La Fuente del Berro y sus alrededores: un rincón desconocido de Madrid

MADRID HISTORICO Nº 55Las fuentes de Madrid encierran apasionantes historias aún desconocidas por los vecinos de la Comunidad. Una de ellas, de célebre nombre y empleada incluso en expresiones que pertenecen al acervo popular, da título además a un boscoso parque en una de cuyas puertas se sitúa: la Quinta de la Fuente del Berro, enclavada a los pies del Pirulí y lindando con el Barrio de Salamanca, que junto con la M-30 a su altura por el puente de Ventas ejerce como frontera de sus jardines, en cuyo centro se sitúa un resguardado y bucólico estanque. La Fuente del Berro, así como el parque al que da título (confeccionado bajo el reinado de Felipe IV), puede hoy visitarse por cualquier viandante que desee transitar sus bellos senderos. Desde tiempos de Carlos III esta Fuente fue célebre por la calidad de sus aguas, provenientes del arroyo Abroñigal, y aunque hoy apenas es usada, podemos aún visitar sus alrededores como original y singular testimonio de la historia madrileña

Artículo publicado por Carlos Javier González Serrano en el número 55 de la revista Madrid histórico (enero-febrero 2015)

Madrid (al igual que París, Berlín o Londres) es una ciudad inabarcable, siempre dispuesta a sorprendernos con nuevos rincones apenas conocidos. Una de las características más reseñables de la capital es el contraste que ofrece entre la reducida porción que un madrileño transita en su día a día, y el desproporcionado resto que, a la vez, siempre deja de lado. Si bien un transporte como el Metro permite recorrer la ciudad de parte a parte de manera cómoda y rápida, también es cierto que, en ocasiones, esta forma de moverse por la urbe del Manzanares encierra algunos inconvenientes. El más patente de ellos es el de la pérdida de contacto con el entorno: acudamos al trabajo, a una reunión, al teatro o al centro de estudios de turno, el Metro muestra tanto como esconde, y no son pocos los momentos en los que el usuario de este medio de transporte repara en su ignorancia sobre aquello que haya “ahí arriba”: en Metro recorremos distancias que, a veces, parecen prescindir del espacio; nos sumergimos en una estación y, casi por arte de magia, recuperamos la superficie en un lugar totalmente distinto, mientras que el entre, el intersticio, lo que los alemanes llaman Zwischenraum (espacio que media entre dos realidades) parece haber desaparecido.

Fuente del Berro

Esta pérdida de contacto con cuanto nos rodea, sumada a su dilatado espacio geográfico y a una conurbación que ya casi impide distinguir las fronteras entre municipios, provoca que hayamos oído hablar de numerosos e importantes puntos de Madrid que los habitantes de la ciudad no conocen ni han visitado, ni siquiera de paso. Uno de tales lugares, tan nombrado en expresiones populares fuera y dentro de Madrid, es la Fuente del Berro, enclave fundamental para entender el desarrollo de los alrededores del Barrio de Salamanca, y que da nombre a un frondoso parque de más de trece hectáreas que actualmente puede visitarse por todo tipo de público, desde que en 1953 sus terrenos anejos fueran adquiridos por el Ayuntamiento: la Quinta de la Fuente del Berro.

Dicha Quinta, también llamada “Parque del Este” por contraste con el Parque del Oeste situado a lomos del Faro de Moncloa, cercano a la vetusta Ciudad Universitaria, se halla rodeada por la carretera de circunvalación M-30 (conocida en este punto como avenida de la Paz) a su paso por el Puente de Ventas, y en ella reconocemos una de las escasas zonas verdes del lado Este de la ciudad, que da aire a los ciudadanos de sus inmediaciones. Además, desde hace algunos años, la Quinta cuenta con un centro cultural en el que el visitante encontrará salas de lectura, exposiciones y diversos cursos que aderezan y complementan la naturaleza propia del entorno con distintas actividades de lectura, teatro o musicales. Este centro queda establecido en un antiguo palacete de inspiración renacentista, de muy recomendable visita, en cuyo contorno viven hoy en libertad ardillas y pavos reales. También en sus proximidades se ha levantado un complejo deportivo municipal, bajo el nombre “Fuente del Berro”, con un buen nutrido número de pistas donde los madrileños pueden acudir a ponerse en forma.

CascadaA pesar de que, como decimos, dicho parque se encuentra abierto al público en nuestros días, son numerosos los paseantes que ignoran que su historia se remonta a viejas datas, nada menos que al siglo XVII, cuando D. Bernardino Fernández de Castilla adquiere terrenos aledaños para formar un todo armónico bajo el nombre de quinta de Miraflores (también conocida como quinta de Frías o Huerta del Condestable). Aunque la Fuente del Berro, que da nombre a este espacio, se encuentra en una de sus entradas, y por tanto, se halla fuera del recinto, la historia de la Quinta es inseparable del desarrollo e importancia de la propia Fuente.

Como nos informa la profesora Ángela Souto Alcaraz en su estudio Fuente del Berro, de imprescindible lectura para conocer con todo lujo de detalles cada entresijo –técnico e histórico– que ha sufrido este singular y resguardado rincón madrileño, la Quinta de nuestra Fuente protagonista estuvo compuesta en sus orígenes por una casa, palomares, viñas, árboles frutales, jardines, estanques y cuatro fuentes, cuyos límites eran “el arroyo Abroñigal por la parte delantera; por el norte, una heredad que iba desde el camino Real de Alcalá al arroyo Abroñigal; y el resto, con otras heredades”. Es en el año 1630 cuando el Condestable de Castilla cede la posesión a la Casa Real, cuyo titular era por entonces Felipe IV, por la nada despreciable cantidad de 32.000 ducados, pagados en varios plazos. El monarca aloja en estos terrenos a los monjes castellanos del Monasterio de Montserrat, quedando así bajo la protección del rey.

El enclave de la Quinta era especialmente importante por su riqueza acuífera, razón por la que se erigieron en ella diversos estanques (de los que hoy perduran aún dos), así como varias fuentes, entre las que encontramos la Fuente del Berro, muy querida y casi venerada por la calidad de sus aguas. En aquella época de esplendor de esta finca madrileña la Fuente no sólo sirvió para regar las sus grandes parcelas, sino también para abastecer de líquido elemento a la población de la zona, así como a la Casa Real. Como apunta Souto Alcaraz, en 1686 la reina manda que la totalidad del agua que “se sirviese para su real persona fuese de la Fuente del Berro”, disponiendo para ello de un aguador y un ayudante que “la recogerían y trasladarían a palacio con una mula de silla”. Es por ello que la Fuente, que abastecía como decimos a los vecinos madrileños, se estableció allende los límites de la Quinta, cuyos terrenos serían privados hasta bien entrado el siglo XX.

Precisamente a causa de la fama de la alta calidad del agua que llegaba hasta la Fuente del Berro, procedente del mencionado arroyo Abroñigal, el emplazamiento estuvo sujeto a diversos conflictos de posesión, derechos y aprovechamiento, lo que hizo que, pasado el tiempo, la Fuente se deteriorara. En 1703 las proximidades del manantial pasan a pertenecer a Dª María Trimiño Vázquez de Coronado (hasta 1800, cuando lega los terrenos a la Obra Pía de los Padres Mercedarios Calzados), que lleva a cabo diversas reformas en la Huerta de la Fuente del Berro. Así, leemos en un precioso y antiguo legajo, que hizo falta que la señora Vázquez de Coronado reedificara e hiciera “de nuevo cañerías, por cuyos conductos va el agua desde dicha fuente a los estanques que fabriqué de nuevo, levanté la fuente y la hice arca, dejándola con la perfección de tres caños… Me fue precioso allanar el cerro que confina con ella y así mismo desmontar diferentes pedazos de tierras para hortaliza y que se pudiesen regar, haciendo ensanchar mucha parte de dicha huerta”.

Enrique Iniesta

Estatua dedicada al fantástico músico Enrique Iniesta

Y es que este paraje, que hoy resulta ensoñador y particularmente agradable y bucólico (plagado de largos senderos poblados de árboles que dan sombra a los paseantes), no siempre resultó todo lo atractivo que podríamos pensar. En el tercer tomo de su Viaje de España (documento encargado por el conde de Campomanes), Antonio Ponz Piquer (1725-1792) explicaba que “El camino desde Madrid a Vallecas es pésimo en tiempos lluviosos, y el arroyo que lo atraviesa, llamado del Abroñigal, peligrosísimo cuando crecen las aguas; en él han perecido no pocos pasajeros queriéndolo vadear por evitar un puente de lo más ruin que se puede ver… Hoy es un terreno hórrido”.

Por otro lado, y en contraste con el anterior testimonio, es importante señalar, como da noticia Souto Alcaraz, que la Quinta de la Fuente del Berro se establece en sus inicios como un huerto-jardín, configuración “latente a lo largo de los siglos en la tradición jardinera española”, que encuentra su origen (como tantos otros monumentos y edificaciones en nuestro territorio, madrileño y español) en la arquitectura hispano-islámica, bajo el concepto de “huerto-vergel. En la residencia campestre el jardín es como el huerto: un lugar de pacer y un lugar de cultivo, reflejo de un ideal de vida”.

A pesar del incesante cambio de manos al que se ha apuntado más arriba, la Casa Real siempre estuvo de una u otra manera implicada en el cuidado de las aguas provenientes del Abroñigal, llegadas finalmente a la Fuente del Berro. Es nada menos que Carlos III quien ordena construir un mejor emplazamiento para la Fuente, que pasa entonces a denominarse “Fuente del Rey”. Unos cuidados que permitieron que este lugar se conservara en buenas condiciones hasta el siglo XIX. Como ya se ha dicho, la a la sazón propietaria de los terrenos de la Quinta, María Trimiño, deja dicho en su testamento que “la huerta, agua, casa y demás bienes raíces que tengo míos propios, no se puedan vender, tocar, cambiar ni en manera alguna enagenar a ninguna persona, convento, hospital, sino que siempre han de pertenecer a las memorias y obras pías que en mi testamento llevo hechas”.

Apenas entrado el nuevo siglo, D. Martín Estenoz (miembro del Gabinete del rey) se apropia de las tierras aledañas a la Fuente del Berro (que pasarán a estar en manos de sus hijos Pedro y Manuel algunos decenios más tarde); los hermanos Mercedarios las habían mantenido hasta entonces en óptimo estado para, por un lado, honrar la memoria de su protectora, la señora Trimiño, y por otro, para autoabastecerse a través de los frutos obtenidos del riego, cosecha y siembra de tales terrenos.

A pesar de este trasiego comercial y jurídico, en virtud del cual la finca de la Quinta pasaba de unas manos a otras rápidamente, la fama de la excelente calidad del agua de la Fuente del Berro nunca cesó, denominada aún con el apelativo “del Rey”. Sin embargo, fruto del discriminado uso de sus aguas que se llevó a cabo en estos primeros años del siglo XIX, el enclave sufre algunos desperfectos. Es digno de reseñar que por aquellos días el oficio de aguador estaba en pleno auge, lo que servía a las personas que lo desempeñaban para recoger agua que posteriormente vendían en las plazas y lugares públicos de la ciudad, o incluso (nihil novum sub sole) repartiéndola a domicilio a quien la solicitaba, teniendo en cuenta que por entonces Madrid no contaba con un servicio acondicionado de abastecimiento y repartición del agua. Una circunstancia, la del empleo masivo de la Fuente, que no dejó indiferente a la esfera real, llegando a disponer la figura de un guarda que velara por la seguridad del entorno y su correcta utilización.

A finales de siglo, el parque comienza a sufrir una serie de transformaciones con el objeto de convertirlo en unos auténticos “Campos Elíseos”, expresión tan evocadora como elocuente. La Quinta de la Fuente del Berro pretende con su nueva disposición, apunta Ángela Souto Alcaraz, truncarse en un jardín “que, como contraposición al ordenado y racional, hacía una llamada directa a los sentimientos, sumergiendo al espectador en un ámbito naturalista, de apariencia desordenada, como la propia naturaleza y con carácter itinerante, a la búsqueda de elementos emotivos que iban surgiendo de manera sorprendente”. Un paisaje que, a través de tan magnífica descripción, se parece mucho más al actual aspecto que presenta la Quinta, alejada de su más primigenia imagen de terrenos dedicados por igual al recreo y a la agricultura.

Pushkin

Monumento a Pushkin

Un fulgor que hace de estos nuevos Campos Elíseos (abiertos por vez primera con los incipientes resplandores del nuevo siglo, en 1900) un auténtico lugar de esparcimiento, y que albergaron lo que, en aquella época, tenían por un “parque de atracciones”, donde podían encontrarse un carrusel de caballitos, un velódromo, explanadas en las que practicar tiro al blanco, estanques y cascadas (que hoy aún perviven y que permiten refrescar la vista del paseante en verano), lugares en los que se llevaban a cabo conciertos y bailes, e incluso un mirador. Un entorno del todo filantrópico (al que los ciudadanos podían acceder previo pago de una entrada) que, por su disposición y encantamiento propios, sólo encuentra parangón en el también madrileño parque de El Capricho.

Sin embargo, el esplendor y exclusividad del parque durarían muy poco, si tenemos en cuenta el paulatino desplazamiento de la población hacia el ensanche Este de la capital. Además, como nos informa la profesora Souto Alcaraz, “los problemas de contaminación del agua se van haciendo más frecuentes paralelamente al aumento de edificación en la zona. En 1909 hubo que cerrar la [Fuente del Berro] por contaminación de aguas fecales procedentes de filtraciones del asilo de Santa Susana, próximo al lugar, con lo que quedaron sin agua en la quinta y en el vecindario de la Plaza de Toros. Ese mismo año, el alcalde conde de Peñalver impondría sanciones a diversos propietarios de la calle Pedro Heredia, en la antigua Quinta del Espíritu Santo [actual enclave de la Plaza de Las Ventas], por no construir su parte de alcantarilla correspondiente, para evitar contaminar las aguas de la Fuente del Berro”.

En junio del año 1932, el Consejo de Administración del Patrimonio de la República termina con el largo privilegio de la Casa Real sobre el uso y disfrute de la Fuente, y cede su posesión al Ayuntamiento, el cual dictaminó que aquélla pudiera comenzar a emplearse sin ningún tipo de cortapisa por cualquier ciudadano. Fueron momentos dulces para la Fuente del Berro y su entorno (propiedad, por entonces, del matrimonio holandés Von Eeghen), que fue testigo de fiestas y encuentros varios en los que la más alta sociedad (incluso la realeza y la más egregia aristocracia) se daba cita. Finalmente, es en 1948 cuando, tras una larga historia de altibajos y de cambios de manos, el parque es adquirido de manera definitiva por el Ayuntamiento de Madrid, siendo alcalde el conde de Mayalde. Tanto por aquellos días como en la actualidad, la frontera oeste de la Quinta es marcada por la Fuente del Berro, situada en el distrito de Salamanca en la calle Enrique D’Almonte, donde hoy puede visitarse como testimonio vivo y perenne de la historia de Madrid.

Pavos

Monumento Bécquer

Monumento dedicado a Bécquer

En la actualidad, la Fuente del Berro pasa muy desapercibida para el caminante que accede a la Quinta de nombre homónimo, algo que no extraña demasiado si tenemos en cuenta el estado, a veces un tanto descuidado, que presenta este lugar. El tan expresivo silencio que hoy rodea a la Fuente, en contraste con el trajín al que antaño pudiera haber dado lugar (donde vecinos, aguadores, comerciantes y paseantes se daban cita con muy distintos intereses y cometidos), añade un interés casi misterioso a este caño, como decimos, hoy bañado en un injusto olvido.

Además del atractivo natural que de por sí conserva el entorno de la Fuente del Berro –repleto de frondosos y antiquísimos árboles y senderos inacabables y evocadores, siempre acompañado de paseantes que disfrutan de la sombra en su fresco verano y de la nostalgia que inspira en otoño e invierno–, la Quinta comunica con el alargado parque Sancho Dávila, que permite un fácil acceso a la zona a los vecinos de los barrio de La Elipa y de La Concepción, situados “al otro lado” de la M-30. Este parque presenta, en contraste con la parte alta de la Quinta de la Fuente del Berro, un importante desnivel, que aporta al entorno un singular paisaje desde el que puede divisarse la concurrida autopista madrileña, el edificio Torrespaña (más conocido como El Pirulí) e incluso la plaza de toros de Las Ventas.

Si como explicaba el filósofo alemán Schelle en El arte de pasear (obra publicada recientemente en magnífica edición ilustrada por Díaz&Pons), caminar cumple dos funciones muy distintas, la meramente física (el movimiento del cuerpo) y la intelectual (contemplación del paisaje y juego libre de la imaginación), el curioso paseante que se acerque a los alrededores de la Fuente del Berro podrá cumplir con rigor los dictados del mencionado pensador, en compañía, además, de personalidades como Bécquer, Pushkin o el violinista Enrique Iniesta, cuyas estatuas podremos encontrar en esta maravillosa Quinta, tan desconocida para muchos habitantes de la Villa.

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