Epicuro: en busca del humano placer

Epicuro-García-Gual-AlianzaEpicuro ha sido un autor muy maltratado por la tradición filosófica. Sobre todo en Occidente, donde el imperio del pensamiento judeocristiano ha hecho que su legado quede situado, en muchas ocasiones, en un incomprensible ostracismo. Como explica Carlos García Gual en su fundamental estudio (Alianza Editorial) sobre el filósofo griego, Epicuro ha sido “trivializado por una tradición exegética hostil, por motivos ideológicos, y por las versiones rutinarias de los manuales más o menos académicos”. Sin embargo, su pensamiento se muestra del todo contemporáneo, moderno, actual, interpelante y, en algunos puntos, disidente. Al decir de García Gual, “se trata de una filosofía postaristotélica que contempla críticamente el desconcierto de los grandes idearios heredados, y ante esta crisis pretende construir un nuevo sistema, donde la coherencia importa más que la originalidad”.

Epicuro es hijo de su tiempo. Un tiempo plagado de circunstancias turbulentas, agridulces para su país natal, repleto de sucesos bélicos y sociales que hicieron cambiar la opinión establecida sobre el Estado y el individuo (y el papel de éste en aquél). Hijo de padres atenienses, y procedente de la isla de Samos, llega a Atenas por vez primera en el año 323 a.C. para cumplir con sus obligaciones cívicas y militares. Ese mismo año, el 10 de junio, muere Alejandro Magno, lo que desencadenará numerosos acontecimientos políticos que cambiarán para siempre la configuración mental de los griegos. Epicuro asiste así al declive democrático de Atenas, ya iniciado tras la desaparición de Sócrates, pero culminado definitivamente tras la muerte del magno emperador.

El ocaso de la democracia trae consigo una nueva forma de pensar la polis y la relación del ciudadano con ella. Aunque en gran parte las tradicionales ciudades griegas conservaron su estructura, y mientras surgían nuevas y enormes metrópolis (como el caso de Alejandría o Antioquía), desapareció, sin embargo, el sentimiento de pertenencia a una comunidad autosuficiente y libre. Como cuenta de manera brillante García Gual, “desapareció la solidaridad entre los miembros de la comunidad cívica, a medida que aumentaba la lucha de clases en su aspecto más primario, el del enfrentamiento entre ricos y pobres”. En respuesta, aduce García Gual, “se desarrolla un creciente individualismo. En la crisis ciudadana el individuo trata de procurar sólo por sí mismo, por su familia y sus bienes, desentendiéndose de los demás. Los filósofos de la época helenística ya no se dirigirán a los ciudadanos (como hacía Sócrates), sino a los individuos como personas aisladas en un universo desastrado”. Un aspecto que, como observamos en la siguiente cita, afectó profundamente a Epicuro y a su manera de dar a conocer su pensamiento:

La solución más sencilla para lograr la seguridad frente a los hombres, que hasta cierto punto depende de una capacidad eliminatoria, es la seguridad que proporciona la tranquilidad y aislamiento del mundo. […] En las cuestiones generales a toda la humanidad la justicia es la misma para todos, pues es una cosa que viene bien en los tratos de unos con otros, pero en las cuestiones propias de un país y de cualesquiera otros condicionamientos no se deriva que la misma cosa sea justa para todos.

Epicuro Obras completas CátedraEn el mismo sentido se expresa José Varas, editor y traductor de la obra epicúrea (publicada excelentemente en Cátedra): “La sociedad helenística estaba gravemente enferma, aquejada de males orgánicos y psíquicos. Y con intención de devolverle la salud perdida aparecen numerosos médicos, cada uno de ellos provisto de su particular terapia”. No otra va a ser la intención de Epicuro al presentar su filosofía: de nada sirve hacer filosofía si no puede ayudar a curar los males individuales y, de paso, las dolencias sociales. Aunque, desde luego, partiendo siempre del ser humano singular, a quien Epicuro dirige sus sentencias.

Debemos ser críticos con las costumbres y dogmas heredados. Nuestra obligación como seres pensantes es la de no desviarnos deliberadamente de nuestro fin natural, que a juicio de Epicuro no es otro que el de obtener placer, tarea que dejamos en muchas ocasiones de lado a fuerza de seguir los preceptos y convenciones sociales. Un punto en el que, sin duda, Epicuro se aproxima al cinismo de Diógenes, aunque, mientras éste tenía una intención revolucionaria y escandalizadora, Epicuro desea reconducir mentes, no provocar la temida στάσις (la disgregación de los miembros de la sociedad y, en último término, la guerra civil).

La sociedad ha creado máscaras que nos impiden ver y seguir nuestros instintos naturales. Por eso, “hay que liberarse de la cárcel de los intereses culturales y de la política”. Es en este asunto donde peor ha sido interpretado Epicuro, al que se ha tachado de manera cicatera e injusta de desaforado hedonista. El hedonismo es sin duda la etiqueta que más le cuadra, si bien se trata de una búsqueda moderada, razonada, de placer, que conduzca a la ansiada αὐτάρκεια (autarquía, autosuficiencia). Es el propio Epicuro el que, en la Carta a Meneceo, nos saca de toda duda en este extenso y fundamental fragmento:

Precisamente consideramos un gran bien a la autosuficiencia, no para que siempre nos sirvamos de poco sino para que, en caso de que no tengamos mucho, nos contentemos con poco, auténticamente convencidos de que más placenteramente gozan de la abundancia quienes menos tienen necesidad de ella y de que todo lo natural es fácilmente procurable y lo vano difícil de obtener. Además los alimentos sencillos proporcionan igual placer que una comida costosa, una vez que se elimina del todo el dolor de la necesidad, y pan y agua procuran el máximo placer cuando los consume alguien que los necesita. Acostumbrarse a comidas sencillas y sobrias proporciona salud, hace al hombre solícito en las ocupaciones necesarias de la vida, nos dispone mejor cuando, alguna que otra vez, accedemos a alimentos exquisitos, y nos hace impávidos ante el azar.

epicurus

Epicuro propugna pues un hedonismo casi ascético, mediado siempre por el ahínco de conseguir una existencia libre y autárquica: “Una vida libre –afirma el filósofo– no puede adquirir grandes riquezas por no ser asunto fácil de conseguir sin servilismos al vulgo y a los poderosos, pero ya lo posee todo con su continua liberalidad”. En palabras de García Gual, “las necesidades naturales son los motivos principales de dolor y placer, pero es fácil satisfacerlas. En cambio, todo lo superfluo requiere infinitos cuidados. El consejo de Epicuro es sencillo: gocemos de lo que nos es dado, pero distingamos bien entre lo más importante y lo accesorio, y sepamos pasarnos sin esto cuando no nos lo ofrezca la ocasión, sin molestarnos ni añorarlo”.

No hay una vida gozosa sin una sensata, bella y justa, ni tampoco una sensata, bella y justa, sin una gozosa. Todo aquel a quien no le asiste este último estado no vive sensata, bella y justamente, y todo aquél a quien no les asiste lo anterior, ése no puede vivir gozosamente.

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