreciados. Eran amigos de Dios en tierras extranjeras y encadenados. También conservaron una peculiar autoestima en sus relaciones con los que les perseguían. Eran conscientes de que el provecho y el prestigio de sus atormentadores residía en ellos: eran las figuras centrales de la caza y en el comercio, eran las mercancías. En el largo camino de lágrimas y sangre, las ovejas, en lo profundo de sus corazones mudos y sombríos, se habían hecho una humilde filosofía y no tenían en mucho ni a los pastores ni a los perros… Estáis aquí por nosotros. Existís por nosotros, pero nosotros no existimos por vosotros…

Karen Blixen

Esta valoración de los nativos (Karen adora a los nativos y a la aristocracia pero desprecia a la clase media) se repetirá una y otra vez. Así, refiriéndose a los masáis:

La verdadera aristocracia [entre la que, sin duda, ella se situaba] y el verdadero proletariado del mundo comprenden la tragedia. Para ellos es el fundamental principio de Dios y la clave, la clave menor, de la existencia. En esto se diferencian de la burguesía de todas las clases, que niega la tragedia, que no la tolera y para la cual la propia palabra es desagradable. Muchas de las incomprensiones entre la clase media de colonos emigrantes y los nativos nacían de ese hecho…

Memorias de África, que tantas anécdotas y reflexiones contiene, comienza igual que la conocida película: “Yo tenía una granja en África, a los pies de las colinas de Ngong…”, y se cierra con la descripción del entierro de Denys (si bien fue, en la realidad, bajo un tremendo aguacero). Es una narración coherente y estructurada, y es una narración, además, en la que siempre es fiel a sí misma, reflejando una idea sobre el destino que jamás olvidaría:

El orgullo es la fe en la idea que Dios tuvo cuando nos creó. Un hombre orgulloso es consecuente de esa idea y aspira a realizarla. No lucha por la felicidad o por la comodidad, que quizá sean irrelevantes con respecto a la idea que Dios tiene de él. Su realización es la idea de Dios, plenamente lograda, y está enamorado de su destino. Al igual que el buen ciudadano encuentra su felicidad en el cumplimiento de su deber hacia la comunidad, así el hombre orgulloso encuentra su felicidad en el cumplimiento de su destino.

Es, sin embargo, en sus Cartas desde África, fundamentalmente en las escritas a su hermano Thomas y a su madre, donde encontramos la personalidad de Karen Blixen. Las primeras letras enviadas a su madre en 1914 no dejan de ser las de una colegiala que, empeñada en hacer su vida, narra las bondades de todo lo que le sucede. Todo para Tanne –como la llamaban familiarmente– es sencillo y hermoso. Esto irá cambiando con el transcurso de los años, con sus problemas, con sus circunstancias y con su crecimiento moral.

Con el tiempo, estas cartas se harán más sinceras y más duras, tanto las dirigidas a su madre (a quien, por otra parte, ama mucho y la llama su “oveja blanca” y quien la visitó varias veces en África) como al resto de la familia. En ellas –sin dejar de referirse a temas más dulces, como su opinión sobre los libros que lee o las anécdotas que vive– se queja reiteradamente de la pésima educación recibida y expone su anhelo de llegar a ser la mujer que piensa que puede ser. No deja de revelar su lucha por la libertad, por el ser individual y su oposición a los principios burgueses de su familia materna. (Todo ello lo recoge en un viejo cuento danés al que se refiere en las cartas a su madre y en Memorias de África –tanto debió de influirle–, donde narra los sufrimientos de un hombre que cae y se levanta continuamente hasta descubrir que con todo su padecimiento ha logrado dibujar en la tierra una cigüeña, metáfora indudable de su propia vida). Por esta razón, nunca ocultó su amor por Denys y cada una de sus vivencias, e incluso su clara opinión sobre la familia:

Pienso que fue una gran desgracia para mí la muerte de padre… me entendía tal y como yo era, a pesar de lo pequeña que era yo entonces, y me quería muchísimo. También habría sido mucho mejor para mí haber pasado más tiempo con su familia; con ellos me sentía yo más animada y más libre. Con Mamá (su abuela materna) y con la tía Bess y con toda tu familia… siento como si, unas cosas con otras, me quisieran sólo de cierta manera y a pesar de ser yo como soy. Siempre están viendo la posibilidad de hacer de mí otra persona; y lo que a mí misma me parece bueno de mi carácter ellos no lo pueden sufrir.

Hay dos cosas que no entiendo: lo distinta que soy y he sido siempre de vosotros… Que me sea posible a mí vivir en circunstancias que para vosotros serían espantosas, y estar contenta, y, por el contrario, en circunstancias que a vosotros os parecen felices, sentirme infeliz en el más alto grado. Y esas circunstancias vosotros no podéis juzgarlas y, en consecuencia, debierais tener mucho cuidado con vuestros consejos; podrías arrepentiros terriblemente de ellos.

Pienso que toda vuestra familia carece, en cierta medida, de la capacidad de “divertirse”, o, para decirlo de manera simbólica, de gustar el vino de la vida y que tendéis a ver la felicidad humana en término de régimen de pan y leche… Yo pienso que, si estuviera en mis manos hacer algo por la humanidad, lo que haría sería divertirla.

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Este último párrafo, incluido en una carta a su madre, será reiterado, en uno u otro sentido, en unas cartas muy estrictas, como forma de defender su libertad. Cartas que, a pesar de todo, darán el fruto final de una hermosa misiva de la madre comprendiéndola plenamente. Libertad y deseo de ser ella misma lejos del ambiente familiar que revela también a su hermano:

Del mismo modo, por ejemplo, que el café puede crecer –y sentirse, sin duda, libre y feliz– por debajo de siete mil pies o el cedro por encima de siete mil, me parece a mí que cada persona requiere una cierta tierra, un cierto calor y una cierta altitud, más reducida en algunos casos, y casi universal quizás en otros, para poder sentirse libre y feliz, es decir, para poder desarrollar su naturaleza en libertad hasta el máximo de su capacidad.

Y refiriéndose a su casa de Dinamarca:

… todas mis aptitudes naufragaron allí; todas las posibilidades que hubiera en mí de llegar a actuar y a actuar por mí misma, de realizar algo como la persona que soy, se disiparon por esta causa…

Pero, al mismo tiempo, se rebela contra sus propios planteamientos:

… tacha de una vez la estupidez del pasado y decídete a hacer en este mismo momento todo lo que debiste hacer hace tiempo…

Dinesen

O a su madre:

La gente no puede trabajar con alegría si no se le da al mismo tiempo una cierta medida de libertad, o bien no pueden poner toda su personalidad en un trabajo si no es con libertad, y yo estoy cada vez más convencida de que es la personalidad lo que realmente tiene valor, incluso cuando se trata de una misión o de un trabajo concreto…. […] Pienso que sin ser uno mismo no se puede conseguir gran cosa para los demás. […] Y es que aquí puedo ser verdad, puedo ser yo misma.

A su hermano:

El clima de aquí, y luego que soy libre y nadie puede meterse en mis cosas, me ayuda mucho, o eso pienso yo por lo menos, a sentirme fuerte y con capacidad para renovarme a pesar de todas mis penas.

Esta capacidad de renovación la lleva a despedirse con una gran serenidad de su querida tierra: “gracias a estos tiempos difíciles he llegado a comprender mejor que antes que la vida es infinitamente rica y maravillosa en muchos aspectos”.

Por ello, como el ave Fénix que siempre resurge cuando ya todo está perdido, le dirá a su hermano: “resulta muy difícil concretar qué es lo que yo puedo hacer en este mundo… Por eso, durante estos meses difíciles, me he lanzado a hacer lo que hacemos nosotros, los hermanos: escribir un libro”, pues para ella esa es su tabla de salvación económica, a la que se aferra fuertemente. Eso dará lugar al nacimiento de su primera obra editada en Estados Unidos y que llegó a ser “libro del mes”: Siete cuentos góticos.

No obstante, será Memorias de África, publicada en 1937, la que la consagrará definitivamente como escritora. Como dice al final del libro: “no podía dejar África, sino que era el país el que lenta y gravemente se separaba de mí”.

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