¿Existe el periodismo neutral? Una perspectiva socio-histórica

periodismo-y-lucha-de-clasesAgencias de noticias, ediciones impresas y electrónicas de los diarios más importantes del país, informativos televisivos, redes sociales… Vivimos bombardeados -y casi sometidos- por un sinfín de fuentes que en todo momento nos mantienen al tanto de lo que ocurre a lo largo y ancho del mundo. Sin apenas excepción, tal tropel de medios de comunicación pretende caracterizarse por una neutral labor de difusión de noticias y por la publicación de numerosas y plurales opiniones. Pero, se pregunta Camilo Taufic, autor de Periodismo y lucha de clases: ¿es esta pretendida independencia real, fingida o siquiera posible?

Para Taufic, destacado periodista chileno, investigador y consultor en comunicaciones fallecido en 2012, el periodismo no es sólo la forma más dinámica de la comunicación social, sino que, en el ejercicio de informar y dar su interpretación y opinión sobre las noticias, se convierte, a la vez, en una fuerza política activa; incluso, y a fin de cuentas, el periodismo es un instrumento de la lucha de clases que se da en el seno de la sociedad, y que influye de modo directo en la realidad más cotidiana.

Pascual Serrano, prologuista del libro, se refiere a un nuevo tipo de censura: en la medida en que las empresas de comunicación “se adueñan de la oferta informativa de una sociedad podemos hablar de la sustitución de la libertad de expresión por el derecho a la censura en manos de una clase social”. La libertad de prensa, de este modo, no es más que la privatización de la censura.

El diario burgués opera como una empresa comercial que “vende noticias” y, al correr tras la máxima ganancia, su criterio informativo pasa a ser también un criterio financiero; vale decir, explota de preferencia aquellos temas que le aseguren mayores ventas. […] La selección temática en sus diarios se hace según un criterio que es, simultáneamente, comercial y político (Camilo Taufic).

Si echamos un vistazo al pasado, podemos rastrear este conflicto en un autor como John Milton (1608-1674): la censura de Estado en Inglaterra acompañó desde el primer día de su invención a la imprenta de Gutenberg. Los poderes establecidos impedían sistemáticamente la reproducción y difusión de aquellas obras en las que aparecieran ideas contrarias a ellos. Milton propugnó, al contrario, la necesaria dialéctica que ha de darse entre la verdad y la mentira, de cuya pugna siempre saldrá victoriosa la primera. Ahora bien, para ello es preciso que “la verdad” tenga libre acceso a la realidad, es decir, que su testimonio pueda ser comunicado libremente.

[E]l paso de los siglos, que no nos devuelve una verdad que ha sido extraviada, sí hace, a veces, que la falta de esa verdad haya conducido a naciones enteras a un destino desgraciado. Debemos, por tanto, ir con mucho tiento a la hora de desatar persecuciones contra los trabajos aún vivos de los hombres públicos, así como contra aquellas actividades propias de una vida sustanciosa, que se guardan y almacenan en los libros, si vemos, como así es, que puede haber en ello una suerte de asesinato, incluso a veces de martirio, y […] la ejecución no se ciñe a la muerte de una vida elemental, sino que hiere el corazón de la quintaesencia espiritual, el aliento mismo de la razón; es decir, que es una agresión que hiere más la inmortalidad misma que una vida (John Milton, Aeropagítica).

imprenta

La creación de la imprenta a manos de Gutenberg (ca. 1440) permitió una rápida impresión y difusión de un gran número de ejemplares de cualquier texto. Con ello se dio comienzo a la denominada batalla por la libertad de prensa y, en general, por la libertad de expresión. Hasta aquel momento, los libros se difundían a través de copias manuscritas, normalmente realizadas por frailes y monjes cuyas únicas tareas eran el rezo y la reproducción de documentos. Pero ¿se ponía en circulación cualquier libro? La respuesta, como dicta la historia, ha de ser negativa. De igual forma, gran parte de la información que conocemos acerca del mundo se halla fuertemente condicionada y manipulada por el poder político de turno o por la ideología de los emporios empresariales que financian a esos mismos medios de comunicación. ¿Cómo ponerse a salvo?

Las primeras victorias en la contienda por la libertad de prensa (que hoy sigue tan vigente) fueron alcanzadas en la Inglaterra del siglo XVII a hombros del mencionado John Milton, gracias a un inmortal discurso que dirigió al Parlamento inglés al que tituló Aeropagítica. Como se ha apuntado, la censura de Estado acompañó desde el primer día de su invención a la imprenta de Gutenberg. Censurar las ideas de un hombre supone, literalmente, llevar a la muerte a su autor. El libro es portador de vida. Vida cultural, social e individual, pero sobre todo, vida en sana disputa y conflicto:

Porque, evidentemente, los libros no son materia absolutamente inerte; por el contrario, llevan dentro una vida potencial que los convierte en tan activos como puede ser el espíritu mismo a cuya raíz pertenecen; más aún, conservan, como en un matraz, el extracto más puro, la quintaesencia de la inteligencia viviente que les ha dado el ser. […] [S]i no se anda con cuidado, matar un buen libro es matar a un hombre. Quien mata a un hombre está arrebatando la vida a una criatura racional, trasunto de Dios; pero quien destruye un buen libro está matando la razón misma, está acabando, iba a decir que a través del ojo, con la propia imagen de Dios. Muchos hombres no pasan de ser un peso sobre la tierra; un buen libro, en cambio, es la valiosa y vivificante sangre de un espíritu excelso, voluntariamente remansada y atesorada para una existencia mucho más duradera que la vida misma.

imagen-perfecta-vivir-en-la-era-de-la-foto-oportunistaA finales de 2010, la editorial cántabra Quálea publicaba un interesante libro de la profesora Kiku Adatto, experta analista de la sociedad actual americana, bajo el título de Imagen Perfecta. Vivir en la era de la foto oportunista. Esta obra reveladora denuncia, en su conjunto, la histórica y creciente banalización y comercialización de la imagen mediática a manos del poder político y los medios de comunicación en las democracias occidentales. Ya en las primeras páginas de la introducción nos explica que no sólo podemos mirar el mundo, sino ser a la vez mirados: nos encontramos constantemente expuestos a otros (cuya identidad desconocemos en la mayoría de las ocasiones).

En definitiva, “la capacidad documental de la cámara se ha incrementado notablemente, pero no sólo tiene el don de falsear la información, sino también de falsearnos a nosotros mismos”. Adatto habla de una nueva cultura en la sociedad occidental contemporánea: al estar tan atentos de la pose, llegamos a mantener una verdadera lucha con la realidad y el artificio que constituye la imagen. Nuestro mundo se ha convertido en un mundo de imágenes férreamente controlado, donde la realidad y el artificio se han fusionado, y donde la información ha escapado ya lejos del control de los ciudadanos.

Como denuncia igualmente Camilo Taufic, en tanto que instrumentos, los medios de comunicación no jugarán otro papel que el que deseen asignarles sus dueños, “y así podrán ser instrumentos de cultura o instrumentos de incultura; medios de dominio o medios de liberación; elementos para unir a un pueblo o para desorganizarlo; para enaltecerlo o para hundirlo”. En palabras de Milton ya  citadas: “El paso de los siglos, que no nos devuelve una verdad que ha sido extraviada, sí hace, a veces, que la falta de esa verdad haya conducido a naciones enteras a un destino desgraciado”.

Podemos ser dirigidos por la prensa sin advertirlo. Y no existe en ningún diario la información por la información; se informa para orientar en determinado sentido a las distintas clases y capas de la sociedad, y con el propósito de que esa orientación llegue a expresarse en acciones determinadas (Camilo Taufic).

Periodismo y lucha de clases tiene el objetivo, explica su autor al comienzo de la obra, de destruir un mito: la inocencia de la información. Las noticias son mandatos; el periodismo, una forma de dirección social. Se informa, en última instancia, para dirigir. A juicio de Taufic, no existe en ningún diario “la información por la información”: se informa, sea de manera manifiesta o encubierta, para orientar en determinado sentido a las distintas clases y capas de la sociedad, “con el propósito de que esa orientación llegue a expresarse en acciones determinadas”. Como ya apuntara Jean-Maurice Hermann, quien fuera presidente de la Organización Internacional de Periodistas (OIP):

La prensa se ha convertido en una industria y en un comercio. Es una industria de un material cada vez más costoso, que exige capitales cada vez mayores, y está sometida a una concentración cada vez más acentuada. Ahora, un periodista o un grupo de periodistas ya no pueden, ellos solos, sacar un periódico con sus propios medios. Los periodistas son asalariados que sólo ejercen una débil influencia en las empresas de prensa, dirigidas en su mayor parte por hombres de negocios incapaces de escribir un artículo ellos mismos, que explotan el trabajo de los periodistas y les toman apenas en consideración.

¿Es posible eludir los intereses de los accionistas que dirigen los grandes medios de comunicación? El libro de Taufic, publicado en Akal, ofrece una herramienta muy útil para responder críticamente a esta cuestión y, quizás, para comenzar a practicar un nuevo tipo de periodismo que luche por conseguir la -acaso imposible- independencia informativa. Si bien, como escribe Taufic, tal independencia se paga cara:

El fenómeno se repite en todos los países capitalistas: cada vez menos diarios, en manos de menos empresas. El poder periodístico se concentra paralelamente al poder del dinero. […] Lógicamente son los periódicos pequeños y medianos, que se oponen al gran capital o al mismo sistema capitalista, los que van desapareciendo, y nadie que tenga una visión amplia del problema podría decir que se trata de una “muerte natural”.

Desde sus inicios, la filosofía siempre ha investigado la naturaleza del lenguaje. Ya Séneca explicaba que “el lenguaje de la verdad debe ser simple y sin artificios”. Más tarde, Wittgenstein aseguraba que “los límites de mi lenguaje son los límites de mi mente”. Ambos aúnan la inquietud, compartida con tantos otros filósofos y lingüistas, por el conocimiento de las palabras apropiadas para elaborar un discurso que, sin faltar a la verdad, sirva para comunicarnos eficazmente con nuestros semejantes. También autores contemporáneos, como el profesor Raúl Eguizábal o Susan Sontag, se han acercado a la problemática del lenguaje. Por su parte, Karl Marx fue plenamente consciente de estos problemas. Tampoco la publicidad se ha visto a salvo de los peligros de la perversión de la palabra.

la-comunicacion-jibarizadaEl escritor y periodista Pascual Serrano publicó en Península un libro en el que se ocupa del estado actual del lenguaje. A su juicio, el modo en que nos comunicamos se ha visto terriblemente reducido, disminuido, jibarizado, lo que ha supuesto que se destierre “la profundización en los asuntos, la capacidad autónoma de reflexión, la elaboración independiente de conclusiones y el análisis crítico de los acontecimientos”. ¿La razón? Ejercer un mayor control sobre la población. El lenguaje no sólo se ha manipulado políticamente, sino que se ha convertido en un arma más al servicio del capitalismo. Las señas de identidad de la comunicación contemporánea son la brevedad y el simplismo, “lo cualitativo del mensaje y de la información ha dejado de tener sentido”, denuncia el autor. Lo peor es que “las audiencias van interiorizando ese formato como el más cómodo y se alejan de exposiciones que aborden la complejidad de los asuntos y que desarrollen procesos de argumentación”.

La sentencia heideggeriana, que afirma que “sólo hay mundo donde hay lenguaje”, obliga a preguntarnos de la mano si todo lenguaje, en efecto, puede y debe configurar un universo humano. La irrupción de la tecnología en el terreno de la comunicación ha supuesto importantes avances en lo que a su difusión se refiere; sin embargo, también conlleva grandes riesgos, como el aislamiento del individuo: “La ofensiva tecnológico-virtual parece diseñada para sacarnos de la realidad auténtica y meternos en una virtual con el objetivo de neutralizarnos”. Preguntamos a Pascual Serrano sobre estos asuntos:

En uno de los capítulos de La comunicación jibarizada hace referencia a la expresión de Steiner que afirma que nuestra civilización es “una civilización ‘después de la palabra’”. ¿En qué sentido se ha “retirado” la palabra de la comunicación?

En la medida en que comenzó el predominio de la imagen, después ésta suplantó a la palabra. Basta recordar esos programas de actualidad que consisten en repasarla en un minuto mediante imágenes sin palabras: no existe comunicación alguna asociada a una pantalla. Y esto sucede porque la palabra se ha jibarizado o ha desaparecido. Lo grave es que el verdadero argumento racional que nos diferencia de los animales requiere la palabra. No es verdad que una imagen valga más que mil palabras, yo diría al contrario: mil imágenes jamás podrán sustituir a un argumento elaborado con palabras.

¿Cómo ha repercutido el Plan Bolonia en los programas universitarios? ¿Está justificada la aplicación del concepto “productividad” también a la comunicación?

Nuestro modelo productivo sólo necesita conocimiento ligado a algún tipo de productividad. De ahí que la tendencia sea enseñar matemáticas o física para que se forme un ingeniero que produzca algún artilugio; biología y química para que se forme un médico, un veterinario o un farmacéutico que cure enfermedades o ayude a preparar medicinas. Es decir, la educación debe ir ligada no a la cultura, no al enriquecimiento humano, no a conocer el arte o la historia, sino sólo a un ámbito productivo según los cánones impuestos por el mercado. Desde este planteamiento, Bolonia, que es el reflejo normativo de los principios mercantilistas de la educación universitaria, debe encargarse de prescindir de todas esas disciplinas que no tienen sentido en la cadena de producción capitalista. En la comunicación sucede lo mismo: sólo interesa comunicar, mediante formatos y técnicas compatibles con el mercado. Es decir, espectáculo y convencimiento neoliberal. Evidentemente, ni la enseñanza seria de la filosofía ni de la historia suelen ser muy espectaculares ni ayudan al convencimiento neoliberal; al contrario, ayudan a pensar de forma independiente. Sobran.

¿Existe un “capitalismo lingüístico”, como explicaba Kaplan? ¿En qué consiste?

El problema es que todas las técnicas y materias que terminan siendo apropiadas por el capitalismo pierden todos sus valores para centrarse exclusivamente en servir al mercado. Frédéric Kaplan lo explica en el caso de Google y lo denomina “capitalismo lingüístico”, y consiste en que el buscador se pervierte al servir a la búsqueda del beneficio: te hace navegar más para someterte a más anuncios, te direcciona a los vocablos dominantes y mayoritarios, se deja influenciar por anunciantes y empresas. Pero insisto en que es la naturaleza del capitalismo.

En el libro afirma que “ha desaparecido la figura del intelectual como referente ético de la sociedad”. ¿Por qué?

Hay muchos motivos. Uno de ellos es el grado de especialización de nuestras sociedades. Lo desarrolla muy bien Gonçal Mayos en lo que denomina “las dificultades para el empoderamiento de la sociedad del conocimiento”. Es complicado que una sola persona nos pueda servir de referencia sobre la energía nuclear, el conflicto colombiano, el proceso de unión europea, el socialismo del siglo XXI y el Tratado de Maastricht. Hace 200 años, un intelectual podía manejarse en gran cantidad de los temas de la agenda de su tiempo. Hoy es imposible. Otro motivo es que, como en tantos ámbitos, son los medios los que consagran a los referentes sociales y, tristemente, terminan siendo los individuos más penosos, pero saben sintonizar con las clases más populares, se mueven bien ante las cámaras y, por supuesto, su discurso no es subversivo. Una gran pregunta sería: ¿puede alguien llegar a ser un referente social sin el beneplácito de los medios y sus dueños? Basta observar que los gobernantes que más apoyo tienen en América Latina, es decir, en las sociedades donde conocen y apoyan sus políticas, son los menos aceptados en Europa, sencillamente porque, en la medida en que eran díscolos, se convertían en objeto de ataque para los medios. Sinceramente, si pudiera darse un gran referente ético a día de hoy, sería peligroso, y por tanto, los medios lo silenciarían o lo criminalizarían.

Por último, ¿tiene algún efecto en la sociedad la masiva exposición a información? ¿Cómo distinguir el “buen” periodismo del “negligente” o, sin más, “mal” periodismo?

En cuanto a la primera pregunta, creo que cada vez más nos estamos inmunizando, creando anticuerpos. Algo así como sucede con la publicidad, ante la que ya no somos tan ingenuos como hace cincuenta años. Pero mientras aumenta nuestro escepticismo, los tanques pensantes mediáticos van reelaborando sus técnicas. Por ejemplo, ya la intencionalidad y la editorialización es más sutil para presentarse como información aséptica y objetiva. Desarrollo esto en Contra la neutralidad. Por otro lado, el ciudadano se siente aplastado por tanta información, y una de sus formas de reaccionar es mediante el consumo superficial, pero creo que llegará un momento en que se rebele y diga basta ante tanta oferta mediocre. El periodismo ha dejado de ser la difusión de algo que alguien no quería que se supiese, como decía Orwell, para ser algo que alguien quiere difundir.

Respecto a la segunda pregunta, un buen termómetro es comprobar si nos está aportando suficientes antecedentes y contexto para comprender lo complejo y su proceso histórico, si sus fuentes están identificadas, si el periodista está en el lugar de los hechos. Pero hemos de reconocer que, al final, se trata de si te fías o no del periodista y del medio. Es como cuando debes operarte del corazón o llevar tu coche al taller, estás en manos del profesional. Es inevitable tener que confiar en alguien. De ahí que el prestigio de una firma o un medio sea fundamental, pero ese prestigio no debería ser el del consenso generalizado, sino el de nuestra propia experiencia.

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