Alegría ante la potencia fragmentadora del miedo

«A quien la esperanza ha abandonado y sólo queda el miedo: eso significa la expresión ‘desperat’ [desesperado]», escribía Schopenhauer en 1838. Cuando somos pequeños preguntamos sin miedo por el porqué de las cosas, aunque más tarde olvidamos deliberadamente esa capacidad. Cuando somos adultos nos atemoriza indagar por el porqué, desenterrar las razones por las que las cosas son como son. Al contrario, la filosofía fomenta una cultura de la pausa, la reflexión y la curiosidad. Hacer filosofía no es un mero pensar las cosas, sino atreverse a fundamentarlas, dar razón de ellas. «La filosofía es una reflexión que no descubre un nuevo objeto, sino una nueva dimensión de todo objeto», escribió Xavier Zubiri.

A este respecto es conveniente recordar las palabras de Sylvia Plath, escritas en su diario en febrero de 1956: «Lo que más miedo me da es la muerte de la imaginación. La inteligencia fotográfica muestra el mundo tal como es de verdad pero, paradójicamente, esa es la única verdad que no vale nada. Lo que yo anhelo es la capacidad de dar forma al mundo». Una reflexión muy similar a esta otra de Susan Sontag en Ante el dolor de los demás: «Las cámaras reducen la experiencia a miniaturas, transforman la historia en espectáculo. Aunque crean identificación, también la eliminan, enfrían las emociones. Crean una confusión sobre lo real que resulta moralmente analgésica».

Existe toda una industria dedicada a hacernos sentir inseguros que, a cambio de la compra de servicios (cámaras en casa, seguros de vida, terapeutas online 24 horas…), promete darnos seguridad. Nuestro deseo como objeto de consumo al servicio de la imposición del miedo y la incertidumbre. El miedo nos aturde e incapacita para tomar decisiones, es una potencia antisocial que nos hace olvidar nuestra capacidad para compartir pensamientos y palabras con los otros. El miedo es un eficaz instrumento para entristecernos, para que sospechemos los unos de los otros, para que compitamos y veamos al otro como un enemigo al que hay que vencer o derrocar. A este respecto, la filosofía y su irreprimible fuerza cuestionadora y disidente pueden ser un antídoto contra el imperio del miedo.

Qué presentes se nos hacen en este punto aquellas imborrables palabras de Simone Weil en La persona y lo sagrado: «Escuchar a alguien es ponerse en su lugar mientras habla. Es una atención intensa, pura, desinteresada, gratuita, generosa. Esa intención es amor. La belleza es el misterio supremo aquí abajo. Es un resplandor que reclama atención». El campo de lo común se funda en la pluralidad humana, como señaló Hannah Arendt, pero cuando aparece el miedo, desaparece también el escenario de lo público. Nos recluimos en nuestras casas porque pensamos que nada se puede cambiar, que es inútil pensar o actuar para transformar las reglas del juego. Muy bien lo sabía Alejandra Pizarnik, como leemos en este poema:

Qué haré con el miedo
Qué haré con el miedo

Ya no baila la luz en mi sonrisa
ni las estaciones queman palomas en mis ideas
Mis manos se han desnudado
y se han ido donde la muerte
enseña a vivir a los muertos.

Hoy más que nunca, el pensamiento comprometido se convierte en una potencia contra el miedo y su perverso imperio. La filosofía nos invita a reflexionar sobre nuestras preocupaciones colectivas bajo el signo de la esperanza, de un futuro mejor, de un futuro distinto, divergente, contrahegemónico. Nos invita a hermanarnos y a conjurarnos –en común– frente a la injusticia social y la desigualdad. La filosofía y su inextinguible empuje cuestionador pueden ser un antídoto contra el miedo. En una sociedad dominada por la felicidad y el imperativo de ser felices, hemos olvidado la importancia de la alegría. La dictadura de la felicidad fomenta el miedo por no alcanzar los imperativos y expectativas sociales, mientras que la alegría derriba los muros del miedo y crea lazos de generosidad.

El nuevo (y sigiloso) totalitarismo occidental no nos impone silencio, todo lo contrario: nos empuja a generar ruido y nuevos contenidos con los que guiar nuestros deseos, monitorizarnos y vigilarnos. Aparece así el miedo a no estar a la altura de los cánones de belleza, productividad o éxito económico, que perturba nuestras emociones y nos insta a adaptar nuestra conducta, de forma heterónoma, buscando de manera enfermiza la validación en el juicio ajeno. El totalitarismo de las sociedades occidentales es emocional: «gestiona tus emociones», «si quieres, puedes». Esta pérfida retórica de la más meliflua autoayuda nos sume en el silencio y nos conduce a la culpa: no hablamos de nuestros malestares comunes porque nos da miedo reconocer la vulnerabilidad.

Es por tanto el miedo una fuerza desmembradora que nos aleja, atomiza y nos convierte en seres suspicaces. La experiencia totalitaria comienza con el miedo a la condena o al señalamiento, moneda de curso común en la política institucional y las redes sociales. Escribió Tolstói que el tiempo pasa, pero las palabras permanecen. Por eso, debemos pensar qué palabras queremos que pueblen nuestro escenario vital. 

La estrategia de rapto emocional que esconden mensajes como «eres el único dueño de tu felicidad» consiste en hacernos responsables exclusivos de nuestros malestares. La tiranía de la felicidad genera vulnerabilidad, temor y aislamiento donde deberían darse la comprensión y la solidaridad. Los discursos que venden la inseguridad y el miedo como rasgos constitutivos de nuestra cultura encierran el supuesto de que alguien, al otro lado, se está lucrando con la promesa de hacernos sentir seguros. Además, generan suspicacia e impiden la creación de lazos sociales. En una cultura en la que se habla incansablemente del imperativo de ser felices, hemos olvidado por completo la importancia de la alegría. La alegría llega sin más, e incluso Arthur Schopenhauer, un pensador plenamente pesimista, recomendaba sin titubeos recibir la alegría siempre que llegara, pues no sabemos cuándo volverá.

La alegría tumba los muros del miedo y crea lazos de generosidad, cooperación y ayuda mutua. Por eso hay que intentar instalarse en un pensar alegre y esperanzado que nos conduzca a un proyecto común. Un proyecto que transforme el desierto generado por el miedo y la desconfianza en un mundo habitado por la aspiración a lo mejor. Y, sin descanso, evocar estas palabras de la aún muy desconocida poeta Edith Södergran: «¿A qué tengo miedo? Soy una parte del infinito. Soy una parte de la gran fuerza del todo».

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