La intención salvífica de Marañón: el conde-duque de Olivares

gregorio marañón y posadillo (J.A. Avila)_1_630x630.jpgLaín Entralgo llama intención salvífica a la auscultación benévola que realiza Gregorio Marañón de muchos personajes históricos. Sorprendente en un hombre que descendió en uno de sus escritos al infierno de la galera, o que narró la crueldad inmisericorde de la sociedad española del XVI y XVII en crudas líneas. Cuesta comprender cómo la misma persona que nos alumbró el terrorífico sufrimiento de los galeotes, o los castigos atroces de los tribunales eclesiásticos y civiles, pueda pasar casi a renglón seguido a hablar de las “virtudes” de reyes y demás responsables de aquella iniquidad.

Tanto ante el enfermo en su consulta privada o pública, como frente al personaje histórico que nos acerca, considera al ser humano en su totalidad. Lejos del tecnicismo profesionalista en el caso del paciente, y lejos del juicio severo y acre para los protagonistas señeros de la historia. Pero disculpar algunas cosas quizá sea, más que humanismo, llevar demasiado lejos la intención salvífica, convertirla en un, digamos, afán exculpatorio incomprensible para la mentalidad actual. Porque “comprender” y, más, “amar” a los máximos responsables de un sistema que amarraba al duro banco hasta la muerte a pobres desdichados, que azotaba, cortaba las orejas y colgaba de los cabellos a una niña presunta cómplice de unos ladrones (muerta a consecuencia de ello), o que organizaba autos de fe como los de la Plaza Mayor de Madrid, entre otras salvajadas historiadas por él mismo, puede resultar equívoco. A no ser que el espíritu de época sea una fuerza tan formidable que lo disculpe todo.

La intención salvífica, y de ahí su nombre, se encuentra en el análisis de personajes que han pasado a la historia con algún sambenito, aunque no de todos (recuérdese su interpretación de Tiberio). Además, aquélla se entrecruza con la cuestión del espíritu de época. A manera de paréntesis comprensivo, escribe muchas veces el doctor que “el monstruo no eran los hombres, sino la época”. Verdad, pero verdad relativa. Porque las épocas las hacen los seres humanos, y porque también había escrito que hacía mucho tiempo que “el hijo de un humilde carpintero vino a enseñarnos que todos somos hermanos”.

El personaje público histórico sobre el que derrama con más largueza Marañón su intención salvífica, entre aquellos vilipendiados por la historia, es, sin lugar a dudas, don Gaspar de Guzmán, conde-duque de Olivares, el valido dueño de la voluntad de Felipe IV (mejor decir de su falta de voluntad), que había de perder después la gracia real y precipitarse en la melancolía. Cierto que lo que los monarcas significaban entonces es incomprensible hoy sin un denodado esfuerzo por penetrar en la mentalidad de siglos pretéritos. Los reyes lo eran todo, y la pérdida de su gracia, como le sucedió a Olivares, bastaba a quebrar el ánimo del más bragado.

Es más, volviendo a la intención salvífica, podemos afirmar que es el propósito que pilota su obra, El conde-duque de Olivares. La pasión de mandar. No se necesita ser un lince para verlo, él mismo nos lo cuenta con otras palabras. Así, al comentar la traducción alemana y la próxima aparición de las ediciones francesa e inglesa, señala complacido: “Mi deseo de reivindicación de la figura del grande y desgraciado ministro de Felipe IV está, pues, más que satisfecho”. Pero, para que no se lo malinterprete, pone cuidado el doctor en establecer los límites:

En suma, hay una forma de reivindicar que no es cambiar, por arbitraria prestidigitación, el insulto en aplauso, sino tratar de reducir inteligentemente la figura que nos quieren hacer pasar como demoníaca a sus proporciones de hombre.

Véase, seguidamente, el comentario que realiza a uno de los retratos con que ilustra su libro, pintado por Velázquez:

El conjunto ofrece el acento aparatoso de toda la iconografía del valido, más que temible, teatral. Sobre todo resalta el aire bondadoso de su mirada, que tan sólo la sugestión de la leyenda de su maldad ha podido inducir a los comentaristas a considerar como fiera y cruel. Es ni más ni menos que la mirada de un buen hombre que, en todo caso, trata de endurecerla con el gesto ceñudo y los empinados bigotes.

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Marañón y el filósofo Ortega y Gasset

Muchas páginas adelante vuelve a reivindicar al conde-duque mediante su interpretación de las pinceladas del divinal sevillano:

En los lienzos de Velázquez aprendemos, en efecto, que don Gaspar fue un hombre generoso; de bondad disimulada por gestos tan artificiosos como sus vestidos de generalísimo fanfarrón, soberbio de su casta, y, al final, tocado de indudable delirio.

También comenta la persecución y prisión de Quevedo, haciendo recaer la parte mayor de responsabilidad sobre Felipe IV, con una figura muy plástica: “[…] el rey era el autor principal de la persecución; […], y una vez más, el Conde-Duque sirvió, ante el pueblo y ante la posteridad, de pararrayos de los errores regios”. Sobre la indiferencia popular ante el “cautiverio del escritor, viejo, glorioso y ulcerado”, añade Marañón: “Lo malo –no nos cansaremos de repetirlo– lo malo no fueron, pues, tales o cuales gobernantes; lo malo era la época”. Y termina: “La ferocidad del Conde-Duque es, pues, una leyenda que tampoco puede sustentarse en la persecución a don Francisco de Quevedo”.

Se complace Marañón en destacar la capacidad de trabajo, “ciclópea”, del valido. En su elogio de esta faceta hay mucho de trasunto del propio doctor, trabajador infatigable:

Por ello sobresalió y se afirmó fácilmente, rodeado como estaba de gentes perezosas hasta los límites de lo anormal. Mas por ello también excitó con tanto ímpetu la iracundia de gran parte de sus coetáneos.

Sobre el “pícnico disciplinado”, clasificación temperamental en que lo incluye, dice: “Está siempre a punto para cumplir sus deberes; los suyos y los que él inventa”. Obsérvese esta noción de la invención del deber, básica para entender a Marañón, y que ahora adjudica al desacreditado Olivares. Los ecos autobiográficos van tomando una realidad más incontestable cada vez: 

A las cinco de la mañana se levantaba y recibía a su confesor y, a la luz de la bujía en invierno, o a la del alba en verano, comenzaba sus audiencias. Puede uno imaginarse cuando hoy, tres siglos después, vemos aún que la vida oficial de España no empieza hasta cerca del mediodía, el asombro que causaría entonces este gran madrugador, que sólo por serlo en tal grado aventajaba a los demás españoles.

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Marañón se levantaba, dice Marino Gómez-Santos, a las cinco (atención, las seis o siete de hoy, según). Añádase que llama al conde-duque “verdadero trapero del tiempo, como tiene que serlo todo gran trabajador”. Es decir, lo que era el propio doctor. La diligencia de Olivares fue muy providencial también en ocasiones puntuales, como cuando “ocurrió el famoso incendio en el palacio del Buen Retiro. […] El que salvó la situación fue el Conde-Duque, que estaba levantado antes que todos”.

Sobre las acusaciones de hechicerías, piensa Marañón que eran envenenadas calumnias incubadas al calor de envidias y resentimientos, despachándolas con la contundencia de esta metáfora: “Además, este punto de los errores en la fe es proyectil preferido de los españoles de todos los tiempos para lanzarlos a la cabeza de sus enemigos”. Grandísima y tristísima verdad que podríamos ilustrar con innumerables casos. Concluye diciéndonos que el conde-duque ha sido “sin duda el más odiado de los hombres públicos desde que hay noticias de la historia de España”.

Hasta en el pecado de los delirios imperiales encuentra el doctor la cuña adecuada para rebajar la gravedad de su diagnóstico, convirtiendo en un quijote al teatral y papelista privado, cuando escribe que “víctima de su error capital, el cronológico, era un quijote que llegó con un siglo de retraso a la gobernación de España”.

El examen comparativo entre los validos enfrentados, Olivares y Richelieu, en el que aflora, como siempre, el ojo clínico retrospectivo de Marañón es, en lo humano, nítidamente favorable al gordinflón español:

Olivares era un gordo de pasiones superficiales y aparatosas, y, en lo hondo, un infeliz. Richelieu era un asténico, agudo y afilado como un cuchillo, frío, solapado y de dureza y crueldad refinadas.

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El conde-duque de Olivares retratado por Velázquez

Sigue más adelante contrastando la crueldad real del francés con la que considera inexistente saña del español. Marañón desea descubrirnos lo que no percibe la multitud, deslumbrada (cegada) por el aparato, meramente gestual, de que se rodeaba el conde-duque:

Richelieu era más cauto y más eficaz. Olivares gastaba, por el contrario, su eficacia en el aparatoso gesto. Pero, era, en cambio, el ministro español mucho mejor que el francés, despótico, duro y cruel. […] Si Olivares hubiese vencido, ¿quién se acordaría, al lado de sus positivas virtudes, de sus extravagancias, sobre las que se edificó la leyenda de su maldad?

Cree que ponerlo en la picota “como un monstruo de dureza y crueldad” nace del odio y el resentimiento.

Comenzaba el prólogo a su obra confesando su propósito de reivindicación de la figura del valido. En una forma que, como él mismo advertía, no iba a consistir en cambiar el insulto por el aplauso. Y con el mismo espíritu cierra el libro:

Pero es hora ya, por el honor de nuestra Historia, de dar a este gran protagonista de uno de sus más trascendentes reinados su justa categoría: la del último genuino español de la época imperial; la de un político excelente, pero de virtudes anacrónicas, que por serlo se convertían, al tocar la realidad nacional, en atroces defectos; finalmente, la de un ejemplar de humanidad desbordada, arquetipo de la pasión de mandar, de ímpetu imperativo, unas veces eficaz y otras baldío, pero siempre magnífico.

En conclusión, puede afirmarse que el personaje histórico sobre quien vierte Marañón con más determinación su intención salvífica es el conde-duque, cuya figura intenta rehabilitar. Por economía de espacio sólo hemos resaltado algunas de las nobles cualidades que le adjudica, entre ellas su capacidad de trabajo y austeridad, frente a la pereza y frivolidad de costumbres de la época, la invención de deberes, ligada a la laboriosidad, y la bondad del español, que contrasta con la refinada crueldad del rival francés, Richelieu. No esquiva sus defectos, pero incluso al enunciar el mayor, el cronológico, derrama bálsamo salvífico el doctor, cuando dice de don Gaspar que fue un quijote, es decir, una persona tan bienintencionada como desfasada y, por lo tanto, destinada al fracaso. En definitiva, quien soportó durante dos décadas el peso de un imperio que trazaba ya su línea descendente no fue, para Marañón, un monstruo de crueldad, sino un político tan magnánimo como anacrónico. No habría sido ángel ni demonio, sino hombre, con su carga de virtudes y defectos. Aunque brillen más las primeras en su original y benigna auscultación del aparatoso gordinflón teatral.

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