Spinoza y la ética de la liberación humana

SpinozaAunque Spinoza es un pensador muy presente en las facultades de Filosofía, por otro lado, sin embargo, se presenta como uno de los grandes olvidados en los programas humanísticos de la enseñanza media. Al contrario de lo que ha ocurrido con otros filósofos, que han tenido más suerte a la hora de ser difundidos en contextos no especializados (podemos mencionar a Nietzsche, Pascal, Platón o Schopenhauer como ejemplos manifiestos), Spinoza suele ser considerado un autor excesivamente sistemático y complejo, cuyas obras habrían sido escritas para un reducido grupo de eruditos. Pero nada más lejos de la realidad.

Desde muy joven, Spinoza estuvo comprometido con los problemas y avatares de su tiempo y condición. Su biografía, en este sentido, se halla repleta de enrevesadas y peliagudas circunstancias que le empujaron a deambular de una ciudad a otra en busca de la paz de ánimo que tan querida le resultaba. Tanto es así que Yalom publicó una biografía novelada sobre este inquieto pensador. Spinoza es sin duda uno de los filósofos más admirados por la tradición filosófica, lo que empero no ha derivado en una mayor popularidad en ambientes ajenos a la universidad. En 2015 apareció una obra, la que en este caso os recomiendo, que se hace cargo con gran prolijidad y concisión de la vida de nuestro protagonista y que, además, pone sobre la mesa uno de los asuntos a los que más tiempo dedicó Spinoza: el estudio de las pasiones. En algo más de 600 páginas, Pilar Benito Olalla (doctora en Filosofía por la UNED y reconocida estudiosa de las obras de este errante holandés) desarrolla un ameno y enjundioso texto que los lectores de este enigmático autor celebramos, y que lleva por título Baruch Spinoza. Una nueva ética para la liberación humana (Biblioteca nueva). Como escribe Benito Olalla en los primeros compases del libro,

Spinoza se inserta en una corriente racionalista, la cartesiana, que él conocía profundamente y con la que rompió de modo impecable. Anuncia ya la rebeldía y agudeza mental de Nietzsche, sin renunciar a cambio a la tradición renacentista y a los hallazgos científicos de su época. No tuvo que pagar el precio de la locura, como le ocurrió al filósofo alemán, sino que los trágicos avatares de su vida, con la nota siempre presente del extrañamiento, lo hicieron más fuerte, más activo y más libre.

Baruck Spinoza Benito OlallaFue la vida de Spinoza rica en sucesos del todo sorprendentes, desde su alejamiento de la comunidad judía (que lo repudió de manera taxativa y desagradable), pasando por sus escarceos con corrientes heterodoxas en paulatino auge, hasta su encuentro con Leibniz y sus intrépidos viajes de una parte a otra de su natal Holanda. A esta biografía dedica Pilar Benito Olalla una extensa primera parte de su ensayo, que ayudará a cualquier lector a adentrarse en el espíritu de Spinoza, quien llegó a ser calificado de hombre ateo y peligroso. Y es que “la imbricación de sus ideas con su forma de vivir es otro de los aspectos que ha suscitado admiración, incluso perplejidad […]. Spinoza es uno de los pocos filósofos en que la coherencia, honestidad e independencia mantenidas a lo largo de su corta vida reflejan la puesta en práctica de sus propias ideas, y ello se ha convertido en el sello de su propia identidad filosófica”, apunta la autora.

De este peculiar modo transitó la vida de Spinoza, quien hizo suyo uno de los dictados más perennes de la filosofía: es necesario comprender para liberarse y, de mano de este conocimiento, ayudar a otros a su propia liberación. Ya en su más temprana juventud experimentó una profunda crisis existencial que le condujo a transitar nuevos derroteros filosóficos y vitales, alejados de su comunidad de origen, la judía. En esta nueva y rupturista formación intervinieron personajes fundamentales como Francisco Van den Enden, que ayudó a Spinoza a deambular con sosegado ánimo por las pasiones humanas y encontrar nuevas amistades más acordes al ánimo escrutador del discípulo. Topó también por aquellos años con las injusticias del amor cuando conoce a la hija del mismo Van den Enden, Clara María, quien rechazó al por entonces joven pensador. Uno de sus biógrafos asegura que “Spinoza ha contado muchas veces que había tenido la idea de tomarla por esposa, aunque era algo coja y contrahecha de cuerpo, simplemente porque estaba cautivado por su viva inteligencia y su gran erudición”.

A pesar del desarraigo producido tras la salida forzada del contexto judío, Spinoza no decae: “No se me fuerza a nada que no hubiera hecho por mí mismo de buen grado”, explica, “pero, ya que se lo quiere así, entro con júbilo por el camino que se me ha abierto y con el consuelo de que mi salida será más inocente que la de los primeros hebreos de Egipto. […] No me llevo nada de nadie y, cualquier injusticia que se me haga, puedo gloriarme de que no hay nada que reprocharme”. Una crítica que, como comenta Pilar Benito Olalla, también se extiende al catolicismo: “Deseche esa mortífera superstición y reconozca la razón que Dios le ha concedido y cultívela, si no quiere ser contado entre los brutos”, insta Spinoza a Albert Burgh, joven convertido al catolicismo: hay que huir de “los horribles secretos de esa iglesia que, cuanto más repugnan a la recta razón, más cree usted que trascienden el entendimiento”.

Es así como un cada vez más maduro Spinoza comienza a cobrar consciencia de que la injusticia, en cualquiera de sus formas, resulta una lacra que hay que extirpar del cuerpo social. Leemos las siguientes líneas en su Tratado teológico político:

¿Qué puede haber, insisto, más pernicioso, que tener por enemigos y llevar a la muerte a hombres que no han cometido ningún crimen ni fechoría, simplemente porque son de talante liberal; y que el cadalso, horror para los malos, se convierta en el teatro más hermoso, donde se expone ante el oprobio más bochornoso de la majestad, el mejor ejemplo de tolerancia y de virtud?

Baruch SpinozaCon el objetivo de mantener esta independencia de pensamiento, llega incluso a rechazar una tentadora oferta para la Universidad de Heidelberg: nada menos que una cátedra de Filosofía (ya por 1673, cuando el pensador superaba los cuarenta años). Las razones son dignas de ser leídas: “Como nunca he deseado ejercer públicamente la enseñanza, no puedo decidirme a aprovechar esta preciosa ocasión, pese a haber meditado largamente el asunto. Porque pienso, en primer lugar, que dejaré de promover la filosofía, si quiero dedicarme a la educación de la juventud. Pienso, además, que no sé dentro de qué límites debe mantenerse esta libertad de filosofar”, apuntando a su corresponsal en Heidelberg, Johan Ludwig Fabritius, que “los cismas no surgen tanto del amor ardiente hacia la religión cuanto de la diversidad de las pasiones humanas o del afán de contradecir”.

Producto de este clima cismático, del todo hostil respecto a la recepción de ideas que intentaran desbancar el catolicismo imperante, Spinoza decide no publicar su obra más conocida, la Ética, decantándose por su proverbial precaución y, por tanto, por no lanzar al público las ideas allí contenidas. Lo que no impide pensar en absoluto, como sugiere Pilar Benito Olalla, que “fue la vida de Spinoza una vida dedicada por entero a la filosofía y sostenida al cultivo de la amistad. […] La filosofía no era una mera consolatio para él, ni un hacer agónico contra la muerte -según postulara Unamuno-, sino que la actividad filosófica constituía su afecto más fuerte, como revela la gran potencia de su pensamiento. Frente a los avatares cotidianos e históricos, él retornaba a la meditación filosófica con la determinación de una vocación necesaria”.

El “afecto más fuerte”… La filosofía: “el afán por el conocimiento que desde siempre imperó en el filósofo holandés, el deseo de alcanzar la sabiduría” fueron los motores que permitieron a Spinoza vivir en un mundo que desde muy joven le resultó -y que en efecto le fue- del todo hostil. Por eso desarrolló un modo de enfrentarse a esas enemigas que, de utilizarlas convenientemente, pueden convertirse en sinceras aliadas: las pasiones. He aquí la proeza de Pilar Benito Olalla: exponer de modo fidedigno, atendiendo a la biografía de Spinoza como base de su edificio filosófico, la manera en que el filósofo trató con las pasiones hasta arribar a la liberación. Atrevernos a ser quienes somos no debe suponer un impedimento para dejar de lado un contacto eficaz y moderado con el mundo. Las emociones son tan naturales como antinaturales los efectos que pueden provocar en nosotros. Por eso se hace necesaria una teoría de las pasiones.

En este magnífico ensayo, Pilar Benito Olalla se adentra en el complejo universo de las afectos en Spinoza, hasta hacérsenos, con la lectura del libro, cercano y practicable. La autora no sólo delinea, sino que también recorre con confianza los complejos senderos por los que nuestro ánimo nos conduce, siempre a hombros de Spinoza. Benito Olalla traza un camino por el que, de manos del pensador holandés, podemos llegar a ser partícipes de la auténtica libertad. Y es que en Spinoza, en palabras de la autora, la filosofía no fue una mera vocación, sino algo más: “la integración consciente de un camino individual, verdadero, y con un cierto componente alquímico de transformación profunda, pero también una vía útil para los demás y con afán de universalidad”. Un libro indispensable para acercarse certeramente a uno de los asuntos más complejos del pensamiento spinoziano: la consciencia de que existen pasiones que, en muchas ocasiones, nos impiden ejercer nuestra libertad.

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