Un diálogo ficticio con María Zambrano: «La razón es impotente, por sí sola, para desentrañar el misterio del mundo»

Señora Zambrano: es usted una de las escasas mujeres reconocidas en la historia de la filosofía y una de las mejores plumas del siglo XX.

Las mujeres hemos vivido siempre en el exilio, en perpetuo afán de conquista por hacernos con un lugar, ¡el que nos corresponde!, en el terreno académico, que tristemente estuvo desde muy temprano dominado por los hombres. No todo se puede achacar a la cultura y la tradición, pues cultura y tradición son construcciones del ser humano. Aunque yo, en esto, tuve buenos y comprensivos maestros, como José Ortega y Gasset o, antes, Miguel de Unamuno, sobre quien incluso escribí un libro. Pero no tenga duda de que, sin embargo, todos vivimos en continua crisis, es decir, en permanente inquietud y zozobra.

¿Qué quiere decir con esto? ¿Qué significa para usted la existencia?

Esa pregunta incluye ya una suposición, joven. Y es la de que la vida contiene un sentido. Quizá no lo haya, quizá sólo lo creamos para solaz nuestro, para sentirnos a salvo, arropados. De lo que estoy segura es de nuestra perenne inquietud, como le digo. Nunca encontraremos reposo alguno, y está bien. La vida es eso que viene de continuo cuando sentimos, a la vez, habernos quedado sin porvenir y sin pasado. Más en estos tiempos que corren, en los que hay una falta total de horizonte, de seguridad. Este es el mal absoluto de nuestra contemporaneidad. Existimos porque hemos nacido. Esto podría parecerle una verdad de Perogrullo, pero no, porque nacer, en su sentido más primario y fundamental, es comenzar a constituirse en la autonomía del propio ser, de lo que se es. Es comenzar a construirse en la conciencia de la propia libertad.

¿Nació usted para filósofa?

Nacer para filósofo… ¡Menudo honor me otorga! Bueno, es esta una cuestión complicada. Para todos los que nos dedicamos a la filosofía es un asunto difícil de dirimir, sea por complicaciones o impedimentos externos o por las propias dudas, ya de por sí intrínsecas a quien se decanta por la filosofía. Cuando anuncié a mi padre que quería dedicarme al estudio de esta disciplina, se opuso muy fuertemente, explicándome que no tendría de qué vivir, y me propuso como alternativa la música (yo tenía algunos estudios de solfeo completados). ¡La música! ¡Cuántos virtuosos maestros en instrumentos no tienen hoy de qué comer ni dónde trabajar! Mi vocación era tal que supe vadear los argumentos y derribar la decisión paterna. Así comenzó mi historia con la filosofía: con una pelea, en el conflicto. ¿Qué mejor escenario? Ya en Madrid tuvo lugar mi providencial encuentro con el maestro Ortega y Gasset, en la Universidad Central.

Así que sí tenía vocación filosófica…

Siempre fui una lectora voraz. Igual que con el tabaco (enlazo un cigarro con otro, como los argumentos), me ocurría con los libros. No podía soltarlos porque, al hacerlo, sentía un vacío metafísico, una suerte de angustia que sólo cesaba cuando me reunía con aquellos autores que me hablaban desde la eternidad. Pero, más allá de los libros, imaginará que hubo un condicionante plenamente singular, no condicionado. Y fue mi hambre de ser, un extrañamiento por el que quería hacerme presente a mí misma, presentificarme, y que en ocasiones se convertía en un deseo de trascendencia, casi en aquella voluntad de poder de la que hablaba el viejo Nietzsche.

¿Se refiere a Dios?

No, jovencito, no vaya tan deprisa, eche el freno y escuche. Y acérqueme el cenicero, por favor, la ceniza amenaza con caer. Esa trascendencia de la que hablo alude a que somos un proyecto, necesitamos proyectarnos más allá del ahora y, además y sobre todo, necesitamos hacer ese proyecto efectivo, es decir, real. Aunque no soy muy amiga de definiciones cerradas, para mí la filosofía es una antropología existencial, que se divide en dos facetas distintas pero complementarias: una ética, por la que llegamos a constituirnos como personas y a asumir de manera racional y responsable nuestra libertad, y otra política, pues vivimos rodeados de semejantes y no podemos soslayar nuestro compromiso con los otros.

Pero usted no se queda en la filosofía, también habla de la poesía, ¿no es así?

Por supuesto. Poetas y filósofos somos hermanos, dos caras de la misma moneda. Yo hablo de una razón poética, a diferencia de Ortega, que se refería a una razón vital o al raciovitalismo. Esto no es suficiente, y hay que ampliar la vida a la trascendencia creadora, a la poesía. Quizá sea ésta nuestra más estrecha relación con el Creador. Mi planteamiento es el de una razón amplia y total. ¡Escúcheme! ¡Una razón total! Pero oiga, ¿dónde está el cenicero? Eso otro, el propio cenicero, que es el mundo, es con lo que el pensamiento filosófico, y también poético, tiene que entrar en diálogo fecundo. La razón no puede excluir nada, no puede quedarse en puro pensamiento lógico, pues dejaría fuera lo supra e infrarracional. Este fue el gran mérito de Freud, si me permite mencionar a un psiquiatra que quiso meterse a filósofo, sin darse cuenta de que lo científico es ya, por principio, filosófico. Pero también poético y musical.

Usted se refiere a la filosofía como una quiebra, como un espacio o vacío por llenar.

En Occidente nos hemos acostumbrado a llenar todo con el Ser, y creímos que, con ello, ya quedaba todo hecho. Pero oiga, repase por un momento mi biografía: tuve que exiliarme, salir de mi patria y emigrar, es decir, vivir en el no-lugar, en el absoluto desamparo. Todos vivimos de alguna manera exiliados, tenemos que recuperar el ser, que es una conquista y no un don de los cielos. Vivimos sin poder estar. Son verbos que se conjugan, filosóficamente, de distinta manera. Por el hecho de existir no quiere decir que también yo esté. Para estar se necesita algún lugar, y ese lugar ha de ser una construcción propia, genuina. ¡El cenicero! Ya ha caído la ceniza del cigarrillo; ahora coja también la escoba y el recogedor, haga el favor. ¡Eso es! ¡La filosofía es el cuenco donde se deposita la sustancia sobrante!… pero fecunda. De la ceniza acaba siempre por emerger el fuego.

Sí, sí, disculpe. Aquí está. Entonces, ¿hay lugar para el que no tiene lugar?

Nuestra condición primordial es la del ilimitado y desconcertante desierto. Las condiciones de habitabilidad debemos crearlas nosotros: ¡pensamiento filosófico-poético! Es decir, ¡creador! Podemos tener un lugar donde vivir, una casa, pero no lo convertimos en un hogar hasta que lo hacemos nuestro, con nuestro ser, nuestras costumbres. Por eso le decía antes que el exiliado encarna, como ninguna otra, la figura prototípica del ser humano, una condición dramática que tiene que ver con su desarraigo respecto al fondo último de lo real. Este destierro de lo real lo llamo exilio metafísico o, si quiere que me ponga pedante, heterodoxia cósmica. Es como si estuviéramos alejados de la placenta del mundo, de la que hemos venido siendo arrojados.

Déjeme que le haga una última pregunta. Entonces, si la razón por sí misma no puede salvarnos, ¿qué lugar ocupa el sentimiento en todo esto?

¿No quiere un cigarro, señorito? ¿Es que le doy miedo? Acérquese, por Dios. Qué bien sienta fumar y hablar de filosofía. ¿No cree usted? Pero como le explicaba, la razón es impotente, por sí sola, para desentrañar el misterio del mundo. Tenemos que defender la dimensión pática del mundo, aquel pathos del que hablaban con tanto acierto los griegos: somos seres que, antes que nada, padecen, y que tienen que pensar sobre eso que sienten. El sentimiento es anterior a la razón, y ésta tiene que hacerse cargo de lo que sentimos. No le dé más vueltas: quedamos huérfanos sin el sentir. ¿Imagina a alguien que fuera sólo pensamiento, que no padeciera, que no sintiera? Eso me ocurriría a mí si no fumara. Ande y abra la ventana, que acabaremos ahogándonos en el misterio de la vida…

Libros recomendados para comenzar con María Zambrano: Persona y democracia, Hacia un saber sobre el alma, La tumba de Antígona.

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