La música: un arte de la noche

Es de noche: a esta hora hablan más fuerte todos los manantiales. Y también mi alma es un manantial. 
Es de noche: sólo ahora despiertan todas las canciones de los amantes. Y también mi alma es la canción de un amante.
Nietzsche

La noche nos concedió la posibilidad de sentirnos atraídos por los astros. Sin la oscuridad, no habría surgido el encanto, la observación, el estudio del movimiento y la regularidad de los cuerpos que cautivaron la curiosidad humana. El mundo antiguo entendió esas particularidades como registro de la perfección matemática que los gobernaba. Así, la noche permitió la claridad del movimiento astral. Pitágoras asumió esa perfección como dominio de los números, hecha manifiesta en el espectro que devendría de allí: la música. Sin la noche, no se habría teorizado sobre ella. Al menos no se habría establecido la comparación por la cual la música está emparentada con las apreciaciones matemáticas originadas en la observación del cielo nocturno.

Si bien la música no necesita conceptualizaciones para manifestarse, la teorización de la música a partir de la claridad matemática estableció una relación estrecha que permaneció incólume hasta la Edad Media, y aún entrada la Modernidad. Música y perfección matemática siempre estuvieron emparentadas. Los tratados sobre música de Boecio, Agustín, Arístides Quintiliano, entre otros, coinciden en la manifestación de la misma a partir de su regularidad, del carácter bello y armónico que la caracteriza. El cosmos es racional; la música y sus intervalos, sus proporciones, reflejan el movimiento perfecto de la armonía cósmica. Música y razón van de la mano. El riesgo, no obstante, estuvo siempre presente. Desde el descubrimiento de los números irracionales, la certeza otorgada por los números enteros no era ya definitiva. Es célebre el desconcierto generado entre la secta pitagórica cuando Hípaso de Metaponto reveló el secreto de los irracionales, poniendo en entredicho la perfección y racionalidad de sus creencias.

Aunque la música conservó una relación estrecha con el afianzamiento racional de esas creencias, con la claridad armónica de sus manifestaciones, la noche estuvo siempre acechando su presencia. La prohibición medieval del tritono -el diabolus in musica-, con el carácter siniestro y oscuro que lo caracteriza, hace manifiesta una figura ajena a las expresiones musicales concebidas desde la proporción y la belleza. La claridad racional de la música tenía desde entonces un referente incómodo difícil de marginar. Ese diablo, en todo caso, no fue más que una anécdota. Cuando Giordano Bruno fue consumido por las llamas de la inquisición romana se intentaba afirmar la finitud de un hombre y, además, la del mundo mismo. Consciente de las implicaciones que acarreaba la idea de un mundo infinito e ilimitado, la Iglesia pretendía robustecer la noción de un mundo cerrado, racional y bello. Que el ideal clásico del mundo empezara a pensarse de otra forma tendría también resonancias en la concepción de la música. Si el cosmos no era precisamente ordenado, o al menos finito y limitado, ¿por qué habría de serlo la música, espejo de aquél?

La Modernidad, y más precisamente el Romanticismo, comienza a apreciar la música desde una óptica diferente en la que su relación con la noche se establecería de una forma más concreta. No fueron pocas las discusiones dadas en ese contexto y hoy sus ecos todavía nos circundan. La música comienza a ser considerada un arte extraño, lejano, distinto, absolutamente ajeno a este mundo, del cual nada puede reflejar. La música nada dice, nada figura, nada representa y como tal, poco tiene que ver con un mundo racional. Se hace tenue su brillo, la impronta apolínea deja de tener tanta relevancia y cada vez más se emparenta su origen con el carácter oscuro y enigmático que la envuelve. Si la música había sido emparentada, paradójicamente, con la claridad y el orden, a través de la observación de los astros en la noche, y había permanecido incólume su relación con la perfección matemática, a partir del romanticismo comienza a ser vista desde una óptica muy distinta. No es ya expresión de la claridad, del orden, del sentido o la belleza, sino dominio misterioso e incomprensible, más cercano a la noche, esta vez, directamente relacionada con ella.

En Schopenhauer encontramos la idea de la música como un dominio totalmente ajeno a la representación. El paradigma imperante, previo al Romanticismo, asimilaba la música pura, libre de palabras, como un mero adorno incapaz de comunicar o representar una idea. Esta característica empieza a ser considerada desde una óptica muy distinta, y como tal, la música empieza a constituirse con mayores atributos desde su propio silencio significativo. No debe sorprender este giro en el contexto dado. El siglo XVIII había gestado una disciplina autónoma: la estética. De cierta manera, preparaba el camino para que se consolidara una noción de la música en donde estuviesen ausentes todo tipo de contenidos significativos o de carácter sentimental, que derivaran de la música misma. 

Muy en concordancia con esto, en el fragmento 250 de Aurora, Nietzsche realiza una comparación entre la noche y la música. Establece la íntima relación que existe entre ambas y de forma muy sutil, consolida el enfoque que ya desde su juventud, presenta a la música como arte constitutivamente dionisíaco y, por ende, trágico:

Noche y música. — El oído, que es el órgano del miedo, sólo en la noche ha podido desarrollarse tanto, y en la penumbra de oscuros bosques y cuevas, tal como se vivía en la época del miedo, es decir, la época más larga por la que el ser humano ha pasado: a la luz el oído es menos necesario. De ahí el carácter de la música, arte de la noche y la penumbra.

¿Por qué un arte de la noche? Acorde con la tradición romántica que ve en la música un espectro ajeno a la existencia, Nietzsche concibe la música como un arte no figurativo que nada define, nada determina acerca del mundo. Es una soberana expresión de lo infinito, lo ilimitado y, por tanto, de lo trágico. En la misma línea interpretativa de Schopenhauer, Nietzsche piensa la música como la entrada a un mundo absolutamente otro que no puede ser representado. Lenguaje de la Voluntad y, por ende, distante de cualquier caracterización conceptual, la música expresa un dominio incapaz de ser clarificado. Sin música la vida sería un error formula Nietzsche. No lo dice porque sea una consolación o un artilugio moral, sino porque desde ella el hombre puede desplegar su vitalidad y afirmarse aún en la penumbra y la noche que lo envuelve.

La música como fisiología, despliegue del cuerpo, potencial vital. ¡Qué lejos de esta visión todos los maquillajes espiritualistas que hacen de la música un consuelo, un alivio para las tribulaciones que nos afectan, una redención, en suma! Si Nietzsche espera el gran  a la vida, la afirmación del mundo, lo hace concibiendo la música como un arte supremo, gran liberador desde el cual habitamos la penumbra, la potencia de sentirnos habitados por la noche. La música engendra otra vez lo trágico. Ya no sólo en los misterios dionisíacos, sino en la facultad de afirmar la existencia negando la verdad. La música es la no verdad, el despliegue múltiple de las formas que no arropan ningún contenido.

La inversión del platonismo, propósito de Nietzsche, es asimismo inversión de la música. No es ya reflejo del orden y la racionalidad matemática. La encuentra en cambio desplegando una fuerza irracional, un furor fisiológico, un impulso ciego por el cual la vida se encuentra a sí misma, aún en el dominio de la sombra. La música desborda el concepto, lo supera, lo envuelve y lo transforma en efecto sonoro. La filosofía como música no dice el mundo, lo modula. Desde esa óptica, se esbozan algunos principios: el filósofo no teoriza, sólo canta y fundamentalmente, danza. La filosofía no enuncia una realidad, la desintegra para desenvolverse entre los precipicios de la oscuridad. La música es hija de la noche; la filosofía es su himno y se despliega a través de ritmos, acentos, tempos, tonos, armonías, intensidades.

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