Anne Michaels. La música de las palabras. El canto de los refugiados

Un momento pasa; con todas sus posibilidades. Todo lo que el amor nos permite y lo que no nos permite.

Anne Michaels 

Anne Michaels, esa gran autora canadiense, ganadora de tantos premios y traducida a tantos idiomas que sería prolijo enumerar aquí, nació en Toronto en abril de 1958. Como muchos comentaristas señalan, yo también la conocí gracias a un artículo de Antonio Muñoz Molina publicado en Babelia en 2010 (año en que Alfaguara editó su libro en España) del que me parecía recordar la frase: “La lectura perfecta en el momento perfecto”. Pero la memoria falla y ahora, al releer textos y apuntes, veo que la cita literal que hacía este autor era “… lectura perfecta… y el libro preciso”.

Porque, el libro que hoy quiero comentar de esta autora, La cripta de invierno, es un libro preciso, y también hoy un libro necesario.

Anne Michaels goza, como Marguerite Yourcenar, del don de la música en la escritura; y no es de extrañar, pues ambas son poetas y prosistas y ambas concilian con extremada honradez y clarividencia esta doble condición en sus escritos. Ninguna es deudora del estilo de la “prosa poética” (el único gran autor de ella es, sin duda, Juan Ramón con su Platero), pero la prosa de ambas está llena de un lirismo que deslumbra. El de Yorcenar denso y de larga frase, el de Michaels muchas veces corto y preciso, como una saeta o, mejor, como el verso de un poema.

Ya el comienzo de La cripta de invierno nos introduce en una escena llena de lirismo: el marido de un joven matrimonio –un ingeniero– pinta por las noches con acuarela en la espalda de su esposa el paisaje del desierto que tiene enfrente o los recuerdos de su Inglaterra natal, mientras esperan y vigilan cómo va a ser trasladado el templo de Abu Simbel y cómo los nubios van a ser desalojados de sus hogares hacia la desolación de una patria desaparecida por la construcción de la presa de Asuán y el desvío del cauce del Nilo.

Desaparición de tierra y casa, traslado de miles de personas, nuevos asentamientos, peregrinaje. Ese es el tema fundamental de este libro entrecruzado con las historias íntimas de sus personajes: el matrimonio, su ruptura, la madre del marido (que cultiva un terreno y dibuja cuentos para niños), el nuevo amante polaco de ella y los nuevos estudios de él –el periodo de la separación de ambos, de la espera y en el que logran reconstruirse, es el período de la “cripta de invierno”–:

Cuando la tierra está demasiado helada como para cavar tumbas…, los muertos esperan en criptas de invierno. Estos edificios siempre tienen una cierta dignidad… porque se construyen con respeto por quienes yacen entre sus muros.

Y esto es lo que hacen, precisamente, los protagonistas (que han vivido una dulce intimidad):

Todo eso le contaba… en esos momentos que son el mortero de nuestros días, recuerdos inocentes que no sabemos que guardamos hasta que se nos concede el regalo del ansia de otra persona por conocernos. […] ya había imaginado, en esos primeros meses, lo que supondría la oportunidad de envejecer con ella: no el pesar por ver cómo su cuerpo iba cambiando, sino el conocimiento privado de todo lo que había sido. A veces, encendido de deseo, sentía que sólo en la vejez tendría al fin posesión completa de su carne joven. Sería su secreto, forjado en todas las noches pasadas uno junto al otro.

Esperar con respeto de su mutua memoria o de su presente y sus nuevas relaciones o sus nuevos proyectos hasta que llega, finalmente, el reencuentro, el “petricor”, el olor de la tierra cuando la lluvia comienza a caer y a empaparla, que es lo que, al final del libro, les sucede, pues, a fin de cuentas:

Sólo con vivir… cambiamos el mundo, y nadie vive sin causar dolor.

Sólo el amor verdadero nos espera mientras atravesamos un duelo. He ahí la verdadera confianza entre las personas. En todas las épicas, todas las historias que han permanecido a lo largo de muchas vidas, siempre hay la misma verdad: el amor ha de esperar a que las heridas se curen. Ésta es la espera que debemos hacer los unos por los otros, no por sentido de la piedad, o para establecer un juicio de valor, sino como si el perdón fuera un punto de encuentro. ¿Cuántos están dispuestos a esperar por otro de esta manera? Muy pocos.

Pero a algunos les es concedido ese don porque:

La suerte está muerta, es la muerte. El destino es líquido, está vivo como un pájaro. Hay consecuencias y hay misterio; y a veces tienen el mismo aspecto. Por mucho autoconocimiento que tengas, no te traerá ninguna paz. Busca otra cosa. De cualquier modo uno no puede perdonarse a sí mismo, es otro quien te ha de perdonar, y por ese perdón puedes estar toda una vida esperando.

Anne Michaels, a través del continuo vaivén del amor entre sus personajes y del desplazamiento y desarraigo de miles de personas, nos introduce en una realidad que hoy, como siempre, nos interpela. Ella lo hace uniendo en una misma historia el traslado del templo de Abu Simbel para la construcción de la nueva presa, la construcción de la vía marítima del río Lawrence en Ontario (y el traslado necesario de muchos asentamientos con sus respectivas iglesias y tumbas), y la devastación y reconstrucción de Varsovia en la Segunda Guerra Mundial. Es decir, la primacía del progreso o de la guerra sobre la vida cotidiana de miles de seres humanos.

No es difícil unir la desolación, la falta de amor y el desarraigo que Anne Michaels nos transmite con la letra de Temistocle Solera (la misma Anne Michales fue también libretista) en la que Verdi se inspiró para componer su “Va pensiero”, el coro de los esclavos judíos de Nabucco:

… el aire dulce de la tierra natal… / mi patria, tan bella y abandonada /… el tiempo que fue… / que inspire el Señor una melodía / que nos infunda valor en nuestro padecimiento.

Pues no otra cosa es lo que sufren los personajes colectivos de este libro, los nubios, los canadienses, los polacos. Asistiendo, impotentes, a la reconstrucción futura de lo devastado, en una mentira imposible, que jamás les hará recuperar “el tiempo que fue”, pues lo que menos quiere un desplazado, como Michaels revela en todo su libro, es un nuevo asentamiento, sea ajeno o reconstruido; lo que anhela es su patria real, “tan bella y abandonada”.

Pensó en los desposeídos abriéndose paso a pie hacia las ruinas de Varsovia, en cómo debieron de detenerse una y otra vez para tumbarse junto a la carretera. […] Siempre, en algún lugar del mundo, hay gente que lleva a cuestas todo lo que posee y que hace un alto al borde de la carretera. Dormir, amar, morir. Siempre hemos yacido de este modo sobre la tierra desnuda.

La tierra no nos pertenece, nosotros pertenecemos a la tierra. Ésa es la verdadera nostalgia del hogar, y ésa es la propiedad de la que disfrutan los muertos. Ningún lugar proclama esto con más certeza que una tumba. En este siglo de refugiados, son nuestros desplazamientos los que nos unen.

Porque todo lo reconstruido, todo nuevo asentamiento, no es más que un engaño que no consuela de la realidad perdida. Como piensa el protagonista ante el traslado de Abu Simbel:

Y aunque el sol al amanecer penetrara en el mismo ángulo en el Gran Templo, y aunque al alba entrara en el santuario el mismo sol […] una vez que la última piedra del templo hubiera sido cortada y trasladada sesenta metros más arriba, y cada bloque hubiera sido sustituido, y cada juntura rellena […] que cuando, en fin, cada rostro real hubiera sido encasillado en su hueco correspondiente, entonces, en la perfección de la ilusión, en la perfección misma, ahí residiría la traición.

Cuando a uno pudieran engañarlo y hacerle creer que se encontraba en el lugar original […] entonces todo lo relacionado con el templo se habría convertido en una falsedad.

Pensamiento que se repite en otra parte del libro, cuando el amante polaco habla de la Varsovia reconstruida casa a casa, pero que no dejaban de ser “otras casas”.

Las viajas calles, el umbral de cada puerta, cada farola, cada escalón, resultaban familiares, y sin embargo no lo eran del todo […] Y en el corazón de todo ello latía un orgullo civil, un júbilo, y una humillación tácita: nuestra necesidad había quedado expuesta, y era del todo inconsolable.

Porque como dice el marido de la protagonista en otro lugar:

… un edificio y el espacio que posee debería ayudarnos a estar vivos, debería permitir el tener consideración con las cosas […] algunos lugares hacen que ciertas cosas sean posibles o incluso probables, no voy tan lejos como para decir que un lugar puede crear un comportamiento, pero de alguna manera sí es cómplice de él. ¿Existe alguna diferencia entre hacer que los acontecimientos sean posibles y crearlos?

Porque algunos edificios generan…

… una libertad repentina que es profunda. Es como enamorarse, el sentimiento de que aquí, aquí por fin, uno podrá ser uno mismo, podrá lograr la verdadera medida de la propia vida, de sus aspiraciones, de sus varios tipos de deseo, y sentir que la bondad moral y el trabajo intelectual son posibles. Una sensación completa de pertenencia a un lugar, a uno mismo, a otro. ¿Todo esto en un edificio? Imposible, pero también, de algún modo, cierto. Un edificio nos da esto, o nos lo puede quitar, como una erosión gradual, como un olvido de partes de nosotros mismos…

Por el contrario:

La simulación es el disfraz perfecto. La réplica, cuyo objeto supuestamente es conmemorar, logra el efecto contrario; permite que se olvide el original.

… la reconstrucción era una desacralización más, tan falsa como la redención sin arrepentimiento.

(Y si esto se sufre ante lo que al fin y al cabo es reconstrucción ¿qué no se sufrirá al vivir en un campo anónimo de refugiados esperando el destino que otros han de decidir?).

Por eso los desplazados asisten al despido de sus casas a orillas del Nilo antes de ser trasladados al nuevo asentamiento:

Miles de personas esperaban en silencio, guardando su pena para sí, no por orgullo ni por vergüenza… sino por desconfianza, como si fuera la última de sus posesiones.

Y en Ontario:

Los hombres y las mujeres de los pueblos perdidos iban en barcas de remo a los lugares donde habían vivido; nadie parecía capaz de resistirse a este impulso.

Los mirlos salían en busca de comida, y luego no podían encontrar sus nidos. Durante semanas estuvieron volando en círculos inquietantes, un retorno continuo, como si pudieran abrir un agujero en el vacío.

El gran pecado del traslado o de la reconstrucción, como se señala en el cambio de lugar de las tumbas, en San Lawrence:

Si movéis su cuerpo, entonces tendréis que mover la colina. Tendréis que mover los campos que hay a su alrededor. Tendréis que mover las vistas desde la cima de la colina y los árboles que él plantó […] Tendréis que mover el sol, porque se pone entre esos árboles. Y mover a su madre y a su padre y a su hermana pequeña […] Todos se hacen compañía unos a otros y esas tumbas son antiguas, así que tendréis que mover la tierra con ellas para asegurarse de no dejar a nadie atrás. ¿Puedes prometerme eso?

Porque, a fin de cuentas:

Nada existe de forma independiente. Ni una sola molécula, ni un pensamiento.

Todo lo que hay en este mundo es lo que ha quedado atrás.

Como atrás han quedado las conocidas muertes:

¿Qué significa respirar por otra persona? Integrarlos en nosotros mismos y darles descanso. Entrar en ellos y darles descanso […] Lo cual es una definición del perdón tan buena como otra cualquiera.

Los orígenes literarios de Anne Michaels fueron la poesía, cuyo ritmo tan bien trasladaría después a sus dos obras en prosa:

Piezas en fuga es según John Berger el libro más importante y bello que había leído en cuarenta años, y que trata sobre un niño judío rescatado de ahogarse en el barro durante el holocausto por un profesor, que luego lo cuidará en la isla griega de Zakinthos hasta el traslado de ambos a Canadá. Porque “no hay nada que un hombre no haga a otro o nada que un hombre no haga por otro”.

Y la que ahora comentamos (escrita, como está, a lo largo de muchos años y mucho más elaborada), tan de actualidad:

… la peor desolación de la guerra –dice Anne Michaels– son los niños que se ven forzados a agarrar la mano de un extraño…” (Entrevista publicada en El País, en mayo de 2010.

Porque, en definitiva, las dos obras tratan de los mismos temas: de la desolación de los desplazados y del amor personal, pues, como dice la autora en La cripta de invierno:

El pasado no cambia, ni cambia tampoco nuestra necesidad de él. Lo que tiene que cambiar es la manera de contarlo.

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