(Artículo publicado originalmente en el número 3 de la revista Antígona, Fundación María Zambrano, 2026.)
“La paz, pues, no es resguardo de otra paz sino la del corazón”.
Maestro Eckhart[1]
Escribió María Zambrano, en un artículo publicado en abril de 1985, que “los pasos suelen ser, o tendrían que ser, todos sacros”[2]. Todo cuanto sucede es un acontecer de un algo sagrado que queda hurtado a las ojos, a los sentidos, pero que se deja manifestar si se sabe acoger, si se quiere dejar sentir.
Vayamos por partes. En su obra de juventud Horizonte del liberalismo, en el capítulo “Política”, señaló la veleña que “lo que presta tonalidad y color a una época, más que la respuesta misma, es aquello a que se responde, lo que se afirma o niega; aquel elemento del universo a quien se presta atención y con el que se conversa”[3]. No importa tanto la contestación que aprisa y con urgencia intentemos ofrecer a un problema dado como aquello a lo que intentamos contestar, el planteamiento de la pregunta misma. Y es que acaso sea la característica central de nuestra época la imposibilidad de desarrollar libremente el ahínco por preguntar, porque si algo le sobra a nuestro tiempo son respuestas. Responde la ciencia, responde el sistema económico, político o productivo, responde la tecnología digital. No se da –ni interesa dar– espacio para la pregunta, que se tiene por fútil o innecesaria. La pregunta, recordemos, hace que la velocidad de producción y de consumo se aminore.
Es quizá por esa cordial carencia actual del preguntar, a su vez, que nos ha sido robado el empeño por atender o, mejor sería decir, por poder atender. Por depositar gratuitamente nuestra atención allí donde el corazón precisa (dis)ponerla. En esto se muestran Zambrano y Simone Weil muy cercanas. Ambas aluden a la necesidad de crear un resquicio en el permanente e insidioso deambular de las cosas, de generar una grieta por la que se cuele no tanto el pensar racional y sistemático, como un modo de estar atencional. Hemos olvidado –o nos han hecho olvidar a fuerza de seguir cualquier respuesta que tengamos a la mano– la cadencia propia de la contemplación.
Una de las razones de este diagnóstico la podemos rastrear, en parte, en el lúcido y profético análisis zambraniano de la subjetividad endiosada y enseñoreada, que expuso igualmente en Horizonte del liberalismo: “Nuestro extremado individualismo nos ha llevado a cada uno a reconocer no más que a un individuo, rechazando toda diversidad”, lo que ha dado como resultado un “estado de disgregación” por el cual el individuo se siente cada vez más solo y aislado. Por tanto, hoy “no existe más que el individuo”[4], sentencia Zambrano, que cree bastarse a sí mismo al despreciar la intersubjetividad.
Con ello, y en paralelo, se detiene el constante milagro de la historia, que es su continuo hacerse en la divergencia, punto que hermana, esta vez, a la pensadora malagueña con Hannah Arendt y su caracterización de la natalidad, concepto que posibilita la emergencia de nuevas acciones y discursos. Si, por contra, todo es lo mismo, si no hay más que repetición y si la homogeneidad hace presa de la palabra y de nuestro hacer, no podrá haber un nuevo decir y actuar sobre y con las cosas. ¿Acaso no debemos relacionar este preocupante punto con los abrumadores datos que arroja nuestro presente sobre el sentimiento subjetivo de soledad, depresión y otros trastornos emocionales? El individuo contemporáneo se siente solo porque se atiborra de vaciedad (scroll infinito), de repetición de lo mismo (tiktoks, reels, stories), porque está lleno de sí (cultura del selfie) y no permite que lo otro de sí entre en su interior (el otro como enemigo), causando un aletargamiento intelectual y cognitivo que se traduce en tristeza, miedo, trivialidad e inoperancia.
Por eso es más apremiante que nunca reinaugurar la importancia de un querer mirar que se haga cargo de la realidad. Apuntaba María Zambrano: “¡Ver, mirar! ¡Gran ansia! Y no sabremos luchar, aunque la vida se nos vaya, si antes no hemos hecho por ver claro”, porque la única mirada valiosa es la de quien “se afana en mirar” para “pararse a hacerlo con limpidez serena”[5]: para que el aguijón de lo otro penetre la gruesa piel del sujeto narcisista contemporáneo, parapetado tras su fangoso ego. Así, es indispensable que quien quiera mirar logre desligarse de esa enfermiza y como ya naturalizada individualidad para vincularse con algo que lo supera, pues “tampoco el individuo, por fuerte que sea, puede existir aislado: necesita, para tener sentido, sentirse vinculado a algo, referirse a algo, llevar a alguien tras de sí”[6]. Mas ¿cómo conquistar ese querer mirar?
Para poder asistir al mundo de modo activo, defiende Zambrano que debemos tomar un papel de compromiso con la vida, sin dejarnos resbalar por ella, “pues el hombre puede estar en la historia de varias maneras: pasivamente o en activo. Lo cual sólo se realiza plenamente cuando se acepta la responsabilidad o cuando se la vive moralmente”[7]. Y la responsabilidad comienza por un aprender a mirar para, después, iniciarse en el hacer. Tenemos que convencernos de que la historia es algo que hacemos, es decir, un artefacto y no un destino. Aquí comparece uno de los verbos que más importancia tiene en el pensamiento político y social de María Zambrano, y que más urticaria provoca hoy, sobre todo en los jóvenes: decidir. Lejos de lo que la escuela platónica consideraba (el pensar como ejercicio al margen de la polis que puede llevarnos a la pura contemplación de las ideas), el pensar es un ejercicio que ha de conducirnos a la práctica de un actuar libre, comprometido. Un pensar que decide. Para eso, justamente, sirve la voz (phoné), como ya defendiera Aristóteles en los primeros libros de la Política, para no estar en soledad, para pensarnos en comunidad –de palabra–: “Esencial es a la soledad personal el ansia de comunicación”, pues “allá, en el fondo último de nuestra soledad, reside como un punto, algo simple, pero solidario con todo el resto, y desde ese mismo lugar nunca nos sentimos enteramente solos”[8]. Digámoslo de una vez con Zambrano:
[…] el pensamiento es función necesaria de la vida, se produce por una íntima necesidad que el hombre tiene de ver, siquiera sea en grado mínimo, con qué tiene que habérselas, por se la vida algo que tenemos que hacernos y no regalo cumplido y acabado, por estar rodeada la misteriosa soledad de cada uno de cosas y aconteceres que no sabe lo que son, y por haber destrucción, muerte y sinrazón, es necesario –y hoy más que nunca– el pensamiento.[9]
Por ese motivo, porque pensar –si lo es de veras– significa hacerlo con la voluntad de que nuestro pensamiento se traduzca en acción, todos los déspotas temen “el pensamiento y la libertad, porque el reconocer esa instancia les obliga a confesarse no a solas, sino en voz alta, lo cual significa ser persona”[10].
El déspota no reconoce el mirar y el hablar de los otros; son tiranos porque, como los cíclopes de la Odisea homérica, son también “prepotentes y salvajes […] No tienen ellos ni asambleas ni normas legales, sino que habitan las cumbres de altas montañas, en cóncavas grutas, y cada uno impone sus leyes a sus hijos y mujeres, y no se cuidan los unos de los otros” (Canto IX). El déspota, por tanto, no quiere sino que los demás tracen una y su misma senda, no admite más calzadas que las que él recorre. Antonio Machado tenía razón al revelar que el camino es un continuo hacer de quien camina, porque nadie puede caminar por nosotros: “Y abrir camino es la acción humana entre todas, lo propio del hombre, algo así como poner en ejercicio su ser y al par manifestarlo, pues el propio hombre es camino él mismo”[11].
El déspota sólo admite una mirada, unívoca, unilateral. Y es que tampoco nadie puede ver por nosotros, salvo que queramos delegar nuestro mirar, lo cual significaría a la postre delegar nuestro hacer y decidir. Es característica del ser humano cruzarse con otros y, en ese entrecruzamiento, compartir miradas y pareceres distintos sobre el mundo, pues “lo propio de esos caminos que se abren por una acción humana es que no evitan a cada uno de los hombres el recorrerlos, antes lo exigen. Nadie puede hacerlo por otro”[12].
En este punto hace aparición otro verbo que, junto con el de decidir, adquiere una relevancia primaria en María Zambrano: se trata de esperar, que es “el movimiento íntimo de la interioridad”[13]. Dice la filósofa veleña que esperamos porque anhelamos, que es como el respirar del alma, una tensión que nos empuja a querer algo particular de la realidad. Por tanto, ese querer es también personalísimo, intransferible, y se traza desde la libertad. En nuestra actualidad pareciera existir una inhibición de la espera, es decir, un miedo a esperar, como si nos hubieran usurpado la capacidad para vivir en la víspera. Todo tiene que darse en un afanado y asfixiante aquí y ahora que invalida cualquier potencia para aguardar lo por venir. Las cadencias digitales nos arrebatan la disposición para atender al mundo de manera que podamos esperar algo inesperado de él; todo cuanto sucede aparece en un angustioso repetirse de lo mismo, una vez tras otra.
Así pues, para poder esperar hay que saber atender. Si nuestra atención se corrompe y queda enviciada por los intereses del sistema productivo, no desearemos más que lo que nos invitan a desear. Y no hay más dolorosa extirpación que la de nuestra disposición para querer. Por eso apunta María Zambrano que la atención es ya una fuente de saber: “Un conocimiento, pues, sostenido únicamente por la atención. Y la atención, aun a solas, es fuente de conocimiento”[14]. Contemplar, en sentido zambraniano, es “un modo de atender que embarga y posee al sujeto en el que anida, tal como el amor”[15]. Porque sólo se puede amar si se sabe atender. Nos jugamos todo en tener la intención de ver, y no es tan importante lo que se ve como el propio movimiento del querer mirar. Lo que aprendemos a través de la atención no es un objeto de conocimiento, sino un modo de habitar el mundo. Quien existe atendiendo, en un sentido profundo y comprometido, también vive amando.
Por tanto, el contemplar, disponerse a ver, precisa de una atención que se da como un estar disponible, como una gratuita aperturidad hacia el acontecer que es el mundo, si bien es una disposición que “no va de caza”[16], que no intenta adueñarse de la realidad, sino que se abre hacia lo posible y deja ser al mundo como es. Lo Otro, si es Otro, no puede ser despojado de su libertad. Así pues, no se intenta –en el tiempo de la contemplación– agarrar nada, sino dejarse ser –y dejar ser a lo Otro– en la propia contemplación. Merece aquí la pena citar a Zambrano por extenso:
La contemplación es la ley que la belleza lleva consigo. Y en la contemplación, como se sabe, es indispensable un mínimo de quietud, o por lo menos de aquietamiento; un tiempo largo, indefinido, que fluye amplia y mansamente. Es el tiempo de la contemplación que da respiro, libertad; libertad siempre, aun cuando el objeto contemplado subyugue.[17]
Para que este espacio de la contemplación acontezca debemos encontrar un tiempo en el que no haya sucesos, en el que el ruido quede amortiguado. Diríase que, al contrario, nuestro momento histórico actual está plagado de estímulos que atiborran nuestros sentidos, nuestra inteligencia y, por descontado, nuestra capacidad para poder atender. La primera condición para vertebrar el cuidado de sí y del mundo es producir un silencio de este vaivén tóxico y ponzoñoso que envilece nuestra atención y que, por ello, nos impide amar el mundo. Repitámoslo una vez más: sin atender no es posible amar. Y si es cierto que “el silencio revela al corazón en su ser”, tendremos que dar con “un tiempo sin tránsito”[18], un tiempo sin contenido, que no estará presidido por un silencio abrumador o agobiante, sino por un “puro silencio” en el que, dice Zambrano, no se advierte privación alguna, pues se trata de “un tiempo que no alberga ningún suceso, ni se le nota que vaya a ser sucesivo”[19], un tiempo que no es cronológico y devorador, sino kairológico y plenificador –aun en su transitoriedad–: se trata del instante, fugaz, del acontecimiento, al que se atiende sin desearlo como propio, sino que somos nosotros quienes, atendiéndolo, queremos fundirnos con y en él.
Este nudo, que podríamos llamar ontológico-existencial, se manifiesta en María Zambrano en el signo de la cruz. No como elemento de dolor o tortura, sino como encrucijada en la que lo efímero y lo eterno se dan la mano. Eso es el instante de la contemplación, y en ello se convierte quien contempla en desprendida atención:
Y el ser se siente extendido en una cruz, formada por el tiempo y la eternidad. Y no es un simple tiempo sucesivo este que se cruza con la eternidad; se abre o está a punto de abrirse en múltiples dimensiones. El corazón del tiempo recoge el palpitar de la eternidad, el abrirse de la eternidad. Y el tiempo fluye como un río de la eternidad.[20]
El tiempo sucesivo, el de las clepsidras, es un tiempo que se consume y que nos consume. Es el tiempo de los centros comerciales, de los smartphones y de la publicidad. Sin embargo, existe otro orden temporal donde el tiempo –no empleado, sino acogido mediante la atención y la contemplación– es el elemento que nos permite transformar el acontecimiento, lo que parece inamovible y sucede bajo los dominios de Cronos, en libertad, de manera que “la historia no sea una pesadilla que solamente se padece, sino una tragedia de donde se espera que brote la libertad”, escribe Zambrano, quien nos insta inmediatamente a la acción: “el tiempo real de la vida no es el que se hunde en la arena de los relojes, ni el que palidece en la memoria, sino el que contiene ese tesoro: las raíces de nuestro propia vida de hoy”[21]. Cuidar de sí y cuidar del darse del mundo son acciones que están, en Zambrano, irrecusablemente unidas con la atención y la contemplación. En lugar de inquirir violentamente al mundo para exigirle respuestas y dictámenes, debemos dejarnos hacer por el misterio que el mundo es, admitirlo en actitud de asombro para, una vez impregnados por él, decidir nuestro hacer. Atender al mundo para poder actuar en él. Todo lo demás será pura reacción.
Por eso el ser humano está sujeto al fracaso más que ningún otro animal, porque nos jugamos todo en la acción, allí donde –al decir de Hannah Arendt– se esconde la posibilidad de que emerja lo nuevo. A este respecto, la expresión empleada por Zambrano es tan bella como ilustrativa: si la acción es algo, es aquello que, como las ruinas, “queda del todo que pasa”, pues el hacer constituye los vestigios que más tarde serán empleados por otros. Debemos vivir convencidos de que “al final de [nuestros] padeceres algo [nuestro] volverá a la tierra a proseguir inacabablemente el ciclo vida-muerte”[22].
Concluyamos como comenzamos. ¿Dónde encontrar ese elemento sagrado que parece emanar de todo cuanto acontece –mas no todos sienten–? La razón poética zambraniana aporta aquí la clave de bóveda. Esa razón poética (no alienante, no devoradora) que se abre al mundo en su desplegarse es germinadora y encierra fuerza creadora. Con María Zambrano, la razón cambia la orientación de su mirada. No es que se vean otras cosas, es que se modifica radicalmente el mirar: lo que queda transformado es el modo de ver, pues “el que ha sabido mirar, siquiera sea un árbol, ya no muere”[23].
La mirada es ya conocimiento; la atención, se dijo más arriba, es ya un conocer y, apuramos ahora, es un arriesgarse a “ver desde adentro”[24]. Se podría decir incluso que la mirada atenta no es una mirada que conoce, sino que más bien unifica, porque en ella no hay siquiera distinción entre sujeto y objeto, sino, como postuló Arthur Schopenhauer, un “ojo eterno del mundo” como puro sujeto del conocimiento (rein erkennende Subjekt) en un presente perenne (nunc stans) que, sin embargo, es transitorio, bellamente trágico: el instante de la contemplación. Mas ¿quién tendrá la valentía de mirar hacia dentro cuando, como ya apuntó Plotino hace tantos siglos, toda nuestra alma está dirigida y vapuleada por el afuera?
No hay más inmensa soledad, señaló María Zambrano[25], que la de quien nunca ha contemplado, la de quien no ha mirado queriendo. El mirar delegado, la mirada obligada, es un mirar desapegado que no puede amar el mundo, que no puede amar a otros. Sólo se ama aquello que se atiende. ¿Es que acaso nos hemos llenado de cosas y hemos acabado vacíos, como sugiere Zambrano?
Mientras la vida se llenaba de instrumentos técnicos, de maravillas mecánicas, de cachivaches de todas clases, el alma y el corazón quedan vacíos, y las horas, al ser liberadas del trabajo opresor, transcurren más oprimidas todavía, porque están sujetas a la terrible opresión de la vaciedad de un tiempo muerto. La quietud se hacía imposible. Paralelamente a los medios de comunicación y a las posibilidades de ir y venir, el vacío se adueña de las vidas.[26]
Recuperar el tiempo de la contemplación no tiene nada de práctica sensiblera o novelesca. El riesgo que corremos al desapropiarnos de la contemplación es nada menos que el de dejar de atender al mundo y, por ello, el de dejar de amarlo. Debemos recuperar el tiempo como “posibilidad de vivir humanamente; de vivir. Ya que el vivir no es lo mismo que la vida”. Vivir implica un hacer; la vida es sólo un constructo que, quizá, nos sirven hoy prefabricado, diseñado para beneficio de estructuras políticas y económicas.
Sin embargo, “la vida es dada, mas es un don que exige de quien la recibe el vivirla”. Queda convencerse con Zambrano de que “vivir humanamente es una acción y no un simple deslizarse en la vida y por ella”, porque “el hombre ha de hacerse su propia vida”[27] y –añadiré– se juega todo en su atención al decidir sobre su propio hacer. En caso contrario, serán otros quienes decidan por él, “y nada hay que degrade y humille más al ser humano que el ser movido sin saber por qué, sin saber por quién, el ser movido desde fuera de sí mismo”[28].
[1] Apud. Maestro Eckhart, La mística de una luminosa nada, Córdoba, Editorial Almuzara, 2024, p. 101.
[2] Zambrano, M., “El paso de la primavera”, en Las palabras del regreso, Madrid, Cátedra, 2009, p. 147.
[3] Zambrano, M., Horizonte del liberalismo, Madrid, Alianza Editorial, 2022, p. 34.
[4] Vid. ibid., pp. 39, 54 y 90 respectivamente.
[5] Todos los fragmentos en ibid., p. 73.
[6] Ibid., p. 93.
[7] Zambrano, M., Persona y democracia, Madrid, Alianza Editorial, 2019, p. 28.
[8] Ibid., p. 35.
[9] Zambrano, M., Los intelectuales en el drama de España, “El español y su tradición”, Madrid, Alianza Editorial, 2021, p. 149.[10] Zambrano, M., Persona y democracia, op. cit., p. 41.
[11] Ibid., p. 53.
[12] Ibid., p. 54.
[13] Ibid., p. 93.
[14] Zambrano, M., De la Aurora, Madrid, Alianza Editorial, 2021, p. 50.
[15] Ibid., p. 51.
[16] Ibid., p. 61. El lirismo absolutamente concreto de María Zambrano se deja ver en la siguiente cita, tan elocuente para el asunto que nos ocupa: “El instante que alcanza a no ser fugitivo yéndose. Inasible”. La contemplación se da en la fuga porque, precisamente, no intenta apresar aquello que contempla: lo deja ser en su otredad, sin miedo, sin querer capturarlo o callarlo. En un sentido muy similar, amar, para Simone Weil, significa dejar ser a lo otro como otro, sin intentar desapropiarlo de su libertad: “Lo bello es una atracción carnal que mantiene a distancia e implica una renuncia. Incluida la renuncia más íntima, la de la imaginación. Queremos comer todos los demás objetos de deseo. Lo bello es lo que deseamos sin querer comérnoslo. Deseamos que sea. […] La distancia es el alma de lo bello” (Weil, Simone, La gravedad y la gracia, Madrid, Alianza Editorial, 2024, pp. 224-225).
[17] Zambrano, M., Claros del bosque, “Apéndice”, Madrid, Alianza Editorial, 2019, p. 179.
[18] Ibid., p. 100.
[19] Ibid., p. 50.
[20] Ibid., p. 157. Por la similitud de la imagen, me parece de nuevo pertinente citar a Simone Weil en La gravedad y la gracia (op. cit., p. 159): “Ese punto de apoyo es la cruz. No puede haber otro. Tiene que estar en la intersección del mundo y lo que no es del mundo. La cruz es esa intersección”.
[21] Ambos fragmentos se encuentran en: Zambrano, M., El hombre y lo divino, Madrid, Alianza Editorial, 2020, pp. 289-290.
[22] Ambos fragmentos en ibid., pp. 296-297.
[23] Zambrano, M., Hacia un saber sobre el alma, “La ‘Guía’, forma del pensamiento”, Madrid, Alianza Editorial, 2019, p. 102.
[24] Vid. Zambrano, M., El hombre y lo divino, op. cit., p. 24.
[25] Zambrano, M., De la Aurora, op. cit., p. 50: “Conocerse es trascenderse. Fluir en el interior del ser. ¡Qué inmensa soledad la del que no ha contemplado, ni siquiera por una sola vez, la Aurora…”.
[26] Zambrano, M., Hacia un saber sobre el alma, “La ‘Guía’, forma del pensamiento”, op. cit., p. 97.
[27] Esta y las citas inmediatamente anteriores corresponden a Zambrano, M., El sueño creador, Madrid, Alianza Editorial, 2023, p. 98.
[28] Zambrano, M., Persona y democracia, op. cit., p. 28.





