La Historia de Elsa Morante (1912-1985) es un auténtico testimonio de una de las épocas más oscuras que ha vivido el ser humano. La autora y Alberto Moravia, su marido, huyeron temporalmente de Roma tras el armisticio de septiembre de 1943 y la entrada de los nazis en Roma. Esto supuso una amenaza para los judíos como Morante, también para Moravia por razones políticas. Como decía Morante en su Diario, Mussolini fue para ella providencial: le hizo ser consciente de su condición judía, y supo también lo que es el terror. Pero no escribió una novela sobre esa época hasta casi treinta años después.
Publicada en 1974, La Historia no es sólo un testimonio de los grandes acontecimientos de ese período del fascismo y la Segunda Guerra Mundial. Es también el relato de las vidas que parecen insignificantes en ese gran entramado de la Historia, en mayúsculas. El empeño de la escritora es, precisamente, resaltar las vidas de las personas que quedan engullidas en ese devenir de los acontecimientos. Como ya propusiera el gran novelista italiano Alessandro Manzoni, en su obra Los novios, hay que evitar que en la Historia brillen únicamente los grandes hombres y mujeres, como por ejemplo proponía Heródoto, sino que también lo hagan, aunque sea mediante la literatura, esas pequeñas vidas que pasan desapercibidas en las páginas del devenir humano. Así lo refleja la estructura de esta novela, en la que cada capítulo es precedido por una crónica de los principales acontecimientos históricos, aunque no todos están relacionados con la trama de la obra. Esta voluntad de hacer brillar los personajes anónimos se refleja también en que la autora quiso hacer una edición barata para que cualquiera pudiera acceder en ella.
Elsa Morante fue lectora de Simone Weil. Esta veía en la Ilíada la gran epopeya del conflicto humano, de la destrucción continua, de la fuerza. Y es algo que no es del pasado. Una cita nos ayuda a entender el sentido que esa obra tenía para Weil:
Quienes habían soñado que la fuerza, gracias al progreso, pertenecía en adelante al pasado, han podido ver en ese poema un documento; quienes saben discernir la fuerza, hoy como antaño, en el centro de toda la historia humana, encuentran ahí el más bello, el más puro de los espejos (Simone Weil, «La Ilíada o el poema de la fuerza», en La fuente griega, Trotta: Madrid, 2005, p. 15).
En este espejo se mira la mencionada obra de la escritora italiana. Para Elsa Morante, la Historia es también una continua guerra, si bien el fascismo es uno de sus episodios más terribles. La Historia es la piedra de tropiezo de la humanidad. No es de extrañar, pues, que el subtítulo original de la novela fuera «10.000 años de escándalo». El argumento de la obra surge a raíz de una noticia publicada en un periódico. En un piso del barrio romano del Testaccio, la policía encontró un niño muerto con una madre en estado de shock y un perro que no dejaba que se acercara nadie, al cual tuvieron que matar para poder entrar en la vivienda. Esta noticia da pie a la imaginación de Morante, que desarrolla una trama a partir de la violación de Ida Ramundo, una judía romana, viuda, con un hijo. Ida es violada en 1941 por un soldado alemán que iba camino de África. De esa terrible violencia nace Useppe.
El primer hijo de Ida, Nino, nacido de su matrimonio, pasa por diversas etapas, y simboliza un personaje más bien vitalista. Es aprovechado y oportunista, para él todo lo que coarta su libertad individual es nocivo. Así, pasa de ser fascista a ser comunista y partisano y, finalmente, decepcionado con todo, deviene escéptico y se dedica a vivir de negocios turbios. Muere en un accidente, lo que provoca un duro golpe para su madre y, sobre todo, para Useppe. En sueños, como un Job de ultratumba, Nino acusa a la madre de haberle dado vida. Ida le pide a Dios que Nino descanse; es su manera de afrontar el trauma de la pérdida de su primer hijo.
Al contrario, Useppe es el niño alegre, lleno de imaginación, que, junto con su perro, vive aventuras que sólo están en su mente: imagina escenarios idílicos, entiende las letras de los cantos de los pájaros, así como las palabras de su perra, Bella. Useppe compone poesías, confiesa que le asaltan espontáneamente, sin pensarlo. Todo, para él, incluso la poesía, es como un juego. Useppe representa la inocencia, como si en él se hubiera escondido el paraíso perdido. Sin embargo, su condición de ser fruto de la violencia lo marca desde el nacimiento.

Aunque hay un mal peor. Useppe está aquejado de epilepsia, denominada en la novela como el «Gran Mal». La epilepsia en este caso habla sobre todo de cómo afecta el mal a un niño inocente. Sus ataques inesperados irrumpen en medio de la vida inocente, irreflexiva, del niño. Sus manifestaciones se producen a raíz de que el niño ve, por casualidad, en periódicos y revistas, imágenes del horror, desde personas antifascistas ajusticiadas hasta imágenes del Holocausto.
A partir de entonces, el Gran Mal se manifiesta episódicamente en la vida de ese niño que, aunque interiormente sea edénico, está tan expulsado del paraíso como todos los demás. De hecho, en su paraíso donde oye músicas y cantos de pájaros también hay un ruido de fondo en que suenan los convoyes que se dirigen a Auschwitz. Elsa Morante, lectora de Simone Weil, parece reflejar aquí su opinión de que la inocencia del niño representa el sufrimiento que no tiene explicación. El niño se pregunta el porqué, pero no obtiene respuesta.
Useppe desarrolla una amistad con un judío y partisano adulto, Davide Segre, un personaje que aparece ya avanzada la obra. Para Davide, la conciencia del ser humano es lo que se gana con la expulsión del paraíso. En ella radica su divinidad. En las poesías paradisíacas de Useppe, el amigo de éste ve la unidad del conjunto, gracias a la conciencia humana en que todo se enlaza con todo. Las poesías del niño representan la simpatía universal, Dios entendido como la armonía de la naturaleza: son el Cómo. Recuperar ese paraíso es la anarquía, entendida como un mundo libre de dominio, un estado o comunidad sin tutelas. Esta posibilidad yace en el ser humano: el Mesías ya está entre nosotros, está en cada uno. No hace falta esperarlo. A partir de ahí hay que hacer que se realice el paraíso, que Dios nazca de nosotros, dice Davide Segre. Por ello, responde a la poesía de Useppe con otra suya en que recita tres estrofas de la Divina Comedia, obra que entiende que es el gran Cómo literario. Se trata de estrofas en las que Dante describe el triunfo de Cristo (Paraíso, XXIII) y la visión del empíreo (Paraíso XXX). Sin embargo, inmediatamente, Davide afirma que no quiere que Dios exista. Ni siquiera él mismo quiere existir. Y eso es así porque sabe que todo está echado a perder. Su familia, conducida por los convoyes que de fondo asomaban en las poesías de Useppe, ha muerto en los campos de exterminio. El juego de la poesía muda su rostro para mostrar la realidad de la guerra perpetua. Nadie como Davide lo entiende mejor en esta novela. Si el el ser humano es conciencia, él es la conciencia trágica y atormentada de que el paraíso se ha perdido para siempre.
Davide expresa esta conciencia de pérdida sin remedio en un gran discurso, en una taberna. Allí pronuncia un soliloquio bajo los efectos de las drogas. En realidad, hay algo más profundo: Davide habla desde el delirio que provoca la gran peste que nos afecta a todos. Para Davide, la Historia es la Historia del fascismo. Aquel fascismo era una manifestación extrema de ese fascismo más universal que es el poder, que es siempre burgués. Su culminación última son los campos de exterminio. Y los burgueses, los poderosos, viven expulsados del paraíso sin sentir ninguna vergüenza. No necesitan cubrirse de su mal como Adán y Eva. Pero ese mal burgués, fascista, nos acaba afectando a todos. No hemos escogido el camino de la armonía; nos hemos contagiado del camino de la fuerza y el ansia de dominio. Incluso la defensa contra el fascismo está contaminada, nos hace perder humanidad. Esto se pone de evidencia en el asesinato de un nazi que Davide cometió: «Quien mata a otro mata siempre a un niño». En el momento de la muerte incluso el criminal se reviste de la inocencia perdida y su asesino queda contaminado por el mal que combate. Como defendía Simone Weil en su escrito sobre la Ilíada, el verdadero objetivo de la guerra, incluyendo la muerte misma del enemigo, tiene por objetivo el alma de los combatientes. Esta pérdida del alma es lo que narra esta obra extraordinaria de la escritora italiana.

Cuando llega el final de la vida de Useppe, con los brazos tendidos en forma de cruz, lo único que queda es la revelación de la maldad. Ida, la madre, era una maestra que explicaba Historia como si le fuera algo externo, ajeno, a su propia y diminuta historia. En ese trágico desenlace en que su vida queda en ruinas entiende lo que pretende transmitirnos Elsa Morante: que esa Historia extraña nos moldea sin que apenas nos demos cuenta, hasta que en la pérdida irremediable entendemos que, como sugirió Simone Weil, ese juego siniestro de la guerra iba en serio. Se trata de la conspiración de la Historia contra los inocentes:
Dicen que en ciertos estados cruciales pasan ante los hombres con velocidad increíble todas las escenas de su vida. Ahora en la mente estólida y mal crecida de aquella mujercita, mientras corría a todo correr por su pequeño alojamiento, rodaron también las escenas de la historia humana (la Historia) que percibió como las múltiples espirales de un asesinato interminable. Y hoy la última víctima era su bastardito Useppe. Toda la Historia y las naciones de la tierra se habían concertado para este fin: la ruina del niñito Useppe Ramundo (Elsa Morante, La Historia, Lumen: Barcelona, 2023, p. 909.).
Ida vive el resto de su vida petrificada, en estado de shock. La Historia ha sido también su piedra de tropiezo, su escándalo. Esto ocurre en 1947, cuando las fotografías del horror que vio Useppe cobran vida en los ojos de quienes vuelven, cuyas historias, a diferencia de la de Odiseo, ya nadie quiere escuchar. Elsa Morante añade, para terminar, una crónica de sucesos hasta llegar a 1967, que incluye acontecimientos como la guerra de Vietnam. «Y la historia continúa», asegura. Sólo queda una leve esperanza vertida en unas palabras de Antonio Gramsci que Elsa Morante recoge para dar cierre a su obra: «Todas las semillas han fallado excepto una, que no sé qué será, aunque probablemente sea una flor y no una mala hierba» (Elsa Morante, op. cit., p. 923).





