El libro como arma contra el totalitarismo

En su Introducción a la historia del libro, D. Finkelstein y A. McCleery aseguraban que “la historia del libro es trascendental por todo aquello que nos revela sobre la evolución humana”. Los derroteros no sólo culturales, sino también políticos, económicos y desde luego filosóficos por los que ha transitado nuestra historia no pueden entenderse sin comprender, a su vez, las formas que hemos tenido disponibles para dejar plasmados en papel (en piedra, en madera, en la arena) nuestros pensamientos.

¿Existe, en este sentido, una suerte de “filosofía del libro”, del texto escrito? Ya Platón recordaba en el Fedro la crítica a la cultura escrita que el propio Sócrates, su maestro, llevaba a cabo en términos absolutamente actuales:

Y ahora tú, precisamente, padre que eres de las letras, por apego a ellas, les atribuyes poderes contrarios a los que tienen. Porque es olvido lo que producirán en las almas de quienes las aprendan, al descuidar la memoria, ya que, fiándose de lo escrito, llegarán al recuerdo desde fuera, a través de caracteres ajenos, no desde dentro, desde ellos mismos y por sí mismos. No es, pues, un fármaco de la memoria lo que has hallado, sino un simple recordatorio.

Woman Reading in a Study, by Mary Ferris Kelly

La pregunta está servida: ¿qué puede ofrecernos una reflexión sobre la manera en que queda recogido materialmente el mundo abstracto? A juicio de Fernando Báez, autor de Los primeros libros de la humanidad (Fórcola, 2013), los libros modifican la propia historia que permite que ellos mismos cambien, es decir, que los documentos escritos se convierten, de alguna manera, en un elemento a tener en cuenta para evaluar el transcurso histórico del ser humano.

El libro es un instrumento perfeccionado por la evolución cognitiva-adaptativa, como resolución de la profunda necesidad social explícita de plasmar una guía más duradera en la supervivencia de la transmisión de corrientes de ideas, datos o narrativas. El libro reafirma el lazo de identidad que proporciona el lenguaje y es un producto de la cooperación asociativa (Fernando Báez, Los primeros libros de la humanidad).

Los primeros libros de la humanidadSon numerosas las voces catastrofistas que, con la masiva aparición y consolidación de los e-books, no han tardado en preconizar la desaparición de los libros en papel. Sin embargo, explica Báez, y aunque nos parezca paradójico, también en tiempos de Gutenberg existieron críticos de la imprenta, fundamentalmente grandes bibliotecarios y amanuenses que “defendieron con argumentos poderosos la actividad del escriba y predijeron la ruina de los libros impresos”, lo que, a juicio de este autor venezolano, denota la reticencia de tales personajes sobre la evolución del texto escrito. Una reticencia que se manifiesta actualmente en el debate ciudadano entre el libro electrónico y el libro en papel.

A pesar de que podamos estar de acuerdo con la elocuente afirmación que Umberto Eco presentaba en Nadie acabará con los libros (“El libro es como la cuchara, el martillo, la rueda, las tijeras. Una vez que se han inventado, no se puede hacer nada mejor”), debemos preguntarnos si el texto escrito posee algún tipo de poder o preeminencia sobre aquellos pensamientos que no son materializados y que, de alguna manera, permanecen en una latente invisibilidad. Como informa Báez, “los primeros libros de la humanidad fueron inventados por los secretos escribas sumarios, encubiertos en santuarios o en talleres donde oraban en su lengua cortante, día y noche”, por lo que asistimos a la creación del texto escrito como una manifestación si no sacra, sí al menos ritual.

Horrorizados por la posibilidad de ver su destrucción, los hebreos llegaron a inventar un espacio fantástico en la historia del mundo para enterrar sus textos: el primer cementerio de libros en la geniza de El Cairo, un espacio en la sinagoga destinado a almacenar los manuscritos o ejemplares con versículos o textos sagrados estropeados por accidentes, desgastados o dañados por insectos (Fernando Báez, Los primeros libros de la humanidad).

Sin embargo, se puede decir que el libro ha perdido en la actualidad este carácter casi sagrado, al convertirse en un medio masivo de comunicación que compite con la televisión, la radio o internet. Por eso, frente al imperio de lo tecnológico, Báez se cuestiona cómo es posible que una herramienta confeccionada con pegamento, hilo y papel haya conservado un imperio que, en muchas ocasiones, se vio amenazado. Como apuntaban E. Eliot J. Rose en A Companion to the history of the book, “el libro sobrevive. En sus más de cinco mil años de historia, ha pasado de una forma material a otra y se ha propagado a casi todas las culturas y tiempos. Ha asumido roles y luego los ha abandonado. Ha registrado, informado, entretenido, provocado, inspirado e indignado”.

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Y es que, escribe Fernando Báez, a pesar de la amenaza de la que Bradbury nos hablara en Fahrenheit 451, el poder del libro reside en su dimensión ontológica, en lo que es: una auténtica “tecnología de la memoria” que, desde su creación, han venerado innumerables generaciones. Ya Borges señalaba que “de los diversos instrumentos del hombre, el más asombroso es, sin duda, el libro”, precisamente por su condición mnémica, pues supone una “extensión de la memoria y de la imaginación”.

El invento del libro comenzó como algo sagrado, en el interior de los templos, donde se pedía a los caprichosos dioses del pueblo sumerjo un poco de clemencia ante las sequías o inundaciones que ponían en jaque de forma permanente la arriesgada vida de pueblos y ciudades. […] Tal es, en todo caso, la evolución típica a la que se asiste, desde Egipto hasta China, cuando aparece la escritura: fue una hazaña que se mantuvo como un secreto entre los anónimos escribas que, sin saberlo, cambiaron para siempre la transmisión del conocimiento (Fernando Báez, Los primeros libros de la humanidad).

Además, el libro alberga una fundamental capacidad para organizar y afirmar un tipo de sociedad. Recordemos que el hombre es la única especie de casi seis millones que logró escribir, y en este sentido, la escritura posee para el ser humano una importancia capital: “la formación de las ciudades y los imperios, es decir, la integración de un número considerable de individuos en un sistema político, y su jerarquización en castas y clases es paralela a la de la escritura”, explica Báez.

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Tras varias etapas (creación, consolidación, expansión, popularización y la actual digitalización), el libro constituye, a fin de cuentas, “una metáfora del mundo”. Tal vez porque nos vemos reflejados en la palabra, el poder del libro resida precisamente en el ejercicio de memoria y olvido que nos obliga a hacer permanentemente. Pues, como escribe Báez brillantemente, los libros pasaron a ser desde muy pronto “un talismán, un archivo de vida, un reflejo de la naturaleza como parte del espejo perdido, un símbolo del mundo o el mismo mundo, la versión de un código de la vida como el genoma de la cultura, un sueño individual o solitario”, pero sobre todo, “un peligro para los tiranos”. Una obra, la de Báez, cultural y socialmente necesaria, transida de gran erudición pero cercana para cualquier lector, que encontrará en ella un magnífico y maravilloso recorrido que le conducirá desde los albores del texto escrito hasta el comienzo de la era digital. Volumen entrañable y repleto de anécdotas en lo histórico, pero que sorprende -agradable y contundentemente- en sus conclusiones: el libro, a fin de cuentas, es una arma arromadiza contra el totalitarismo.

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