Malcolm Lowry: “Rumbo al mar blanco”

rumbo-mar-blanco Lowry.jpgMalpaso Ediciones demuestra un gran amor a los lectores al publicar la novela póstuma de Malcolm Lowry (1909-1957), Rumbo al mar blanco, que empezó a escribir en 1931 hasta que ardió en 1944, en el incendio de la cabaña que, junto a su segunda esposa, el autor tenía en Canadá.

Es sabido que Malcolm había dejado una copia del manuscrito a su exsuegra, y no deja de resultar raro que se le olvidara este hecho hasta que la obra fue descubierta por su primera esposa, cuando ya estaba segura de que la segunda no podría detentar los derechos del libro.

Nadie sabe si el escritor padeció una amnesia aguda o si ocultó deliberadamente la existencia de este manuscrito. Pero sí sabemos que esta supuesta desaparición le sirvió para dolerse de la destrucción de una obra escrita durante trece años y para engrandecerla en su imaginación hasta límites insospechados. La gran obra de su vida, según contaba.

Cuando Malcom Lowry escribió Bajo el volcán (a la que en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo titula El valle de la sombra de la muerte) –una magnífica descripción del fin de un hombre tan dipsómano como él–, logró diseñar una prosa bañada en alcoholismo realmente magistral y esta hazaña la duplicó en la reseña que hace de este libro en Oscuro…, novela en la que el protagonista, en un viaje a México con su segunda esposa, da cabal referencia de todas las anécdotas contadas en Bajo el volcán. Una obra maestra, trasunto de la vida desgraciada del propio autor, quien jamás dudó en usarla para sus relatos, engrandecidos con todo tipo de simbolismos.

Por la dedicatoria a su primera esposa (la cronología es incierta) puede deducirse que Rumbo al mar blanco es anterior a los otros dos libros citados. No lo sabemos, pero sí parece que ni su prosa ni su contenido llegan a la altura de esas dos novelas.

La puesta en escena de los tres libros es obra de tres traductores distintos y no deja de chocar que el ritmo, la cadencia y la estructura de Bajo el volcán y Oscuro… sean idénticas, mientras que Rumbo al mar blanco se inicia con una prosa que, alejándose de la verborrea profusa y hermosa de Lowry –con monólogos intensos al estilo de su admirado Joyce o con largas reflexiones en primera persona–, se transforme en una narración más plana y muy alejada de la que describe como estilo propio en el prólogo a la edición francesa de Bajo el volcán:

… el estilo de mi obra podrá a veces acusar una irritante similitud con la de aquel escritor alemán del que nos cuenta Schopenhauer que deseaba expresar seis cosas a la vez en lugar de alinearlas una detrás de otra: “En esas largas parrafadas ricas en paréntesis, como cajas que contienen otras cajas, y más hinchadas que ocas al horno rellenas de manzanas, es sobre todo la memoria la que debe emplearse a fondo, cuando la inteligencia y el juicio crítico debieran también ser solicitados para la comprensión de la obra”.

Malcolm_Lowry_in_1946.jpgEste estilo, tan originalmente señalado, está desde luego ausente en Rumbo al mar blanco, una obra de carácter lineal; lo cual no es de extrañar, ya que si en Bajo el volcán Lowry se propuso, como en ese mismo prólogo señala, “escribir al fin la auténtica historia de un borracho”, este propósito no se da en Rumbo…, aunque en una y otra obra el tema sea similar: “la caída del hombre, el de sus remordimientos, el de su incesante combate hacia la luz bajo el peso del pasado, el de su destino”.

Rumbo al mar blanco es (al igual que los otros dos libros aludidos, pero referido a una época distinta) una suplantación más que probable del autor que no hizo otra cosa que utilizar su propia existencia como literatura y que, al parecer, quería hacer en esta novela balance de su vida, de sus conocimientos literarios, filosóficos y religiosos y de sus propias ideas.

Dificulta la lectura de esta novela las prolijas notas introducidas por la editorial (en ninguna de ellas, ni en la primera, aparece la consabida aclaración de “N.del T.”, con lo que no conocemos su autoría). Es cierto que sin muchas de estas notas el texto de Lowry sería más pobre de lo que nos pueda parecer a primera vista, pero no cabe duda de que una obra de ficción no puede venir sobrecargada con tantas notas aclaratorias, máxime si se tiene en cuenta que si algunas son imprescindibles para entender el sentido de la narración de Lowry (por ejemplo, las profusas referencias a Melville o a otros muchos autores, que son constantes, en un ejemplo inusitado de erudición), otras son absolutamente superfluas y fuera de lugar, sobre todo si se supone que cualquier lector que quiera asomarse a estas páginas ha de tener una cierta cultura (no es fácil entender, por ejemplo, por qué en nota se explica lo que es el Gólgota y no lo que es Getsemaní).

Bajo el volcán transcurre en conocidas ciudades de México y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo vuelve a transcurrir en el mismo escenario, al ser la recreación de aquella novela, hecha esta vez por el protagonista con su segunda esposa para que ella conozca tanto los lugares que le sirvieron de telón de fondo como la vida del cónsul –su protagonista–, tan alcohólico como el autor o como el personaje de Oscuro…

Rumbo al mar blanco narra la experiencia de un joven noruego (de igual nombre –Sigbjorn– que el protagonista de Oscuro…) que, tras el suicidio de su hermano y el desastre económico de su padre por sus chanchullos financieros como naviero –al parecer un instrumento corrupto más del sistema–, decide embarcarse por segunda vez en un barco con rumbo incierto (en Lowry es constante el símil del viaje como vida y como posibilidad de regeneración), que quizá le lleve a Rusia o quizá a Noruega, donde puede que encuentre al escritor Erikson (trasunto de su admirado Nordhal Grieg: The Ship Sails On, y antídoto del otro autor que influyó sobre él: Conrad Aiken), que ha publicado un libro igual al que Sigbjorn ha escrito, aunque, a su parecer, mucho mejor –idea del libro duplicado que ya se da en Oscuro como la tumba donde yace mi amigo (El rigodón del borracho)– y en el que ambos autores pretenden revelar la verdad del mar.

Si hubieras pasado, como yo [le dice a su hermano a comienzos de la novela] por la experiencia de escribir un libro para descubrir luego que ya lo había escrito otro, y mejor que tú, entonces tendrías motivos para el fatalismo.

Un fatalismo producto de una necesidad del autor que no deja de dudar de su propio talento y que nos transmite la sensación de que lo que vive ya ha sido escrito o que lo debería de estar viviendo en lugar de estar escribiéndolo:

Lo que le había impulsado a plasmar su experiencia en un libro no era que fuese un escritor nato, sino que se sintió obligado a conectar, a comunicarse de algún modo, aunque el intento estuviera abocado al fracaso… De lo contrario, nadie, quizá ni él mismo, conocería jamás los sufrimientos que había soportado… Pero la inviabilidad de esa salida al atolladero se le había revelado con toda crueldad. Descubrir que tu libro ya lo ha escrito mejor otra persona es una experiencia siniestra incluso para quien carece de talento.

Al parecer, Lowry, siguiendo los pasos de Dante y su Divina Comedia, se propuso escribir una trilogía sobre el infierno, el purgatorio y el cielo. Bajo el volcán sería el infierno y acaba con la muerte del cónsul; Oscuro… no es más que la doble narración de esta historia y su final representa una esperanza en la transformación social. Y Rumbo al mar blanco sería probablemente el cielo, con la larga descripción de la vida del protagonista y un final brusco pero positivo. Este final no fue el diseñado por el autor, sino que se debió a un imperativo mayor. Lowry murió a los cuarenta y siete años por una mezcla excesiva de barbitúricos y alcohol y ello hizo que del manuscrito sólo quedaran en su parte final escasas anotaciones, con las que se ha reconstruido el último capítulo.

Este manuscrito, cuya copia no se incendió, jamás fue mencionado por él y sólo se refirió a su existencia como “gran perdida” o como una obra grande.

malcolm-lowry.jpg

Ya hemos dicho que el estilo de Rumbo al mar blanco es lineal. En él, al igual que en Bajo el volcán, hay dos hermanos desavenidos, cuya relación durante su estancia en Cambridge comienza narrando hasta que el protagonista decide embarcarse (Lowry estuvo, en efecto, en Cambridge, y también fue marino en un barco antes de su estancia en la universidad).

El suicidio del hermano y la ruina del padre cargan de culpa al personaje (aunque a ella no es ajena la relación que ha tenido de pequeño con su madre ni la de ésta con el padre, a la que, simbólicamente, se refiere en Rumbo al mar blanco), y de ahí que decida enrolarse, en esa idea del viaje como renacimiento y como posibilidad de cambio, travesía a la que tampoco es ajena la existencia del desafortunado amor por Nina, una mujer que se mueve –como la Yvonne de Bajo el volcán– entre los dos hermanos y que, al fin, impulsada por sus ideales comunistas de entreguerras, se embarca rumbo a América en uno de los barcos del padre, mientras él lo hace en el barco noruego (no sin dudas, no sin zozobra, no sin saber si debe subir a él o no, hasta que al final lo hace).

La columna vertebral del libro consiste en el diálogo que el protagonista mantiene con su amada a bordo del barco que la llevará a América, mientras la embarcación se prepara para zarpar. Se trata de un diálogo filosófico y político (comunismo contra capitalismo y crítica del sistema mundial imperante en el período de entreguerras), estructurado de forma difícil, con frases que comienzan y no acaban y palabras que quieren decirse y no se dicen. A este diálogo le sigue el que, a lo largo de tres capítulos, mantiene el protagonista con su padre mientras juegan al golf (Lowry era un gran aficionado) y en el que se siguen planteando ideas de gran calado con profusas citas de autores (todas explicadas a pie de página) y con frases que dejan sin aclarar muchos temas diciendo cosas como: “Lo dejo ahí, no quiero desarrollarlo” o “No he entendido nada de esto”, en un intento continuo de padre e hijo por pontificar sin llegar a resultado alguno, salvo el de comprender lo difícil que es ser feliz, “… aunque no sepa uno la razón de su infelicidad, cuando el sistema mismo en el que vives puede hacer la vida insostenible para otros miles de personas”, hecho del que ambos no son más que espectadores en el naufragio de sus vidas.

Dice el padre: “¿De qué sirve hablar? Las reacciones siempre van demasiado lejos… En este mundo, parece que resulta absolutamente fatal tener una inteligencia penetrante; no me refiero a ser listo sin más, o brillante… no sé qué digo… sino a ‘saber’, a tener una respuesta para todo. Eso es fatal, si no usas tus dones, y es fatal para todos los que te rodean… El asunto es no saber”.

Y contesta el hijo: “No estoy seguro de entenderte, pero yo no ‘sé’… yo sólo dispongo de conocimientos inútiles, finales de citas, epigramas ajenos, párrafos plagiados en que apoyarme… No me cabe duda de que en Cambridge no he aprendido más que mentiras sin valor…”. A lo que sigue una magnífica descripción del sistema en el que viven y aún seguimos viviendo:

Por encima de ellos… les sonreían los anuncios, en cada uno una cara monstruosa, grotescamente dispuesta, perteneciente a un apóstol anodino del individualismo más acérrimo. ¡Tome Phosphorine para los nervios! ¡Damaroids para el cerebro! ¡Pildoritas hepáticas de Cer para el hígado! Con qué convicción te embaucaban, pensó Sifbjorn. ¡Cómo se parecían a los filósofos! Y al final el mismísimo apóstol de pictórica y rubicunda salud los invitaba a beber tal o cual whisky, es de suponer que al objeto de llevar sus hígados a un estado lo bastante receptivo para las pildoritas solubles, mientras por debajo miles de desempleados se pudrían en la tierra mugrienta. ¡El círculo vicioso del capitalismo!

Malcolm-Lowry-“La única salida –piensa el hijo, siguiendo sus ideas– era una sociedad nueva en que esa primacía de la razón económica fuera imposible… La sociedad capitalista portaba dentro de sí sus propios presagios herrumbrosos del desastre, como la ballena llevaba las lanzas cuyas heridas la debilitaron en la acometida final. ¿Cómo iba a servir en él en esa acometida, aislado, sin lugar asignado en el mundo, quizá indeseado por uno y otro bando?”.

“En fin, aquí estamos –añadirá– cercados por una extraña fatalidad y, entre otras cosas, viéndonos conducidos a otro guerra… ¿No te das cuenta de que el sistema está podrido hasta el tuétano?”. “¿Qué sistema?” –preguntará el padre, obviando todos sus chanchullos empresariales–. “El sistema capitalista”. A lo que aquél acabará respondiendo, eludiendo toda responsabilidad, que eso es algo que es al hijo al que le corresponde cambiar.

Los densos y desestructurados diálogos con novia y padre son acompañados por unas magníficas descripciones del espanto de las ciudades industriales inglesas de entreguerras, en las que mugre y chatarra son dueñas del panorama. Junto a ellas, un piloto cruza el cielo en signo inequívoco de libertad pero como medio de conducirnos en los pasos que va dando el protagonista en tierra; igual que los personajes siguientes: un taxista y un policía serán quienes den cuenta de las zozobras de Sigbjorn por embarcar o no, o de sus visitas a las cantinas.

El barco, al fin, arriba a puerto, aunque no sea el previsto. Pero esta suerte de destino es el que hace que el protagonista conozca, al fin, al autor que ha ido a buscar, Erikson, del que acaba haciéndose amigo, así como, en el capítulo final –escrito, como ya hemos indicado, a base de los retazos inconclusos que dejó Lowry– encontrará a una mujer que puede representar la esencia de lo que ha amado en su vida y el esbozo de un camino. “He descubierto muchas cosas”, le acabará diciendo a Erikson, “He descubierto que el hombre puede renacer”. Aunque el nuevo amigo contesta: “Pero también has descubierto que en la vida sólo son importantes unos pocos, y que puede que tú no seas uno de ellos…”. Es en esta última conversación en la que la mujer que ha encontrado revela lo que fue la vida de Lowry:

Creo que tendrás que hacer de tu dolor una carga de profundidad.

Y él, en frase final, contesta, en lo que quizá sea el resumen de su existencia: “¿Cómo voy a vivir sin mi desdicha?”.

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Un comentario en “Malcolm Lowry: “Rumbo al mar blanco”

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