“Pesimismo cósmico”, de Eugene Thacker

Presentamos la traducción del texto pesimista-nihilista, complejo y literario-filosófico, del pensador estadounidense Eugene Thacker, “Pesimismo cósmico” (“Cosmic Pesimism”), en traducción de Miguel Ángel Mozún Campano, revisada por Carlos Javier González Serrano. El director de El vuelo de la lechuza agradece sinceramente a la revista continent. (ISSN: 2159-9920), en especial a Jamie Allen, su generosidad por permitirnos publicar esta traducción. Agradece igualmente la amable atención y disposición de su autor, el profesor Eugene Thacker, con quien el director de esta revista ha estado en amable contacto

Estamos condenados

El pesimismo es el lado nocturno del pensamiento, un melodrama sobre la futilidad de la inteligencia, una poesía escrita en el cementerio de la filosofía. El pesimismo es una falla lírica en el pensamiento filosófico, todo intento de pensamiento claro y coherente, taciturno y sumergido en la oculta alegría de su propia inutilidad. Lo más cercano al pesimismo que llega a [convertirse en] argumento filosófico es el jocoso y lacónico “Nunca lo conseguiremos” o, simplemente, “Estamos condenados”. Todo esfuerzo condenado al fracaso, todo proyecto condenado a lo incompleto, toda vida condenada a ser invivible, todo pensamiento condenado a ser impensable.

El pesimismo es la forma más grave de [hacer] filosofía, frecuentemente despreciado y desestimado como un mero síntoma de una mala actitud. Nadie precisa nunca del pesimismo, en el sentido de que [, por el contrario,] uno [sí] necesita del optimismo para encaminarse hacia las más excelsas alturas y para elevarse a sí mismo, en tanto que uno precisa de un criticismo constructivo, del consejo y del feedback [del punto de vista ajeno], de libros inspiradores o de una palmadita en la espalda. Nadie necesita el pesimismo, a pesar de que me gusta imaginar la idea de un activismo pesimista. Nadie necesita el pesimismo, aunque todo el mundo –sin excepción– ha de confrontarse con él en algún momento de su vida, si no como filosofía al menos sí como lamento –contra uno mismo o los demás, contra lo que le rodea a uno mismo o a la propia vida, contra el estado de cosas o el mundo en general–.

Hay poca redención para el pesimismo, no existe premio de consolación. En definitiva, el pesimismo está cansado de todo, también de sí mismo. El pesimismo es la forma filosófica del desencantamiento; desencantamiento como cántico –un canto, un mantra, una solitaria y monódica voz que se muestra insignificante ante la íntima inmensidad que la rodea–.

El primer axioma del pesimismo es un largo, grave y fúnebre suspiro.

Estamos todavía condenados

Nadie tiene tiempo para el pesimismo. Después de todo, el día sólo contiene algunas horas. Cualquiera que sea nuestro temperamento, dichoso o infeliz, comprometido o despegado, reconocemos el pesimismo cuando lo escuchamos. El pesimista es tenido por lo general como un quejica que señala sin cesar lo que está mal en el mundo sin ofrecer jamás una solución. Aunque, la mayor parte de las veces, los pesimistas son los más silenciosos de los filósofos, pues sumergen sus propios suspiros en el letargo del descontento. El apenas audible sonido que producen no interesa a nadie (“Ya he escuchado eso antes”, “Dime algo que no sepa” –ruido y furia que no significan nada–). Al suscitar problemas sin solución, plantear preguntas sin respuesta, al retirarse a lo hermético –cavernosa morada de la queja–, el pesimismo es culpable del más imperdonable crimen de Occidente: el crimen de no fingir que es real. El pesimismo fracasa en su intento de estar a la altura del principio más básico de la filosofía: el “como si”. Piensa como si fuera a resultar de ayuda, actúa como si marcaras la diferencia, habla como si hubiera algo que decir, vive como si, en efecto, no fueses vivido por una susurrante no-entidad tan sombría como turbia.

Si tuviera más confianza en sí mismo y mejores habilidades sociales, el pesimismo convertiría su desencantamiento en una religión, llamándose posiblemente a sí misma “La Gran Negación”. Pero existe un rechazo en el pesimismo que incluso anula tal “Negación”; una conciencia de que, ya desde el principio, ha fracasado, y de que la cumbre de todo lo que es, es que todo es para nada.

El pesimismo se esfuerza por presentarse mediante los graves y prolongados tonos de una misa de réquiem, o de un canto tibetano de estruendo tectónico. Pero frecuentemente emanan de él algunas notas disonantes, tan lastimeras como patéticas. En ocasiones su voz se agrieta, sus pesadas palabras se reducen abruptamente a meros fragmentos de sonidos guturales.

Tal vez no esté tan mal, después de todo

Que reconozcamos el pesimismo cuando lo escuchamos se debe a que ya antes sabíamos de él –no teníamos que escucharlo como por primera vez–. [Pues] La vida es lo suficientemente dura. Lo que necesita es un cambio de actitud, una nueva mirada, un cambio de perspectiva… una taza de café.

Si no tenemos oídos para el pesimismo es porque siempre puede reducirse a algo tan fielmente mudable como una voz. El pesimismo es tan frecuentemente despreciado porque deprime a todo el mundo, porque empuja a ver cada día como un mal día –si bien lo sea sólo en virtud del hecho de que no es todavía un mal día–. Para el pesimismo el mundo está inundado de posibilidades negativas, [produce] la colisión de un mal humor contra un mundo impasible. De hecho, el pesimismo es el resultado de una confusión entre el mundo y una posición sobre el mundo, una confusión que, además, impide su completa entrada a los sacrosantos salones de la filosofía. Si el pesimismo es por norma tan despreciado es porque resulta frecuentemente imposible separar el “mal humor” de una posición filosófica (¿acaso no tienen todas las filosofías su raíz en el mal humor?).

El mismo término “pesimismo” se refiere a una escuela de pensamiento, a un movimiento, incluso a una comunidad. Pero el pesimismo no ha tenido nunca más que un sólo miembro –tal vez dos–. Idealmente, por supuesto, no cuenta con miembro alguno, o acaso con una sola nota garabateada e ilegible legada por alguien largamente olvidado. Pero esto parece ingenuo, aunque uno puede siempre esperar [lo inesperado].

Anatomía del pesimismo

Si bien podemos situarlo en los márgenes de la filosofía, el pesimismo está tan sujeto al análisis filosófico como cualquier otra forma de pensamiento. El lirismo pesimista del fracaso le da una estructura musical. Lo que el tiempo es a la música del dolor, la razón es a la filosofía de lo peor. Las dos claves principales del pesimismo son el pesimismo moral y el metafísico, sus polos subjetivo y objetivo, una actitud respecto al mundo y una afirmación sobre el mundo. Para el pesimismo moral, hubiera sido mejor no nacer en absoluto; para el pesimismo metafísico, este es el peor de los mundos posibles. Para el pesimismo moral el problema es el solipsismo de los seres humanos, el mundo hecho a nuestra propia imagen, un mundo-para-nosotros. Para el pesimismo metafísico, el problema es el solipsismo del mundo, objetivado y proyectado como un mundo-en-sí-mismo. Ambos tipos de pesimismo están comprometidos filosóficamente: el pesimismo moral por su incapacidad para situar al ser humano en un contexto más amplio y el pesimismo moral por su inaptitud para reconocer la complicidad en la más honda reivindicación del realismo.

Así es como el pesimismo compone su música de lo peor, una universal misantropía sin el anthropos. El pesimismo cristaliza en torno a esta futilidad –es su amor fati, expuesto como forma musical–.

Melancolía de la anatomía

Hay una lógica del pesimismo que resulta fundamental para su sospecha de sistema filosófico. El pesimismo encierra un posicionamiento sobre una condición. En él, todo posicionamiento se reduce a una afirmación o a una negación, al igual que cualquier condición se reduce a lo mejor o a lo peor.

Con Schopenhauer, aquel archipesimista, el pensador donde el filósofo y el cascarrabias se superponen perfectamente, encontramos un decir no a lo peor, un decir no que secretamente codicia un decir sí (a través del ascetismo, el misticismo, el quietismo), incluso si este escondido decir sí [esconde] un horizonte en los límites de la comprensión. Con Nietzsche se da el pronunciamiento de un pesimismo dionisíaco, un pesimismo de la fuerza o la alegría, un decir sí a lo peor, un decir sí a este mundo tal como es. Y con Cioran, otra variación más, fútil y lírica, un decir no a lo peor y un posterior decir no a la posibilidad de otro mundo, aquí o fuera. Con Cioran uno se aproxima, pero nunca alcanza, un absoluto decir no, un elaborado abandono del propio pesimismo.

La lógica del pesimismo avanza mediante tres negativas: un decir no a lo peor (la negativa del mundo-para-nosotros, o las lágrimas de Schopenhauer); un decir sí a lo peor (la negativa del mundo-en-sí-mismo, o la risa de Nietzsche); y un decir no al para-nosotros y al en-sí-mismo (una doble negativa, o el sueño de Cioran).

Llorar, reír o dormir: ¿qué otras respuestas resultan adecuadas para una vida tan indiferente?

Pesimismo cósmico

Ambos, el moral y el metafísico, apuntan a otra clase adicional de pesimismo, uno que no es ni subjetivo ni objetivo, ni para-nosotros ni en-sí-mismo, sino un pesimismo del mundo-sin-nosotros. Podríamos llamarlo pesimismo cósmico… pero esto suena demasiado majestuoso, demasiado asombroso, [posee] un regusto muy amargo del Gran Más Allá. Las palabras vacilan. También las ideas. [Pero, es así,] tenemos un pesimismo cósmico, un pesimismo que es de principio a fin un pesimismo sobre el cosmos, sobre la necesidad y la posibilidad del orden. Los contornos del pesimismo cósmico son un drástico subir y bajar del punto de vista humano, una inhumana orientación en las profundidades del espacio y el tiempo, y todo ello [, a la vez,] oscurecido por un punto ciego, una insignificancia primordial, la imposibilidad de dar cuenta adecuada, en alguna ocasión, de nuestra relación con el pensamiento; todo lo que queda del pesimismo es el deseo de los afectos –agónico, imperturbable, desafiante, recluso, lleno de dolor y agitado en este tablero de ajedrez arquitectónico llamado filosofía, una agitación que el pesimismo trata de elevar al nivel de una forma de arte (aunque lo que suela resultar es una bufonada)–.

Canciones

Canción de la futilidad

Una ética de la futilidad impregna el pesimismo. Sin embargo, la futilidad es diferente de la fatalidad, diferente también del mero fracaso (aunque el fracaso nunca resulte sencillo). El fracaso es una ruptura en el corazón de las relaciones, una fisura entre causa y efecto, una fractura apresuradamente cubierta por el probar y probar de nuevo. Con el fracaso se da sin excepción una plenitud de culpa que recorrer; no es culpa mía, es una dificultad técnica, es una falta de comunicación. Para el pesimista, el fracaso es una cuestión de “cuándo”, no de “si…” –el fracaso como principio metafísico–. Todo marchita y pasa a una oscuridad más negra que la noche, desde el melodramático declinar de la vida de una persona hasta los banales e intermitentes momentos que constituyen cada uno de sus días. Todo lo que se hace se deshace; todo lo dicho y todo lo conocido está destinado a una suerte de olvido estelar.

Cuando proseguimos el camino de manera ascendente, el fracaso se convierte en fatalidad. La fatalidad es el hermetismo de la causa y el efecto. En la fatalidad, todo lo que haces, cualquier cosa que hagas, siempre lleva a un inevitable final y, en última instancia, al final –aunque ese final y los medios para alcanzarlo permanecen envueltos en la oscuridad–. Nada de lo que hagas lo impedirá, porque todo lo que haces conduce a ello. Por eso los efectos de tus acciones permanecen ocultos, incluso cuando te engañas pensando que, por fin, esta vez podrás sortear el orden de los acontecimientos. Planteando una meta, trazando planes y pensando las cosas cuidadosamente intentamos, en un ejercicio diario de prometeanismo, convertir la fatalidad en nuestra ventaja –para obtener un destello de un orden [que, sin embargo, parece] cada vez más y más profundamente enterrado en la estructura del universo–.

Pero también la fatalidad tiene sus comodidades. La cadena de causas y efectos puede estar escondida de nosotros, pero eso es sólo porque el desorden es el orden que aún no vemos; [aquella cadena] es, sencillamente, compleja, [se encuentra] deshilachada y requiere de matemáticas avanzadas. La fatalidad aún se aferra a la suficiencia de cuanto existe… Cuando la fatalidad renuncia a esta idea, se convierte en futilidad. La futilidad surge de la sombría sospecha de que, detrás de la mortaja de la causalidad, nosotros cubrimos el mundo, sólo existe la indiferencia de lo que existe o no existe; todo cuanto haces conduce finalmente a un no-fin, a un abismo irrevocable entre el pensamiento y el mundo. La futilidad transforma el acto de pensar en un juego de suma cero.

Canción de lo peor

En el centro del pesimismo yace el término pessimus, “lo peor”, un término tan relativo como absoluto. Lo peor concierne a aquello tan malo como pueda llegar a ser, “lo peor” como “lo mejor” disfrazado, velado por el paso del tiempo o las vueltas y giros de la fortuna. Para el pesimista, “lo peor” es la propensión por el sufrimiento que gradualmente bloquean cada momento de la vida, hasta que la eclipsa por entero, solapándose perfectamente en la muerte… lo que, para el pesimista, no es un gran “lo peor”.

El pesimismo está marcado por un rechazo a moverse más allá de “lo peor”, algo sólo parcialmente atribuible a una falta de motivación. En el pesimismo, “lo peor” es el terreno que da forma debajo de todo lo existente –las cosas pueden ser peor, y las cosas pueden ser mejor–. “Lo peor” implica invariablemente un juicio de valor, uno hecho en base a escasa evidencia y poca experiencia; de este modo, la mayor némesis del pesimismo es su orientación moral. Las proposiciones morales tienen toda la gravitas [gravedad] de un mal chiste.

Tal vez esto responda a por qué los verdaderos optimistas son los más severos pesimistas –son optimistas que se han quedado sin opciones–. Están además extasiadamente inundados por lo peor. Tal optimismo es la única posible salida de un prolongado periodo de sufrimiento, físico o metafísico, intelectual o espiritual. Pero ¿no describe  esto todos los juicios y tribulaciones de cada día –en concreto, de la “vida”–? Parece que más tarde o más temprano estamos todos condenados a ser optimistas de esta clase ([este es] el más depresivo de los pensamientos…).

Canción de la perdición

Más que servir como una causa para la desesperación, la penumbra y la maldición son las formas [el camino] de consolación para cualquier filosofía pesimista. Ni pocos afectos ni pocos conceptos, la penumbra y la maldición transforma el pesimismo en una mortificación de la filosofía.

La condena no se refiere simplemente a que todas las cosas acabarán mal, sino a que todas las cosas, inevitablemente, tendrán un final, independientemente de si alcanzan o no alcanzan un final. Lo que emerge de la condenación es un sentido de lo no-humano como un atractivo, un horizonte alrededor del cual lo humano es fatalmente recogido. La condenación es dejar lo humano a lo no humano en un acto de auto-abnegación cristalina.

La penumbra no es simplemente la ansiedad que precede a la condena. La penumbra es literalmente atmosférica, climática, tanto como una impresión, y si la gente es también penumbra, esto es simplemente lo producido por una atmósfera anodina que sólo incidentalmente envuelve a los seres humanos. La penumbra es más climatológica que psicológica, la materia de lo tenue, sombrío, brumoso, de los cielos cubiertos, de tumbas descuidadas y en ruinas, de una neblina, una letárgica niebla que mueve con la misma languidez que nuestra propia escucha flexionada y taciturna a un mundo indiferente.

En un sentido, la penumbra es el contrapunto de la condenación –lo que la futilidad es para lo primero, la fatalidad es para el último–. La condenación está marcada por la temporalidad –todas las cosas [son] precariamente atraídas hacia su final–, mientras que la penumbra es la austeridad de la calma, todas las cosas tristes, estáticas y suspendidas, un serpenteante humo que se cierne sobre las frías piedras con liquen y los húmedos abetos. Si la condenación es el terror de la temporalidad, la penumbra es el horror de la inmovilidad que se cierne, [y] que es la vida.

A veces me gusta imaginar que esta sola comprensión es el hilo que conecta el vertedero de cadáveres Aghori y a los poetas en el cementerio.

Canción del rencor

Hay una intolerancia en el pesimismo que no conoce límites. En el pesimismo, el rencor comienza por fijarse sobre un particular objeto de rencor –alguien que uno apenas conoce, o alguien que uno conoce demasiado bien–. Un rencor por esta persona o por toda la humanidad; un rencor banal o maravilloso; un rencor hacia un vecino ruidoso, un perro que aúlla, un batallón de carritos de bebé, el serpenteante idiota que camina frente a ti con su smartphone, las largas y ruidosas celebraciones, las traumáticas injusticias en cualquier parte del mundo regurgitadas en un bombardeo mediático, rencor por la gente absorta y excesivamente performativa hablando demasiado alto en la mesa de al lado, las dificultades técnicas y el diagnóstico de averías, la reducción de todo a las marcas, rencor hacia los que rechazan admitir sus propios errores, hacia los libros de autoayuda, hacia la gente que lo sabe absolutamente todo y se asegura de decírtelo, hacia todo el mundo, todos los seres vivos, todas las cosas, el mundo, el planeta lleno de rencor, la necedad de la existencia…

El rencor es el motor del pesimismo porque es muy igualitario y muy expansivo, corre frenético, tropezando a través de intuiciones que pueden tan sólo ser tibiamente llamadas filosóficas. El rencor carece de la confianza y la claridad del odio, pero también carece casi por completo del juicio cordial del disgusto. Para el pesimista, el más pequeño detalle puede ser una indicación de una futilidad metafísica tan vasta y fúnebre que eclipsa el pesimismo en sí mismo –un rencor que el pesimismo sitúa cuidadosamente más allá del horizonte de la inteligibilidad, como la experiencia del crepúsculo, o como la frase “llueven joyas y dagas”–.

Canción del sueño

Una paráfrasis de Schopenhauer: lo que la muerte es para el organismo, el sueño lo es para el individuo. Los pesimistas sueñan no porque están deprimidos, sino porque dormir es para ellos una forma de práctica ascética. Dormir es la askesis del pesimismo. Si, mientras dormimos, tenemos un mal sueño, nos despertamos abruptamente, y de repente los horrores de la noche se desvanecen. No hay razón para pensar que no suceda lo mismo con el mal sueño que llamamos “vida”.

Canción del dolor

En sus observaciones sobre el pesimismo, Nietzsche reprobó una vez a Schopenhauer por tomar las cosas muy a la ligera. Escribe:

… Schopenhauer, a pesar de pesimista, realmente tocaba la flauta. Cada día, después de cenar: uno debe leer su biografía sobre esto. Y secundariamente: un pesimista, uno que niega a Dios y al mundo pero que se detiene ante la moralidad –quién afirma la moralidad y toca la flauta… ¿Qué? ¿Es esto en serio –un pesimista?

Sabemos que Schopenhauer poseía una colección de instrumentos, y también sabemos que Nietzsche compuso él mismo música. No hay razón para pensar que ninguno de ellos borraría alguna vez la música de la República de la filosofía.

Pero las burlas de Nietzsche hacia Schopenhauer son más sobre música que sobre pesimismo. Para el pesimista que dice no a todo y todavía encuentra consuelo en la música, el decir no del pesimismo sólo puede ser un débil modo de decir sí –el más pesado enunciado socavado por la réplica más ligera–. Lo menos que Schopenhauer podría haber hecho es tocar el bajo.

No soy un gran fan de la flauta o, para el caso, de instrumentos de viento en general. Pero lo que Nietzsche olvida es el rol que la flauta ha jugado históricamente en la tragedia griega. En ésta, la flauta (aulós) no es un instrumento de levedad y alegría, sino de soledad y dolor. El aulós griego no sólo expresa la aflicción de la pérdida trágica, sino que lo hace en un modo que retrata el llanto y el canto, inseparables el uno del otro. La clasicista Nicole Loraux llamó a esto la “oración fúnebre”. Dejando aparte la mayoría de los rituales civiles oficiales del duelo funerario, la oración fúnebre de la tragedia griega amenaza constantemente con disolver la canción en el lamento, la música en el quejido, y la voz en una primordial y desarticulada anti-música. La oración fúnebre delinea todas las formas de sufrimiento –lágrimas, lloro, sollozo, lamento, quejido y las convulsiones del pensamiento–, reducidas a una elemental inteligibilidad.

En el espacio colapsado entre la voz que habla y la voz que canta, el pesimismo descubre su oración fúnebre. Pesimismo: el fracaso del sonido y el sentido, la desarticulación de foné y logos.

¿Hemos rescatado a Schopenhauer de Nietzsche? Probablemente no. Tal vez Schopenhauer tocaba la flauta para recordarse a sí mismo la función real de la oración fúnebre –dolor, suspiros y quejas producidas indistinguibles de la música, el derrumbe de lo humano en lo no-humano. El fracaso par excellence del pesimismo–.

Canción de la nada

En el pensamiento budista, la Primera Noble Verdad de la existencia está encapsulada en el término Pali dukkha, convencionalmente traducido por “sufrimiento”, “dolor” o “miseria”. Las enseñanzas budistas son claras, de cualquier forma, en que ésta es una afirmación objetiva, y no simplemente un punto de vista entre otros. La existencia es sufrimiento y dolor –y ésta todavía no es, nos dice la enseñanza, una actitud pesimista–.

Es probable que Schopenhauer, leyendo los textos budistas disponibles para él, reconociera cierta filiación con el concepto dukkha. Pero dukkha es un término polifacético. Se da, ciertamente, dukkha en el usual sentido de sufrimiento, conflicto y pérdida asociado con vivir una vida. Pero éste es, en cambio, dependiente de la finitud y temporalidad del dukkha, [pues] la existencia está determinada tanto por la no-permanencia como por la imperfección. Y esto, finalmente, señala la forma en la que ambos, sufrimiento y finitud, están fundados en la paradójica ausencia de fundamento del dukkha como principio metafísico –la insustancialidad y el vacío de todo lo que es–. Más allá de lo que es peor para mí, más allá de un mundo ordenado para lo peor, está el vacío del dukkha como un sufrimiento impersonal… las lágrimas del cosmos.

En este contexto, es fácil ver cómo el pesimismo de Schopenhauer intenta comprimir todos los aspectos del dukkha en una nada en el núcleo de la existencia, una Noluntad (willessness) que se desarrolla a través de la Voluntad. Aunque si una cosa es cierta es que con Schopenhauer no encontramos el semblante de “eterna sonrisa” del budismo –¿o sí?–.

Los textos de Canon Pali también contienen listas de diferentes tipos de felicidad –incluida la felicidad de la renuncia y la extraña felicidad de la indiferencia–. Pero el budismo considera incluso los diferentes tipos de felicidad como parte del dukkha, en este sentido final de nada o vacío. Tal vez Schopenhauer entendió el budismo mejor de lo que usualmente se le acredita. Así, el experimento de la filosofía de Schopenhauer –el punto en el que un pessimus occidental y un dukkha oriental se solapan o intercambian miradas–. Dolor vacío, un lirismo de la indiferencia. El resultado es una extraña y, finalmente, insostenible, forma nocturna del budismo.

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Cioran llamó una vez a la música la “física de las lágrimas”. Si esto es verdad, entonces tal vez la metafísica es su comentario. O su apología.

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El pesimismo sería más místico si no fuera por su derrotismo. El misticismo es demasiado activo para el pesimista, y el pesimismo demasiado pasivo incluso para el místico. Al mismo tiempo, hay algo inviable respecto al misticismo –a pesar de sus sufrimientos–. Hay un sentido en el que los pesimistas son realmente místicos fracasados.

Tú, la noche y la música

En un sugestivo pasaje, Schopenhauer señaló una vez que “la música es la melodía para la cual el mundo es el texto”.

Dada la visión de Schopenhauer sobre la vida –que la vida es sufrimiento, que la vida humana es absurda, que la nada anterior a mi nacimiento es igual a la nada posterior a mi muerte–, dado todo esto, uno se pregunta qué clase de música tenía Schopenhauer en mente cuando describió la música como una melodía cuyo texto es el mundo –¿era una ópera, una misa de réquiem, un madrigal, o tal vez una canción de borrachera? ¿O algo parecido a la Pequeña Serenata Nocturna (Eine kleine Nachtmusik), una pequeña música nocturna para el pensamiento crepuscular, un nocturno lúgubre para el lado oscuro de la lógica, una era de alas tristes cantada por una banshee solitaria?–-

Tal vez la música que Schopenhauer tiene en mente es la música deshecha en no-música. Un susurro sería suficiente. Quizás un suspiro de fatiga o resignación, tal vez un gemido de desesperación o dolor. Tal vez un simple sonido lo suficientemente articulado para que pueda ser oído disiparse.

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Enséñame a reír a través de las lágrimas.

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El pesimismo siempre se queda corto para ser filosófico. Me duele la espalda, me duelen las rodillas, no pude dormir la última noche, estoy estresado y creo que finalmente me estoy viniendo abajo con algo. El pesimismo abjura de toda pretensión hacia el sistema – hacia la pureza del análisis y la dignidad de la crítica–. No pensamos en serio que pudiéramos solucionarlo, ¿o sí? Fue simplemente un pasatiempo, hacer un pis, un quehacer, un gesto atrevido puesto en frente en toda su fragilidad, de acuerdo a reglas que habíamos acordado olvidar y que habíamos inventado antes que nada. Un pensamiento marcado por una incomprensión sombría que lo precede, y una futilidad que lo mina. Ese pesimismo se expresa en cualquier voz, es el testimonio cantado de esta futilidad y esta incomprensión –arriésgate y sal afuera, pierde algo de sueño y di que lo intentaste…–.

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¿Hay una música del pesimismo? ¿Sería audible esa música?

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El impacto de la música sobre una persona la fuerza a poner su experiencia en palabras. Cuando esto falla, el resultado es una quiebra del pensamiento y un lenguaje que es en sí mismo una clase de música. Cioran escribe: “La música lo es todo. Dios mismo no es otra cosa que una alucinación acústica”.

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Si un pensador como Schopenhauer tiene alguna cualidad redentora, es que él ha identificado la gran mentira de la cultura occidental –la preferencia por la existencia sobre la no-existencia–. Como él mismo indica: “Si llamásemos a las tumbas y preguntásemos a los muertos si quieren volver a levantarse de nuevo, ellos negarían con la cabeza”.

En la cultura occidental está comúnmente aceptado que uno celebra el nacimiento y lamenta la muerte. Pero debe haber un error aquí. ¿No tendría más sentido lamentarse por el nacimiento y celebrar la muerte? Aunque es extraño, porque el lamento por el nacimiento duraría, probablemente, la vida entera de la persona, de tal forma que el lamento y la vida serían la misma cosa.

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A la idea musical de la armonía del universo corresponde el principio filosófico de la razón suficiente. Como la música del duelo, el pesimismo da voz a la inevitable quiebra de la palabra y la canción. De esta manera, la música es la insinuación del pensamiento. 

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Los santos patronos del pesimismo

Los santos patronos del pesimismo velan por el sufrimiento. Lacónicos y sufrientes, los santos patronos del pesimismo nunca parecen hacer un buen trabajo en proteger, interceder o defender a aquellos que sufren. Tal vez ellos nos necesitan más a nosotros que nosotros a ellos.

No lo debemos olvidarnos, existen santos patronos de la filosofía, pero sus historias no son muy felices. Está, por ejemplo, santa Catalina de Alejandría o Catalina de la Rueda, del siglo cuarto, llamada así por el instrumento de tortura utilizado contra ella. Una escolar precoz de catorce años, Catalina, fue sometida a una persecución continua. Después de que todas las formas de tortura fallaran –incluida la “rueda despedazadora”–, el emperador decidió finalmente decapitarla, un violento y apropiado recordatorio de la protectora de los filósofos.

Hay también santos patronos de la música y los músicos, pero las suyas son también tristes historias. En el siglo segundo, santa Cecilia fue también sujeta a persecución y tortura. Al arrodillarse para recibir la hoja que separaría su cabeza de su cuerpo, se puso a cantar ardientemente una canción a Dios. Se necesitaron tres intentos antes de que fuera completamente decapitada, durante ese transcurso ella continuó, quizás milagrosamente, cantando.

¿Acaso no merece el pesimismo sus propios santos patronos? ¿No serán incluso éstos dignos de martirio? Pero, en nuestra búsqueda, incluso en los más ardientes negadores es frecuente el sufrimiento causado por lapsus de breves momentos de entusiasmo – Pascal y su amor a la soledad, Leopardi y su amor a la poesía, Schopenhauer y su amor a la música, Nietzsche y su amor a Schopenhauer, etc.–. ¿Debe entonces uno poner el foco en obras individuales del pesimismo? Podríamos incluir la trilogía de horror de Kierkegaard –La enfermedad mortal, El concepto de la angustia y Temor y Temblor–, pero todas éstas se encuentran minadas por sus autores inventados y de poca confianza. Además, ¿cómo puede uno separar al pesimista del optimista en obras como Del sentimiento trágico de la vida de Unamuno, Potestas Clavium de Shestov o la poco leída La filosofía del desencanto de Edgar Saltus? Incluso en los casos donde el corpus entero de un autor es pesimista, el proyecto siempre parece incompleto –lo atestigua la trayectoria de Cioran, desde su primera obra, En las cimas de la desesperación, hasta su último cuaderno de notas no publicado de punzantes y tensos aforismos–. Y eso por no hablar del pesimismo literario, desde el dolor del Werther de Goethe, hasta el hombre del subsuelo de Dostoievski, el inquieto escritorzuelo de Pessoa, el spleen y el ennui de Baudelaire, el satanismo místico de Huysmans y Strindberg, las “hauntologías” de Mário de Sá-Carneiro, Izumi Kyoka, H. P. Lovecraft, el viejo cascarrabias de Beckett… incluso los grandes comediantes pesimistas. Todo lo que queda son singulares, tal vez anómalas, declaraciones de pesimismo, una letanía de citas y referencias embutidas en galletas de la fortuna.

Los santos patronos son tradicionalmente nombrados según una localización, ya sea por el lugar de nacimiento como por el de una experiencia mística. Quizás el mejor enfoque sea atender a aquellos lugares donde los pesimistas fueron forzados a vivir su pesimismo –Schopenhauer encarando una sala de conferencias vacía en Berlín, Nietzsche silenciado y convaleciente en casa de su hermana, Wittgenstein como profesor retirado a jardinero solitario, Cioran peleando con el alzhéimer en su diminuto rincón de escritura en el Barrio Latino–.

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Hay un fantasma que crece dentro de mí, dañado en el proceso, y hay una caza surgida de la necesidad, elíptica y ahogada. Donde el silencioso movimiento de nuestro insomnio ofrece cada pensamiento, hay un campo luminoso de inercia gris, y los sueños de obsidiana arden hasta el fin.

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Si el pesimismo tiene algún valor pedagógico, es que el fracaso del pesimismo como filosofía está inextricablemente asociado al fracaso del pesimismo como voz. Leo lo siguiente, de Apoteosis de lo infundado, de Shestov:

Cuando una persona es joven escribe porque le parece que ha descubierto una nueva verdad todopoderosa que debe contarle apresuradamente a la desolada humanidad. Después llega a ser más modesto, comienza a dudar de sus verdades: y entonces trata de convencerse a sí mismo. Pasan unos pocos años, y sabe que estaba equivocado por completo, así que no hay necesidad de convencerse a sí mismo. A pesar de todo, continúa escribiendo, porque no ha sido ejercitado para hacer otra cosa, y ser contabilizado entre las personas superfluas es demasiado horrible.

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4 comentarios en ““Pesimismo cósmico”, de Eugene Thacker

  1. Vaya, hay una idea que ronda mi cabeza y que llamo Indiferencia Cósmica, como dice Thacker, originada en una insignificancia primordial, en la imposibilidad de que un sentimiento sea correspondido, un sentimiento que se quiere el más bello, el más profundo, el que anudaría un sentido ulterior… Y sin embargo completamente fútil por que no sobrevivirá a la carne y no dejará más que trazos ininteligibles a lo largo de la web. A quien van dirigidos estos pensamientos no los leera y la opinión del resto resulta innecesaria. Aún así, es algo que clama por salir y expresarse. La Gran Negación es pues la afirmación de la vida a pesar de lo que no puede ser o ha dejado de ser, de lo que inclusive nunca fue. Mi vida es a pesar de lo que no fue

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  2. Eugene Thacker muestra al final un itinerario de lecturas con presencias pesimistas: Pascal, Leopardi, Schopenhauer, Nietzsche, Kierkegaard, Unamuno, Shestov, Edgar Saltus, Cioran, Goethe, Dostoievski, Pessoa, Baudelaire, Huysmans y Strindberg, Mário de Sá-Carneiro, Izumi Kyoka, H. P. Lovecraft, Beckett… Parece que el pesimismo ha ido acompañando, como bajo continuo, diferentes pensamientos literarios y filosofías en el s.XX. Me parecen ejercicios de dotación de sentido completo, hechos sobre una cuerda de equilibrista, que sin origen ni fin, pende en un absurdo abisal.

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