La crítica como duda: un elogio de la corrosión de la comodidad

Ninguna proposición me asombra, ninguna creencia me ofende, por más opuesta que sea a la mía. No existe fantasía tan frívola y tan extravagante que no me parezca muy acorde a la producción del espíritu humano (Montaigne).

Pensar de forma crítica suele ser una expresión desgastada en casi todos sus usos. Se abusa del automatismo con el que se inserta en discursos, programas, manifiestos. En los ámbitos educativos es ya consigna irreflexiva; en las declaraciones políticas, un clisé deteriorado; en las conversaciones cotidianas, una referencia inútil. Un lugar común denostado por su insignificancia, su carencia de referencialidad.

Casi todos creemos pensar así, pues -condición tácita de nuestra actividad intelectual- supone el principio de todo juicio sobre lo que nos circunda. Pero lo que funda casi todas nuestras apreciaciones no es ni siquiera un pensamiento o una consecuencia derivada de un examen riguroso. Solemos creer, opinar, profesar y, en definitiva, asegurar, bajo un talante ilusorio asumido infalible. Concebimos inferencias ancladas al supuesto de la crítica, pero sólo dogmas, sesgos y atajos confirman nuestros prejuicios. Las conclusiones coinciden, casi siempre, con los credos previos que las sustentan.

Con insistencia en todo caso, la consigna del pensamiento crítico se enarbola como estandarte de toda idea, y tal propósito tiene un aura de confianza y necesidad que pocos se atreven a reprobar. Sin embargo, no se dimensionan sus dificultades, sus exigencias. Pensar de manera crítica implica no una vez, sino muchas, estar dispuesto a pensar de otras formas ajenas a las que nos atraen. La crítica involucra una solicitud poco fácil de sobrellevar: mirar el mundo desde ópticas muy diferentes a las nuestras. He aquí su mayor complejidad. Exige un desdoblamiento, pero no uno en el que los reflejos se copien especularmente. Requiere involucrar lo otro, lo que es ajeno, extraño, diferente. El gran óbice es, pues, la identidad férrea que nos envuelve sin querer dejar de estar blindada. 

En ese sentido, todos solemos profesar una coherencia ineludible, derivada de una conciencia identitaria a la cual no debemos fallar. Creemos igualmente que el sentido crítico deriva de poder habitar esa coherencia y sustentar su presencia al cohesionar nuestros prejuicios, suposición tan vana como frívola. Lo que acontece en la mayoría de las ocasiones es que afianzamos credos para sentirnos seguros, cómodos, profundos incluso. Pensar distinto, desde otras perspectivas que confrontan la unidad a la cual nos adherimos, es fragmentarse, y por eso mismo, de esa fragmentación que corroe la comodidad, se amplía el espectro de observación, aspecto vital de la crítica. No se piensa críticamente desde posiciones abstractas o generales. Los polos dualistas nunca son buenos augurios para el pensamiento, si éste quiere abolir el yugo de estar sometido a doctrinas que administran corrientes automatizadas. 

Los marcos generales suministran una fortaleza inexpugnable para quienes asumen la crítica como un simple rótulo anodino que en absoluto confronta su pathos ideológico. Blanco-negro, derecha-izquierda, capitalismo-socialismo, materialismo-espiritualidad…: tantos bandos inmersos en la incapacidad de ver una realidad más compleja, menos burda. La crítica distingue, opera analíticamente, subvierte las síntesis abstractas que fundan las suposiciones más extravagantes. La crítica expone problemas donde se conjetura una solución; resquebraja los principios que identifican toda certeza. No puede pensarse críticamente si no se duda de lo que se piensa. Dudar es mirar con recelo lo ajeno, y fundamentalmente, lo propio. El convencimiento no bosqueja un buen pronóstico. ¡Qué fortaleza se requiere al asumir lo que se cree como una posibilidad más entre muchas! Los seres humanos no hemos abandonado nuestros impulsos inconscientes. Quizás porque dudar implica disuadir, y la vida requiere movimiento, impulso, acción. Pero también claridad, y esta sólo la proporciona la capacidad de ver las diferencias, la multiplicidad, las tantas singularidades que amplían la riqueza del mundo. La misma que aniquila el espíritu de secta que arruina el discernimiento (el acto de cribar, distinguir) y la subsiguiente capacidad de tomar distancia.

Un pensamiento crítico es justo eso: tomar distancia de posiciones absolutas, inobjetables. Que el escepticismo derive de la posibilidad de observar y examinar con atención, es lo que implica la voz griega σκεπτέος. El escepticismo no niega: busca e inspecciona. Si en alguna oportunidad Montaigne afirmó que «Distinguo» era el componente más universal de su lógica, hacía referencia a la necesidad de no asumir posturas totalizantes que segregaran el mundo en bandos irreconciliables. Desde una postura nominalista y, por lo tanto, analítica, supo enfocar la complejidad de lo que nos rodea. La crítica exige, pues, grados, diferencias, dificultades. 

El arduo compromiso de buscar amplifica el mundo. Se cierra abruptamente cuando se encuentran respuestas que no admiten ser interrogadas. Ninguna afirmación merece esa suerte de condición sagrada a la cual la eleva el creyente incapaz de dudar.  Admitir las grietas de toda postura es, además, poder ver lo distinto sin temerlo, sin aniquilar su presencia. Niega la diferencia quien, sujeto a prejuicios incontrastables, es incapaz de asumir la fragilidad de su discurso y las fortalezas del ajeno. Quien todo lo ve claramente, no ve claramente nada. Las convicciones indiscutibles no nacen de un pensamiento crítico, sino de una parálisis irreflexiva, fascinante para quien no desea extraerse de su holgura intelectual ni de su sistema de creencias. La filosofía, esa exigencia de confrontarnos a nosotros mismos, no permite el reposo. Confronta, subvierte y socava la plenitud vacía de quien, ingenuo, corrió el último velo de la realidad.  

Un comentario en “La crítica como duda: un elogio de la corrosión de la comodidad

  1. El texto interesante y lo que plantea es claro, sin embargo, tuve la sensación de un abuso excesivo de términos que vuelven las paginas intransitables. si lo que se quiere decir es algo tan claro ¿por qué? se hace tan ladrilludo. o tal vez, mi acervo intelectual es demasiado pobre jaja

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