El coyote hambriento, rey poeta y primer lírico americano

Una de las grandes sorpresas que depara el estudio de la literatura prehispánica en América es que disuelve el frecuente prejuicio de que la poesía lírica, debido al grado de refinamiento cultural que conlleva en el uso de la palabra, nació en Europa y, desde allí, se trasladó al nuevo continente cuando la colonización aseguró el dominio de la lengua de los conquistadores por encima de los idiomas autóctonos. Parece como si la soberbia de la razón europea (que manejamos a veces con total ingenuidad) pudiese admitir sin problemas que los pueblos aborígenes tuvieron una poesía mítica, cantos rituales de transmisión oral con los cuales explicaban sus cosmogonías y el origen de la especie humana, porque ya desde La nueva ciencia de Vico quedó establecido que la “época de los dioses” constituye el estadio más bajo de civilización en la historia de cualquier pueblo, esa edad todavía infantil en la cual predomina el temor y la subordinación a una autoridad, sea la divina en el orden del cosmos o la monárquica en el orden político. Y, sin embargo, esa misma razón tiene grandes dificultades para reconocer la existencia en los pueblos indígenas de cualquier otra clase de poesía, con independencia de que Vico la hubiese incluido o no en su caracterización de la historia ideal eterna.

La realidad es que, al llegar los españoles comandados por Cortés a Tenochtitlan, la capital del imperio azteca, no dieron crédito a sus ojos y –según el testimonio de Bernal Díaz del Castillo– creyeron que se trataba de un sueño, porque descubrieron una ciudad densamente poblada en medio del lago Texcoco, a la que pronto llamaron “Venecia del nuevo mundo”, no sólo por sus canales sino también por sus imponentes templos, lujosos palacios, soberbios jardines, así como por sus numerosos mercados y baños. Rodeada de islas artificiales con fines agrícolas, servida de agua abundante por varios acueductos y protegida de las inundaciones mediante un dique diseñado por el rey de una de las ciudades-estado vecinas, Tenochtitlan era perfectamente comparable o incluso superaba a la mayoría de las ciudades europeas desde el punto de vista urbanístico y cultural, ya que la educación, además de muy rigurosa, era gratuita y abarcaba a todos los grupos sociales, si bien reservada sólo a los varones. De hecho, la nobleza preparaba a sus líderes políticos haciéndolos estudiar en el calmecac, situado en el centro ceremonial, mientras los jóvenes plebeyos estaban obligados a acudir a los telpochcallipara el aprendizaje de las artes de la guerra o del servicio a la comunidad. Por entonces, las narraciones míticas que se memorizaban en las escuelas eran parte de un acervo cultural situado en un pasado remoto, vinculado a Teotihuacán y más tarde a los toltecas, donde se relataba que el mundo había sido creado y destruido ya tres veces en una serie de regeneraciones atribuidas a Quetzalcóatl, la serpiente emplumada. Los mexicas reforzaron esta necesidad de la muerte para favorecer la regeneración divina, incorporando cruentos rituales en los cuales se ofrecía la vida humana a los dioses, especialmente a Huitzilopochtli, el bebedor de sangre. Y para ello, hacían excursiones a los pueblos sometidos, conocidas como “guerras floridas”, que les permitían obtener un botín de guerreros vencidos, entregados luego en sacrificio. Poetas y sabios contaban con gran respeto por ser custodios y guías de la memoria colectiva, que primero se trasmitió oralmente, luego a través de los códices de pintura y finalmente con glifos ideográficos. La canción y la danza rituales servían para alentar al pueblo y agradar al dios que crea y rige el universo, pero eran sobre todo puntos de contacto entre lo humano y lo trascendente, un canal a través del cual descendía a los hombres la “palabra verdadera”, el canto (= cuicatl) que daba explicación al mundo. Mezcla de canto y flores, la poesía (= in xochtil in cuicatl, donde xochtil= flor) intensificaba el movimiento contrario de elevación, de gratitud al creador por haber concedido la vida. Era un homenaje y un tributo a los dioses hecho desde la belleza y la fragilidad de la existencia sensible, que alza su voz al cielo planteando también las grandes interrogaciones metafísicas.

Alegraos con las flores que embriagan,
las que están en nuestras manos.
Que sean puestos ya
los collares de flores.
Nuestras flores del tiempo de lluvia,
fragantes flores,
abren ya sus corolas.
Por allí anda el ave,
parlotea y canta,
viene a conocer la casa de dios.
Sólo con nuestros cantos
perece vuestra tristeza.
Oh señores, con esto,
vuestro disgusto se disipa.
Las inventa el Dador de la vida,
las ha hecho descender
el inventor de sí mismo,
flores placenteras,
con ellas vuestro disgusto se disipa.

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De este modo, poco antes de la llegada de los conquistadores, nació en lengua náhuatl la poesía lírica en América, gracias a Nezahualcóyotl (1402-1472), un rey semidesnudo y cargado de collares de jade, pero al estilo de los monarcas ilustrados europeos. Sabio y erudito, su principal objetivo fue fomentar la cultura de su pueblo, además de labrar una alianza con los estados vecinos a fin de asegurar la paz y la libertad de sus súbditos. Aparte de poeta y gobernante, destacó como arquitecto constructor de palacios, calzadas, diques, acueductos, canales, baños y de un jardín botánico, donde eran frecuentes las reuniones de intelectuales. Sus versos se caracterizaron por su elaboración y simbolismo: tenían métrica, rima y abordaban temáticas muy similares a las que la teoría de la literatura de fines del siglo XVIII atribuyó a la poesía de entonces, tomando como modelo la lírica monódica griega, sobre todo, de Safo y Anacreonte. Igual que en los albores de la literatura occidental, la lírica parece haberse desprendido de las narraciones mitológicas cuya autoría era desconocida, quizás obra de una colectividad, para presentarse como resultado de una persona concreta, quien inevitablemente introdujo en sus versos una perspectiva subjetiva. Muchos son los textos en que el poeta se nombra a sí mismo y, con ello, no parece que pretenda recalcar su dignidad real. Se menciona sólo como un cantor, un individuo más, afectado, como todos los otros, por la fragilidad y la caducidad, pero capaz de decirlo y, a pesar de ello, expresar su alegría e instar al disfrute de la existencia:

¡Amigos míos, poneos de pie!
Desamparados están los príncipes.
Yo soy Nezahualcóyotl,
soy el cantor,
soy papagayo de gran cabeza.
Toma ya tus flores y tu abanico
¡con ellos ponte a bailar!
Tú eres mi hijo,
tú eres Yoyontzin.
toma ya tu cacao.
La flor del cacao,
¡que sea ya bebida!
¡Hágase el baile!
No es aquí nuestra casa,
no viviremos aquí.
Tú de igual modo tendrás que marcharte.

El tiempo roe hasta lo más resistente y durable, desgasta lo inanimado y envejece a los seres vivos. Nada es eterno, salvo esa energía vital que parece nutrirse de la finitud y requiere la destrucción o la muerte constante. En su corriente siempre fluyente, el ser humano sólo representa un momento, que desaparece desplazado por los venideros. Ni siquiera los príncipes, los que descuellan en la sociedad, quedan sustraídos a esa ley implacable, a esa norma común que iguala a todos. La equiparación ante la muerte convierte a los demás en compañeros de un trayecto con idéntico desenlace fatal, lo cual obliga a la conmiseración, al afecto con los otros. Constituye así un criterio que incita a la vida buena:

Aún el jade se rompe,
aún el oro se quiebra,
aún el plumaje del quetzal se rasga…
¡No se vive siempre en la tierra!
¡Perduramos sólo un instante!

**

Por fin lo comprende mi corazón:
Escucho un canto,
contemplo una flor:
¡ojalá no se marchiten!

**

Aquí nadie vivirá por siempre.
Aún los príncipes a morir vinieron.
Los bultos funerarios se queman.
Que tu corazón se enderece:
aquí nadie vivirá para siempre.

NetzahualcoyÛtl

Pero eso no quita que el recorrido se presente lleno de dudas: quizás sea un sueño divino… tal vez imágenes azarosas de un dios poeta… de un creador que canta o pinta historias en sus códices sagrados. El sentimiento de que la existencia es irreal, precaria e imprevisible genera angustia, deseo de saber y confirmar que hay un más allá que da sentido. De ahí que el poeta se vuelva hacia el dios “dador de la vida” para interrogarlo y pedirle una respuesta. Entonces el lamento poético ante la finitud da un paso más y, al aspirar a la verdad, empieza a transmutarse en filosofía:

¿A dónde iremos
donde la muerte no existe?
Mas, ¿por esto viviré llorando?
Que tu corazón se enderece.

**

Con flores escribes, Dador de la vida,
con cantos das color,
con cantos sombreas
a los que han de vivir en la tierra.
Después destruirás a águilas y tigres.
Sólo en tu libro de pinturas vivimos
aquí sobre la tierra.
Con tinta negra borrarás
lo que fue la hermandad,
la comunidad, la nobleza.
Tú sombreas a los que han de vivir en la tierra.

**

Sólo allá en el interior del cielo
tú inventas tu palabra,
¡Dador de la vida!
¿Qué determinarás?,
¿tendrás fastidio aquí?,
¿ocultarás tu fama y tu gloria en la tierra?,
¿qué determinarás?
Nadie puede ser amigo
del Dador de la vida…
Amigos águilas, tigres,
¿a dónde en verdad iremos?

**

¿Eres tú verdadero, tienes raíz?:
sólo quien todas las cosas domina,
el Dador de la vida.
¿Es esto verdad?
¿Acaso no lo es, como dicen?
¡Que nuestros corazones
no teman tormento!
Todo lo que es verdadero,
lo que tiene raíz,
dicen que no es verdadero,
que no tiene raíz.
El Dador de la vida
sólo se muestra arbitrario.
¡Que nuestros corazones
no tengan tormento! 

Y si alguien preguntara cómo esto fue posible, la respuesta sería muy similar a la que explica las causas que provocaron el nacimiento de la lírica y la filosofía en Grecia. El cuestionamiento del discurso mitológico, sobre el cual se funda la vida social y política de un pueblo, se produce cuando las instituciones que amparan al individuo se resquebrajan y el mundo deja de ser un lugar seguro. Esto ocurrió en las islas del Egeo a causa de las tiranías y en el Ática, por el contacto con otros modos de vida, conocidos a raíz de las guerras médicas. En el último caso, no se trató de la opresión de un pueblo sobre otro, porque los atenienses salieron victoriosos, sino del descubrimiento de costumbres distintas que ponían en cuestión las propias. En el de Nezahualcóyotl, el quiebre afectó directamente a su vida personal debido a su situación de heredero de Texcoco. Hijo del señor de los chichimecas y de una princesa azteca, se convirtió en un príncipe destronado siendo un adolescente, cuando las ambiciones de expansión de los tepanecas de Azcapotzalco pusieron los ojos sobre su reino. Durante el severo sitio de la ciudad, la familia real abandonó el palacio con unos pocos leales para organizar la reconquista, pero fueron descubiertos. Oculto en el bosque, el príncipe vio morir a su padre tras un arduo combate. Anduvo errante, disfrazado de campesino, para evitar el acoso de los invasores, hasta que consiguió refugiarse con sus tías, esposas de los gobernantes de Tenochtitlan y Tlatelolco, y decidió cambiar su nombre por Nezahualcóyotl (= coyote hambriento). A partir de entonces, su exilio estuvo jalonado por feroces persecuciones y batallas. Finalmente optó por pactar con varias ciudades un frente común y, amparado en esa alianza, emprendió la guerra que liberó de la tiranía tepaneca a varios reinos. No hay duda de que vivió la crisis institucional y política en su propia piel. Perseguido, luchando por sobrevivir, pasando frío, miedo y hambre, con un precio puesto a su cabeza y convencido de la incertidumbre y finitud de cualquier posición en la vida, por muy alta que sea, era lógico que cualquier bien material le pareciese una ilusión, que considerara la vida social fruto de un convenio y que la poesía fuese para él el lugar de los interrogantes o, en el mejor de los casos, de la celebración de la amistad, donde retener la belleza de un pasado que fluye sin cesar:

He venido a estar triste, me aflijo.
Ya no estás aquí, ya no,
en la región donde de algún modo se existe.
Nos dejaste sin provisión en la tierra,
por esto, a mí mismo me desgarro.

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7 comentarios en “El coyote hambriento, rey poeta y primer lírico americano

  1. La poesía eterna en un mundo eterno. Lleno de mística y de palabras en busca de respuestas llevando consigo el canto las flores y el baile. Asi sigue siendo hoy. GRACIAS amiga por tanto conocimiento.

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  2. “Los mexicas reforzaron esta necesidad de la muerte para favorecer la regeneración divina, incorporando cruentos rituales en los cuales se ofrecía la vida humana a los dioses, especialmente a Huitzilopochtli, el bebedor de sangre. Y para ello, hacían excursiones a los pueblos sometidos, conocidas como “guerras floridas”, que les permitían obtener un botín de guerreros vencidos, entregados luego en sacrificio.”
    Esta costumbre de los Mexicas no es estable, revela una acción de este grupo de habitantes de México que creaba inmenso terror en los pueblos de los alrededores, que según reconoce la autora eran tan evolucionados como los Mexicas. Alguno autores señalan que este sometimiento sobre los pueblos del entorno fue la que provocó su derrota y dio paso a la épica de los españoles que entran como libertadores.

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  3. Pareciera como si universalmente el humano se hubiese preguntado las mismas cosas fuese de fuese. En este caso, desconocemos todavía mucho del acervo literario de los enlosado prehispánicos.

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