El tesoro de los leales vasallos (Kanadehon Chūshingura)

Cubierta_47_Ronin_ALTA_definitiva.jpgKanadehon Chūshingura (El tesoro de los leales vasallos, 1748) o sencillamente Chūshingura, como se conoce en Japón, es la obra teatral más famosa e importante de la dramaturgia japonesa (disponible en Amazon). A lo largo de once actos explica una venganza consumada por 47 rōnin (samuráis errantes) para reivindicar el honor de su señor caído en desgracia. Se trata de uno de los muchos dramas históricos (jidaimono) creados para entretener a los habitantes de las grandes ciudades del Japón Tokugawa; aunque, y he aquí su singularidad, recrea un hecho histórico ocurrido hacia 1700 en la ciudad de Edo (actual Tokio).

En el Japón en que se fraguó Chūshingura, la literatura y el resto de las artes estaban separadas en dos categorías claramente diferenciadas: la seria y la banal. Existía una “gran literatura” (épica, lírica y dramática), que declaraba la historia de los grandes clanes guerreros, se hacía eco de la vida quintaesenciada de los cortesanos de Kioto o ponía sobre las tablas dramas Nō –de un lirismo sublimado y extremadamente simbólico–. Y, en el otro extremo, se escribían dramas y novelas que reflejaban las vivencias de la gente común, de los pesares y los sentimientos cotidianos y de las desmedidas pasiones que alberga el corazón humano; en suma, una literatura popular en la que tenían cabida desde el erotismo puramente rijoso hasta los suicidios por amor verdadero.

[Honzō:] […] para un samurái, una palabra fuera de lugar, o incluso media palabra, es fatal. La muerte es el deber de quienes portamos catana (acto II, esc. 2).

El teatro popular (kabuki y jōruri) era el máximo representante de estas artes banales. Sobre las tablas se representaban dos géneros distintos: los llamados sewamono (dramas domésticos), que trataban asuntos del pueblo llano, y los jidaimono (dramas históricos o de época), que relataban las hazañas de legendarios samuráis medievales.

Acaso el mayor atractivo de Chūshingura sea el de entrelazar ambos géneros de forma efectiva, mostrando, sobre el trasfondo de una ejemplar historia de guerreros, cómo vivían y pensaban las capas más humildes de la sociedad: las angustias de los empobrecidos campesinos, las frustraciones de los comerciantes que se veían relegados a una vida sin honor, las desdichas de las esposas repudiadas y de las hijas que terminaban sirviendo en prostíbulos para saldar deudas contraídas por sus padres…

 

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Utagawa Kuniyoshi (1797-1861). El ataque nocturno a la mansión, acto XI de Kanadehon Chūshingura (ca. 1830).

Chūshingura fue un éxito rotundo desde su primera representación en Osaka en agosto del año 1748. Sus tres autores, Takeda Izumo II (1691-1756), Miyoshi Shōraku (1696-ca. 1772) y Namiki Senryū (1695-1751), construyeron un texto destinado al teatro de marionetas (jōruri) que a la sazón disfrutaba de su edad de oro en Kamigata (zona cultural de Kioto y Osaka); pero apenas unos meses más tarde ya se representaban adaptaciones para el teatro kabuki en los principales escenarios de Edo, Osaka y Kioto. Para el kabuki, que por entonces no disfrutaba del apoyo popular, Chūshingura significó un revulsivo inesperado; y, según se cuenta, en adelante, cuando un teatro pasó por dificultades económicas, echó mano de esta potente ficción de samuráis sin señor para salir a flote.

[Wakasanosuke:] No se me escapa que mi acto provocará la destrucción del clan, y abocará a la desesperación a mi esposa; pero como samurái sólo temo al dios del arco y las flechas (acto II, esc. 2).

La historia de los 47 rōnin, nos referimos al hecho histórico, de inmediato fascinó a los japoneses. Para muchos samuráis desafectos con el poder, y para otros tantos ciudadanos libres, los leales vasallos del clan Akō devinieron héroes espirituales. Sus tumbas se convirtieron en centro de peregrinación (sigue siéndolo cada 14 de diciembre) y sus posesiones, incluidas espadas, vestimentas y cartas autógrafas, fueron tratadas como reliquias cuasisagradas.

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Gosōtei Hirosada (ca. 1818-1863). Oishi Kuranosuke, líder de los 47 rōnin (ca. 1850).

Al rebufo del éxito cosechado por la adaptación al teatro kabuki de este drama de marionetas, desde 1748 hasta bien entrado el siglo XX, se estamparon cientos de miles (no es una exageración) grabados del género conocido como musha-e (imágenes de guerreros), contraviniendo las leyes de la censura que prohibían la publicación de materiales impresos sobre temas de actualidad. Artistas ukiyo-e como Kuniyoshi, Kunisada, el mismo Hokusai o el gran Yoshitoshi diseñaron grabados para satisfacer la continua demanda popular de imágenes que recrearan la hazaña de los leales vasallos.

[Yuranosuke:] Heiemon, mísero ashigaru, recibías un estipendio anual de cinco ryō y arroz para alimentar a tres personas. No te enfurezcas, pero… ¿de verdad sacrificarías tu vida por el sueldo de un monje mendicante? (acto VII, esc. 2).

Pese a la mencionada censura, en las décadas posteriores al suceso se redactaron numerosas crónicas y no menos novelas, y se llevaron a escena docenas de piezas teatrales que versaban, de forma encubierta, sobre la impactante venganza. Con Chūshingura, la leyenda de los 47 leales vasallos adquirió por fin una expresión dramática de valor perenne, universal. Este drama escrito por los mencionados Izumo II, Miyoshi Shōraku y Namiki Senryū consiguió hacer olvidar cuanto en clave literaria se había escrito anteriormente alrededor de la vendetta, más de un centenar de obras teatrales y narrativas. Y aunque hasta finales del periodo Edo se continuaron escribiendo cientos de dramas y novelas sobre los 47 rōnin, ninguno consiguió superarla en popularidad o calidad literaria.

No es Chūshingura, pues, una creación drásticamente original, lo cual tendría relativo valor en el seno de la estética japonesa, que posee como una de sus más notables características la variación sobre un mismo tema. Eso sí, Izumo II, Shōraku y Senryū se esforzaron en producir una síntesis de todo lo que sobre la vendetta circulaba en la época de boca en boca y de mano en mano; y el resultado fue la obra maestra de teatro que presentamos, disponible en Amazon para el público hispanohablante. Y aunque es cierto que el texto contiene algunas incongruencias (derivadas seguramente de la triple autoría) y que hay actos mejor logrados que otros, no lo es menos que Chūshingura es un espectáculo teatral colosal, capaz de mantener en vilo al espectador a lo largo de las doce o trece horas por las que se extiende cuando se representa por entero.

[Yuranosuke:] […] como sabes, si se resguarda en la sombra, la nieve no se derrite…, por ello no necesitamos precipitarnos. Ten siempre presente el ejemplo de aquellos sabios que con una paciencia infinita recogían luciérnagas para leer de noche (acto IX, esc. 1).

También se dice que quien lee Chūshingura con atención alcanza a comprender el alma de los japoneses. Quizá esto último sea una exageración, pues al fin y al cabo… ¿qué es eso del alma? Pero una cosa es cierta: Chūshingura contiene muchas de las inclinaciones culturales propias de los japoneses, entre ellas el culto a los héroes caídos (hōgan biiki) y el conflicto entre el deber (giri) y los dictados de los sentimientos humanos (ninjō).

Festival_Tokio

Cada 14 de diciembre una procesión recorre las calles de Tokio hasta llegar al Sengakuji, donde descansan los restos de los rōnin y de su señor Asano Naganori

Además, y no en menor medida, para los historiadores del período Edo en general y para los curiosos de la casta samurái en particular, Chūshingura expresa de forma única y genuina aspectos de la mentalidad nipona de la primera mitad del siglo XVIII; una época que concitó profundas transformaciones sociales y culturales que afectaron, aunque de diferente forma, a samuráis, ciudadanos libres y campesinos del país del Sol Naciente.

Chūshingura nació como obra de teatro de marionetas. Mientras que Hamlet o Tío Vania tienen vida auténtica como textos dramáticos desgajados de la escena (muchos amantes del teatro no estarán de acuerdo, sin embargo), los dramas de marionetas japoneses sólo son apreciados realmente durante una puesta en escena. La experiencia teatral que transmiten estos espectáculos es el resultado de los efectos transmitidos por elementos interdependientes: danza y movimientos, la música del samisen, los diversos ritmos del canto y la declamación, la riqueza del escenario, el colorido del atrezzo, la interacción con el público que no duda en gritar en momentos señalados de la representación el glorioso matte imasu (“eso es lo que estábamos esperando”)… El clímax se va construyendo a partir del contraste entre las partes dialogadas, que fluyen haciendo avanzar la historia, y los períodos líricos y coreográficos, que frenan la acción y detienen el tiempo como lo hacen las ceremonias religiosas orientales. Pendidos sobre los ritmos musicales y la profundidad vocal, estos amplios instantes de tono litúrgico se adueñan de la escena con la persistencia de los rituales budistas, y son capaces de conducir a la audiencia a un clímax dramático sin, apenas, recurrir al verbo. ¿No estamos acaso ante la Gesamtkunstwerk (obra de arte total) que ansiaba Wagner?

Con el fin de hacerse una idea de la experiencia teatral del jōruri, el lector de Chūshingura puede disfrutar de una puesta en escena completa de la obra (en japonés) recopilada para este fin por el traductor en Youtube. El título del canal es: El tesoro de los leales vasallos.

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